1. Confirmado por milagros

Aquellos escritos y aquella doctrina que fueron confirmados por muchos y verdaderos milagros deben ser de Dios. Y los libros y doctrinas de las Escrituras canónicas fueron así confirmados. El Señor obró abiertamente muchas y grandes maravillas, tales que ni el mismo Satanás puede imitar, tales que exceden el poder de cualquiera —sí, de todas— las criaturas del mundo. Los enemigos más maliciosos no pudieron negar que [estas maravillas] eran divinas. Él obró [estas maravillas] por las manos de Moisés y los profetas, de Cristo y Sus apóstoles, para la confirmación de esta verdad (Nm. 11:9; Éx. 19:16; 1 Ry. 17:24; Mr. 16:20; Hch. 5:12). Estos milagros fueron registrados y atestiguados por testigos oculares y auriculares de crédito incuestionable. Lo hecho eran hechos visibles, fáciles de discernir, como resucitar a los muertos, dar vista a los ciegos, etc. No se hicieron una o dos veces, sino muy a menudo; no de noche, ni en un rincón, sino a plena luz, en medio del pueblo, en presencia de grandes multitudes, que en su mayoría eran enemigos de aquellos que realizaban los milagros. Si el registro de ellos hubiera sido falso, lo habrían refutado enseguida; o si hubiera habido algún engaño, lo habrían detectado pronto.

“Cuando Dios pone de manifiesto Su poder milagroso, en la confirmación de alguna palabra o doctrina, la avala como procedente de Él mismo, como absolutamente e infaliblemente verdadera; poniendo en ella el sello más pleno y abierto, el cual los hombres —que no pueden discernir Su esencia o ser— son capaces de recibir o discernir. Y por lo tanto, cuando alguna doctrina, que en sí misma es conforme a la santidad y justicia de Dios, es confirmada por la emanación de Su poder divino al obrar milagros, no puede darse mayor seguridad, ni aun por el mismo Dios, para confirmar la verdad de ella”1.

Y así como tenemos el testimonio de los evangelistas para confirmar los muchos milagros que Jesús hizo, también apelamos a la notoriedad de esos milagros obrados por Él y a las tradiciones que nos los transmiten. Fueron obrados abiertamente, y “fueron todos, o la mayoría de ellos, realizados ante los ojos de multitudes que lo envidiaban, odiaban y perseguían, y esto en los días más ilustrados del mundo, cuando la razón y la erudición habían perfeccionado la luz de la mente humana hasta lo máximo de su capacidad; en y ante multitudes, por varios años seguidos, siendo todos ellos examinados por Sus adversarios, para ver si podían descubrir algún engaño en ellos”2.

Además, ni siquiera los mismos enemigos tuvieron la osadía de negar hechos tan bien atestiguados como los milagros de nuestro Salvador. Solo los atribuyeron a otras causas.

Aun hasta hoy, los judíos reconocen gran parte de las obras de Cristo, pero blasfemamente las atribuyen al poder del diablo, o a la fuerza del nombre de Dios cosido en Su muslo, entre otras historias igualmente ridículas.

Aun los turcos3 confiesan gran parte de los milagros de nuestro Señor y creen que Él fue un gran profeta, aunque sean enemigos declarados del nombre cristiano. Ni todos los adversarios de estos milagros y de sus registros, con todos sus argumentos o violencia, pudieron impedir que miles creyeran en ellos, e incluso expusieran sus vidas por esa creencia, en el mismo tiempo y país donde fueron realizados. De modo que debemos decir: o fueron milagros, o no lo fueron. Si lo fueron, ¿por qué no creéis? Si no lo fueron, ¡he aquí el mayor de todos los milagros! Que tantos miles (incluso de los mismos testigos presenciales) fueran tan ciegos como para creer cosas que nunca sucedieron, especialmente en los mismos tiempos en que habría sido lo más fácil del mundo refutar tales falsedades. De hecho, los milagros de Jesús y de Sus discípulos y siervos, en los primeros tiempos, fueron tantos, tan eminentes, tan visibles, y duraron tanto (pues continuaron en la iglesia por doscientos o trescientos años), y el relato de ellos nos ha descendido por una tradición tan constante, ininterrumpida, escrita y no escrita, que apenas algún hombre ha tenido la impudencia suficiente para contradecirlos. Ireneo4 (que vivió hacia el año 200 de nuestro Señor) afirma que en su tiempo el obrar milagros, resucitar muertos, echar fuera demonios, sanar enfermos con solo la imposición de manos y profetizar seguían aún en vigor; y que algunos de los que fueron así resucitados de los muertos permanecieron vivos entre ellos mucho tiempo después. Y Cipriano5 y Tertuliano6 mencionan la expulsión ordinaria de demonios y desafían a los paganos a venir y verlo. Notables son aquellas palabras del último: “Que cualquiera sea traído ante vuestros tribunales, que esté evidentemente poseído por un demonio; ese espíritu, al serle ordenado por cualquier cristiano, confesará de verdad ser un demonio, así como en otros momentos se jacta de ser un dios”7. Y en su libro a Escápula, el procónsul de África, capítulo 4, repite varias curaciones milagrosas hechas por cristianos: “¿Cuántas personas de buena posición y estima” —dice— “pues no hablamos de la gente vulgar, han sido libradas sea de demonios, sea de enfermedades?”. El mismo Severo, padre de Antonino, fue sanado por cristianos, etc. [Todo esto demuestra] que aquí tenemos la mejor doctrina bajo la más alta atestación, con Dios mismo poniendo en ella Sus sellos sobrenaturales para convencernos de su verdad. Y este fue el gran argumento con el cual Cristo convenció al mundo continuamente: porque al comenzar Sus milagros, en Caná de Galilea, Él «manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en Él» (Jn. 2:11). Por eso los judíos demandaban señales, como aquello que debía confirmar cualquier nueva revelación que fuera de Dios (Jn. 2:18). Y aunque Cristo los reprende por sus expectativas insensatas e insatisfechas en esto, y no quiso complacerlos en cada particular, sin embargo, continuó dándoles milagros tan grandes como deseaban. Los que vieron el milagro de los panes dijeron: «Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo» (Jn. 6:14). «Muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía» (cf. Jn. 2:23; 10:41; Hch. 4:16; Hb. 2:4). «Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado» por no creer (cf. Jn. 15:24). Y el modo de traer a los hombres a la fe en esos días está expresado en Hebreos 2:3-4: «¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron [allí está la evidencia de los sentidos para los primeros receptores, y su tradición para los siguientes]; testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros». Concluyamos este argumento con la pregunta punzante de aquel ciego: «¿Puede acaso un hombre pecador hacer estas señales?» (Jn. 9:16). La razón natural nos muestra que Dios es el verdadero y misericordioso Gobernador del mundo; por lo tanto, el curso de la naturaleza no puede ser alterado sino por Su designación especial. Él nunca pondrá el sello de Su omnipotencia sobre una mentira, ni permitirá que el último y mayor motivo de fe sea usado para inducir a los hombres a abrazar falsedades y engaños.

Footnotes

  1. John Owen, An Exposition of the Epistles to the Hebrews with Preliminary Exercitations en The Works of John Owen, vol. 10, ed. William Goold (Filadelfia: The Leighton Publications, 1869), 411.

  2. Owen, 413.

  3. Turcos – musulmanes.

  4. Ireneo (c. 130-c. 202 d. C.) – obispo griego conocido por su papel en guiar y expandir comunidades cristianas en las regiones del sur de la actual Francia.

  5. Cipriano (c. 210-258 d. C.) – obispo de Cartago y escritor cristiano primitivo.

  6. Tertuliano (c. 155-c. 220 d. C.) – prolífico autor cristiano primitivo de Cartago, África.

  7. Tertuliano, Apología, capítulo 31.