1. Exacto cumplimiento de las profecías

Otra demostración o prueba de que las Escrituras proceden de Dios es el exacto y puntual cumplimiento de las profecías contenidas en ellas. Predecir eventos es prerrogativa de Dios. «Traigan, y anúnciennos lo que ha de acontecer; muéstrennos lo que ha de venir después, para que sepamos que vosotros sois dioses» (Is. 41:22-23), dice Dios, el Señor, razonando con Su pueblo acerca de la vanidad de los ídolos. Ahora bien, el cuerpo mismo de las Escrituras está vivificado con el Espíritu de profecía, casi de principio a fin.

Moisés registró la profecía de Jacob de que «no será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos» (Gn. 49:10). Esto no fue cumplido por completo hasta cerca de dos mil años después, aunque fue confirmado durante gran parte de ese tiempo con la entrada de la tribu de Judá en el gobierno con el rey David, hasta su salida de nuevo en la persona de Hircano1, a quien Herodes mató, como testifica Josefo. Pero cuando llegó el tiempo señalado, la profecía misma fue cumplida puntualmente. Cuando Herodes, un extranjero de otra nación, eliminó la casa y la línea de Judá del gobierno de Judea, entonces y en ese mismo tiempo vino al mundo Siloh, el tan esperado Mesías, nuestro Señor Cristo. Los rabinos judíos no niegan que Siloh significa el Mesías. Ahora bien, en el tiempo en que Jacob pronunció estas palabras, había muy poca probabilidad de que alguno de sus descendientes tuviera un cetro o algún poder real. Eran pobres, pocos y estaban en tierra extraña. Aun si prosperaban hasta convertirse en un reino o nación, ¿por qué razón habría de tener Judá el gobierno? Había tres hermanos mayores que él: Rubén, Simeón y Leví. Tampoco había probabilidad de que esta profecía se cumpliera cuando Moisés la consignó por escrito. En ese tiempo, él mismo —que era de la tribu de Leví— estaba en la posesión real del gobierno, y puesto allí por Dios mismo. Para su sucesor, Moisés designó a Josué, de la tribu de Efraín, y no de la tribu de Judá. De todo esto tenemos una notable evidencia de la verdad y sinceridad de esta predicción. Si Jacob no la hubiera realmente pronunciado, no podemos imaginar que Moisés hubiera consignado tal profecía por escrito en detrimento de su propia tribu.

¡Con cuánta exactitud están descritos los cuatro grandes imperios del mundo por Daniel! (cf. Dn. 7:3). Tan reales, como si él hubiese vivido bajo ellos y los hubiese experimentado todos en orden, tal como el mundo lo vio después.

¡Qué maravillosa es aquella profecía de Isaías (caps. 44 y 45) acerca de Ciro, pronunciada por lo menos cien años —algunos dicen doscientos— antes de que naciera! No solo es nombrado expresamente: «Así dice Jehová a su ungido, a Ciro», sino que se predice que conquistaría Babilonia y reedificaría el templo de Jerusalén, lo cual aconteció exactamente. Ni puede sospecharse que esta profecía fuera una falsificación… ya que fue pronunciada abiertamente, como las demás profecías, en oídos de todo el pueblo, y así entregada en muchas manos antes del cautiverio, y luego también llevada a Babilonia, donde sin duda fue consultada por muchos, mucho antes de su cumplimiento. Y que hubo tal hombre como Ciro, muchos años después, quien conquistó Babilonia, restauró a los judíos de su cautiverio y promovió la edificación del templo, lo afirman todos los autores paganos que escriben de ese período. De hecho, uno de los grandes motivos de su bondad hacia los judíos fue que entendió cómo sus éxitos habían sido así profetizados mucho tiempo antes por uno de esa nación. Así aparece que dicha profecía era entonces públicamente conocida, y su verdad y autenticidad no estaban en duda.

¡Qué claramente son cumplidas las muchas profecías del Antiguo Testamento concernientes a nuestro Salvador! Y cuán espantosa fue la confirmación de Su profecía acerca de la destrucción de Jerusalén, acontecida unos cuarenta años después de Su crucifixión. La hallamos en la historia de Josefo, correspondiendo exactamente a lo predicho en Mateo 24. Y cuántas otras profecías del Nuevo Testamento, y especialmente del Apocalipsis, hallamos verificadas cada día en y por la apostasía y las usurpaciones impías de la iglesia de Roma.

Predecir tan claramente particularidades y eventos tan remotos, que dependen de los meros movimientos y actos de la voluntad de personas futuras, es una señal evidente de omnisciencia. Por lo tanto, estamos obligados a concluir que las Escrituras, que están llenas de tantas predicciones evidentes y ciertas, ciertamente deben proceder del dedo de Dios.

Footnotes

  1. Juan Hircano II (murió en el 30 a. C.) – miembro de la dinastía asmonea y sumo sacerdote judío en el siglo I a. C.