1. Majestad y autoridad de estilo

Esta descendencia real o divinidad de las Escrituras aparece además en aquella majestad y autoridad con que habla en ellas el Espíritu de Dios, y en ese estilo extraordinario e inimitable en que están escritas. Como se dice de nuestro bendito Señor: «Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas» (Mt. 7:29), así las Escrituras enseñan con una autoridad que infunde temor reverente. El estilo de la Sagrada Escritura es único y tiene propiedades peculiares que no se hallan en ninguna otra parte; su simplicidad está unida con majestad, mandando la veneración de todos los hombres serios. Agustín dice que las Santas Escrituras le parecieron toscas y sin pulimento en comparación con el estilo adornado de Cicerón, porque entonces no entendía su hermosura1 interior. Pero cuando se convirtió al cristianismo, declaró que, cuando las entendió, ningún escrito le pareció más sabio y elocuente2. Gregorio Nacianceno3, varón de ingenio, erudición y elocuencia excepcionales, cuando llegó a estudiar las Sagradas Escrituras, vilipendió todos los ornamentos de la literatura entre los filósofos griegos como infinitamente inferiores a esos oráculos divinos4. Ilírico dice que —aunque no encontramos en la Santa Escritura esa ociosa o delicada comezón de palabras, esa dulzura externa o atractivo, esa variedad de sonidos o esas frívolas galanterías con que los oradores vanagloriosos de Grecia y Roma embellecían sus famosos discursos—, sin embargo, allí hallamos una elocuencia grave y varonil, que excede a todas las demás. ¿Y pensaremos acaso que el gran Dios usaría inducciones5 como Platón6? ¿Silogismos7 como Aristóteles8? ¿Elencos9 como Carnéades10? ¿Epifonemas11 como Cicerón12? ¿Sutilezas como Séneca13? ¿O palabras traídas de lejos, unidas con una sintaxis artificial relativa al peso, número y sonido? Si un edicto real fuese publicado en tal estilo de discurso, compuesto de necedades escolásticas, todo hombre sabio se burlaría de ello. Cuanto más llana, entonces, sea la palabra y la ley del gran Dios, tanto más, decimos, conviene al Autor de ella, y es evidencia de Su sello y autoridad divina. Y sin embargo, en esa humildad de estilo en la Escritura, hay mucho más altura y grandeza, y más profundidad en su simplicidad, más hermosura en su desnudez, y más vigor y agudeza en su aparente rudeza, que en aquellas otras cosas que los hombres tanto alaban y admiran. La facilidad y la llaneza convienen a la mejor verdad. Una perla no necesita pintura. Está por debajo de la majestad de un príncipe el jugar al orador. En la Santa Escritura hay una elocuencia peculiar y admirable. ¿Qué son todas las elaboradas lisonjas de los escritores humanos comparadas con aquella grave, viva y venerable majestad del estilo del profeta Isaías, como lo muestra el exordio14 de su profecía, también en los capítulos 25, 26, etc.? Aquello que los críticos admiran en Homero, Píndaro15, etc., individualmente, se halla universalmente aquí, aunque no con esa elegancia que halaga el oído y la fantasía y que deleita la carne, sino con la parte noble e inmortal: un alma iluminada. Aquí se dan mandamientos y se exige sumisión perentoriamente con gran severidad y sin otro argumento más fuerte que la voluntad del Legislador. Se hacen promesas por encima de lo verosímil. No se alega otra razón para asegurar que la promesa será cumplida, sino: «Yo Jehová he hablado» (Is. 51:22; 52:4). Y para alentar contra las dificultades, se promete la asistencia divina, tanto necesaria como suficiente, en la manera de sus amenazas (Gn. 17:1; Éx. 12; Jos. 1:9). Asimismo, la divinidad del estilo puede observarse en que, sin acepción de personas, se dirige a todos los grados de los hombres, altos y bajos, ricos y pobres, nobles e innobles, reyes y campesinos, mandando lo que es desagradable a sus naturalezas y prohibiendo lo que ellos aprueban. No promete honores terrenales, sino la vida eterna. No amenaza con potros ni horcas16, sino con dolor y tormento eterno en el fuego del infierno.

De entre todos los escritos del mundo, ninguno se atribuye tanto a sí mismo como las Sagradas Escrituras. Nos dicen que son «palabras de vida eterna» (Jn. 6:68); que son, por inspiración del Espíritu Santo, el testimonio de Jesucristo, el testigo fiel; que juzgarán al mundo; que son poderosas para hacernos sabios para salvación (2 Ti. 3:16; Ap. 3:14); que son la semilla inmortal de la cual deben ser engendrados los hijos e hijas de Dios (1 P. 1:23). Su terror es: «Así dice Jehová»; y ninguna conclusión excepto: «Jehová ha hablado; oíd la palabra de Jehová; el que tiene oídos para oír, oiga» (Éx. 20:1-2).

La naturaleza, cualidad o composición del estilo, decimos, es enfáticamente diferente de la de todos los escritos humanos. Aquí no hay defensas, pidiendo perdón al lector, ni insinuaciones en su buena opinión por medio de artificios retóricos, sino una llaneza majestuosa y una simplicidad misteriosa. «Lo cual también hablamos» —dice el apóstol en 1 Corintios 2:13—, «no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu Santo… acomodando (o más bien, ajustando o apropiando, sugkrínontes) lo espiritual a lo espiritual» —pues solamente así está expresado en el original: pneumatiká pneumatikois. Es decir, materias o cosas que por su naturaleza y sustancia son espirituales, con palabras o frases que también son espirituales y apropiadas a ellas. De aquí, dice Agustín: “La Escritura habla de tal manera que, con su altura, se burla de los hombres orgullosos y altivos de espíritu; con su profundidad, aterra a los que la miran con atención; con su verdad, alimenta a los hombres de mayor conocimiento y entendimiento; y con su dulzura, nutre a los niños y a los que maman”.

Footnotes

  1. Agustín, Confesiones, Libro 3, Capítulo 5.

  2. Agustín, Sobre la doctrina cristiana, Libro 4, Capítulo 6.

  3. Gregorio Nacianceno (c. 329-390) – arzobispo de Constantinopla en el siglo IV y teólogo.

  4. Budaeus, De asse, et partibus ejus, Libro 5, p. 754.

  5. inducción – en lógica y retórica, el acto de extraer una consecuencia a partir de dos o más proposiciones, llamadas premisas.

  6. Platón (c. 428-c. 348 a. C.) – filósofo griego antiguo nacido en Atenas durante el período clásico de la Antigua Grecia.

  7. silogismos – argumentos compuestos de tres proposiciones, de las cuales las dos primeras se llaman premisas y la última, conclusión.

  8. Aristóteles (384-322 a. C.) – filósofo griego antiguo y polímata.

  9. elenchos – argumentos engañosos bajo apariencia de verdad.

  10. Carnéades (c. 214-129 a. C.) – filósofo griego y quizás el más prominente jefe de la Academia escéptica en la antigua Grecia.

  11. epifonema – exclamación en oratoria.

  12. Cicerón (106-43 a. C.) – estadista, abogado, erudito, filósofo y escéptico académico romano.

  13. Séneca el Joven (c. 4 a. C.-65 d. C.) – filósofo estoico de la Antigua Roma, estadista, dramaturgo y satírico.

  14. exordio – prefacio; introducción.

  15. Píndaro (c. 518-c. 438 a. C.) – poeta lírico griego antiguo de Tebas.

  16. potro – dispositivo para castigar criminales estirando sus cuerpos; horca – patíbulo para colgar a un criminal para su ejecución o para exhibición pública después de la ejecución.