El último día del creyente su mejor día

Thomas Brooks

Un sermón predicado en el funeral de la señora Martha Randall, en la Iglesia de Cristo, Londres, 28 de junio de 1651.

El título original, A Believer’s Last Day Is His Best Day (El último día de un creyente es su mejor día), apareció en 1651-52. Pasó por un gran número de ediciones a lo largo de los diez años siguientes, aunque las diversas reimpresiones no se designan en las portadas. A menudo se encuentra como apéndice de Heaven on Earth (El cielo en la tierra). Tal vez nada compruebe mejor la popularidad de Brooks que la gran circulación de mensajes como este y «Collar de perlas», ambos eran sermones fúnebres.

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El último día del creyente: Su mejor día

Me has guiado según tu consejo, Y después me recibirás en gloria (Salmo 73:24).

Luz está sembrada para el justo, Y alegría para los rectos de corazón

(Salmo 97:11).

Dedicatoria epistolar

A mis respetables y amados amigos, John Russel y señora, y Thomas Randall: Toda la felicidad en este mundo y en el venidero. El siguiente sermón fue predicado por causa de su insistencia. Ustedes saben que nada satisfaría sus espíritus más que su impresión, lo que finalmente me movió, casi a regañadientes, a conceder su deseo. No es que me deleite en negar sus deseos, ni porque lo apreciara, sino porque no lo consideré suficientemente digno para ustedes ni para el peso que le adjudicaron, ya que es tan solo el fruto de algunas breves meditaciones entrecortadas. Ahora he publicado estas notas, que les presento con todo mi cariño. Alguna vez estuvieron en sus oídos, ahora están ante sus ojos. ¡Que el Señor las guarde siempre en sus corazones! Si algo en este sermón es digno de meditarse, no es mío, sino del Señor, por medio de Su gracia…

Estimados amigos, bien saben que todos debemos morir en el desierto de este mundo, ser reunidos con nuestros padres y no volver a ser vistos. Abraham y Sara deben partir, Jacob y Raquel deben separarse, David y su niño deben cortar lazos. Nuestros días están contados, nuestro tiempo ha sido señalado y no podemos traspasar nuestras fronteras. «El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila» (Sal 103:5). Por tanto, no nos lamentemos como los que «no tienen esperanza», ni seamos como Raquel que «no quiso ser consolada» (Mt 2:19). Con este propósito, acepten estos consejos:

  1. Mediten con profundidad en el dulce comportamiento de otros que sufren la pérdida de seres cercanos y queridos. Cuando Dios dictó la sentencia de muerte sobre el hijo de David, él «se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y adoró. Después vino a su casa, y pidió, y le pusieron pan, y comió» (2S 12:20). Cuando sus siervos cuestionaron esta acción, él respondió: «Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver?» (12:23).

De igual manera, cuando los hijos de Aarón fueron destruidos con fuego por ofrecer fuego extraño,1 Aarón se quedó callado; dominó sus pasiones y se sometió dulce y silenciosamente a la justicia divina (Lv 10:22-23). Del mismo modo, cuando se le dijo a Anaxágoras2 que sus dos hijos (los únicos que tenía) habían muerto, no se aterrorizó por las tristes noticias y respondió: «Sé que engendré criaturas mortales». El pueblo de Tracia entierra a sus hijos con gran gozo, pero en su nacimiento se lamentan con dolor al considerar las miserias que probablemente les acaecerán mientras vivan.

  1. En tiempo de cruces, pérdidas y miserias, es sabio que los creyentes contemplen más la corona que la cruz; que mediten más en la gloria que en la miseria; que miren más la serpiente de bronce, que fue levantada, antes que la serpiente abrasadora que muerde y envenena (2Co 4:16-18; Heb 10:34; 11:24-26, 35; 12:1-3).

Basilio3 habla de algunos mártires que fueron echados fuera desnudos por la noche en medio del invierno y que luego fueron quemados al siguiente día, y de cómo se consolaban de esta manera: «El invierno es crudo, pero el paraíso es dulce; aquí temblamos de frío, pero el seno de Abraham lo compensará todo».

Galeno4 escribe acerca de un pez llamado uranoscopus que tiene un solo ojo que, sin embargo, mira constantemente hacia el cielo. Un cristiano bajo la cruz siempre debe tener un ojo mirando hacia el cielo, de manera que su alma no desmaye y que pueda dar gloria a Dios en el día de la visitación.

Se dice que a Lázaro, después de su resurrección de entre los muertos, nunca se le vio reír de nuevo; sus pensamientos y afectos estaban tan fijos en el cielo que, aunque su cuerpo estaba en esta tierra, no podía sino menospreciar las cosas temporales, ya que su corazón estaba tan empeñado en las cosas eternas.

«El hombre», dijo Crisóstomo,5 «que medita en la contemplación del cielo estará reacio a salir de ahí». «Más aún», dice Agustín,6 «un hombre podría pasar la vida contemplando el cielo y primero envejecer antes que aburrirse».

  1. Comparen sus misericordias junto con sus pérdidas y descubrirán que sus misericordias sobrepasan de forma maravillosa sus pérdidas. Si han perdido una misericordia, aún disfrutan de muchas más. ¿Qué es la pérdida de una esposa, de un hijo o de cualquier otra misericordia temporal cuando se la compara con el gozo del alma en el favor de Dios, con el perdón de pecados, con la paz de conciencia, con la esperanza del cielo, entre otros? Además, es posible que disfrutemos de tantas misericordias temporales que muchos de los preciosos hijos de Sion no tuvieron.

  2. Consideren seriamente las razones por las que Dios despoja a Su pueblo de sus misericordias más cercanas y amadas. Estas son:

a. Para probar la fuerza y el poder de Su gracia. No toda cruz ni toda pérdida pone a prueba la fuerza de las gracias del creyente. Job se sostuvo con valentía ante tantas aflicciones por un tiempo, pero, cuando la tormenta lo había dejado empapado, actuó como un hombre carente de gracia y no como uno que superaba a todos los demás en gracia.7

Cuando Dios quema el cobertizo, pero deja en pie el palacio; cuando se lleva al siervo, pero guarda al hijo; cuando toma una flor aquí y allá de los jardines del hombre, pero deja las flores que son el deleite de sus ojos y la alegría de su corazón, este lo soporta con paciencia y dulzura. No obstante, cuando Dios quema el palacio, se lleva al hijo y toma la flor más bella del jardín, entonces usualmente demostramos que somos humanos, sí, humanos débiles que claman con pasión: «¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!» (2S 18:33).

b. Dios dicta sentencia de muerte sobre las misericordias más estimadas del hombre para que Él mismo sea más temido y para que Sus preciosos siervos y su consejo puedan ser mejor atendidos y valorados. Los egipcios no temblaron bajo diferentes juicios, ni hicieron caso a lo que Moisés y Aarón dijeron, hasta que Dios castigó a sus primogénitos; entonces sí temblaron y los siervos del Señor y su consejo encontraron mejor recepción que antes. Ah, ¡amigos míos! ¿Ha castigado ya el Señor a su primogénito (en forma figurada)? Entonces, consideren: Aprecien el honor de Dios, el avance del evangelio, la paz de sus propias conciencias, el cerrar de la boca de los malvados y la alegría de aquellos corazones que Dios no desea entristecer, de manera que Él sea más temido y que Sus siervos y Sus servicios sean más aceptados, amados y valorados.

El pueblo de Dios y Sus ordenanzas son para Él como Su primogénito, y a quienes tomen a la ligera al primogénito de Dios, Él tomará a la ligera su primogénito. Estos egipcios habían dado muerte a Israel, el primogénito de Dios y, por lo tanto, Dios da muerte a sus primogénitos. Mi anhelo y oración será que Dios elimine y tome a cada primogénito, en forma figurada, para hacer más espacio en el corazón para Dios, Cristo, los santos8 y las ordenanzas, de manera que su gran pérdida pueda ser transformada en la mayor ganancia. Y, ciertamente, si este remedio, esta pócima dada por medio de una mano extendida desde el cielo, no produce esta ganancia, ¡la siguiente será mucho más amarga (Jn 5:14)!

c. Dios dicta sentencia de muerte sobre las misericordias más cercanas y amadas del hombre para poder atraerlos a una dependencia más completa y plena en Él. El hombre es una criatura que tiende a sostenerse y a descansar en apoyos terrenales. Dice el salmista: «Mira a mi diestra y observa, pues no hay quien me quiera conocer; no tengo refugio, ni hay quien cuide de mi vida» (Sal 142:4). Ahora, ¿qué hará cuando todos los apoyos le fallen? Solo le queda descansar dulcemente en Dios: «Clamé a ti, oh, Jehová; Dije: Tú eres mi esperanza, y mi porción en la tierra de los vivientes» (v 5).

Cinégiro, un capitán ateniense, mostró gran valentía en la guerra persa.9 Él persiguió a sus enemigos cargados de abundantes botines tomados de su país. Estaban listos para echar amarras y zarpar, pero él sostuvo el barco con su mano derecha; cuando esta fue cortada, lo sostuvo con la izquierda. Cuando esta también fue cortada, lo sostuvo con los muñones, hasta que le cortaron sus brazos; luego, lo sostuvo con los dientes, hasta que le cortaron la cabeza. Esta es precisamente la actitud de la mayoría de los hombres y las mujeres en el mundo, que se sostienen de un apoyo y, si Dios lo corta, se sostendrán de otro, y así sucesivamente hasta que Él corte todos los apoyos; solo entonces, encuentran descanso, se enfocan en Dios y exclaman: «Todas mis fuentes están en ti»10 (Sal 87:7).

d. Dios despoja a Su pueblo de las misericordias más estimadas para que pueda trabajar en su corazón para lograr un examen más diligente de su propio corazón y conducta, de manera que digan con la iglesia: «Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová» (Lam 3:40). La palabra hebrea traducida como «examinar» significa buscar como para encontrar a una persona disfrazada. Cuando la mano y el cayado de Dios están sobre nuestras espaldas, nuestras manos deben ir sobre nuestro corazón y tenemos que clamar: «¡Qué maldad hemos hecho!».

Séneca11 afirma que Sexto se hacía tres preguntas todas las noches:

  1. ¿Qué mal has sanado hoy?

  2. ¿Contra qué vicio te has levantado hoy?

  3. ¿De qué forma has hecho mejor este día?

Cuando la tormenta te golpea con fuerza es necesario que identifiques al Jonás dormido en el fondo de tu alma, de manera que, al ser descubierto y echado por la borda, tu alma pueda estar a salvo; pues la seguridad de tu alma yace en ahogar tus pecados.

e. Dios despoja a Su pueblo de sus misericordias externas más apreciadas para que puedan ser más compasivos con quienes están o estarán en su misma condición. Hasta este día, los judíos, en sus fiestas y celebraciones nupciales, quiebran una copa de vino en memoria de Jerusalén y dicen, mientras lo hacen: «¡Así fue quebrada Jerusalén!». El vino que derraman lo reponen con lágrimas. ¿Acaso no es digno de vergüenza tener el mismo nombre, la misma fe, el mismo Cristo, la misma profesión, etcétera, y desear siempre caminar sobre rosas? ¿Acaso no es digno de vergüenza embarcarse en este gran barco del cristianismo junto con tantos espíritus valientes y esconderse bajo la cubierta? Los santos deberíamos ser como cuerdas de laúd bien afinadas unas con otras: cuando una suena, la otra tiembla.

f. Dios despoja a Su pueblo de sus misericordias externas más estimadas y cercanas para que puedan apreciar y probar mejor sus misericordias espirituales y celestiales. Diógenes12 observó la necedad de los hombres de su época: infravaloraban las mejores cosas, pero sobrevaloraban las peores. ¡Ah, cuánto quisiera que este no fuera el pecado y la vergüenza de los profesantes13 actuales!

Dios se lleva las riquezas inciertas para que Su pueblo aprecie más las riquezas certeras. Él se lleva la fuerza natural para que Su pueblo aprecie más la fuerza espiritual. Dios se lleva a la criatura14 para que Su pueblo aprecie más a su Salvador. Solo las cosas espirituales permanecerán contigo en todos los cambios. Solo las cosas espirituales y celestiales pueden satisfacer el alma. Las palabras que usa un espíritu de gracia son estas: ¡Ah, Señor! ¡Así como lo que yo puedo ofrecerte no te agrada sin mí, tampoco las cosas que recibo de Ti, aunque me den refrigerio, pueden satisfacerme sin Ti! (Jn 14:8). «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra» (Sal 73:25).

  1. La última palabra de consejo que daré es esta: Consideren seriamente y con frecuencia que, cuando Dios se lleva o remueve una misericordia, es solo para dar espacio a otra misericordia, usualmente mejor. Dios le quitó a David a Mical y le dio a la sabia Abigail. Él le quitó a Absalón, pero le dio al sabio Salomón. Dios retiró la presencia corporal de Cristo de Sus discípulos, pero les dio con más abundancia Su presencia espiritual, una elección mucho mejor y una misericordia más dulce. «Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré» (Jn 16:7). Dios siempre cumplirá Su palabra: «No os dejaré huérfanos» (Jn 14:18). ¡No! Vendré y los consolaré a diestra y siniestra y supliré todas sus necesidades y seré para ustedes mejor que todas sus misericordias. «En vez de bronce traeré oro, y por hierro plata», y así sucesivamente (Is 60:17).

Para terminar, «Por su maldad será lanzado el impío; mas el justo en su muerte tiene esperanza» (Pr 14:32). ¡Debemos lamentarnos por el hombre o la mujer que ha muerto y le espera el infierno, a quien el diablo devora y la justicia divina atormenta! Sin embargo, los creyentes que han partido, a quienes los ángeles acompañan y Cristo acoge con un abrazo, a quienes toda la corte celestial sale a recibir, deben considerar la inmortalidad como una misericordia y lamentarse de haber sido impedidos por tanto tiempo de disfrutar de la dulce compañía de Cristo. «Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya» (Nm 23:10). «Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos» (Sal 116:15).

En el amor y servicio de nuestro amado Señor,

Thomas Brooks

El último día del creyente: Su mejor día

Mejor es la buena fama que el buen ungüento; y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento

(Eclesiastés 7:1).

Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia

(Filipenses 1:21).

Amados, me presento aquí hoy para dirigir una palabra a los vivos, ya que no me incumbe hablar nada acerca de los muertos. Por tanto, tengan ustedes la bondad de buscar conmigo Eclesiastés 7:1: «Mejor es la buena fama que el buen ungüento; y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento». Disertaré ahora sobre la segunda parte del versículo: «El día de la muerte [es mejor] que el día del nacimiento».

Dicen los griegos que el inicio del nacimiento del hombre es la concepción de su miseria. «El hombre nacido de mujer, corto de días, y hastiado de sinsabores» (Job 14:1). La palabra hebrea traducida «nacido» significa también «generado» o «concebido», lo que nos señala que el hombre es miserable tan pronto como se abriga dentro del vientre. Entra al mundo llorando. Antes de que el niño hable, profetiza con lágrimas sus tristezas futuras.

Esto hizo que Salomón prefiriera su ataúd antes que su corona, el día de su disolución antes que el de su coronación. Ahora bien, no deseo postergar más mi intención principal, así que haré esta observación: El último día del creyente es su mejor día. ¡El día de su muerte es mejor que el día de su nacimiento! Esta será una verdad dulce y útil para todos los creyentes.

La doctrina de la esperanza en la muerte

Primero, demostraré la verdad de que el último día del creyente es su mejor día.

  1. Un cambio de lugar

La muerte es un cambio de lugar. Cuando el creyente muere, lo único que sucede es que cambia de lugar. De la tierra al cielo, del desierto a Canaán, de Egipto a la tierra de Gosén, del muladar al palacio; como se dijo de Judas: «para irse a su propio lugar» (Hch 1:25). El alma sin Cristo no está donde le corresponde: su lugar es abajo.15 Así también, cuando el creyente muere, va al lugar que le corresponde: el cielo, el seno de Cristo, es su lugar. Y eso confirma la verdad afirmada: el día de la muerte del creyente es su mejor día.

«Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor» (2Co 5:8). En el presente, el creyente no está en el lugar que le corresponde. Su alma sigue laborando y peleando, y no puede descansar hasta que llegue a su destino en el seno de Cristo. Pablo entendió bien esto cuando dijo: «teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor» (Fil 1:23); es decir, que con alegría levantaría anclas, izaría las velas y zarparía hacia mi hogar. Y, en este sentido, las almas preciadas gimen pidiendo su liberación: «Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial» (2Co 5:2). ¿Cuál es la razón? Esta: «sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor» (5:6). No estamos en el lugar que nos corresponde y, por tanto, gemimos por estar en casa; es decir, estar en el cielo, en el seno de Cristo, el cual es nuestro lugar adecuado, nuestro hogar más anhelado.

  1. Un cambio de compañía

La segunda evidencia que demuestra la verdad afirmada es esta: la muerte es un cambio de compañía. La mejor criatura que respira en este mundo debe convivir con los malvados y conversar con ellos. Y esta es parte de su miseria; es su infierno de este lado del cielo. Esta verdad estaba adherida al espíritu de David: «¡Ay de mí, que moro en Mesec, y habito entre las tiendas de Cedar!» (Sal 120:5).16 Observemos también Jeremías 9:2: «¡Oh, quién me diese en el desierto un albergue de caminantes, para que dejase a mi pueblo, y de ellos me apartase! Porque todos ellos son adúlteros, congregación de prevaricadores». Esto fue lo que afligió y atormentó el alma justa de Lot: él «afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos» (2P 2:7-8).

Ah, la muerte es un cambio de compañía. La persona cambia _de_la compañía de los profanos y viles a la compañía de ángeles; y de la compañía de creyentes débiles a la compañía de justos que han sido perfeccionados. Este es un pasaje notable:

Sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto (Heb 12:22-24).

Este es un cambio en verdad. La muerte es un cambio de compañía, así como de lugar. Y, si sopesamos bien esta verdad, debemos aceptar que el día de la muerte del creyente es mejor que el de su nacimiento.

  1. Un cambio de empleo

La muerte es un cambio de empleo. El alma del creyente, cuando muere, cambia su labor y su empleo. La labor del creyente en este mundo consiste en orar, gemir, suspirar, dolerse, luchar y pelear. Y vemos a lo largo de la Escritura que los mejores santos, los que han tenido visiones más magníficas de Dios, son los que han perfeccionado esta profesión. Han dedicado su tiempo a orar, gemir, suspirar, dolerse, luchar y pelear. «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Ef 6:12).17 La verdad es que la vida misma del creyente es una guerra continua y su tarea es siempre estar en el campo de batalla. Los creyentes deben lidiar con enemigos sutiles, maliciosos, vigilantes e incansables. Deben lidiar con enemigos sutiles, maliciosos, precavidos y atentos, como los que abatieron a Adán en el paraíso, el hombre más inocente de la historia; y a Moisés, el hombre más manso de la historia; y a Job, el hombre más paciente de la historia; y a Josué, el hombre más valiente de la historia; y a Pablo, el mejor apóstol de la historia. La vida del cristiano es una guerra. Job dice: «Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación» (Job 14:14). En efecto, está diciendo: «¡Yo sigo luchando con lujurias y corrupciones dentro de mí y con demonios y hombres fuera de mí!». Y en 2 Timoteo 4:7, Pablo dice: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe». Y en 2 Timoteo 2:4: «Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado». La muerte es un cambio de empleo. ¡Transforma este duro servicio, la labor de dolerse, luchar y pelear, en regocijo y en cantos de aleluya al Todopoderoso! ¡Ya no más oraciones, sino alabanzas! ¡Ya no más luchas y peleas, sino danzas y triunfos! ¿Puede el alma del creyente mirar este cambio glorioso y no decir: «Mejor es el día de la muerte del creyente que el día de su nacimiento»? ¡La muerte es el sudario que enjuga toda lágrima de los ojos del creyente (Ap 7:17)!

  1. Un cambio de deleites

La muerte es un cambio de deleites, tanto como un cambio de empleo. Lo expresaré en tres instancias considerables:

a. De oscuridad a dulzura

La muerte es un cambio de nuestro deleite más oscuro e incierto de Dios a un deleite más transparente y dulce de Él. El mejor creyente que respira en este mundo, aquel que ve y goza más de Dios y de Su gloria, no disfruta aún de Dios con claridad plena porque sigue en tinieblas. El apóstol Pablo fue un hombre con deleites profundos en Dios; sin embargo, mientras estuvo en la carne, solo podía ver como por un espejo: «Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido» (1Co 13:12). Dios le dijo a Moisés que no podría ver Su rostro y vivir. La verdad es que podemos soportar apenas una pequeña parte de lo que puede ser descubierto de Dios, ya que hay tanta majestad y gloria poderosas en todos los descubrimientos espirituales de Él. Somos débiles y, por tanto, podemos asimilar solo un poco de Dios. Solo tenemos una comprensión oscura de Él. Testificamos de nuestras lágrimas, suspiros, gemidos y quejas porque avanzamos y retrocedemos. Nos volvemos a la derecha y luego a la izquierda (como dice Job 23:8-9) y Dios se esconde de manera que no podemos verlo.

Plutarco18 nos habla de Eudoxo19, que estaba dispuesto a ser consumido por el sol con tal de que le permitieran acercarse tan cerca como para estudiar su naturaleza. Esto debe marcar el corazón del creyente: Señor, permítenos ser consumidos, para que podamos verte más en todas Tus manifestaciones gloriosas; permítenos ser pobres, déjanos ser lo que sea, de modo que podamos alcanzar un deleite más claro en Ti. Crisóstomo profesó que la falta de disfrute en Dios sería para él un infierno mucho peor que la sensación de cualquier castigo.

Pregunta a quienes tienen un deleite supremo en Dios: «¿Cuál es tu carga más grande?». Te dirán: «Mi carga más grande es esta: ¡que mi comprensión de Dios deje de ser clara, que no pueda ver cara a cara a Aquel a quien ama mi alma tan profundamente!». Ah, pero los santos en el cielo tienen una visión clara de Dios: ¡ya no hay nubes ni neblinas en el cielo!

b. De la imperfección a la perfección

La muerte es un cambio de nuestros deleites imperfectos e incompletos en Dios a un deleite más completo y perfecto en Él. Así como ningún creyente puede ver a Dios con claridad aquí, tampoco puede verlo con plenitud y perfección. «¡Y cuán leve es el susurro que hemos oído de él!» y, de lo que oímos, ¡cuán leve es la palabra que entendemos (Job 26:14)!

Es una expresión excelente de Agustín: «Las glorias del cielo son tantas que exceden en número; tan preciosas que exceden en valor; tan grandes que exceden en medida». Bernardo20 dice: «Que Cristo estuviera con Pablo era su mayor seguridad, pero ¡para Pablo estar con Cristo era su principal felicidad!». Crisóstomo afirmó: «Si fuera posible que todos los sufrimientos de los santos fueran derramados sobre un hombre, ¡no equivaldría a una sola hora en el cielo!». Tal es la grandeza y la plenitud de esta gloria en las alturas. El lema de los santos es: «¡Vayamos allá! ¡Vayamos allá!».

De la misma manera vemos en 1 Corintios 13:12: «Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido». El alma, mientras sigue en este mundo presente, dice: «Disfruto algo de Dios y no me faltaría nada por mil mundos y, sin embargo, mi disfrute no está completo». Si preguntáramos: «Alma, ¿para qué esperar en Dios en esta y aquella ordenanza?», esta respondería: «Para disfrutar de Dios más plenamente». Oh, ¡que seamos llenos de la plenitud de Dios! No hay quejas en el cielo, porque ahí no hay necesidades.

Cuando la muerte aseste su golpe fatal, habrá un intercambio de la tierra por el cielo, de deleites imperfectos por deleites perfectos en Dios. Entonces, el alma será inundada por un deleite completo en Dios. Ni un solo rincón de ella quedará vacío, sino que todo será lleno de la plenitud de Dios. Aquí, en este mundo presente, el alma recibe gracia sobre gracia, pero en el cielo, recibirá gloria sobre gloria. Dios guarda el mejor vino para el final; lo mejor de Él, de Cristo y del cielo están más allá de este mundo presente. Aquí, tenemos algunos destellos, algunas muestras de Dios; sin embargo, Su plenitud está reservada para el estado de gloria. Aquel que percibe más de Dios en esta tierra solo puede ver Su espalda, pero Su rostro es una joya de tal esplendor y gloria que ningún ojo no puede contemplar si no ha sido glorificado.

El mejor cristiano solo puede entender un poco de Dios. Su corazón es como un vial de cristal que no se puede llenar con rapidez, aunque esté en el medio del mar, donde está toda la plenitud. Su corazón es como la vasija de la viuda, que solo podía contener un poco de aceite (2R 4:2-7). El pecado, el mundo y las criaturas ocupan tanto espacio en el mejor corazón que Dios solo se revela de poco en poco, tal como los padres dan golosinas a los niños. Sin embargo, en el cielo, ¡Dios se comunicará por completo y de forma inmediata al alma! Entonces, la gracia será absorbida por la gloria (2Co 5:4).

c. De la transitoriedad a la permanencia

La muerte es un cambio de un deleite de Dios inconstante y transitorio a uno más constante y permanente. Aquí, en la tierra, el deleite de los santos en Dios es inconstante. Un día, se deleitan en Dios y al siguiente, el alma se estanca y se queja en angustia de espíritu. El que consuela mi alma parece «estás lejos» (Sal 10:1); mi copa se ha agotado, mi sol se ha ocultado, y ¿qué puede compensar esta falta de sol? Así como la luz de una vela, de una estrella o de una antorcha no puede compensar la falta de la luz del sol, así también, cuando el Sol de justicia (Mal 4:2) esconde Su rostro, todos los consuelos basados en las cosas creadas no pueden compensar esta ausencia de Su rostro.21

David podía decir en ocasiones que Dios era su porción, su salvación y su torre fuerte (Sal 73:26; 18:2; 61:3) y otras cosas similares; sin embargo, enseguida exclama: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?» (Sal 42:5). En un lugar, afirma: «No seré jamás conmovido»; no obstante, en breve continúa: «Escondiste tu rostro, fui turbado» (Sal 30:6-7). Este es el estado de un creyente en este mundo. Sin embargo, en el cielo no se levantarán nubes entre el Señor y el corazón del creyente. Dios no sonreirá un día y fruncirá el ceño al siguiente; no tomará un día el alma en Sus manos para dejarla a Sus pies al siguiente. Así trata con Su pueblo aquí, pero en el cielo solo habrá besos y abrazos, solo habrá un deleite perpetuo de Dios. Cuando Dios toma un alma para Sí, esta nunca más experimenta la noche, nunca más experimenta las tinieblas; en ese momento, toda lágrima será enjugada. Estas palabras son dulces: «Así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras» (1Ts 4:17-18). En el cielo hay ángeles y arcángeles, sí, pero estos no constituyen el cielo. ¡Cristo es el diamante más brillante del anillo de la gloria! Ver a Cristo y estar con Él para siempre será suficiente cielo y felicidad para nosotros.

Oh, ¡qué glorioso es este cambio! Estas cosas deberían hacer que anhelemos el día de nuestra muerte y que consideremos esta vida presente como una muerte continua.

  1. Un cambio de transitoriedad

La muerte es un cambio que pone fin a todo cambio. ¿Qué es toda la vida del hombre, sino una vida de cambios?

La muerte es un cambio que pone fin a todo cambio externo. Aquí, en la tierra, a menudo cambiamos nuestro gozo por tristeza, nuestra salud por enfermedad, nuestra fortaleza por debilidad, nuestra honra por deshonra, nuestra abundancia por pobreza, nuestra belleza por deformidad, nuestros amigos por enemigos, nuestra plata por bronce y nuestro oro por cobre. Las comodidades del hombre ahora sonríen, mañana mueren. Todo lo temporal es tan transitorio como un chubasco, un barco, un ave, una flecha o un corredor que pasa de largo. El hombre mismo, rey de estas comodidades externas, ¿no es simplemente nada? Es el sueño de un sueño, una sombra, una burbuja, un destello, un estallido. La muerte pone fin a todo cambio externo. Ahí, no habrá más enfermedad ni quejas ni necesidades, etcétera.22

La muerte también pone fin a todo cambio interno. El Señor sonríe al alma y, en otro momento, frunce Su ceño. Él brinda ayuda para vencer el pecado y, luego, después de poco, el hombre es llevado cautivo por su pecado; en un momento es fortalecido contra la tentación y en poco tiempo cae ante ella. Job se comportó de forma heroica en medio de las tormentas y habló cual ángel, pero cuando su cuerpo fue afligido y las flechas del Todopoderoso lo golpearon y sus días se convirtieron en noche y su gozo en lamento, entonces cualquiera lo hubiera considerado un demonio encarnado por las maldiciones que salieron de su boca. Sin embargo, la muerte pone fin a todo cambio tanto interno como externo. Entonces el alma ya no será tentada más, ya no fallará más, ya no pecará más. De manera que podemos juzgar por esto que el día de la muerte del cristiano es su mejor día.

La muerte es un segundo Moisés: libera a los creyentes de la esclavitud y de la fabricación de ladrillos en Egipto. Es un día o año de jubileo para el espíritu que ha recibido la gracia, el año en el que sale libre de los crueles capataces que por tanto tiempo lo hicieron gemir (Lv 25:9-10). Los paganos consideraban a la muerte el summum bonum del hombre, su bien supremo. Cuando uno de ellos edificó el templo en Delfos,23 pidió que Apolo24 lo recompensara con el mejor regalo posible. El oráculo le comunicó que debía regresar a casa y que, dentro de tres días, lo recibiría… ¡y, al cabo de ese tiempo, murió! Por tanto, hasta los paganos han comprendido esta verdad, que el día de la muerte del hombre es su mejor día.

  1. Un cambio de reposo

La muerte es un cambio que lleva al alma a un reposo eterno. Morir es llevar el alma a dormir. La muerte es un descanso del trabajo, de las aflicciones, de las persecuciones, de la tentación, del abandono, del pecado y de la tristeza. Mientras estamos en este mundo presente, el alma está en agitación continua. El hombre más piadoso en el mundo, cuyos deleites en Dios son los más sublimes y los más claros, a menudo es como la paloma de Noé, que no halló descanso (Gn 8:9). Le falta, ya sea una misericordia temporal o una espiritual y así será ¡hasta que su alma quede sumergida en los deleites eternos de Dios! ¡La muerte ofrece al hombre un descanso inmutable!

El Señor ordenó que se lo registrara como un don valioso e importante: «Escribe: “Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor”». ¿Por qué? «Descansarán de sus trabajos» (Ap 14:13). La muerte ofrece al alma un descanso inamovible. «Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción es quitado el justo. Entrará en la paz; descansarán en sus lechos todos los que andan delante de Dios» (Is 57:1-2). Oh, la muerte es un cambio que da al alma un reposo inamovible; lleva al alma a dormir. Esto es lo que hizo que Pablo tuviera «deseo de partir y estar con Cristo» (Fil 1:23) y que los corintios gimieran por libertad (2Co 5:2).25 Una frase notable de Cooper fue: «Muchos días he buscado la muerte con lágrimas. No por impaciencia ni por falta de fe, sino porque estoy cansado del pecado y temo caer en él». Sabemos cómo los mártires abrazaron su hoguera y dieron la bienvenida a todo mensajero de la muerte26 y aplaudieron en medio de las llamas. La muerte es el día de la coronación del creyente; es el día de su boda. Es un reposo del pecado, de la tristeza, de las aflicciones y de las tentaciones. Para el creyente, la muerte es la entrada al seno de Abraham, al paraíso, a la nueva Jerusalén, al gozo de su Señor (Lc 16:23; 23:43; Ap 3:12; 21:2; Mt 25:21).

Esta, pues, fue la parte doctrinal. Vemos que estas seis cosas dejan claro que el día de la muerte del creyente es su mejor día y mejor que el día de su nacimiento. Podría demostrar esta verdad con muchos más argumentos, pero estos son suficientes, pues no estoy dispuesto a retener por más tiempo la aplicación práctica de esta lección, ya que la aplicación es la vida de cualquier enseñanza.

Aplicación práctica

  1. Hacer luto de forma moderada

El primer uso de esta doctrina será este: Nunca hacer luto de forma excesiva por la muerte de un creyente, aun si fue el más excelente y útil que haya vivido. La muerte es, para ellos, la ganancia suprema.27 Es una gran demostración de nuestro egoísmo cuando estamos más absorbidos por la ganancia y el beneficio que nos proporciona la vida de este creyente que por la felicidad y la gloria que su muerte le otorga. En tiempos antiguos, cuando Dios dictaba sentencia de muerte sobre sus consuelos más estimados, los cristianos se comportaban de manera mucho más sublime, dulce y noble que ahora.

Recuerden esto: ¡la muerte logra para el hombre en un momento lo que ninguna gracia, ni deber, ni ordenanza puede otorgarle en toda su vida! La muerte lo libera de aquellas enfermedades, corrupciones y tentaciones, de las que ningún deber, gracia o mandamiento pudo liberarlo. Cuando Abraham fue a hacer duelo y a «llorar» por su fallecida Sara, lo hizo de forma moderada (Gn 23:2),28 no porque fuera ella anciana y desgastada, sino porque el día de la muerte fue su mejor día. Cuando Lutero,29 aquel renombrado instrumento de Dios, enterró a su hija, no se lo vio derramar ni una lágrima. De la misma manera, el señor Whately, reconocido en su época, predicó en el funeral de su hijo un sermón titulado: «Hágase la voluntad del Señor». A continuación, él y su esposa pusieron a su propio hijo en la tumba.30

Esta es la primera aplicación: No hagamos luto de forma excesiva por la muerte de ningún creyente.

  1. No temer a la muerte

La siguiente aplicación es: No temamos a la muerte. Equilibremos nuestro ánimo. No digamos de la muerte lo que el malvado príncipe Acab dijo al profeta: «¿Me has hallado, enemigo mío?» (1R 21:20). Más bien, anhelémosla, no para deshacernos de los problemas, sino para que el alma obtenga un disfrute más claro y pleno de Dios. ¡El día de tu muerte es tu mejor día!

El buen Jacob murió con un ánimo dulce y ecuánime. Llamó a sus hijos, los bendijo y los besó, recogió sus pies en la cama y murió (Gn 49:33). Moisés, la mañana cuando el mensajero vino a él para informarle que debía morir, subió al monte, vio la tierra de Canaán a la distancia y murió (Dt 34:1-5). José edificó su sepulcro en su propio jardín. Algunos filósofos tenían siempre abiertos sus sepulcros delante de su puerta, para que, al salir y entrar, pudieran meditar constantemente en la muerte, pues consideraban que, en la vida, las comodidades son pocas, las cruces, frecuentes, los placeres, momentáneos y los dolores, permanentes.

Creyentes, ¡el día de su muerte es su mejor día! Por tanto, no temamos a la muerte. Y, como ayuda, recuerden que estar indispuestos a morir no es tan trivial como algunos consideran. Cuando el creyente no está dispuesto a morir, arroja una sombra de reproche sobre Dios. Podemos hablar mucho de Dios, del cielo y de la gloria y, sin embargo, cuando llega el momento de partir y de participar de esta gloria, nos encogemos de hombros y clamamos: «¡Concédeme estar aquí un poco más de tiempo!». ¿Acaso no es este un reproche contra el Dios de la gloria?

a. Cinco ayudas para no temer

Ahora bien, para obedecer a este consejo, es bueno recordar estas cinco cosas:

  1. La muerte de Cristo es una muerte meritoria. ¿Puede el creyente considerar que la muerte de Cristo nos ofrece el mérito de la paz con Dios, del perdón de pecados, de la justificación y de la glorificación y, aun así, tener temor a la muerte? ¡¿Cómo?! La muerte de Cristo es tan meritoria y, aun así, ¿no estamos dispuestos a partir?

  2. ¿Acaso la muerte no es una espada en la mano de tu Padre? Es verdad que una espada en la mano de un loco o en la de un enemigo puede hacernos temblar, pero cuando la espada está en la mano de un padre, el hijo no teme. Es cierto que la muerte es una espada, pero ¿por qué debe temer el hijo cuando la espada está en la mano del Padre, que se asegurará de manejarla de tal manera que no lo hiera ni lo lastime?

  3. Recuerda que la muerte de Cristo ha vencido a la muerte.31 Cristo ha eliminado el aguijón de la muerte, de manera que no puede herirte más. Su muerte ha santificado la muerte y la ha endulzado para nosotros.

La muerte es una caída que vino por la caída.32 Morir es dejar atrás la infelicidad, si consideramos de forma correcta la muerte. «Oh», decimos, «¡que podamos ver la muerte, no como fue antes, sino como Tú, Señor, la has hecho ahora!». La muerte es el monarca más grande y el rey más antiguo del mundo. «No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés», dice Pablo (Ro 5:14). ¡Oh!, pero el Señor Jesús ha desarmado la muerte y triunfado sobre ella. Ha quitado su aguijón, de manera que no puede hacernos daño. Ahora, podemos jugar con ella y llevarla en el regazo, como con una serpiente cuyos colmillos han sido extraídos. Al tomar esto en cuenta, el apóstol reta a la muerte, la enfrenta con valentía y la desafía a hacer su mejor esfuerzo: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1Co 15:55-57).

  1. ¿Acaso no dejó Cristo de forma voluntaria la diestra del Padre por ti? ¿No murió voluntariamente por ti? ¿Acaso Cristo alegó [antes de Su encarnación]: «Estas ropas celestiales son demasiado hermosas como para despojarme de ellas; esta corona es demasiado gloriosa para hacerla a un lado; soy demasiado sublime para sufrir por un pueblo tal»? ¡No! Él deja sin reparos el seno del Padre, hace a un lado Su corona, se despoja de sus ropas y sufre una muerte cruel y vergonzosa bajo maldición.

Ah, alma mía, deberías razonar así: «¿Murió Cristo por mí para que yo pudiera vivir con Él? Por tanto, no anhelaré vivir por mucho tiempo lejos de Él». Todos los hombres van de forma voluntaria a ver a la persona que aman; entonces, ¿debería yo estar renuente a morir y, por tanto, a ver a Aquel a quien ama mi alma? Cristo abandonó toda Su gloria y majestad y se ofreció en matrimonio a una pobre alma que no contaba con porción ni atractivo; y ¿estará esta alma renuente a ir a casa con este esposo? (Jer 31:32). ¡Meditemos en esto, oh, almas que no están dispuestas a morir!

La vida presente no es vida, sino el camino a la vida, pues cuando dejamos de ser hombres, comenzamos a ser como los ángeles. Aquellos que solo se conforman con el presente son criaturas de naturaleza inferior. El ser humano es una criatura del futuro. La mirada de su alma ve siempre hacia adelante. El obrero se apresura del trabajo a su cama; el marinero rema con fuerza para llegar al puerto; el viajero se alegra cuando se acerca al mesón; también los santos deberían hacerlo cuando están cerca de la muerte, pues entonces están cerca del cielo, ¡cerca de su hogar eterno!

  1. ¿Acaso no estás completo en Cristo?33 ¿Por qué habría de temer la muerte un creyente, que delante de Dios está completo en la justicia del Señor Jesús? Si tuviéramos que presentarnos en nuestra propia justicia, en nuestras propias obras, sería terrible pensar en la muerte, pero los creyentes estamos «completos en él» (Col 2:10). En Apocalipsis 14:4-5, se dice que los creyentes están «sin mancha» delante del trono de Dios; y en Cantares 4:7: «Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha». Por tanto, un creyente, cuando muere, se presenta delante de Dios en la justicia de Cristo. Toda mancha y arruga del alma es cubierta con la justicia de Cristo, que es una justicia inigualable, sin mancha y suprema. La esposa de Cristo [la iglesia] tiene una belleza perfecta; es completamente «radiante», por dentro y por fuera; es sin mancha e impecable; es la más hermosa de las mujeres, de manera que sea hecha digna de Aquel que es «el más hermoso de los hijos de los hombres» (Sal 45:2). Los santos son como el árbol del paraíso (Gn 3:6): agradables a Su vista y a Su paladar. Los santos son como Absalón, en quien ninguna imperfección había, desde la coronilla hasta los pies. Medita en estas cosas para endulzar tus últimos cambios y para hacerte anhelar estar en el regazo de Cristo.

b. El día de la retribución del Señor

Consideremos que, para los santos, el día de su muerte es el día de la retribución del Señor. En ese momento, toda oración suya será contestada; toda hambre y sed será satisfecha y saciada; todo suspiro, gemido y lágrima que ha caído de los ojos de los santos será recompensada.34 Entonces recibirán su paga y recompensa35 por todo el servicio público, familiar y privado.36 Entonces se les colocará una corona sobre sus cabezas y un vestido glorioso en sus espaldas y un cetro de oro en su mano. El día de su muerte es el día de la retribución del Señor y lo oirán decirles: «Bien, buen siervo y fiel […]; entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25:23). En ese día, descubrirán que Dios no es como fue Antíoco, que prometió mucho, pero cumplió poco. ¡No! En ese día, Dios cumplirá todas aquellas promesas doradas y gloriosas que les ha hecho, en especial las de Apocalipsis 2:10; 3:4, 12, 22 y 7:16-17. ¡Ahora Dios les dará oro por bronce, plata por hierro, felicidad por miseria, abundancia por pobreza, honra por deshonra, libertad por cautividad, el cielo por la tierra y una corona inmortal por una corona mortal!

c. La miseria conduce a la gloria

Consideremos lo siguiente: el camino a la gloria pasa por la miseria; el camino a la vida pasa por la muerte. En este mundo, todos somos Benonis: hijos de tristeza. El camino al cielo pasa por la Cruz de Lágrimas.37 La semana de la pasión de Cristo vino antes del día de Su ascensión; no es posible pasar al paraíso sin sentir antes el carbón encendido del serafín (Is 6:2, 4); no podemos salir de Egipto más que por el Mar Rojo; los hijos de Israel llegaron a Jerusalén por el valle de las lágrimas y cruzaron el caudaloso río Jordán antes de llegar a las dulces aguas de Siloé.38 ¡No es posible entrar al paraíso, a menos que sea bajo la espada de fuego de este ángel de la muerte! No se puede llegar a la ciudad gloriosa en lo alto más que por este camino difícil, oscuro y polvoriento de la muerte. No habrá lágrimas enjugadas sino por el sudario,39 lo que debería hacernos ver a la muerte, no como un enemigo, sino como un amigo; no como un extraño, sino con un invitado largamente esperando. Esto debería hacer que recibiéramos la muerte como una mayor bendición que el propio nacimiento.40 Cualquiera está dispuesto a ir a casa, aunque el camino a ella esté oscuro, sucio o peligroso; ¿acaso entonces el creyente debe estar reacio a ir a su hogar, solo porque es necesario entrar por una puerta oscura a la gloriosa, resplandeciente y eterna mansión que Cristo ha preparado para él? ¡Claro que no!

d. Libertad

Consideremos que, mientras estemos en este mundo, nuestro cuerpo débil, imperfecto y enfermizo nos restringe el alma con cadenas, cepos, ataduras, limitaciones e impedimentos, de manera que no logramos realizar muchos actos sublimes y nobles. En el cielo, el alma trabaja con más claridad, entiende mejor, dialoga con más sabiduría, se regocija más intensamente, ama con más nobleza, anhela con más pureza y espera con más fuerza que aquí.41

El alma está ahora encerrada en un cuerpo y, mientras esté en ese cuerpo de barro, no puede actuar como realmente es. Es como un ave enjaulada, cuya naturaleza es volar y elevarse hacia el lugar de donde vino. Cuando el alma toma alas hacia el cielo, el cuerpo, cual plomada, la baja de vuelta a la tierra.42

Ahora mismo, el alma no puede mirar a los ojos sin ser infectada, no puede oír con las orejas sin ser distraída, ni oler por las narices y no ser contaminada, ni gustar con la lengua y no ser seducida ni tocar con la mano y no ser corrompida. Cada sentido y cada miembro está más que listo (en toda ocasión y tentación) para traicionar al alma. Esto debería hacer que estemos dispuestos a morir y que anhelemos el día en el que nuestro cuerpo será glorificado.

¡Ah, creyente! Falta poco para que este cuerpo tuyo, que ahora es como una pintura sin marco o una casa desvencijada, que ahora está deformado y enfermo, sea ágil y diestro, veloz y de movimientos fluidos. Para explicarlo con más claridad y lucidez: será como el cuerpo transfigurado de Cristo (Mt 17:2). Será bueno y hermoso, será inmutable e inmortal. Aquí, nuestro cuerpo sigue muriendo. Es más adecuado preguntar cuándo terminará de morir que preguntar cuándo morirá. La muerte es un gusano que se alimenta constantemente de la raíz de nuestra vida. Esto debería hacer que la muerte sea más deseable que la vida.

e. El ejemplo de los santos

Meditemos largamente en la presteza y la disposición de otros santos ante la muerte. El anciano Simeón, que primero puso a Cristo en su corazón y luego lo levantó en brazos, entonó: «Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz […] porque han visto mis ojos tu salvación» (Lc 2:28-30). [Después de la muerte, uno diría:] He vivido suficiente, y ahora tengo vida [verdadera]; he anhelado suficiente, y ahora tengo a mi amor [verdadero]; he visto suficiente, y ahora tengo vista [verdadera]; he servido suficiente, y ahora he recibido mi recompensa; he sufrido suficiente, y ahora tengo gozo.

De la misma manera, los creyentes corintios gemían con todo su corazón por ser vestidos con su morada celestial; gemían porque la mortalidad fuera absorbida por la vida; gemían por «estar ausentes del cuerpo y presentes al Señor» (2Co 5:4, 8). Así pues, Pablo anhela fervientemente «partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor» (Fil 1:23). De la misma forma, los santos esperan y apresuran «la venida del día de Dios» (2P 3:12). Se dice que apresuran el día de Dios con respecto a sus fuertes anhelos y preparaciones para él. Igualmente, los santos debajo del altar claman: «¿Hasta cuándo, Señor […]?» (Ap 6:9-10).

Así también Paula, la noble mujer, cuando alguien le leyó Cantares 2:11-12: «Porque he aquí ha pasado el invierno […] se ha oído la voz de la tórtola», replicó: «Sí, se oye la voz de la tórtola» y, cantando, partió al cielo. También el señor Jewel43 dijo: «Señor, permite ahora que tu siervo vaya en paz; impide ya cualquier retraso; Señor, recibe mi espíritu». Agregó también: «No he vivido de tal manera que me avergüence vivir más; tampoco tengo miedo a la muerte, pues tengo un Señor misericordioso. Me será puesta una corona de justicia; Cristo es mi justicia».

De la misma forma, los amigos de otra mujer, pensando que se hallaba inconsciente al borde de la muerte, exclamaron: «¡Denle un refresco!», pero ella la rechazó y afirmó: «Yo tengo refrescos que ustedes no conocen». Igualmente, el señor Pearing, un poco antes de su muerte, declaró: «Encuentro y siento tanto gozo en mi interior y consuelo en mi alma que, si tuviera que elegir entre morir y vivir, elegiría mil veces la muerte antes que la vida, con tal de presentarme ante la santa voluntad de Dios». De manera similar, el señor Bolton (1572-1631), en su lecho de muerte, dijo: «Estoy, por la maravillosa misericordia de Dios, tan lleno de consuelo que mi corazón rebosa y no siento nada en el alma más que a Cristo, con quien anhelo ardientemente estar».44

¡Ah, creyente! Si la abundancia de presteza de los santos ante la muerte no hace que estés dispuesto a morir, ¿qué lo hará?

f. La presencia del Señor

Consideremos lo siguiente: el Señor no nos abandonará, sino que estará con nosotros en la hora de la muerte. «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Sal 23:4). De la misma forma, el apóstol ordenó: «Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré» (Heb 13:5). Hay cinco negativas en el texto griego para asegurar al pueblo de Dios que Él nunca los abandonará. Y cinco veces es renovada esta preciosa promesa en la Escritura, a fin de que perseveremos hasta que hayamos extraído su dulzura. Aunque pueda parecer que Dios te ha abandonado, puedes estar confiado en que nunca te desamparará. ¿Por qué debe entonces temer la muerte el hombre, cuando puede estar siempre confiado en la presencia del Señor de la vida?45

  1. Prepararse para la muerte

La siguiente aplicación es motivarlos para que estén preparados y aptos para el día de su muerte. ¡Ah, cristianos! ¿Qué es toda la vida sino un día para prepararse para la hora de la muerte? ¿Cuál es su labor en este mundo, sino prepararse para el mundo eterno? Qué tristes palabras las de César Borgia46 que, en el lecho de muerte, dijo: «En vida, proveí para todo, ¡menos para la muerte! Ahora, debo morir, y no me preparé para ello». ¡Ah, cristianos! Es necesario orar todos los días junto con Moisés: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Sal 90:12).

Sigamos el consejo del profeta Jeremías: «Dad gloria a Jehová Dios vuestro, antes que haga venir tinieblas, y antes que vuestros pies tropiecen en montes de oscuridad, y esperéis luz, y os la vuelva en sombra de muerte y tinieblas» (Jer 13:16). La ancianidad es una oscura montaña que torna un camino ancho en angosto y uno de planicie en uno rocoso. Es una prioridad principal de la sabiduría celestial considerar nuestro fin último: «¡Ojalá fueran sabios, que comprendieran esto, y se dieran cuenta del fin que les espera!» (Dt 32:29). Jerusalén pagó caro el haber olvidado su fin. La inmundicia de Jerusalén estaba en sus faldas, porque no recordó su fin, por tanto, fue destruida de la manera más terrible.

Para prepararnos y alistarnos para el día de nuestra muerte, consideremos con seriedad lo siguiente:

a. La falta de preparación implica el riesgo de una gran pérdida

El que no se prepara para el día de su muerte corre el riesgo de perder su alma inmortal. Aunque nunca es demasiado tarde para el verdadero arrepentimiento, el arrepentimiento tardío usualmente no es verdadero. Alguien dijo en alguna ocasión: «El que no está listo para arrepentirse hoy lo estará menos mañana; su entendimiento será más oscuro, su corazón más endurecido y su voluntad más torcida; sus afectos serán más inestables y su conciencia estará más insensible». Beda47 nos narra la historia de cierto hombre principal al que le amonestaron en su enfermedad para que se arrepintiera, y él respondió que no podía hacerlo en ese momento, pues, si se recuperaba, sus amigos se burlarían de él. Sin embargo, cuando empeoró más y más, les dijo que ahora era demasiado tarde para arrepentirse: «Pues ahora», afirmó, «he sido juzgado y condenado». La mayor sabiduría en este mundo es hacer todos los días lo que haríamos el día de nuestra muerte y tener miedo vivir en tal estado como el hombre que tendría temor de morir. ¡Oh, almas! Tienen temor de morir en tal o cual pecado, ¿y no temen vivir en esos mismos pecados?

b. La certeza de la muerte

La certeza de la muerte debería ser un motivo para prepararnos constantemente para ella. Cuando afirmamos que algo es infaliblemente verdadero, decimos: «Tan seguro como la muerte». El apóstol dice: «Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio» (Heb 9:27). «Está decretado» significa que es el destino del hombre.48 «Una sola vez» implica dos cosas: 1) la certeza: así será; 2) y la singularidad: será solo una vez.

«¿Qué hombre podrá vivir y no verá muerte?», pregunta el salmista (Sal 89:48); es decir, que ningún hombre vive que no verá la muerte. En Job, la tumba es llamada: «la casa determinada a todo viviente» (Job 30:23). El sabio llamó a la muerte nuestra «morada eterna» (Ec 12:5), donde el hombre debe habitar eternamente, hasta la resurrección. ¡Vivir sin temer la muerte es morir viviendo! Trabajar para no morir es trabajar en vano. El lema de la muerte es: «¡No me rindo ante nadie!». Está decretado que todos debemos morir. El día de la muerte de toda persona es el cumplimiento de su destino.

Los judíos tienen un dicho: «En el cementerio se encuentran cráneos de todos los tamaños». La muerte llega a los jóvenes, así como a los ancianos. El destino ha sido decretado49 sobre todos y, por tanto, todos deben morir. Todos los hombres están hechos con un molde y un material: «Polvo eres, y al polvo volverás» (Gn 3:19). «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 3:23); por tanto, la muerte debe pasar sobre todos.

c. La incertidumbre respecto al momento

La incertidumbre respecto al momento de la muerte debería ser la mejor motivación para estar en constante vigilancia, preparados para la muerte. Nadie sabe cuándo morirá, ni qué clase de muerte tendrá, si será natural o violenta. Augusto50 murió con un cumplido, Tiberio murió en un engaño, Galba murió con una sentencia y ¡Vespasiano murió con una broma! ¡Zeuxis murió riendo del dibujo que había hecho de una anciana con sus propias manos! ¡Sófocles se atragantó con una semilla de uva! ¡Diodoro, el lógico, murió de vergüenza por no poder responder una pregunta banal propuesta en la mesa! Juan Masio terminó de predicar sobre la resurrección del hijo de la viuda de Naín (Lc 7:11-15), ¡y murió tres horas después! Félix, el conde de Wurtemburgh, sentado a la mesa con muchos amigos durante la cena, se lanzó a discursar sobre Lutero y sobre cómo el pueblo, en general, había recibido su doctrina, tras lo cual juró con vehemencia que «antes de morir, cabalgaría hasta los estribos en la sangre de los luteranos». Sin embargo, esa misma noche, el Señor extendió Su mano contra él ¡y lo ahogó en su propia sangre! Bíbulo, un general romano, cabalgaba en toda su gloria ¡cuando una teja cayó de una casa vecina y le fracturó el cráneo!51

d. La solemnidad

Consideremos que morir es algo solemne. La muerte es la separación solemne de dos amigos cercanos: el alma y el cuerpo. Recuerda que todas las demás preparaciones son irrelevantes si uno no se prepara para la muerte. ¿De qué le servirá al hombre preparar esto y aquello para sus hijos, sus familiares o sus amigos, si no ha hecho preparaciones para su alma y su bienestar eterno? Cuando pase la muerte, ¡el juicio te encontrará! Y cuando el juicio te encuentre, ¡la eternidad te guardará! Si la muerte te lleva antes de lo esperado, sin que estés preparado para ella, sería terrible para ti. Tu rostro se transformará, tus pensamientos se turbarán, tus entrañas perderán el control y tus rodillas temblarán y chocarán entre sí.52 Oh, ¡qué infierno de horrores y terrores les espera a los que tienen aún su obra más grande por realizar cuando los alcanza la muerte! Por tanto, si aman sus almas y si desean ser felices al momento de morir y benditos por la eternidad después de la muerte, ¡prepárense para morir!53

¡Asegúrense de no poner otro fundamento más que Cristo! Asegúrense de tener un interés real en Cristo. Asegúrense de morir diariamente al pecado, al mundo y a su justicia propia. Asegúrense de que su conciencia esté siempre despierta, que siempre hable y sea sensible. Asegúrense de que Cristo sea su Señor y Maestro. Asegúrense de que todas las cuentas estén ajustadas entre el Señor y su alma. Asegúrense de ser fructíferos, fieles y vigilantes y, entonces, el día de su muerte será como el día de la cosecha para el agricultor, como el día de la liberación para el prisionero, como el día de la coronación para el rey y como el día de la boda para la novia. ¡El día de su muerte será un día de triunfo y de exaltación, de libertad y de consolación, de reposo y de satisfacción! Entonces, el Señor Jesús será como miel en la boca, ungüento en la nariz, música en los oídos y jubileo en el corazón.

  1. El peor día para el malvado

La última aplicación es esta: Si, para el creyente, su último día es su mejor día, entonces, según la regla de contrarios, el último día del malvado debe ser su peor día, pues allí yacerá con54 todos los pecados de su vida. Un hombre importante escribió esto un poco antes de morir: «Esperanza y fortuna: adiós». La muerte pone fin a todos los beneficios y comodidades que ahora disfruta el malvado. En ese momento, deberá decir: «Honores, amigos, placeres, riquezas, honra: ¡adiós para siempre! ¡Nunca estaré feliz de nuevo, ni por un momento! ¡Nunca reiré otra vez! Mi sol se ha puesto, mi copa se ha vaciado, mis esperanzas están destruidas, mi corazón ha desfallecido. Toda oferta de gracia ha expirado, el Espíritu no me buscará de nuevo, la gracia gratuita nunca más me moverá, la serpiente de bronce nunca más estará delante de mí» (Nm 21:8-9). La muerte es la puerta al juicio; sí, ¡a una eternidad de miseria![^55]

Lo que fue la voz de Dios para Adán tras comer del fruto prohibido; lo que fue la llegada del diluvio para los hombres perversos del antiguo mundo; lo que fueron las aguas del Mar Rojo para Faraón y su ejército; lo que fue el fuego del cielo para los capitanes que salieron contra Elías; lo que fue el horno ardiente para los que echaron a Sadrac, Mesac y Abed Nego, lo mismo será el día de la muerte para las almas profanas y malvadas (Gn 3:8; 7:23; Ex 14:23-28; 2 R 1:9-10; Dn 3:19-22).

¡Ah, pecadores! Mi oración por ustedes será que el Señor los despierte y ponga una luz de decisión en sus almas, para que vean dónde están y lo que son; que Él les conceda romper las cadenas del pecado con arrepentimiento y les dé un interés salvador en Sí mismo, de manera que, para ustedes, el vivir sea Cristo y el morir sea ganancia (Fil 1:21). [Mi oración por ustedes es] que en la vida y en la muerte, Cristo pueda serles ganancia; que la muerte sea el funeral de todo pecado y tristeza y la puerta de todo gozo y placer, ¡de la bendición y la felicidad que se encuentran a la diestra de Dios!

Footnotes

  1. fuego extraño: Fuego para el altar del tabernáculo que fue ofrecido por su propia iniciativa, no según el santo mandamiento de Dios.

  2. Anaxágoras (c. 510-c. 428 a. C.): Filósofo griego que formuló teorías sobre meteoros y planetas.

  3. Basilio el Grande (c. 330-379 d. C.): Uno de los tres teólogos conocidos como los Padres Capadocios; se le recuerda más por su contribución al desarrollo de la doctrina ortodoxa de la Trinidad; se opuso al partido arriano, que negaba la deidad de Cristo.

  4. Galeno (129-c. 200/216 d. C.): Ilustre médico, cirujano y filósofo griego del Imperio Romano.

  5. Juan Crisóstomo (c. 347-407): Obispo de Constantinopla, un importante padre de la iglesia primitiva. Es conocido por su elocuencia al predicar y por sus denuncias de los abusos de autoridad, tanto de líderes eclesiásticos como políticos. (Gr.: «boca de oro»).

  6. Aurelio Agustín (354-430): Obispo de Hipona, teólogo de la iglesia primitiva, conocido por muchos como el padre de la teología ortodoxa. Nacido en Tagaste, África del Norte.

  7. Dios probó al máximo la fuerza de la fe de Abraham, de la paciencia de Job, de la mansedumbre de Moisés, del celo de David y de la valentía de Pablo. Él no solo probará la verdad, sino también, tarde o temprano, probará la fuerza de toda gracia en el creyente (Ex 12:27, 30-31). [Autor].

  8. santos: Otros creyentes, como pueblo santo de Dios (1Co 1:2).

  9. guerra persa (guerras médicas): Una serie de conflictos entre el Imperio aqueménida y las ciudades Estado griegas que comenzó en el 499 a. C. y terminó en el 449 a. C., una colisión entre el díscolo mundo político de los griegos y el enorme Imperio persa.

  10. fuentes: Manantiales de agua fresca y limpia que emanan de la tierra; fuentes de fortaleza.

  11. Séneca (c. 4 a. C. - 65 d. C.): Filósofo estoico y estadista romano.

  12. Diógenes (c. 412/404-323 a. C.): Filósofo griego y uno de los fundadores de la filosofía cínica; nacido en Sinope, una colonia jonia en el mar Negro.

  13. profesante: Uno que profesa creer en la fe cristiana, pero que no tiene un corazón renovado.

  14. criatura: Una cosa o persona creada.

  15. abajo: En el infierno.

  16. He leído de una dama piadosa que, cerca ya de la muerte, exclamó: «Señor, ¡no me permitas ir al infierno donde mora el malvado, pues sabes que nunca he disfrutado de su compañía en vida!». [Autor].

  17. El lema de un valiente emperador romano era: «¡Sin lucha, no hay paga!». Yo digo lo mismo: «¡Sin lucha, no hay corona! ¡Sin lucha, no hay cielo!». [Autor].

  18. Plutarco (c. 46-120 d. C.): Historiador, biógrafo y ensayista griego y seguidor de Platón.

  19. Eudoxo de Cnido (c. 390 – c. 337 a. C.): Astrónomo, matemático y erudito de la antigua Grecia y estudiante de Arquitas y Platón (424-348 a. C.).

  20. Bernardo de Claraval (1090-1153): Monje francés conocido por su devoción; el teólogo mejor conocido de su época.

  21. En la muerte, los santos llegan a una eternidad fija e invariable. «Qué será esa vida (o más bien, qué no será esa vida) ya que todo lo bueno se encuentra en ella: luz que el espacio no puede limitar, música que el tiempo no puede desvanecer, fragancias que jamás pueden ser disipadas, un banquete que nunca se consume, una bendición que la eternidad otorga. La eternidad nunca tendrá fin». —Agustín

  22. «No hay nada excelente que no sea perpetuo», dijo Gregorio Nacianceno (c. 330-389) (cuarto arzobispo de Constantinopla, Padre Capadocio influyente en la redacción del enunciado ortodoxo de la doctrina de la Trinidad). Los filósofos dirían que un hombre que después podrá ser miserable no puede ser feliz. La eternidad es una existencia perpetua. [Autor].

  23. Delfos: Isla en el mar Egeo; un importante sitio mitológico y arqueológico en Grecia. La mitología griega del Olimpo la nombra el lugar de nacimiento del dios Apolo. El templo de Apolo fue edificado en el siglo VI a. C.

  24. Apolo: Antigua deidad pagana de los griegos y los romanos; dios de la luz, de la sanidad, de la música y de la belleza masculina.

  25. Laurence Saunders (1519-1555) besó la hoguera y dijo: «Bienvenida sea la cruz de Cristo y bienvenida la vida eterna». (Mártir protestante inglés, educado en Eton y en Cambridge. Advirtió a sus congregaciones de la religión papista de la reina María, fue arrestado, acusado de herejía y quemado en la hoguera el 8 de febrero de 1555). Fanino, el mártir italiano, besó a quien le informó de su ejecución. [Autor].

  26. mensajero de la muerte: La llama de fuego mientras eran quemados en la hoguera por su fe en Cristo. (Muchos protestantes fueron ejecutados en Inglaterra durante el siglo XVI).

  27. La muerte no es la muerte del hombre, sino de su pecado. [Autor].

  28. La palabra en hebreo que se traduce «llorar» significa «llorar un poco».

  29. Martín Lutero (1483-1546): Monje, teólogo y profesor universitario alemán cuyas ideas inspiraron la Reforma protestante, que alteró el curso de la civilización occidental.

  30. Los habitantes de Tracia lloran y se lamentan grandemente con el nacimiento de sus hijos por los dolores y dificultades que encontrarán después, pero se regocijan grandemente con su muerte pues la consideran el funeral de todas sus tristezas. Un pagano pronunció el siguiente dicho: «Toda la vida del hombre debería consistir en nada menos que una meditación sobre la muerte» (ver Dt 32:29). Alejandro Magno preguntó a un filósofo de la India cuánto tiempo debía vivir el hombre; él respondió: «Hasta que considere que es mejor morir que vivir». [Autor].

  31. El temor a la muerte es peor que el dolor de la muerte, porque el temor de la muerte nos mata a menudo, mientras que la misma muerte solo puede hacerlo una vez. «Que tema a la muerte el que se rehúsa a ir con Cristo», dijo Cipriano (c. 200-258 d. C.) [Obispo de Cartago y notable escritor temprano].«No tengo temor a la muerte, sino a la condena», dijo alguno.Lutero, hablando de la sangre de Cristo, dijo: «Una pequeña gota de ella es más valiosa que el cielo y la tierra. Si las almas debajo del altar claman: “¿Hasta cuándo, oh, Señor?” (Ap 6:9-10), si gimen por el día del juicio, ¿por qué no he de gemir por el día de la muerte, ya que este es solo la víspera del día del Señor?».«No tengo temor, más que de la vejez», dijo Zenón (c. 334- c. 262 a. C.) [Filósofo helenista de Citio, Chipre]. [Autor].

  32. Caída: Cuando Adán se rebeló contra Dios y sometió al mundo a pecado, muerte y condenación (Gn 2:17; 3:6-19).

  33. «Cristo será para ti mejor que todas las demás cosas, porque en Él se encuentra toda cosa buena». —Agustín

  34. ¡No es la vida, sino la muerte la que une al moribundo con Cristo! No es la vida, sino la muerte, la que separa al vivo de Cristo. [Autor].

  35. recompensa: Compensación por un servicio, una pérdida o un mal.

  36. servicio privado: Adoración personal a solas con el Señor.

  37. Cruz de Lágrimas: Lugar en Staffordshire, Inglaterra, llamado en inglés Weeping-cross. El autor usa este nombre único para representar el sufrimiento que el creyente debe soportar en este mundo.

  38. Ninguno dudaría en tomar un medicamento amargo para ganar la salud. El médico nos ayuda con remedios dolorosos y, sin embargo, le pagamos por ello. [Autor].

  39. sudario: Tela con la que se envuelve el cuerpo de un muerto para la sepultura.

  40. Para el creyente, la muerte es la puerta al cielo, a la vida. Nos lleva por el desierto hacia Canaán; nos saca del mar tempestuoso y nos introduce en un refugio de paz (Jn 14:1-3). [Autor].

  41. Cuando Platón (424-348 a. C.) encontró a un hombre que complacía su cuerpo con demasiado alimento, le preguntó por qué razón fortalecía tanto su cárcel. [Autor].

  42. Los griegos llamaban al cuerpo la cadena del alma, el sepulcro del alma. [Autor].

  43. John Jewel (1522-1571): Obispo de Salisbury en la Iglesia Anglicana, uno de los líderes de la Reforma en esta iglesia. Nació en Devonshire y fue educado en Oxford.

  44. «Que todos los demonios del infierno me rodeen, que el ayuno macere mi cuerpo, que la tristeza oprima mi mente, que el dolor consuma mi carne, que las noches en vela me agobien o el calor me sofoque o el frío me congele; estoy dispuesto a soportar todas estas cosas y cualquier otra que pudiera venir, con tal de poder disfrutar de mi Salvador». —Agustín

  45. Maximiliano, el emperador, se sintió tan atraído por la frase: «Si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Ro 8:31), que ordenó que se la escribiera en las paredes de la mayoría de las habitaciones del palacio. [Autor].

  46. César Borgia (1475-1507): Noble, político y cardenal italiano cuya lucha por el poder fue una fuente principal de inspiración para El príncipe de Maquiavelo. Fue hijo del Papa Alejandro VI y la primera persona en renunciar al cargo de cardenal.

  47. Beda (672-735): Un monje benedictino, autor, profesor y erudito en lo que ahora es Inglaterra. Escribió comentarios bíblicos, obras teológicas y la Historia eclesiástica del pueblo inglés. Nació cerca de la moderna Sunderland.

  48. el destino del hombre: Las circunstancias prescritas por el gobierno soberano de Dios sobre todas las cosas y personas.

  49. el destino ha sido decretado: El decreto soberano de Dios que ciertamente sucederá.

  50. César Augusto (63 a. C. – 14 d. C.): Primer emperador del Imperio romano desde el 27 a. C. hasta su muerte en el 14 d. C. Tiberio (42 a. C. – 37 d. C.): Emperador romano del 14 al 37 d. C. Galba (3 a. C. – 69 d. C.): Emperador romano durante siete meses del 68 al 69 d. C., asesinado por Otón cuando Galba pasó por alto su derecho de sucesión. Vespasiano (9-79 d. C): Emperador romano del 69 al 79 d. C., cuarto en el Año de los Cuatro Emperadores. Subyugó Judea durante la rebelión judía del 66. Zeuxis: General al servicio del rey seléucida Antíoco III el Grande al final del siglo III a. C. Sófocles (c. 479/476-406/405 a. C.): Escritor griego de tragedias originario de Atenas, que escribió más de ciento veinte obras de teatro. Diodoro Crono (murió c. 284 a. C.): Filósofo y dialéctico griego conectado con la escuela megárica, notable por sus innovaciones en la lógica.

  51. Marco Calpurnio Bíbulo (c. 102-48 a. C.): Político de la República romana que sirvió en varias posiciones magisteriales con Julio César y cultivó una enemistad de por vida contra él.

  52. El que prepara su cuerpo y sus amigos, pero ignora su alma, es como el que se prepara para su esclavo, pero ignora a la esposa. [Autor].

  53. Séneca el pagano dijo: «Cuando era joven, estudié el arte de vivir bien; cuando me alcanzó la vejez, estudié el arte de morir bien». [Autor].

  54. yacerá con: Todos sus pecados lo condenarán el día del juicio.