1. Objeciones respondidas

Algunas de las objeciones más frecuentes contra la Biblia son las siguientes:

Objeción 1. ¿Cómo podían saber los hombres, en las edades cuando se escribieron las diversas partes de la Biblia, que eran escritas por un Espíritu infalible, y así distinguirlas de otros escritos?

Respuesta. De dos maneras. Primero, por la cualidad de las personas; y segundo, por la naturaleza y calidad del asunto. En cuanto a Moisés, no podía haber la menor causa de dudar que fuese inspirado por Dios, ya que obró tales milagros y tuvo un trato visible y audible con el Señor, como leemos que el Señor le dijo: «He aquí, yo vengo a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo, y también te crean para siempre» (Éx. 19:9). Las demás partes del Antiguo Testamento fueron escritas por profetas y hombres santos. Y aunque varios de ellos no fueron recibidos ni escuchados como tales por los gobernantes corruptos de los judíos en sus tiempos; sin embargo, fueron reconocidos después, por la santidad de sus vidas, así como por el cumplimiento de las cosas que mencionaban. Los juicios que predijeron se cumplieron, y el mensaje que entregaron era conforme al culto establecido de Dios. Dios mismo había provisto dos maneras para discernir todo intento de falsa revelación. Primero, si algún tal pretendiente intentaba inducir al pueblo a la idolatría, debía ser rechazado: «El profeta que hablare en nombre de dioses ajenos morirá» (cf. Dt. 18:20). Segundo, si lo anunciado no se cumplía: «Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta» (Dt. 18:22). Dios tuvo a bien dirigir una decisión final acerca de lo que debía recibirse como Antiguo Testamento después del cautiverio babilónico, en los días de Esdras. Varios de los últimos profetas estuvieron personalmente presentes en aquella famosa sinagoga1, donde, por dirección divina, fueron reunidas todas las partes del Antiguo Testamento. Se hizo separación entre las obras de verdaderos y falsos profetas. Los escritos que procedían por inspiración divina fueron apartados de los que eran de origen humano. Aquellos que debían ser regla perpetua para la iglesia fueron distinguidos de los que no, refiriéndose solo a casos particulares. Y en este arreglo la iglesia judía se dio por satisfecha, y desde ese tiempo hasta ahora no ha tenido más disputas. Recibieron aquellos mismos libros y no otros. Los llamados Apócrifos, que los católicos romanos quieren imponernos, nunca fueron recibidos como canónicos2 por los judíos.

En cuanto a los libros del Nuevo Testamento, todos fueron escritos ya sea por apóstoles o por hombres apostólicos, reconocidos por haber sido llamados a ese oficio, y por el don de lenguas y poder de obrar milagros, para ser guiados por el Espíritu Santo.

La escritura del Antiguo Testamento terminó con los profetas, pues, desde Malaquías hasta el tiempo de Juan el Bautista, que fue casi cuatrocientos años, no se levantó profeta en Israel. El Nuevo Testamento igualmente comienza con el cumplimiento de la profecía de Malaquías, por el nacimiento de dicho Juan, predicho bajo la figura de Elías, y termina con los apóstoles. Juan, que escribió el Apocalipsis, sobrevivió a todos los demás apóstoles hasta el tiempo de Trajano, en el año 99 de nuestro Señor, y casi treinta años después de la destrucción de Jerusalén, y cierra el canon del Nuevo Testamento con una denuncia de maldición a cualquiera que añadiera algo a él (Ap. 22:18).

Objeción 2. Pero ¿cómo estamos seguros de que hoy día tenemos todos los libros que en los tiempos antiguos fueron considerados canónicos? Parece que no los tenemos todos. Se hace mención de los tres mil proverbios de Salomón y de sus mil cinco cantares (1 Ry. 4:32); de Natán el profeta y de Gad el vidente (1 Cr. 29:29); de la profecía de Ahías silonita; y de las visiones de Iddo el vidente (2 Cr. 9). Y en el Nuevo Testamento oímos hablar de la epístola a los laodicenses (Col. 4:16). Ahora bien, ¿dónde están hoy algunos de estos?

Respuesta. Aquellos libros mencionados en el Antiguo Testamento fueron o libros de carácter común, y no inspirados divinamente, o bien subsisten aún bajo otro nombre. En lo que sabemos, los libros llamados “Samuel” pudieron haber sido escritos en parte por él mismo mientras vivió, y en parte por Gad y Natán después de su muerte. Y en cuanto a los demás escritos de Natán, Ahías e Iddo, muy probablemente sean los mismos que llamamos Libros de los Reyes. Y en cuanto a esa epístola a los laodicenses, el original dice ek Laodikeias, “desde” y no “a”, como lo traducen algunos. Y es probable que fuese alguna carta escrita desde los Laodicenses a Pablo, en la cual hubiese algo que concernía a los Colosenses, y por eso el apóstol les aconsejó leerla.

Objeción 3. Pero los católicos romanos dicen que las mismas fuentes, los originales hebreo y griego, están corrompidos, depravados y alterados; y si es así, ¿cómo podemos estar seguros de nada?

Respuesta. Es verdad que ellos lo dicen, pero falsamente y de manera inicua, solo para deshonrar la Palabra de Dios, y abrir camino a sus propias tradiciones y a la autoridad de su iglesia. Con esta insinuación blasfeman de la providencia de Dios y además ponen un escándalo insoportable sobre la iglesia. Pues si las Escrituras le fueron confiadas a su custodia, y ella permitió que alguna parte de ellas se perdiera o corrompiera, ¿no habría abusado gravemente de su encargo? Pero no son capaces de dar un solo ejemplo de donde haya sucedido tal corrupción. En cuanto al Antiguo Testamento, es bien sabido cuán estrictamente cuidadosos fueron y son los judíos en preservarlo hasta hoy. Llegaron hasta contar cuántas veces se usaba cada letra del alfabeto en cada libro del Antiguo Testamento. Y Filón el judío, un autor antiguo, erudito y aprobado de esa nación, afirma que, desde la entrega de la ley hasta su tiempo, que fueron más de dos mil años, no se había cambiado ni variado ni una sola palabra; sí, que no había ningún judío que no prefiriera morir mil veces antes que permitir que su ley fuese cambiada en lo más mínimo. Y Arias Montano3, persona sumamente versada en el hebreo, en su prefacio a la Biblia interlineal, nos asegura que, así como en esas Biblias hebreas que carecen de vocales hallamos un constante acuerdo de todos los manuscritos e impresos, y una misma escritura en cada uno, así también en todos aquellos que tienen puntos añadidos no se ha observado la menor variación o diferencia de puntuación: ni puede afirmarse que alguien haya visto en alguna parte ejemplares distintos del texto hebreo. Y en verdad, si los judíos hubieran corrompido alguna parte de él, sin duda lo habrían hecho en aquellos pasajes que se refieren claramente a nuestro Salvador; y si lo hubieran hecho los cristianos, los judíos habrían descubierto pronto la falsificación. Pero ninguna de estas cosas ha sucedido; por lo tanto, decir que de algún modo está corrompido es falso. En cuanto al Nuevo Testamento, es cierto que se han observado en manuscritos antiguos algunas variantes de lectura, pero no tales como para causar disputa alguna sobre el resumen o sustancia de la doctrina, ni que alteren significativamente el sentido del texto.

Objeción 4. Pero supongamos que los originales sean puros, ¿cómo podrán estar seguros los indoctos, que son la mayor parte de la humanidad, de que las traducciones que tienen, y de las que solamente pueden hacer uso, están bien y honestamente hechas y contienen la Palabra de Dios?

Respuesta. La Palabra de Dios es la doctrina y revelación de la voluntad de Dios, el sentido y significado, no meramente o estrictamente las palabras, letras y sílabas. Esto está contenido exacta y puramente en los originales, y en todas las traducciones en cuanto concuerdan con ellos. Ahora bien, algunas traducciones pueden ser más adecuadas, o expresar mejor el sentido de los originales. Pero en general las traducciones —aun las más imperfectas que conocemos— expresan tanto de la mente, voluntad y consejo de Dios como es suficiente, con la bendición de Dios sobre una lectura consciente de ellas, para dar a conocer a un hombre los misterios de la salvación, obrar en él una fe verdadera, y llevarlo a vivir piadosa, justa y sobriamente en este mundo presente, y a la salvación en el venidero. Los traductores generalmente, así como fueron hombres de erudición, así también lo fueron de honestidad, y en su mayoría hombres piadosos. Por lo tanto, no hubieran querido, por su propia honra, y mucho más por causa de la conciencia, engañar al mundo con versiones falsas deliberadas, para inducir a las almas al error en un asunto de tanta importancia. O si algunos hubieran sido tan perversos, otros, igualmente eruditos y de mejores principios, habrían descubierto pronto el engaño. Ahora, si consideramos cuántos hombres de diferentes persuasiones han traducido la Biblia y concuerdan unánimemente en todas las cosas significativas, ¿es posible imaginar que todos se habrían confabulado, tan neciamente como malvadamente, para engañar a la humanidad? Cualquiera que haya dedicado siquiera unos pocos años al estudio de las lenguas lo habría detectado inmediatamente.

Objeción 5. ¿Cómo podemos pensar que toda la Biblia sea de inspiración divina, cuando algunas de sus partes se contradicen entre sí? El Espíritu divino no puede ser contrario a sí mismo. ¿Y hay acaso algo más opuesto que los dos evangelistas al enumerar la genealogía de nuestro Salvador? San Mateo dice: «Jacob engendró a José, marido de María» (Mt. 1:16); y San Lucas dice: «José… hijo de Elí» (Lc. 3:23).

Respuesta. Las contradicciones en la Escritura no son realmente más que aparentes contradicciones. En realidad, son un argumento de que en la redacción de este libro no hubo designio corrupto ni conspiración para comprometer las opiniones de los hombres. Con estudio cuidadoso, aparecerá en ellas un acuerdo profundo e inesperado, una tendencia unánime hacia el gran fin de todo el conjunto. Es nuestra falta de reflexión, o nuestra superficial comprensión, lo que nos hace pensar que la Escritura está en desacuerdo consigo misma. En los dos textos citados, un padre natural es una cosa, y un padre legal otra. Debe saberse que José y María eran ambos de la misma ascendencia y [misma] familia extendida. Él descendía de David por Salomón, ella por Natán. En la posteridad de Zorobabel se dividieron en dos familias distintas: una fue la línea real, de la cual era José, que es la que sigue Mateo. Lucas sigue la otra familia, de la cual descendía María, a quien José desposa, y por ese medio se le llama hijo de su padre Elí. Así que no hay aquí contradicción alguna, sino, por el contrario, un excelente descubrimiento de la línea de nuestro Salvador trazada por ambos lados, por lo cual aparece que, siendo el Hijo reputado de José, tenía derecho a ser Rey de los judíos. Y siendo nacido de María, también por su parte descendía de David, como fue prometido del Mesías. Y para reconciliar todas esas aparentes contradicciones, véase el libro del señor Streat, titulado The Dividing of the Hoof, obra muy útil y digna de leerse.

Solo me resta añadir un argumento más de un autor muy erudito, y luego concluiré con el testimonio del reverendo y docto señor Juan Calvino.

Footnotes

  1. famosa sinagoga – la “Gran Sinagoga”; la tradición judía relata que un grupo de líderes se unió a Esdras después del regreso de Babilonia para restaurar el culto y el orden en la vida judía. Esta Gran Sinagoga puede reflejarse en Nehemías 9 y 10. Profetas como Hageo, Zacarías y Malaquías pudieron haber estado presentes.

  2. canónico – reconocido por el pueblo de Dios como Escritura inspirada.

  3. Benito Arias Montano (1527-1598) – orientalista y polímata español.