Escuchar la vara de Dios
Thomas Brooks
Escuchar la vara de Dios
Prefacio
Veinte lecciones especiales que hemos de aprender de esa severa vara, la peste, que ahora ruge en medio de nosotros1
A mis valiosas y estimadas amigas, Sra. Elizabeth Drinkwater, Sra. Susan Bell, Sra. Hannah Bourne, Sra. Mary Taylor, Sra. Anne White, Sra. Elizabeth Juxon, Sra. Rebeccah Juxon, Sra. Mary Baxter, Sra. Deborah Shepherd, Sra. Anne Clemens, Sra. Mary Stonior, Sra. Anne Snell, Sra. Anne Ellis, Sra. Margaret Cutler, Sra. Patience Cartwright, Sra. Mary Shaw, Sra. Philip Garret, Sra. Margaret Winfield, Sra. Hannah Pippet, Sra. Mary Chanlor, Sra. Mary Scot, Sra. Katherine Usher, con sus esposos, etc., les deseo toda la felicidad aquí y ahora, y por toda la eternidad.
Amados en nuestro querido Señor Jesús:
He agrupado sus nombres en una sola carta, no por falta de respeto hacia ustedes, pues les debo a cada uno más que una carta, ni porque estén en una hermandad particular, pues no lo están; sino en parte porque el Señor los ha hecho uno consigo mismo, en el Hijo de Su amor; y en parte porque el Señor los ha ejercitado a todos en el horno de la aflicción varias veces y de varias maneras; y en parte porque esta carta puede llegar a todos ustedes y hablarles a todos cuando yo no pueda o cuando ya no esté.
Queridos amigos, muchos y grandes han sido los quebrantos que el Señor ha infligido en sus personas, en sus relaciones cercanas y entrañables, y en sus más dulces consuelos y satisfacciones.
No hay ninguno que no pueda, verdaderamente decir, junto con Job: «Me quebrantó de quebranto en quebranto» (Job 16:14). Dios los ha castigado a todos con muchas varas; y, oh, que el Señor los ayudara a todos a «oíd la vara, y a quien la establece» (Miq 6:9, RV09).
Ahora, permítanme mostrar y aplicar el siguiente pasaje a sus circunstancias:
«La voz de Jehová clama a la ciudad; y el sabio mirará a tu nombre. Oíd la vara, y a quien la establece» (Miq 6:9, RV09).
El asunto que someteré a su consideración, partiendo de esta porción de la Escritura, no solo les concierne especialmente a ustedes, sino que también es de gran interés para toda clase y rango de hombres y mujeres en este triste día, cuando la espada devora por un lado y la peste arrasa por el otro.
«La voz de Jehová clama a la ciudad». Tremellius2 lo dice de esta manera: «La voz del Señor predica a esta ciudad, porque Tu majestad ve lo que acontece: presta atención a la vara». «Esta ciudad» se refiere a Jerusalén, y por consiguiente a todos los israelitas; porque en esta ciudad todos los oficios y deberes de piedad y humanidad se desempeñaban o debían desempeñarse más religiosamente que en cualquier otro lugar, debido a la presencia y majestad del Dios que estaba entre ellos. «Pero Tu Majestad ve la maldad que se practica entre ellos», como es evidente en los versículos siguientes.
«Clama». La palabra viene de kara, que significa:
Primero, «gritar en voz alta» o hacer ruido (Is 58:1); «Clama a voz en cuello» es kara. La palabra significa gritar tan fuerte que todos los que tienen oídos para oír puedan escuchar.
En segundo lugar, la palabra significa «proclamar, predicar o publicar algo abiertamente». «Proclamaré el nombre de Jehová delante de ti» (Ex 33:19). Aquí está la palabra kara.
En tercer lugar, la palabra significa «gritar» por dolor o desesperación. «Yo alzaba la voz y gritaba» (Gn 39:15). Aquí está kara. La palabra hebrea קָרָא tiene otros nueve significados en la Escritura, pero como no son pertinentes a lo que me interesa, las pasaré por alto en este momento.
«El sabio mirará a tu nombre» (RV09). Vethushiia realmente significa esencia; y, por lo tanto, según el hebreo, las palabras deben leerse así: «El hombre de esencia mirará a tu nombre». Es decir, el que es un hombre de verdad, el que no es un tonto, un insensato, un objeto inanimado.
La mayoría de los hombres son insensatos, y por eso no merecen el nombre de hombres; pero los que son verdaderamente sabios «mirarán a tu nombre». Se requiere una gran medida de destreza espiritual, de sabiduría santa y celestial, tanto para capacitar a un hombre para escuchar la voz de la vara como para entender el lenguaje de la vara. «Alta está para el insensato la sabiduría» (Pro 24:7).
«Mirará a tu nombre» (RV09). Ahora bien, la palabra hebrea que se usa aquí es רָאָה ra-ah, la cual se deriva mejor de jare, que significa temer, que de ra-ah, que significa ver, y así las palabras fluirán mejor: «El hombre de sabiduría, o de esencia, temerá tu nombre», considerando que es la majestad misma la que clama, y de que el hombre ha de tratar directamente con Dios mismo, y no con un pobre gusano débil y mortal.
«Oíd la vara» (RV09). La palabra oíd es de שָׁמַע shama, que significa:
Primero, «recordar, observar y atender a lo que se dice». «Oyó Jehová que yo era menospreciada»; es decir, lo ha recordado, lo ha observado (Gn 29:33). Lo mismo en este caso. ¡Oh, recuerda la vara! ¡Oh, observa la vara! ¡Oh, atiende a lo que dice la vara!
En segundo lugar, la palabra significa «entender lo que se habla». «No sabían que los entendía José» (Gn 42:23). En hebreo es «que José los oía». Ahora bien, oír la vara es entender lo que se nos habla por medio de la vara.
En tercer lugar, la palabra significa «creer que algo es verdad». «No escuchaban a Moisés» (Ex 6:9); es decir, «no creyeron el informe que Moisés hizo». «Oír la vara», es decir, «creer el informe que la vara hace». La vara nos informa que, de todos los males, el pecado es el mayor mal; y que, de todo aquello que es amargo, el pecado es lo más amargo. ¡Oh, cree en el informe de la vara! La vara informa que Dios está enojado, que Dios está disgustado. ¡Oh, cree en su informe! La vara informa que las criaturas son mera vanidad y aflicción de espíritu. ¡Oh, cree en su informe! La vara informa que nuestras más cercanas y queridas comodidades, satisfacciones y goces son contradictorios, mutables y momentáneos. ¡Oh, cree en su informe! La vara dice que el pecado es vil, que el mundo es vano, que el cielo es glorioso y que Cristo es preciosísimo. ¡Oh, cree en su informe! La palabra hebrea tiene otros tres significados, pero como no son aplicables para nuestro propósito, los pasaré por alto.
«La vara» (RV09). La palabra hebrea matte, que aquí se traduce como vara, tiene tres significados:
Primero, denota «poder y fuerza». Una «vara de hierro» (Sal 2:9).
En segundo lugar, denota «gobierno riguroso y severo». «Quebrantó Jehová el báculo», o la vara, «de los impíos», es decir, «el que se enseñoreaba de las naciones con ira, y las perseguía con crueldad» (Is 14:5-6). Nabucodonosor había afligido duramente a los hijos de Judá; era una vara que los despedazaba y los gobernaba con mucho rigor en Babilonia.
En tercer lugar, denota «graves aflicciones y pesados juicios». «Castigaré con vara su rebelión» (Sal 89:32). Y así debe entenderse la palabra vara en el texto.
«Y a quien la establece» (RV09). Es Dios quien designa la vara y la ordena para vengar la rebeldía a Su pacto. La palabra hebrea jegnadah significa propiamente «designar» o «constituir».
Es Dios Quien designa la vara y Quien la constituye para hacer el servicio que le place. Es Dios quien tiene una mano no solo permisiva sino también activa en todas las aflicciones que sobrevienen a Su pueblo.
Y que esto sirva como introducción.
Ahora bien, aunque este jardín selecto ofrece muchas flores dulces, solo les presentaré una, que es esta:
Que todas las aflicciones, problemas, pruebas, etc., que Dios impone a Su pueblo, son Su vara; y que ha de ser su mayor preocupación, y la más importante, escuchar la voz de la vara, y sacar las lecciones que Dios quiere que aprendan por medio de la vara.
Para exponer y aclarar este importante punto, procuraré estas dos cosas:
Primero, mostrarles en qué aspectos las aflicciones son semejantes a una vara.
Segundo, mostrarles cuáles son esas lecciones especiales que deben aprender por medio de la vara.
I. Las aflicciones como una vara
En cuanto a la primera, ¿en qué se asemejan las aflicciones a una vara? Respondo que las aflicciones son semejantes a una vara en estos siete aspectos.
- Se usa cuando los medios menos severos no persuaden
Solo se recurre a la vara cuando _ningún otro medio justo persuade_al niño. Así es con Dios. Él nunca toma la vara, nunca aflige a Su pueblo, hasta que ha probado todos los medios justos para humillarlo y reformarlo (2Cr 36:15ss; Mt 23:37-38).
Y cuando ninguna de las ofertas de gracia y de misericordia, los cortejos de Cristo, los esfuerzos del Espíritu, ni los debates sensatos de conciencia los despiertan, ni obran en ellos, entonces Dios toma la vara, y a veces los azota hasta que brota la sangre.
- Elegida por el Padre
Los padres eligen con qué varas corrigen a sus hijos. El niño no escogerá con qué vara le agrada ser corregido. ¡Oh, no! Es prerrogativa del padre escoger la vara. El padre puede elegir usar una vara grande o una vara pequeña, una vara larga o una vara corta, una vara hecha de ramas de romero o una vara hecha de madera de abedul verde. Así es con Dios. Él elige con qué vara, con qué aflicción, quiere ejercitar a Su pueblo (Lv 26; Dt 28; Lm 3:9-18). En las Escrituras encontramos muchas varas, pero todas son escogidas por Dios. «¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?» (Am 3:6). Aunque se encuentren muchas varas en la ciudad, no hay una sola de ellas que no sea elegida por Dios. «Que mayor amargura tengo yo que vosotras, pues la mano de Jehová ha salido contra mí… Yo me fui llena, pero Jehová me ha vuelto con las manos vacías. ¿Por qué me llamaréis Noemí, ya que Jehová ha dado testimonio contra mí, y el Todopoderoso me ha afligido?» (Rut 1:13, 21). «Formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto» (Is 45:7). «Porque los moradores de Marot anhelaron ansiosamente el bien; pues de parte de Jehová el mal había descendido hasta la puerta de Jerusalén» (Miq 1:12). David fue azotado con muchas varas, pero todas fueron escogidas por Dios (Sal 39:9-10); también Job fue azotado con muchas varas, pero todas fueron escogidas por Dios (Job 1).
- No es el deleite de los padres
Los padres no sienten placer, no se deleitan en usar la vara. Cada azote que el padre da al hijo hace sangrar su propio corazón. El padre corrige al hijo y suspira por él; azota al hijo y al mismo tiempo llora por él. Nada está más en contra del corazón de los padres que someter a sus hijos a la vara de la corrección.
Así es con Dios. «Porque no aflige voluntariamente», o, como dice el hebreo, «no aflige», milibbo, «ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres» (Lm 3:33). A menudo leemos que Dios se deleita en la misericordia (Miq 7:18); pero ¿dónde leemos que se deleite en la severidad o en tratar duramente a Su pueblo? Dios rara vez toma la vara, sino cuando nuestros pecados lo han forzado (2Cr 36:16; Jer 5:19). Es doloroso para Dios afligir a Su pueblo; le duele castigarlo. «¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? ¿Cómo podré yo hacerte como Adma, o ponerte como a Zeboim? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión» (Os 11:8). Mi justicia, dice Dios, demanda que haga llover fuego del cielo sobre ti, como una vez lo hice sobre Sodoma y Gomorra; pero entonces la misericordia introduce estas cuatro preguntas: ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? «¿Cómo podré abandonarte?». Dios se hace estas cuatro preguntas conmovedoras, las cuales nadie más en el cielo ni en la tierra podría responder. El profeta presenta a Dios hablando a la manera de los hombres, que, provocados de mil formas por las vanidades y locuras de sus hijos, consideran la posibilidad de abandonarlos para que sigan sus propios caminos, y no ocuparse más de ellos; pero entonces sus entrañas comienzan a funcionar y sus corazones, a derretirse, y comienzan a preguntarse: «¿Cómo abandonaremos a estos niños? Aunque sean niños desobedientes, son niños. ¿Cómo podemos echarlos de casa? ¿Cómo podemos repudiarlos? ¿Cómo desheredarlos? Porque, aunque sean hijos rebeldes, son hijos, etc.». A las aflicciones se les llama «obra de Dios», sí, «Su extraña obra», «Su operación», sí, «Su extraña operación», como si fuera algo ajeno a Dios cuando aflige o castiga a Su pueblo (Is 28:21).
- Dolorosa, severa y molesta
La vara es dolorosa, severa y molesta; y lo mismo son las aflicciones para nuestra naturaleza. «Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza» (Heb 12:11). La carne y la sangre se sobresaltan y se turban a la menor molestia. La aflicción es una especie de medicina que enferma a la mayoría. Algunos escriben que los tigres enloquecen, desgarran su propia carne y se despedazan si oyen tambores a su alrededor.3 ¿No fue este el caso de Job y Jeremías, los cuales en el día de sus aflicciones maldijeron el día de su nacimiento? (Job 3; Jer 20). ¡Oh, qué amargo cáliz, qué pesada carga fue para ellos la aflicción! «Está mi alma hastiada de mi vida… mi alma tuvo por mejor la estrangulación, y quiso la muerte más que mis huesos» (Job 10:1; 7:15). «Me he consumido a fuerza de gemir» (Sal 6:6). «Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; he venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios» (Sal 69:1-3). Sin duda, muchos hombres buenos se han sentado bajo el enebro de Elías (1R 19:4), deseando morir, si así lo permitía la providencia divina, para poder descansar de sus pecados y penas, y librarse de sus muchas cargas y ataduras, considerando la vida poco mejor que un infierno, si no fuera por la esperanza del cielo.
- No se detiene hasta que nos sometemos
Cuando los padres toman la vara en sus manos, no la dejarán hasta que hayan sometido los espíritus de sus hijos y los hayan llevado a someterse, a besar la vara y a sentarse quietos y callados ante ellos4. Así es con Dios: cuando Él toma la vara, no la dejará hasta que nos haya llevado a postrarnos en silencio a Sus pies. «Y confesarán su iniquidad, y la iniquidad de sus padres, por su prevaricación con que prevaricaron contra mí; y también porque anduvieron conmigo en oposición, yo también habré andado en contra de ellos, y los habré hecho entrar en la tierra de sus enemigos; y entonces se humillará su corazón incircunciso, y reconocerán su pecado. Entonces yo me acordaré de mi pacto con Jacob, y asimismo de mi pacto con Isaac, y también de mi pacto con Abraham me acordaré, y haré memoria de la tierra» (Lv 26:40-42). Cuando Dios toma la vara, Sus hijos deben inclinarse o quebrarse. Deben decir: «El Señor es justo»; deben besar la vara de la corrección, o de lo contrario la destrucción vendrá como un torbellino sobre ellos (Is 5:3, 6).
Se dice del león que le perdona la vida a las criaturas que se postran ante él y se le someten; pero a las que intentan huir o luchar con él, las despedaza. Lo mismo sucede con el León de la tribu de Judá, como se puede ver en Oseas 5:14-15.
El rey Eduardo cabalgaba frenéticamente tras un siervo suyo que le había desagradado sobremanera, con la espada desenvainada en la mano como con intención de matarlo, pero al ver que se sometía y de rodillas suplicaba por su vida, no solo levantó la espada, sino que le perdonó la vida y lo recibió con su aprobación5. Una vez que el Rey de reyes ha desenvainado Su espada, no la levantará hasta que Su pueblo caiga de rodillas y se someta a Él.
Dios no le levantó el castigo a Efraín hasta que lo hubo traído a Su arco, hasta que lo hizo someterse y besar la vara (Jer 31:18-20).
- En la mano del Padre
A las aflicciones se les llama vara por la mano que las impone. Aunque la aflicción sea una vara, es una vara en la mano de un Padre. La espada está en la mano del juez (Jn 18:11), y el garrote en la mano del amo, pero la vara está en la mano del padre (Heb 12:6-9). Cuando el asno de Balaam lo ofendió, deseó una espada para matarlo (Nm 22:29); pero Dios no hace lo mismo. Cuando más lo provocamos, no toma una espada para matarnos, sino solo una vara para azotarnos y castigarnos, como hacen los padres indulgentes con sus hijos más amados.
- Para curar, no para matar
A las aflicciones se les llama vara por el fin que persiguen. Una vara no es para matar, sino para curar; no es para destruir, sino para corregir. Cuando David les dio una orden exhaustiva a sus soldados contra Absalón, no era para matarlo, sino para refrenarlo; no era para arruinarlo, sino para traerlo nuevamente a la obediencia. Es fácil ver la aplicación de esto. Podemos vivir tan bien sin el pan de cada día, como sin la vara de cada día.
Ahora, los propósitos de tomar la vara son estos:
a. Por el bien del niño
En primer lugar, y de forma más general, es por el bien del niño, y no para perjudicarlo. Así es con Dios. Él toma la vara, pero es para el bien de Su pueblo. «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo» (Gn 50:20). La bondad divina dominó de tal modo la malicia de los hermanos de José, que hizo de un veneno mortal una bendita medicina. «Así ha dicho Jehová Dios de Israel: Como a estos higos buenos, así miraré a los transportados de Judá, a los cuales eché de este lugar a la tierra de los caldeos, para bien» (Jer 24:5). Cuando Israel salió de Egipto, fue con oro y pendientes (Ex 11:2); y cuando Judá salió de Babilonia, fue con grandes regalos, joyas y todos los utensilios necesarios (Esd 1:6-11). «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados» (Ro 8:28). Este texto, como el árbol de Moisés arrojado a las aguas amargas de la aflicción, puede hacerlas dulces y saludables para beber de ellas.
b. Hacer que el niño sea consciente de su insensatez
Más concretamente, la vara debe hacer que el niño se dé cuenta de su necedad y vanidad. «En los labios del prudente se halla sabiduría; mas la vara es para las espaldas del falto de cordura» (Pro 10:13). Así es con Dios. Él toma la vara, pero es para hacer a Su pueblo consciente de su necedad y vanidad. Es para hacerles mirar arriba, hacia Él, y para mirar dentro de sus conciencias y mirar hacia fuera, a sus conversaciones. Schola crucis es schola lucis [La escuela de la cruz es la escuela de la luz]. El lugar de corrección de Dios es Su escuela de instrucción. Sus azotes son nuestras lecciones, Sus azotes son nuestros maestros y Sus castigos son nuestros avisos. De ahí que tanto los hebreos como los griegos expresen castigar y enseñar con una misma palabra, musar (hebreo), paideia (griego), porque esta última es el verdadero fin de la primera, según lo que dice el proverbio: «El dolor hace el ingenio, y la vejación da el entendimiento» (ver Is 26:9; Sal 94:12; Pro 3:12-13; Job 36:3-10).
Las aflicciones son el espejo del cristiano,6 con el cual puede ver cómo vestir su propia alma, y reparar lo que está mal. Son píldoras diseñadas intencionalmente por una mano celestial para aclarar nuestra vista. «Y ella dijo a Elías: ¿Qué tengo yo contigo, varón de Dios? ¿Has venido a mí para traer a memoria mis iniquidades, y para hacer morir a mi hijo?» (1R 17:18). Si Dios no se hubiera llevado a su hijo, ella no hubiera recordado su pecado. Estas fueron las palabras de un hombre santo en su enfermedad: «En esta enfermedad», dijo, «he aprendido cuán grande es Dios y cuán nocivo es el pecado. Nunca antes supe a conciencia lo que era Dios, ni lo que era el pecado». La cruz abre los ojos de los hombres, como el probar la miel lo hizo con los de Jonatán. Mientras permanezcamos «aquí», como lo expresó aquel mártir, «todavía estamos aprendiendo nuestro A, B, C; nunca aprenderemos demasiado de la cruz de Cristo; y todavía caminaremos junto a la cruz del llanto.»7
c. Para prevenir más insensatez, daño y miseria
La vara se usa para prevenir más insensatez, daño y miseria. «No rehúses corregir al muchacho; porque si lo castigas con vara, no morirá. Lo castigarás con vara, y librarás su alma del Seol» (Pro 23:13-14). Se dice del mono que abraza a sus crías hasta la muerte; así muchos padres afectuosos, por no corregir a sus hijos, llegan a matar a sus hijos. La mejor manera de evitar que sean azotados con escorpiones en el infierno es castigarlos con la vara aquí. Así que Dios toma la vara. Aflige y castiga a Sus hijos más queridos, pero es para prevenir el mal y la miseria del alma; es para prevenir el orgullo, el amor propio, la mundanalidad, etc. Pablo fue uno de los hombres más santos que jamás haya vivido en la tierra; fue llamado por algunos un ángel terrenal, y aun así necesitó la vara. Necesitaba un aguijón en la carne para prevenir el orgullo. Observen la repetición de esas palabras en un versículo: «Para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente… para que no me enaltezca sobremanera» (2Co 12:7). Si Pablo no hubiera sido abofeteado, ¿quién sabe hasta qué punto podría haberse exaltado en su propia presunción? Los médicos prudentes suelen dar a sus pacientes medicamentos para prevenir las enfermedades; y lo mismo hace el Médico de las almas por Sus siervos más queridos (Job 40:4-5; Os 2:6-7).
«También sobre su cama es castigado con dolor fuerte en todos sus huesos… para quitar al hombre de su obra, y apartar del varón la soberbia» (Job 33:17, 19). El Señor usa las aflicciones para extraer lo que está cubierto; por medio de estas extrae el núcleo del orgullo, la mundanalidad, el amor propio, la codicia, etc. La soberbia fue uno de los primeros pecados del hombre y sigue siendo la raíz y la fuente de todos los demás pecados. Ahora bien, para evitarlo, Dios castiga muchas veces al hombre con dolor, sí, con un dolor fuerte sobre su lecho. «De seguro conviene que se diga a Dios: He llevado ya castigo, no ofenderé ya más; enséñame tú lo que yo no veo; si hice mal, no lo haré más» (Job 34:31-32). El niño que se ha quemado teme el fuego. El pecado no es más que un dulce amargo; es un mal peor que el mismo infierno. Así como la salmuera evita que las cosas se pudran, y como las salinas previenen la descomposición de las ovejas, así las varas y las aflicciones santificadas, preservan y guardan al pueblo de Dios de pecar.
d. Para erradicar la vanidad y la necedad
La vara es para erradicar la vanidad y la necedad que están ligadas en el corazón del niño. «La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él» (Pro 22:15). La vara es una ordenanza tanto como lo es la Palabra; y los padres que la usan como ordenanza, en oración y con lágrimas, la encontrarán eficaz para ahuyentar el mal del corazón de sus hijos. Elí y David eran dos hombres excepcionales; y, sin embargo, por su debilidad, por un lado, y por el descuido de esta ordenanza por el otro, arruinaron a sus hijos; y no sabemos si destruyeron o no también sus almas. Cuando Moisés echó en la tierra su vara, ésta se convirtió en serpiente (Ex 4:3); y así, cuando los padres desechan la vara de la corrección, es bastante seguro que sus hijos se convertirán en los descendientes de la serpiente. «El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige» (Pro 13:24). Está en las manos de los padres no solo el cuidado del niño, sino también el remedio, en cuanto al alcance de la vara.
Ahora bien, las aflicciones son como una vara también en este aspecto, porque, al ser santificadas, limpian y purifican la escoria, la suciedad y las impurezas de la hija de Sión. «Y volveré mi mano contra ti, y limpiaré hasta lo más puro tus escorias, y quitaré toda tu impureza» (Is 1:25). «De esta manera, pues, será perdonada la iniquidad de Jacob, y este será todo el fruto, la remoción de su pecado» (Is 27:9). «También algunos de los sabios caerán [es decir, en grandes aflicciones], para ser depurados y limpiados y emblanquecidos, hasta el tiempo determinado» (Dn 11:35). Todo el daño que el fuego hizo a los tres jóvenes, o más bien a los tres campeones, fue quemar las cuerdas con las que estaban atados (Dn 3:23-25). Nuestras concupiscencias son cuerdas de vanidad, pero el fuego de la aflicción las quemará. «Y meteré en el fuego a la tercera parte, y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro. Él invocará mi nombre, y yo le oiré, y diré: Pueblo mío; y él dirá: Jehová es mi Dios» (Zac 13:9). Las aflicciones agudas son un fuego para purificar nuestras escorias y hacer brillar nuestras gracias; son una poción para llevarse nuestra irritabilidad. Son heladas frías para destruir las plagas; son un mar tempestuoso para limpiar el vino de su sedimento. Son como el viento del norte que seca los vapores, que purifica la sangre y vivifica los espíritus; son un ácido penetrante para corroer el tejido muerto. Las aflicciones se comparan al bautismo y al lavamiento que quita las inmundicias del alma, como el agua quita las inmundicias del cuerpo (Mr 10:38-39). Dios no frotaría tan fuerte, si no fuera para sacar la suciedad y las manchas que hay en el corazón de Su pueblo.
e. Para perfeccionar lo bueno que hay en el niño
La vara sirve para perfeccionar lo bueno que hay en el niño. «La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho consentido avergonzará a su madre» (Pro 29:15). Así las aflicciones sirven para perfeccionar nuestras gracias. «Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero este para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados» (Heb 12:10-11). De ahí que los santos se gloríen en la tribulación. «Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza» (Ro 5:3-4). La gracia siempre prospera más cuando los santos están bajo la vara. Cuando los cristianos están bajo la vara, entonces sus gracias no solo brotan, sino que florecen y dan fruto, como lo hizo la vara de Aarón (Nm 17:8). Cuando se sopla la vela, esta arde con más fuerza. Dios golpea y machaca sus antorchas8 para que ardan más; machaca sus especias para que despidan más aroma.
Bernardo9 compara las aflicciones con el cardo, que, aunque es afilado y rasposo, sirve para hacer la tela más pura y refinada. Los judíos siempre eran mejores cuando se encontraban bajo la aflicción. Las aguas de los pozos que brotan de fuentes profundas están más calientes en invierno que en verano. Las estrellas brillan más en las noches más oscuras. Las vides crecen mejor al ser podadas, y el oro luce mejor al ser restregado. El enebro huele más dulce cuando está en el fuego; la manzanilla, cuanto más se pisa, más se esparce. ¡Oh, señores! Esta es una verdad real y única, pero rara vez se piensa en ella, es decir, que Dios a veces llevará a cabo el crecimiento y el perfeccionamiento de la gracia por una cruz, por una aflicción, más que por un mandamiento (Stg 1:3-4; 4:8-9). Las aflicciones maduran las gracias del santo (2Co 1:5). Al principio o al final, Dios hará que cada vara, sí, cada ramita de cada vara, sea una ordenanza para cada santo afligido. Por medio de las aflicciones, Dios muchas veces aviva, despierta y recupera las gracias de Su pueblo que están en decadencia. Por medio de las aflicciones, Dios muchas veces inflama ese amor que está frío, y fortalece esa fe que está decayendo, y da vida a esas esperanzas que languidecen, y nuevos espíritus a esas alegrías y consuelos que se marchitan y mueren. El almizcle, dicen algunos, cuando ha perdido su dulzura, si se le pone en el fregadero entre la inmundicia, recupera su dulzura de nuevo. Así las aflicciones bien dirigidas recuperan y avivan nuestras gracias en decadencia.
He leído la historia de un sacristán que entró en la iglesia por la noche para robar a una mujer que había sido enterrada el día anterior con un anillo de oro en el dedo, según su deseo. Ahora bien, cuando hubo abierto la tumba y el ataúd, y desatado la sábana, comenzó a frotar y a masajear el dedo de ella para quitarle el anillo de oro; y con el roce del mismo, le volvió el espíritu, pues simplemente había sufrido un desmayo, y revivió, y vivió muchos años después.10 Las aflicciones dolorosas son como el masaje y el frote de nuestras gracias. La vara dolorosa rebaja la hermosura del mundo que podría seducirnos. Disminuye la lujuria interna de la carne que podría incitarnos a la vanidad y a la necedad; y asiste al espíritu en su lucha contra las dos primeras, todo lo cual tiende mucho a la recuperación y reanimación de las gracias que están en decadencia.
f. Probar al niño
El sexto fin para el que sirve la vara es probar al niño, evidenciar el espíritu del niño. Algunos padres nunca ven tanto la maldad de los espíritus de sus hijos como cuando los ponen bajo la vara; y otros padres nunca ven tanto la bondad de los espíritus de sus hijos como cuando los castigan con la vara. Así es con Dios. Cuando Él aflige a algunos, ¡oh, el orgullo, la determinación, la irritabilidad, la dureza, el malhumor y la terquedad de espíritu que descubren! (Is 1:5; Jer 5:3; Ex 5:2; Jer 44:15-19). Cuando Él aflige a otros, ¡oh, la murmuración, el clamor, la queja, el aullido, la inquietud, el fastidio y el espíritu disputador se descubren! (Am 4:6-13; Nm 14:27, 29, 36; Dt 1:27; Is 58:3-4; 59:11; Os 7:14-15; Jon 4:1-5, 8-9).
A veces, cuando Dios aflige a Su pueblo más preciado, ¡oh, qué espíritu de fe, de oración, de amor, de paciencia, de mansedumbre, de humildad y de sumisión descubren! (Job 13:15; 2Cr 12:1-6.12; Is 26:16-17; Os 5:14-15; Job 1:20-22; Lv 10:1-3; 1S 3:18; 2R 20:16-19). Y otras veces, cuando Dios aflige a Su pobre pueblo, ¡oh, qué espíritu de incredulidad, de temor servil, de impaciencia y de descontento descubren! (Gn 15:2-3; 12:13,19; 20:2, 5; 26:7-11; Sal 31:22; 116:11; 1S 21:10-15; Job 3:3-13; Jer 20:14-18). Mediante aflicciones dolorosas, Dios prueba las gracias de Su pueblo y descubre lo que hay en los espíritus de Su pueblo (Dt 8:2; Sal 66:10-11; Ap 3:18; 1Pe 1:6-7). El fuego prueba tanto el oro como la piedra de toque.
Las enfermedades ponen a prueba la destreza del médico, y las tempestades la habilidad del piloto. Toda vara dolorosa es una piedra de toque, tanto para probar nuestras gracias como para descubrir nuestros espíritus. Los padres prudentes reprenden a veces a sus hijos para tratar de descubrir sus disposiciones (Heb 12:5-21). Y así trata a veces el Padre de los espíritus con Sus hijos.
Los Psylli,11 son un pueblo de tal naturaleza y constitución que ningún veneno les hace daño, y su costumbre es esta: si sospechan que algún niño no es de ellos, le ponen una víbora para picarle; y si llora, y la carne se hincha, lo desechan como un vástago espurio12; pero si no se agita ni llora, ni se enferma, entonces lo consideran parte de ellos, y le dan mucha importancia.13 Es fácil ver la aplicación.
g. Preparar para mayores servicios, favores y misericordias
El séptimo y último propósito de la vara es preparar y capacitar al castigado para mayores servicios, favores y misericordias. Muchos niños y muchos siervos nunca hubieran estado tan calificados para servicios excepcionales como lo están, si no hubieran estado bajo una vara bien dirigida. Es muy común que Dios los someta a grandes aflicciones, y los ponga bajo varas dolorosas, para prepararlos y capacitarlos para algunos servicios principales y eminentes en este mundo. José nunca hubiera estado tan calificado para ser gobernador de Egipto y preservar viva la iglesia visible de Dios en el mundo si no hubiera sido vendido a Egipto, si sus pies no hubieran sido heridos en el cepo, y si los hierros no hubieran entrado en su alma (Gn 41:40-44; 45:7-8). Ni Moisés hubiera estado tan calificado para ser caudillo y libertador de Israel como lo fue si antes no hubiera estado desterrado cuarenta años en el desierto (Ex 2:15). El reinado de David no hubiera sido tan exitoso y duradero como lo fue, si él no hubiera sido cazado durante algunos años antes como una perdiz en el desierto (1S 26:20). Ni los tres jóvenes, o más bien los tres campeones, nunca hubieran estado tan calificados para una posición tan elevada, si no hubieran sido arrojados primero al horno de fuego (Dn 3:29-30). Ni Daniel, para ese altísimo honor, gloria y grandeza a que fue exaltado, si no hubiera sido arrojado primero entre los leones (Dn 6:25ss).
Y así, si Ester no hubiera sido una pobre doncella cautiva, nunca hubiera sido reina, y, por lo tanto, nunca hubiera sido un instrumento para la preservación de la iglesia de Dios en sus días. Hemán fue uno de los mejores y más sabios hombres del mundo en su época (1R 4:31); y esto porque Dios lo entrenó en la escuela de la aflicción, como evidentemente se puede ver en el Salmo 88. Las palabras del apóstol en 2 Corintios 1:4 merecen escribirse con letras de oro: «El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios». Fíjate en la palabra «podamos». Oh, es una de las obras más difíciles y nobles en todo el cristianismo poder consolar divinamente a otros que están en problemas; y es por medio de los sufrimientos que Dios capacita y prepara a Su pueblo para este noble y difícil servicio.
Lutero14 opinaba que consolar una conciencia afligida era una obra mayor que resucitar a los muertos. Y es por medio de sufrimientos internos y externos que Dios prepara a Su pueblo para esta gran obra.
Y así, ves en qué aspectos las aflicciones se comparan a una vara.
II. Lecciones de la vara
Lo segundo que haré es mostrarte esas lecciones especiales que has de aprender con la vara, o si lo prefieres, con la peste furiosa. Estas son:
- Aprender el mensaje de la vara
La primera lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es saber cuál es el mensaje particular o el encargo que la vara tiene para entregarte en el día de tu angustia y tu aflicción.
Lo primero que debes hacer es lo que David hizo en 2 Samuel 21:1. Él humildemente pregunta a Dios si hay algo que él pueda hacer. Él pregunta humildemente al Señor para saber la razón particular por la cual envió hambre entre ellos. Debes hacer como Job: «Hazme entender por qué contiendes conmigo» (Job 10:2). Job gustosamente hubiera querido conocer la razón de la controversia entre Dios y él. Se ve claro en el texto «que Job estaba muy deseoso de saber si Dios lo afligía por pecado o por prueba, no para satisfacer su curiosidad, sino su conciencia».15 El consejo de Elihú a Job debe tener lugar aquí: «De seguro conviene que se diga a Dios: He llevado ya castigo, no ofenderé ya más; enséñame tú lo que yo no veo; si hice mal, no lo haré más» (Job 34:31-32). Job, al parecer, estaba todavía en la oscuridad en cuanto a la causa particular o razón por la cual el Señor lo había afligido tan gravemente; y, por lo tanto, él fue muy insistente con Dios para que Él, en Su gracia, le señalara el pecado por el cual lo había golpeado tan gravemente. Tu proceder, dice Job, a mi entender parece muy extraño y severo. Estoy más afligido que otros, y sin embargo no sé en qué he pecado más que otros.
Por qué he de ser condenado y arrojado sin ir a juicio, por qué estás tan airado contra mí, y por qué has multiplicado contra mí tantas miserias inauditas, y por qué me has sometido tanto a las más tristes y amargas censuras de los demás, como si yo fuera el peor de los pecadores y el más bajo de los hipócritas, no lo sé; y por eso, Señor, humildemente deseo que no trates conmigo según Tu poder absoluto, sino que me hagas conocer los verdaderos motivos y causas de todas mis pesadas penas y miserias. Y así, lo vuelve a hacer en Job 13:23: «¿Cuántas iniquidades y pecados tengo yo? Hazme entender mi transgresión y mi pecado». Mis plagas, Señor, no tienen comparación; si mis pecados son tales, házmelo saber, dice Job. Mis calamidades trascienden las calamidades de todos los demás; si mis pecados también lo hacen, ¡que no se oculten a mis ojos, Señor! Mi carga, oh, Señor, es más pesada que la de los demás; y, por tanto, si mis pecados son mayores que los demás, permíteme verlos; permíteme comprenderlos.
Confieso mis flaquezas y debilidades; son inherentes a mí, y con demasiada frecuencia brotan y fluyen de mí; pero en cuanto a la inmensidad o maldad, ni mis amigos que me censuran, ni aun mis peores enemigos, no, ni siquiera mi propia conciencia, podrán jamás presentar una prueba justa o evidente contra mí. Oh, Señor, tengo muchas manchas en mí, pero si hay alguna en mí que no sea la mancha de Tu pueblo, permíteme verla, permíteme conocerla, para que pueda aborrecerme a mí mismo y justificarte a Ti, y para que pueda decir que mis amigos son justos en sus censuras, y que yo he obrado impíamente ante el Señor. A veces las aflicciones son enviadas solo para prueba e instrucción, y no por el pecado. Esto es evidente en el caso de Job, y en el caso del ciego, cuyas aflicciones, aunque fueron muy grandes y penosas, sin embargo, no fueron por el pecado, sino para probarlo (Jn 9:1ss).
Ahora bien, aunque esto sea cierto, hay que reconocer que comúnmente todas las aflicciones vienen por culpa y por agencia del pecado (Mi 1:5-10; Am 2:4-6). El pecado es habitualmente el fundamento original de todos nuestros problemas y castigos: «Si dejaren sus hijos mi ley, y no anduvieren en mis juicios, si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos, entonces castigaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades… Tu maldad te castigará, y tus rebeldías te condenarán; sabe, pues, y ve cuán malo y amargo es el haber dejado tú a Jehová tu Dios, y faltar mi temor en ti, dice el Señor, Jehová de los ejércitos… A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades» (Sal 89:30-32; Jer 2:19; Am 3:2).
Pregunta. Pero ¿qué debemos hacer? ¿Qué medios debemos usar para descubrir ese pecado particular por el cual Dios nos corrige, o que ha traído la vara sobre nosotros?
Respuesta 1. Observa cuál es el pecado por el cual tu conciencia más te reprende y te fiscaliza. La conciencia es el predicador de Dios en el seno del hombre (Gn. 42:21; 50:15-17). Ahora, observa cuál es el pecado en particular por el cual la conciencia te corrige y regaña con mayor severidad y dureza; porque es casi seguro que ese es el pecado que ha traído la vara sobre ti. La voz de la conciencia y la voz de la vara suelen hacerse eco la una a la otra. Es muy raro encontrar una diferencia entre el lenguaje de la conciencia y el lenguaje de la vara.
La conciencia es el diputado de Dios, el espía de Dios, el notario de Dios, el virrey de Dios. Por tanto, no desprecies la voz de la conciencia. No rechaces la conciencia como Félix rechazó a Pablo (Hch 24:25). Si el grito secreto de la conciencia es: Oh, esto es por tu orgullo, o esto es por tu pasión, o esto es por tu amor propio, o esto es por tu mundanalidad, o esto es por tu carnalidad, o esto es por tu hipocresía, o esto es por tu formalismo, etc., será sabio de tu parte asentir con el grito secreto de la conciencia.
Respuesta 2. En segundo lugar, observa seriamente cuál es el pecado que tu alma habría perdonado por encima de todo, que tu alma no está dispuesta a abandonar y al que no quiere abandonar para siempre. Observa cuál es el pecado de tu mano derecha, el pecado de tu pecho, el pecado de tu constitución, el pecado de tu naturaleza; porque es casi seguro que Dios ha enviado la vara para someter ese mismo pecado (Miq 6:6-7; Est 5:13). Comúnmente, por medio de la vara Dios señala la mortificación de ese pecado particular al cual el corazón está más fuertemente inclinado.
Respuesta 3. En tercer lugar, observa cuál es el pecado que más mutila y deteriora tu confianza y determinación cuando te diriges y acercas a Dios (1Jn 3:20-21); porque sin duda ese es el pecado que Dios quiere subyugar y someter con la vara.
Respuesta 4. En cuarto lugar, observa cuál es la aflicción, el dolor, la enfermedad, el castigo bajo el cual estás, porque a veces una persona puede rápidamente identificar su pecado en su mismo castigo. «Setenta reyes, cortados los pulgares de sus manos y de sus pies, recogían las migajas debajo de mi mesa; como yo hice, así me ha pagado Dios» (Jue 1:7). Ahora bien, Adonibezec, príncipe pagano, ¿verá rápidamente su pecado en su castigo, y no hará mucho más un cristiano? ¿No hará un hombre bajo la influencia de la gracia tanto como un hombre en su estado natural no iluminado? Mira, como un hombre puede a veces adivinar la enfermedad del paciente por la observación prudente del cobro que hace el médico, así puede a veces descubrir por el castigo el pecado particular por el que Dios envió el mismo. Dios suele, al principio o al final, encontrarse con los hombres y pagarles con su propia moneda.
¿Es el castigo la vergüenza? Entonces el pecado fue la soberbia (Os 2:8-9). ¿Es el castigo la escasez, el hambre? Entonces el pecado fue el abuso de la abundancia. ¿Es el castigo la opresión? Entonces el pecado fue la falta de misericordia. ¿Es el castigo la pérdida de hijos? Entonces el pecado fue amor desmedido hacia ellos. Elí y David fueron demasiado indulgentes con sus hijos; y, por lo tanto, fueron castigados en ellos y por ellos. ¿Es el castigo enfermedad o falta de salud? Entonces el pecado fue el abuso de la salud o el descuido de la salud. ¿Es el castigo escasez de la Palabra? Entonces el pecado fue despreciar y aborrecer la Palabra. ¿Es el castigo la guerra? Entonces el pecado fue el abuso de la paz. ¿Es el castigo un clero ignorante, carnal, profano, formal, disoluto y supersticioso? Entonces el pecado ha sido menospreciar, descuidar, subestimar y despreciar un ministerio capaz, informado, celoso, espiritual y poderoso. ¿Es el castigo adorar a Dios de una manera descuidada, aburrida, estéril, formal, ordinaria, de acuerdo con las invenciones y tradiciones de los ancianos? Entonces el pecado ha sido que los hombres no han adorado a Dios en espíritu y en verdad, y con el celo, espíritu, vida, calidez y fervor que Él requiere (Jn 4:23-24; Ro 12:11). ¿Es el castigo la ruptura de la comunión del pueblo de Dios, y que se encuentren dispersos, como sucedió en los días de Acab, de Jezabel y de Gedeón? (Jue 6:1-5). Entonces, sin duda el pecado ha sido menospreciar, subestimar, descuidar o abandonar la comunión cristiana, o bien no mejorar la comunión cristiana.
Respuesta 5. En quinto lugar, observa si no has sido muy injusto con los demás en las mismas cosas que ahora sufres tú mismo. ¿Te agravian otros en tu reputación, hacienda, relaciones, vocación, negocios, etc.? Pon tu mano sobre tu corazón y pregúntate si nunca has agraviado a otros como otros te agravian ahora (Is 33:1; Ap 13:10; Stg 2:10; Gn 50:15-17). ¿Te juzgan precipitadamente, te censuran implacablemente, te acusan falsamente y te condenan injustamente? Si lo hacen, considera tus actitudes anteriores hacia los demás; y si tienes que declararte culpable, arrójate la primera piedra a ti mismo, y di con Adonibezec: «Como yo hice, así me ha pagado Dios» (Jue 1:7). Que cada azote de Dios sobre ti te haga recordar tu conducta hacia los demás cuando Dios les ha dado a beber hiel y ajenjo16 (Mt 7:1-2).
Respuesta 6. En sexto lugar, observa cuál es el pecado que no puedes soportar que te toquen, o que te reprendan, o que hablen en contra de él (Pro 1:25, 30; 12:1; 17:10; 9:8; 15:12). Ah, cuán orgullosos, cuán impacientes, cuán apasionados, cuán molestos llegan a sentirse muchos, cuando tocas su pecado del ojo derecho. Cuando los tocas en la parte tierna, entonces se enojan, se inflaman, se enfurecen y se salen de sus cabales, como puedes ver en los escribas y los fariseos, que estaban tan enojados y furiosos con Cristo que procuraron Su muerte; y todo porque Él les estaba señalando las ranas en su pecho, es decir, el orgullo, la vanagloria, la hipocresía y la justicia propia. Oh, no podían soportar que la afilada navaja de la reprensión se acercara a su parte más dolorosa. Ciertamente, ese cristiano que hiere con un reproche a un hombre justo que lo hiere con una reprensión debe estar padeciendo de un gran desequilibrio. Aunque las reprensiones amables son una medicina selecta, pocos estómagos saben cómo soportarlas. La mayoría de los cristianos prefieren paliativos, pocos prefieren los corrosivos. David recibía de buena gana una reprensión sanadora, pero hay pocos como David (Sal 141:5). ¿Quién se enoja con el médico por recetar una prescripción un poco más fuerte? Y, sin embargo, muchos cristianos se enojan cuando caen bajo las reprensiones santas, especialmente si estas son severas y cortantes, conforme a la exhortación del apóstol en Tito 1:13. Ahora, sin duda, la voz de la vara es esta: alma, cuídate de ese pecado que no soportas que te toquen. Esfuérzate poderosamente con Dios para conseguir mortificar ese pecado acerca del cual no soportas que te reprendan.
Respuesta 7. En séptimo lugar, observa cuál es el pecado que más te impide aferrarte a las preciosas promesas, y vivir de las preciosas promesas, y cultivar las preciosas promesas, y atesorar las preciosas promesas, y apropiarte de las preciosas promesas para tu propia alma (Sal 50:16-17). Y es muy probable que el Señor te haya visitado con Su vara paternal para subyugar ese pecado.
Respuesta 8. En octavo lugar, observa qué pecado es el que más te hirió y aterrorizó en el día del mal, como cuando has estado bajo alguna enfermedad repugnante o dolor angustioso (Gn 42:21), o cuando has estado en algún peligro inminente, o cuando has tenido una sentencia de muerte sobre ti, y solo ha habido un paso corto entre tú y la eternidad. Sin duda, ese pecado que ha yacido como una pesada carga sobre tu conciencia en los días de tu angustia pasada, ese es el pecado que Dios quiere conquistar y someter con Su vara actual.
Respuesta 9. En noveno lugar, observa cuál es el pecado particular que más te estorba en los deberes y servicios santos, y que más te interrumpe en tu comunión con Dios. Inquiere qué pecado en particular es el que más tiende a perseguir tu corazón cuando estás en el monte de los deberes santos (Ez 33:31). Mientras los discípulos curaban enfermedades y echaban demonios de los cuerpos de otros hombres, el orgulloso diablo blanco17 se agitaba en sus propias almas, como es evidente por esa reprimenda gentil que les da nuestro Salvador: «Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos» (Lc 10:20). No hay ningún deber que un cristiano realice sin que un diablo blanco u otro, una lujuria u otra, le persigan y estén presentes aun en medio del deber. No hay deber público, no hay deber familiar, no hay deber privado que un cristiano cumpla, sin que ese diablo blanco del orgullo y de la hipocresía, persiga el alma, pisándole los talones. Ahora, fíjate cuál es el pecado en particular que más atormenta tu alma cuando estás en deberes y servicios religiosos; y puede ser que sea el mismo pecado que Dios quiere someter con la vara.
Respuesta 10. En décimo lugar, observa cuál es el pecado al que el resto de tus corrupciones le sirven y le ponen atención. Observa cuál es el pecado ante el cual todos los demás pecados doblan más la rodilla. Observa cuál es el pecado que tiene un poder de mando sobre todos los demás pecados, que dice a uno: «Ve, y va; y al otro: Ven, y viene» (Mt 8:9). Fíjate qué pecado es el que todavía está por encima, y al que todos los demás pecados se someten. Sabes que cuando un hombre tiene una gran herida en el cuerpo, todos los malos humores18 corren hacia allí. Observa qué pecado es el que más persiguen todos los malos humores del alma; porque es muy probable que ese sea precisamente el pecado que Dios quiere que sea castigado con la vara.
Respuesta 11. En undécimo lugar, observa cuál es el pecado que tu corazón es más propenso a ocultar y encubrir, y esconder con las más engañosas y bellas pretensiones. Saúl tenía un deseo codicioso, y lo encubrió con bellas pretensiones, como que el pueblo así lo quería, y que aquello a lo que le habían perdonado la vida era para el sacrificio (1S 15:20-21). Lo que Pilato deseaba más que nada era el favor del César, pero lo encubre todo lavándose las manos (Mt 27:24). Los escribas y fariseos eran codiciosos en exceso; pero sus largas oraciones, como un manto, deben cubrirlo todo (Mt 23). Judas también era un hombre de la misma mente y temple que ellos: «¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella» (Mt 26:8-9; Jn 12:5-6). Judas, como piensa Tertuliano, era bastante honesto hasta que cargó la bolsa; pero apenas estaba en el cargo, sacó la conciencia del cargo, pero todo debe cubrirse con un manto de caridad. Observa qué pecado es el que eres más propenso a cubrir con el manto de seda o de raso; y es casi seguro que ese es el pecado que Dios hubiera hecho caer bajo la vara.
Respuesta 12. En duodécimo y último lugar, observa cuál es el pecado que te vence más fácilmente. Dalila pudo vencer fácilmente a Sansón cuando nadie más pudo hacerlo. El apóstol dice: «Despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia» (Heb 12:1). Hay algunos pecados que encuentran más fácil acceso a nosotros y más fácil aceptación entre nosotros, y, por lo tanto, nos cautivan más fácilmente. Observa cuál es el pecado al que más fácilmente y de forma inmediata le abres la puerta; y sin duda ese es el pecado que Dios quiere mortificar y someter con la vara.
- Júzgate a ti mismo
La segunda lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es juzgarte profundamente y humillar grandemente tu alma por el pecado o los pecados que han traído la vara sobre ti. Así hizo David en 2 Samuel 24:10-17.19 Cuando hayas descubierto al Acán que ha traído la vara sobre ti, apedréalo hasta la muerte y humíllate y baja tu cabeza ante la vara, y entonces el Todopoderoso se apaciguará bondadosamente y se reconciliará dulcemente contigo.
- Mira a cada lado de la vara
La tercera lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es mirar a cada lado de la vara. Si hay zarzas a un lado de la vara, hay romero al otro lado de la vara. Si hay ajenjo y hiel en un extremo de la vara, hay miel dulce en el otro extremo de la vara, como había en la punta de la vara de Jonás (1S 14:43).
Si entráramos en el taller de un pintor o de un calígrafo y viéramos un cuadro a medio dibujar, podría perturbarnos y alarmarnos, y aun asustarnos y asombrarnos; pero, cuando el cuadro está perfeccionado, completado y terminado, puede resultar una pieza muy hermosa, encantadora y arrebatadora. La aplicación es fácil. Así como cada juicio, cada aflicción, cada vara, tiene su lado negro, oscuro; cada juicio, cada aflicción, tiene su lado brillante también. Ahora, es la sabiduría de un cristiano mirar el lado brillante de la vara, la nube, así como es su trabajo mirar el lado oscuro de la vara, la nube. Cuando un cristiano mira el lado oscuro de la nube, debe ser humillado y abatido; pero cuando mira el lado luminoso de la nube, debe ser consolado y animado (Stg 5:11). El que todavía mira el lado espinoso de la vara será muy propenso a inquietarse y desfallecer bajo la vara; pero el que mira el lado de la vara que tiene romero, así como el lado espinoso, soportará paciente, valerosamente y sin reparos cuando se encuentre bajo la vara.
- Mira la vara en la mano del Padre
La cuarta lección que has de aprender por la vara o por la peste furiosa es mirar la vara, no separada de la mano que la sostiene, sino conjuntamente con la mano que la sostiene. Así lo hizo Ezequías (2R 20:16-19); así lo hizo Aarón (Lv 10:1-3); así lo hizo Elí (1S 3:11-19); así lo hizo David (Sal 39:9); así lo hizo Job (Job 1:20-22); sí, y así lo hizo Jesús: «La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?» (Jn 18:11). Aunque el cáliz era un cáliz amargo, un cáliz sangriento, sin embargo, viendo que fue puesto en Su mano por Su Padre, lo bebe mientras dice: «Padre, te doy gracias». La vara en sí misma es para el niño dolor y sangre; pero la vara en la mano de un Padre es amor, bondad y dulzura. Él castiga a los que ama (Ap 3:19). Nunca debes mirar la vara sin mirar al mismo tiempo la mano de tu Padre celestial que la sostiene, y entonces preferirás besarla que quejarte cuando estés bajo ella.
- Aférrate a Dios bajo la vara
La quinta lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es aferrarte a Dios bajo la vara. Oh, cómo se aferra y se agarra el niño de su padre cuando toma la vara. Deja que ese espíritu infantil se encuentre en ti cuando el Padre de los espíritus tome la vara. Cuando la vara estaba sobre la espalda de David, oh, cómo se aferra a Dios, así como la esposa se aferra a su marido; porque la palabra hebrea dabak en ese Salmo 63:8 es muy importante. Así cuando Job estaba recibiendo la vara, ¡oh, cómo se aferraba a Dios! «Aunque él me matare, en él esperaré» (Job 13:15). Job se aferraba a un Dios que mata; igual que la iglesia en el Salmo 80:15-18; así aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que tenían el nombre de su Padre escrito en la frente (Ap 14:1-6). ¡Oh amigo! Nunca muestras tanto amor, ingenuidad o integridad infantil, como cuando, bajo la vara dolorosa, se te encuentra aferrado al Señor, y agarrado del Señor por un ejercicio de gracia. Cuando Antístenes levantó su vara, como si tuviera la intención de sacar a golpes a uno de sus alumnos de su escuela, el alumno le dijo «que podía golpearlo si quería, pero que nunca encontraría una vara de madera tan dura que pudiera separarlo a golpes de él».20 Cuando ninguna vara, ningún bastón, ninguna aflicción puede separarnos de Cristo, es un argumento seguro de que hemos aprovechado mucho en la escuela de Cristo.
- Prepárate para encontrarte con el Señor
La sexta lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es prepararte para encontrar al Señor mientras la vara está en Su mano. «Por tanto, de esta manera te haré a ti, oh Israel; y porque te he de hacer esto, prepárate para venir al encuentro de tu Dios, oh Israel» (Am 4:12). Ahora bien, hay una doble preparación.
La primera es una preparación negativa, que consiste en guardarse de pecar contra la luz y la conciencia; porque los pecados que se cometen contra la luz clara y la conciencia despierta son los que más hieren, atormentan, aterrorizan y condenan.
En segundo lugar, hay una preparación positiva, que consiste en arrepentirse y volver al Señor, y en rebajarse y humillarse ante el Todopoderoso (2Cr 7:14). Así como no se puede huir de Dios, tampoco se puede contender con Dios; porque ¿qué es la paja para el torbellino, o el rastrojo para el fuego consumidor? Por lo tanto, la voz de la vara es: Prepárate para encontrar al Señor en un camino de fe y arrepentimiento; prepárate para encontrar al Señor en un ejercicio de gracia; prepárate para encontrar al Señor con oraciones, lágrimas y fuertes clamores.
- Reconoce el poder soberano de Dios
La séptima lección que debes aprender de la vara o de la peste furiosa es reconocer el poder soberano y la autoridad de Dios sobre la vara, para inclinarla, o quebrarla, o quemarla, o quitarla, o ponerla más o menos según le plazca (Miq 6:13; Dt 28:58-61). Todas las enfermedades y dolencias están bajo el gobierno de Dios; todas son Sus sargentos, Sus siervos, para ejecutar Su voluntad. Mateo 8:5 es un texto claro. Cristo le dice al centurión que vendría y sanaría a su siervo; el centurión le dice que no era digno de que viniera bajo su techo; que solo tenía que decir la palabra, y su siervo sanaría. «Porque», dice, «también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a este: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe» (v 9-10). Pero ¿dónde se manifestó la grandeza de la fe del centurión? Pues, en este mismo reconocimiento de que todas las enfermedades eran para Cristo como siervos, y que estaban bajo el mando de Jesucristo tanto como cualquier siervo terrenal está bajo el mando de su amo. Cuando Cristo les ordena que vayan y aflijan a tal hombre, ellos van; y atormenten a tal hombre, ellos van; y maten a tal hombre, ellos van; y así, cuando Él los llama, ellos responden a Su llamado. Amigo, es una evidencia muy grande de fe el creer estas cinco cosas:
En primer lugar, que Dios es el autor de todas las enfermedades, males y dolencias que hay en el mundo, y que Él las pone y las quita a Su propia voluntad y placer. «¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?» (Am 3:6). Habla del mal del castigo, y no del mal del pecado. Era un principio absurdo entre los maniqueos,21 que consideraban al diablo como el autor de todas las calamidades, como si pudiera haber algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho.
En segundo lugar, es una evidencia muy grande de fe creer que todas las enfermedades y dolencias están limitadas por Dios con respecto a los lugares. Dios envió enfermedades de todo tipo a Egipto, pero las prohibió en Gosén (Ex 8:20-23; 9:23-26). Reflexiona seriamente sobre estas Escrituras. El hecho de que Dios dispare Sus flechas a un pueblo y no a otro, a una ciudad y no a otra, a un reino y no a otro, a una familia y no a otra, evidencia suficientemente que todas las enfermedades y dolencias están limitadas por el Santo de Israel con respecto a los lugares.
En tercer lugar, es una evidencia muy grande de fe creer que todas las enfermedades y dolencias están limitadas por Dios con respecto a las personas. Que esto es así es evidente en el Salmo 91:3-8 e Isaías 65:12. Pero ¿quién vive en fe a la luz de esta verdad? A veces en la misma casa uno es infectado y el otro no; a veces en la misma cama el uno es herido y el otro no; a veces en la misma mesa el uno es quitado y el otro es dejado. Y esto evidencia y atestigua categóricamente que todas las enfermedades y dolencias están limitadas por Dios con respecto a las personas, así como con respecto a los lugares.
En cuarto lugar, es una evidencia muy grande de fe creer que todas las enfermedades y dolencias están limitadas por Dios en cuanto a los grados en que se presentarán. El Dios que pone límites al mar embravecido y que le dice: «Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante» (Job 38:11), ese Dios pone límites a todas las enfermedades y dolencias agudas, y les dice: «Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante». Pone límites a la fiebre; le dice, ve y abrasa y quema hasta un punto, pero no más; y a la hidropesía, ve y ahoga el cuerpo hasta un punto, pero no más; y a la peste furiosa, ve y debilita el cuerpo hasta un punto, pero no más; y a la enfermedad, ve y atormenta el cuerpo hasta un punto, pero no más.
En quinto lugar, es una evidencia muy grande de fe creer que todas las enfermedades y dolencias están limitadas por Dios en cuanto a su duración. Dios dice a una enfermedad, anda, quédate con tal hombre tantos años; a otra, anda, quédate con tal hombre pocos años; y a otra, anda, quédate con tal hombre un año; y a otra, anda, quédate con tal hombre pocos meses; y a otra, anda, quédate con tal hombre pocas semanas; y a otra, anda, quédate con tal hombre pocos días; y a otra, anda, quédate con tal hombre pocas horas, etc.; y así sucede.
- Apártate más del mundo
La octava lección que has de aprender por la vara o por la peste furiosa es apartarte más del mundo y mortificar más los afectos a todas las comodidades, contentamientos y goces mundanos (Ga 5:24; 1Co 7:29-31; Ec 1:2; Pro 23:5; Jer 45:4-5). Un hombre nunca llega a experimentar tanto el vacío, la vacuidad, la inutilidad, la vanidad, la mutabilidad, la impotencia, la insuficiencia y la incertidumbre de todas las comodidades y goces mundanos, como cuando llega a caer bajo la vara. El grito constante de la vara es: muere a las ganancias, placeres, honores y aplausos del mundo; muere a las relaciones, muere a los amigos, muere a todo lo que no sea un Jesús vivo.
- Procura la certeza de cosas mejores
La novena lección que has de aprender por la vara o por la peste furiosa es obtener la certeza de cosas mayores y mejores que las que ofrece este mundo (Heb 10:33-34). Existe este dicho que es tan cierto como antiguo: que la certeza de una vida eterna es la vida de esta vida temporal. Pero ya que he hablado bastante sobre este tema en mi tratado sobre la certeza, el cual está a tu alcance, me contentaré solo con esta mención por el momento.22
- No desprecies la vara
La décima lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es no despreciar la vara. «Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor» (Heb 12:5). La palabra griega ομιγωρει que se traduce menospreciar, significa despreciar una cosa. Oh, no menosprecies la vara, no le restes importancia, no la desprecies, no te burles de ella, no hables de ella con menosprecio; no digas: no la tendré en cuenta. El que lo hace, demuestra ser más un romano[^23] que un cristiano. Ahora bien, debido a que muchos tienen una seria propensión a hacer caso omiso de la vara, serás muy sabio si tomas en serio estos cuatro puntos:
Primero, que es la mano directa de Dios, y por lo tanto no debe despreciarse (Am 3:6; Dt 28:58-61). Es algo triste y pecaminoso despreciar la mano de Dios cuando interviene; pero es más triste y pecaminoso despreciar lo que viene directamente de la mano de Dios.
En segundo lugar, es una mano poderosa de Dios. «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo» (1P 5:6). Ciertamente es un corazón extremadamente malvado el que se atreve a despreciar la poderosa mano de Dios (Am 4:10; Ez 38:22-23).
En tercer lugar, es una mano airada de Dios, y por lo tanto no la desprecies. «Porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados… ¿Quién conoce el poder de tu ira, y tu indignación según que debes ser temido?» (Sal 90:7,11). ¿Temblarán los demonios bajo Su mano airada? Sí, rugirán como el mar bajo Su mano llena de ira, como dice la palabra griega ϕρισσουσι en Santiago 2:19, ¿y te atreves a despreciar Su mano airada? No lo permita Dios (Nm 16:46; Ez 33:27-29; Dt 29:22-25).
En cuarto y último lugar, considera que es una mano santa, es una mano justa y recta, es una mano fiel de Dios; y, por lo tanto, no la desprecies (Jer 29:17-19; Lv 26:25; Jer 14:12-16). «Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justos [o justicia], que conforme a tu fidelidad me afligiste… Justo eres tú, oh Jehová, y rectos tus juicios» (Sal 119:75, 137). Ciertamente nadie, excepto las personas impías, será tan insolente como para despreciar la santa mano de Dios.
- No te desanimes bajo la vara
La undécima lección que debes aprender por la vara, o por la peste furiosa, es no desanimarte bajo la vara (Jer 27:13; 2S 24:10, 17). «Ni desmayes cuando eres reprendido por él» (Heb 12:5).
En primer lugar, es una vara en la mano de un Padre; y, por lo tanto, no desmayes bajo ella.
En segundo lugar, Dios hará mucho bien por medio de la vara, y, por lo tanto, no desmayes bajo la vara.
Tercero, no podrías estar sin la vara; y, por lo tanto, no desmayes bajo la vara.
En cuarto lugar, la vara que está ahora sobre ti no es conforme a la grandeza de la ira de Dios, ni conforme a la grandeza de Su poder, ni conforme al rigor de Su justicia, ni conforme a los deméritos de tus pecados, ni conforme a los deseos malignos de Satanás, ni conforme a los designios, conspiraciones, maquinaciones de hombres malvados e irracionales, ni conforme a la extensión de tus temores, pues has temido cosas peores de las que experimentas, ni conforme a esa vara que estuvo sobre los santos de la iglesia primitiva, ni conforme a esa vara bajo la que se encuentran muchos miles de los preciosos hijos e hijas de Sion en otras partes del mundo; y, por lo tanto, no desmayes bajo la vara, no te desanimes bajo la vara.
En quinto lugar, al desmayar bajo la vara, agradas a Satanás, traes reproche a la religión, te haces inservible y haces más difícil el arrepentimiento futuro; y por lo tanto, no desmayes bajo la vara.
- Besa la vara
La duodécima lección que has de aprender bajo la vara o por la peste furiosa es _besar humildemente la vara_y permanecer paciente y tranquilamente bajo la vara, hasta que el Señor te conceda una liberación misericordiosa o gloriosa de ella (2Cr 32:25-26; Lv 26:40-42; Miq 7:9; Lm 3:30). ¿Qué es la vara, y qué es la peste furiosa, comparadas con los horrores de la conciencia y las llamas del infierno, o una separación eterna «de la presencia del Señor y de la gloria de su poder»? (2Ts 1:8-9). Pon, pues, la boca en el polvo y haz silencio ante el Señor. El que merece ser ahorcado, si escapa con un azote, no tiene por qué murmurar ni quejarse; y nosotros, que merecemos ser condenados, tenemos pocos motivos para murmurar o quejarnos de un azote, aunque sea con la vara de una peste.
- Habla bien del Señor
La decimotercera lección que has de aprender por la vara o por la peste furiosa es justificar al Señor decidida y completamente, sin reservas, y pensar y hablar bien del Señor cuando te encuentres bajo la vara. Para ello, consulta estas Escrituras: Sal 119:75, 137; Neh 9:33; Ez 9:13; Lm 1:3, 5, 7, 8, 10; 4:15, 18; Dn 9:12, 14; 2R 20:16-19; Jer 12:1-2; Sal 119:17-22; 22:1-3; 97:2.
- Apártate del mal
La decimocuarta lección que aprendes por medio de la vara o por la peste furiosa es la reforma personal. Cuando la vara golpea y la peste hace estragos, Dios espera que cada hombre golpee su muslo y se aparte de la maldad de sus acciones. «Si yo cerrare los cielos para que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2Cr 7:13-14); es decir, quitaré los juicios que pesan sobre la tierra, y conferiré a Mi pueblo reformado todos los favores y bendiciones que necesita. Consulta estas Escrituras: Esd 10:14, 19; 2Cr 30:8-9; 29:8, 10, 15, 16.
- Haz de Dios tu morada
La decimoquinta lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es hacer de Dios tu morada, tu refugio, tu amparo. Reflexiona seriamente sobre estas Escrituras: Sal 91:2, 9, 10; 90:1; 71:3; 57:1. Moran más seguros, más protegidos, más tranquilos, quienes habitan en Dios, quienes viven bajo la sombra del Todopoderoso, y quienes cada día hospedan sus almas en el seno de los amores eternos.
- Haz de Dios tu temor
La decimosexta lección que has de aprender por la vara o la peste furiosa es hacer de Dios el gran objeto de tu temor (Sal 119:119-120; Is 8:7-8, 13-14). Cuando los juicios de Dios amenazan y son ejecutados, cuando los tememos o los experimentamos, ha de ser de gran interés para nosotros hacer de Dios el objeto principal de nuestro temor. Debemos temer más a la mano que aplica la vara que a la vara misma (Job 13:11; Jer 36:24). Cuando Dios toma la vara, cuando desenvaina Su espada y cuando dispara Sus flechas pestilentes entre nosotros, oh, cuánto nos concierne temer ante Él con un temor infantil, con un temor reverencial, con un temor que fortalece el corazón contra el pecado, y con un temor que prepara el alma para el deber, y que atrae, sí, impulsa el alma al deber.
- Espera la presencia de Dios
La decimoséptima lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es esperar la presencia extraordinaria de Dios contigo y Su admirable protección sobre ti. Consulta estas Escrituras: Is 43:2; Dn 3:24-25; Sal 23:4-5; Sal 91; Is 63:9; Is 26:20-21; Ez 9:4, 6. Dios está por encima y por debajo de Su pueblo (Dt 33:25-27). Está debajo y sobre ellos (Cnt 2:6). Está delante y detrás de ellos (Is 52,12; 58,8). Está a la derecha y a la izquierda de Su pueblo (Sal 16:8; 121:5; 118:15-16; Ex 14:22, 29). Dios rodea a Su pueblo (Sal 34:7; 125:2). Y Dios está en medio de Su pueblo (Zac 2:5; Sal 46:5; Is 12:6). ¡Oh, la seguridad del pobre pueblo de Dios! Porque Dios está por encima y por debajo de Su pueblo, delante y detrás, en el frente y en la retaguardia, alrededor y en medio de ellos.
- Vive diariamente ejercitando la gracia
La decimoctava lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es vivir cada día en un ejercicio renovado, voluntario y frecuente de la gracia. Consulta estas Escrituras: Sal 91:2-4; Jer 39:17-18; Miq 7:7-9; Sal 40:1-2; Hab 2:1-4; Jer 30:21. El hombre que vive diariamente ejercitando la gracia, vive cada día en el cielo de este lado del cielo, cualquiera que sea la aflicción o el juicio bajo el que se encuentre.
- Busca al Señor por medio del ayuno y la oración
La decimonovena lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es la de avivar tu corazón para buscar al Señor por medios extraordinarios, es decir, por el ayuno y la oración. Consulta estas Escrituras: Nm 16:46ss; Sal 106:23, 29-30; Is 22:2-5, 12-13; Jon 3:5ss; 2Cr 12:2-7; 1R 21:21ss; Jl 2:12-17.
- Prepárate para la muerte
La vigésima, y, por lo tanto, la última lección que debes aprender por la vara o por la peste furiosa es prepararte para la muerte; es estar realmente listo para morir. ¡Ah, amigo! Cada molestia, cada dolor, cada enfermedad, es una de las advertencias de la muerte. No hay un dolor de cabeza, ni un dolor de muelas, ni una queja, ni una pena, ni una caída, ni una torcedura, ni una llaga, que no sea una advertencia divina al hombre para que se prepare para morir. Morir es una labor solemne; y, por lo tanto, tenemos que prepararnos para morir. Es una obra que se ha de hacer una sola vez; y, por lo tanto, tenemos que prepararnos para hacer bien esa obra que se ha de hacer una sola vez. En este mundo escuchamos a menudo, y oramos a menudo, y leemos a menudo, y meditamos a menudo, y comemos a menudo, y bebemos a menudo, y lo que es peor, pecamos a menudo; pero hemos de morir una sola vez (Job 14:14; Heb 9:27). La muerte pondrá a prueba todas nuestras gracias, y todas nuestras experiencias, y todas nuestras evidencias, y todas nuestras comodidades, y todos nuestros logros, y todos nuestros goces; y por eso necesitamos prepararnos para morir.
Aunque no hay nada más cierto que la muerte, sin embargo, no hay nada más incierto que 1) el momento en que moriremos; 2) el lugar donde moriremos; y 3) la manera en que moriremos: si moriremos de muerte súbita, de muerte lenta o de muerte violenta; si caeremos por medio de la espada en el extranjero, o por el hambre o la peste en casa; si caeremos por esta o aquella enfermedad; y, por lo tanto, necesitamos estar siempre listos para morir. Nadie morirá más pronto por prepararse para morir, pero sí morirá mejor y mucho más fácil; y, por tanto, tengamos siempre ceñidos nuestros lomos y encendidas nuestras lámparas. Así como la muerte nos deja, así nos encontrará el juicio; y, por lo tanto, tenemos una gran razón para asegurarnos de que nuestro interés en Cristo es genuino, que tenemos una naturaleza transformada y que hemos sido perdonados, para que no tengamos nada pendiente por hacer a la hora de morir. A menos que nos preparemos para morir, todos los demás preparativos no nos servirán de nada. En una palabra, la muerte es un cambio, un gran cambio. Es el último cambio hasta la resurrección. Es un cambio duradero, sí, un cambio eterno; porque pone al hombre en una condición eterna de felicidad o miseria. Es un cambio universal; todas las personas deben pasar bajo esta espada ardiente. Esa ley: «Polvo eres, y al polvo volverás» (Gn 3:19), tarde o temprano se cumplirá en todos los mortales; y, por lo tanto, es muy importante que nos preparemos para la muerte.
Y de esta manera, te he presentado estas lecciones que debes aprender por medio de la vara. Quiera el Señor que tu alma sea impactada por esas influencias constantes de Su Santo Espíritu, y Su mensaje renovado y completo, que te capaciten para extraer esas veinte lecciones que he expuesto ante ti. Confieso que la carta es larga, pero considera tu propia condición y las condiciones bajo las cuales estamos en el presente, y entonces supongo que no la llamarás una carta tediosa.
Footnotes
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Publicado durante la terrible peste de Londres de 1665, la última gran epidemia de peste bubónica que tuvo lugar en Inglaterra; se calcula que 100.000 personas murieron de peste en 18 meses. ↩
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John Immanuel Tremellius (1510-1580) – Judío italiano convertido al cristianismo; estudioso del hebreo. ↩
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Plutarco (46?-120 d.C.) – Filósofo griego, De Superstitione. ↩
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El lema del emperador Rodolfo era: «Omnia ex voluntate Dei» (Todo debe ser como Dios quiere). Y este debería ser el lema de todo cristiano bajo la vara. ↩
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Los Actos y Monumentos de Foxe, en Eduardo I. ↩
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El ojo que el pecado cierra, las aflicciones abren.—Gregory ↩
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Cruz del llanto – cruz erigida en o junto a la carretera, especialmente para las devociones de los penitentes; símbolo de humillación o penitencia. ↩
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Eslabones – antorchas; lo que recuerda el axioma: «La verdad, como una antorcha, cuanto más se agita más brilla». ↩
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Bernardo de Clairvaux (1090-1153) – teólogo y reformador monástico francés conocido por su devoción. ↩
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Esto ocurrió realmente con la señora de Henry Erskine, que más tarde dio a luz a los Erskine, tan famosos en la historia eclesiástica escocesa. Véase Lives of Ebenezer and Ralph Erskine de Fraser, 2 volúmenes. ↩
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Psylli – tribu de Libia, África, famosos como encantadores de serpientes. ↩
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Vástago espurio – hijo ilegítimo. ↩
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Pliny the Elder (23/24-79), The Natural History, ed. John Bostock (Medford, MA: Taylor and Francis, Red Lion Court, Fleet Street, 1855), 2125–2126; M. Annaeus Lucanus, Pharsalia, ed. Edward Ridley (Medford, MA: Longmans, Green, and Co., 1905). ↩
-
Martín Lutero (1483-1546) – monje alemán, sacerdote, profesor de teología y líder de la Reforma protestante, que restauró en la iglesia la doctrina de la justificación solo por la fe. ↩
-
John Trapp (1601-1669), A Commentary on the Old Testament. ↩
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Hiel y ajenjo – sustancias amargas y venenosas; metafóricamente, experiencias muy dolorosas. ↩
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Diablo blanco – Martín Lutero utilizó este término para referirse a que el diablo engaña a menudo al mundo bajo la apariencia externa de bondad: «El mismo Satanás se transforma en ángel de luz» (2Co 11:14). Conferencias sobre Gálatas, Obras de Lutero, Vol. 26: ed. Jaroslav Jan Pelikan, (San Luis: Editorial Concordia, 1999), 41. En 1612, John Webster (c.1580-c.1625) escribió una obra titulada The White Devil (El diablo blanco), con un tema similar sobre personas que son «puras» (blancas) por fuera pero demonios por dentro. Brooks parece usarlo aquí para los cristianos que descubren pecados en sí mismos cuando harían el bien. ↩
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Malos humores – La teoría de los humores, o humorismo, fue prominente en la ciencia médica desde aproximadamente el año 500 a. C. hasta posiblemente mediados del siglo XIX. El humorismo enseñó que el cuerpo humano contiene sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Estas son las cosas que componen su constitución y causan sus dolores y salud. ↩
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Ver estas escrituras: 2Cr 28:10; Jer 8:6; Eze 7:15-16. ↩
-
El erudito era Diógenes. Cf. Fragmenta de Atisthenes, de Winckelmann. ↩
-
Maniqueos – discípulos de Mani (216-277 d.C.), un filósofo iraní que sintetizó ideas persas, cristianas y budistas para formar el maniqueísmo. Agustín era maniqueo antes de su conversión a Jesucristo. ↩
-
Brooks, Heaven on Earth, disponible en edición de bolsillo en Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org. ↩