- El testimonio interno del Espíritu
Y ahora no estará de más añadir una cosa más, que no podía dejar pasar. Los argumentos y motivos externos demuestran poderosamente la autoridad divina de la santa Escritura, pero es absolutamente necesario, para la estabilidad y seguridad de nuestra fe en orden a la vida eterna, tener el testimonio interno y la eficaz operación del Espíritu Santo en nuestros corazones.
Si Él obrase en y sobre nuestros corazones solo mediante la comunicación común de la luz espiritual en nuestras mentes, capacitándonos para discernir las evidencias que hay en la Escritura de su propio origen divino, a menudo estaríamos sacudidos en nuestro asentimiento y movidos de nuestra estabilidad. Gran oscuridad y ceguera permanecen sobre las mentes de los hombres, y todo lo que creen tiene cierta especie de sombra que lo acompaña. Además, Satanás nos tienta de muchas maneras; procura perturbar nuestra paz, debilitar nuestra fe y sembrar dudas. Por tanto, bienaventurados los que experimentan el poderoso establecimiento y la seguridad del Espíritu Santo, quien les da un sentido espiritual del poder y realidad de aquellas cosas creídas, por lo cual su fe es grandemente confirmada. Esto es lo que nos lleva a «todas las riquezas de pleno entendimiento» (Col. 2:2; 1 Tes. 1:5).
Es por esta experiencia espiritual que nuestra percepción de las cosas espirituales se expresa tan a menudo mediante actos de los sentidos: gustar, ver, palpar. Nuestros sentidos son la mayor evidencia [para nosotros] de las propiedades de las cosas naturales.
Es el Espíritu Santo quien nos auxilia, ayuda y socorre contra las tentaciones que puedan levantarse en nosotros, de modo que no prevalezcan. En verdad, sin esto, nuestro primer y principal asentimiento a la autoridad divina de las Escrituras no nos asegurará. La influencia y asistencia del Espíritu en medio de peligros fortalece tanto al cristiano sincero que le hace permanecer firme como una roca. [Él permanecerá firme aun cuando] quizá no tenga la habilidad para defender la verdad con argumentos contra engañadores sutiles y sofisticados, que siempre intentan suscitar objeciones contra ella. Podrían alegar su oscuridad, imperfección, falta de orden, dificultades y aparentes contradicciones.
Hay también otros actos especiales y graciosos del Espíritu Santo sobre las mentes de los creyentes que forman parte de este testimonio interno por el cual su fe es establecida: Su unción y sello sobre ellos, Su testimonio con ellos, y Su ser arras en ellos. Ahora bien, ninguna obra interna del Espíritu puede ser objeto1 de nuestra fe —aquello sobre lo que descansa la fe—; sin embargo, sin ella nunca podremos creer sinceramente como debemos, ni ser afirmados en la fe contra la tentación del diablo y las objeciones de los hombres malvados.
El Dr. John Owen dice:
“Ya se ha declarado que es la autoridad y veracidad de Dios, revelándose a sí mismo en la Escritura y por medio de ella, lo que constituye la razón formal de nuestra fe, o asentimiento sobrenatural a ella, en cuanto es la Palabra de Dios.
“Solo resta que indaguemos, en segundo lugar, el modo y los medios mediante los cuales se evidencian a nosotros mismos, y por los cuales las Escrituras se manifiestan ser de Dios, de manera que podamos indudable e infaliblemente creerlas como tales. Ahora bien, puesto que la fe, como hemos mostrado, es un asentimiento basado en testimonio; y, en consecuencia, la fe divina es un asentimiento basado en testimonio divino; debe haber en este caso algún testimonio o testigo sobre el cual repose la fe: y este, decimos, es el testimonio del Espíritu Santo, el Autor de las Escrituras. Y esta obra y testimonio del Espíritu pueden reducirse a dos aspectos…
“Las impresiones o caracteres que subjetivamente han quedado en la Escritura y sobre ella por el Espíritu Santo, su Autor, de todas las excelencias divinas o propiedades de la naturaleza divina, son la primera evidencia de ese testimonio del Espíritu sobre el cual descansa nuestra fe; o bien dan la primera evidencia de su origen y autoridad divinos, sobre lo cual creemos en ella. El modo en que aprendemos el eterno poder y deidad de Dios a partir de las obras de la creación no es otro que por aquellas señales, marcas e impresiones de Su poder, sabiduría y bondad divinos que están sobre ellas; pues de la consideración de su subsistencia, grandeza, orden y uso, la razón concluye necesariamente la existencia de un Ser infinito, cuyo poder y sabiduría son los manifiestos efectos de esas cosas. Estas se ven claramente y se entienden por las cosas que son hechas. No necesitamos otros argumentos para probar que Dios hizo el mundo más que el mismo mundo… (Sal. 104)… Ahora bien, hay impresiones mayores y más evidentes de las excelencias divinas dejadas en la Palabra escrita, procedentes de la infinita sabiduría de su Autor, que cualesquiera que se comuniquen a las obras de Dios… De ahí que David, comparando las obras y la Palabra de Dios en cuanto a su eficacia instructiva… prefiera incomprensiblemente la Palabra sobre aquellas (Sal. 19:1-3, 7-9). Y estas evidencian la Palabra como de Dios a nuestra fe de manera aún más clara que aquellas otras evidencian las obras como suyas a nuestra razón… Dios, como Autor inmediato de la Escritura, ha estampado en ella señales e impresiones manifiestas de su sabiduría, presciencia2, omnisciencia, poder, bondad, santidad, verdad y de todas sus infinitas excelencias, las cuales son suficientemente reconocidas por las mentes iluminadas de los creyentes”3.
Este es el fundamento de por qué creemos que las Escrituras son la Palabra de Dios: con una fe sobrenatural de parte de Dios. Y esta evidencia es clara tanto para el común e indocto como para los más sabios filósofos. La verdad es que, si los argumentos racionales y los motivos externos fueran el único fundamento para recibir la Escritura como la Palabra de Dios, los hombres eruditos y filósofos siempre habrían sido los más prontos en admitirla y los más firmes en adherirse a ella. Los argumentos externos prevalecen en las mentes de los hombres en la medida en que son capaces de juzgarlos con precisión y discernir su fuerza. Pero es bastante evidente que el caso es exactamente lo contrario: «Pues mirad, hermanos, vuestra vocación… que no sois muchos sabios según la carne», etc. (1 Co. 1:26).
En segundo lugar, el Espíritu de Dios da evidencia del origen y autoridad divinos de la Escritura por el poder y la autoridad que pone en ella y por medio de ella sobre las mentes y conciencias de los hombres. El apóstol afirma expresamente que esta es la razón y causa de la fe: «Y de esta manera, los secretos de su corazón se hacen manifiestos» (1 Co. 14:24-25). No fue la fuerza de los argumentos externos. No fue el testimonio de esta o aquella iglesia. No fue el uso de milagros lo que produjo el efecto (vv. 23-24). La única evidencia sobre la cual recibieron la Palabra y la reconocieron como de Dios fue el poder y efecto [que Dios obró] en ellos. «Es convencido de todos… y de esta manera los secretos de su corazón se hacen manifiestos» (1 Co. 14:24-25). No puede negar que Dios está obrando eficazmente en ella o con ella. Del mismo modo, la mujer samaritana fue convencida de la verdad de las palabras de Cristo y creyó en Él, todo porque Él le dijo todas las cosas que había hecho (Jn. 4:29). La Palabra de Dios es, como todas las almas sinceras hallan, viva y eficaz, de modo que «el que cree… tiene el testimonio en sí mismo» (1 Jn. 5:10). «Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Jn. 7:16-17)4.
En una palabra: “Admítase, pues, que todos los que son realmente convertidos a Dios por el poder de la Palabra tienen esa evidencia y testimonio infalible de su origen, autoridad y poder divinos en sus propias almas y conciencias; que en virtud de ello creen en ella con fe divina y sobrenatural, en unión con las demás evidencias antes mencionadas, como partes del mismo testimonio divino, y esto es todo lo que pretendo aquí”5.
Este testimonio, aunque no es común a todos, ni puede convencer a otro, sin embargo, es muy fuerte para aquellos que experimentan su virtud y eficacia. Concluyo este último argumento exhortando a todos [mis lectores] a esforzarse por gustar de sus operaciones divinas, poderosas y transformadoras del alma, y entonces no necesitarán más argumentos para probar que es de Dios.
Concluiremos, pues, este breve discurso sobre este asunto con aquellas excelentes palabras de un erudito en la misma ocasión:
“Considérese, pues, como una verdad innegable, que aquellos que han sido enseñados interiormente por el Espíritu sienten un pleno asentimiento en la Escritura, y que ella es auto-autenticada, llevando consigo su propia evidencia, y no debe ser objeto de demostración ni de argumentos de la razón; sino que obtiene entre nosotros el crédito que merece por el testimonio del Espíritu. Porque, aunque concilia nuestra reverencia por su majestad interna, nunca nos afecta seriamente hasta que es confirmada por el Espíritu en nuestros corazones. Por tanto, siendo iluminados por Él, creemos ahora en el origen divino de la Escritura, no por nuestro propio juicio ni por el de otros, sino que estimamos la certeza de haberla recibido de la misma boca de Dios por el ministerio de los hombres, como superior a la de cualquier juicio humano, e igual a la de una percepción intuitiva del mismo Dios en ella. No buscamos argumentos ni probabilidades para sostener nuestro juicio, sino que sometemos nuestros juicios y entendimientos como en una cosa sobre la cual nos es imposible juzgar; y no como algunos que acostumbran a abrazar apresuradamente lo que no entienden, lo cual les desagrada tan pronto como lo examinan, sino porque sentimos la más firme convicción de que poseemos una verdad invencible; ni como aquellos hombres desgraciados que entregan sus mentes cautivas a supersticiones, sino porque percibimos en ella las energías indudables del poder divino, por las cuales somos atraídos e inflamados a una obediencia comprensiva y voluntaria, pero con un vigor y eficacia superiores al poder de cualquier voluntad o conocimiento humanos… Es, pues, tal persuasión que no requiere razones; tal conocimiento que está sostenido por la más alta razón, en el cual, en verdad, la mente descansa con mayor seguridad y constancia que en cualesquiera razones; es, finalmente, un sentimiento que no puede ser producido sino por una revelación del cielo. No hablo de nada más que de lo que todo creyente experimenta en su corazón, salvo que mi lenguaje queda muy corto de una justa explicación del asunto”[^74].