1. Contenidos sublimes

Que la Escritura o libro llamado la Biblia es de origen divino, inspirado por el Espíritu de Dios, y por lo tanto de verdad y autoridad infalibles, se evidencia por los contenidos o materias reveladas y tratadas en ella. Estos son tan trascendentalmente sublimes y misteriosos que jamás pudieron ser producto de la invención o descubrimiento humano. Por lo tanto, aunque fueron escritos por hombres como instrumentos, necesariamente deben haber sido revelados desde lo alto.

¿Qué mente humana podría jamás haber imaginado una Trinidad en la Deidad (Mt. 28:19; 1 Jn. 5:7)? ¿O una existencia de una esencia simple como la que este libro nos da a conocer? Describe la persona de Cristo de manera tan clara, apropiada y excelente que, si la mente del hombre lo considera atentamente, debe reconocer que excede con mucho el alcance de un entendimiento finito. Nos revela la miseria y corrupción del hombre por naturaleza, junto con [los efectos universales de la caída sobre] toda la creación. Aunque algunos de los paganos tuvieron algún destello de esta corrupción y [de sus efectos], nunca pudieron descubrir la causa, ni cómo sucedió. Ningún intelecto finito pudo jamás haber penetrado en las alturas y profundidades de la naturaleza de Dios y de Sus eternos consejos: ese asombroso designio para la salvación de los hombres, que la segunda Persona descendiera del cielo y asumiera la naturaleza humana en unión con la divina, que tomara sobre Sí mismo en Su propia Persona el pecado de la humanidad, y muriera por el mundo, efectuando así una satisfacción proporcionada a la justicia infinita, de modo que Dios pudiera mostrar el acto supremo de misericordia en conjunción con el ejercicio más alto de justicia. Nada menos que un entendimiento infinito pudo haber hallado disposiciones para reconciliar esos dos atributos infinitos en Su trato con una criatura apóstata. Expone el pacto de gracia que Dios hizo después de la caída, todo lo cual no puede derivarse de otra fuente sino de la revelación divina (1 Co. 2:7; Ef. 3:4-5).

Contiene la ley de Dios, la cual es sabia y justa, siendo los mismos gentiles jueces de ello (Dn. 4:5-7). En sus preceptos resplandece su [origen divino]: 1. La excelencia sobresaliente del acto, requiriendo que nos neguemos a nosotros mismos en todas aquellas cosas a las cuales la naturaleza corrupta del hombre se adhiere y odia dejar. 2. La maravillosa equidad que aparece en cada mandamiento. 3. Lo admirablemente extraño de algunos actos, que el hombre natural consideraría necedad, y sin embargo son prescritos como absolutamente necesarios, lo cual muestra su origen divino (Jn. 3:36; 8:24). 4. La manera en que se exige la obediencia: que proceda de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe no fingida (Dt. 6:5; 1 Co. 13:1; 1 Ti. 1:4-5). Echemos un vistazo a los diez mandamientos. ¿Acaso no son claros, breves, perfectos, justos, extendiéndose a todos, atando la conciencia y alcanzando hasta los mismos pensamientos? ¿Y no recomiendan todas estas cosas a nuestra consideración la justicia, la sabiduría, la santidad, la omnipotencia, la omnisciencia, la perfección y la absoluta soberanía del Legislador?

Es un libro que cubre toda la historia del mundo, pasada, presente y venidera. Su contenido alcanza hasta los primeros fundamentos de la tierra y los cielos, nos da un relato de las revelaciones de Dios al hombre desde su primera creación, y de los particulares de la interacción entre Dios y el mundo, por casi dos mil quinientos años antes de que existiera cualquier otro registro escrito. ¿Qué otro libro desde que el mundo comenzó siquiera pretendió hacer esto? Así como se estuvo escribiendo durante mil seiscientos años (pues ese fue el lapso desde Moisés hasta que Juan lo cerró con el Apocalipsis), de la misma manera los asuntos que trata son de la más excelente naturaleza y de la más alta importancia.

Este libro da al mundo un relato satisfactorio no solo de su origen, sino también de su fin. Da a conocer al hombre su verdadera felicidad suprema y un método asombroso y maravilloso de reconciliación con su Hacedor. Sus promesas son gloria eterna y coronas que nunca se marchitan. Sus preceptos son justicia perfecta (Gál. 3:10), y todos ellos tienden al mayor honor de Dios, a la felicidad del mismo hombre y a la serenidad del mundo. Amenaza con miserias sin fin. Su entera tendencia es hacia una perspectiva más allá de la tumba. ¿Qué pagano jamás siquiera soñó con la resurrección? ¿Quién, sino el Señor, pudo ser autor de tales leyes que solo pueden dar vida eterna e infligir muerte eterna? Estas cosas mueven la conciencia únicamente de aquellos que reconocen que sus preceptos son divinos. En una palabra, sus asuntos generales son misterios nunca oídos en ningún otro lugar, e inconcebibles, a menos que sean revelados en el libro. Ahora bien, considerando todo esto, ¿quién, sino la Sabiduría infinita, podría ser el autor de tan glorioso libro?