1. Por qué un corazón quebrantado es estimado por Dios

Y así he concluido con esto y ahora pasaré a las razones del punto, es decir, para mostrarles por qué o cómo un corazón quebrantado, un corazón verdaderamente contrito, es algo tan excelente para Dios. Que para Él es así, lo hemos demostrado con seis demostraciones. Lo que es, lo hemos mostrado con seis señales. Que debe serlo se manifiesta por las nueve razones que ahora se exponen; y por qué es algo excelente para Dios, o en Su estima, lo demuestra lo que sigue.

Primera. Un corazón quebrantado es obra de Dios, un corazón que Él mismo preparó para Su propio servicio. Es un sacrificio de Su propia provisión, de Su provisión para Sí mismo, como dijo Abraham en otra ocasión: “Dios se proveerá de cordero” (Gn. 22:8).

Por eso se dice: “Del hombre son las disposiciones del corazón; … es de Jehová” (Proverbios 16:1). Y además: “Dios ha enervado mi corazón, y me ha turbado el Omnipotente” (Job 23:16). El corazón, así como es por naturaleza duro, torpe e impenetrable, permanece, y así permanecerá, hasta que Dios, como se dijo, lo machaque con su martillo y lo derrita con su fuego. Por lo tanto, se dice que Dios le quita su naturaleza pétrea. “Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré —dice Él— un corazón de carne” (Ez. 36:26). “Quitaré el corazón de piedra”, o la dureza de vuestro corazón; “y os daré un corazón de carne”; es decir, haré vuestro corazón sensible, blando, manejable, dócil y penitente. A veces, Él ordena a los hombres que desgarren sus corazones, no porque puedan, sino para convencerlos de que, aunque debe ser así, no pueden hacerlo. Así que Él les pide que se forjen un corazón nuevo y un espíritu nuevo con el mismo propósito; porque si Dios no lo rasga, permanece intacto. Si Dios no lo renueva, permanece como viejo.

Esto es lo que significa que Él doblega a los hombres para Sí mismo y obra en ellos lo que le agrada (Zac. 9:13). El corazón, alma o espíritu, tal como salió de los dedos de Dios, es algo precioso, algo que a Dios vale más que todo el mundo. Este corazón, alma o espíritu, el pecado lo ha endurecido, el diablo lo ha hechizado, el mundo lo ha engañado. Este corazón, así seducido, Dios lo anhela y desea: Dame hijo mío, dice Él, “tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Pr. 23:26).

Este hombre no puede hacer esto; porque su corazón lo domina y no puede sino llevarlo tras toda clase de vanidad. ¿Qué debe hacerse ahora? Pues bien, Dios debe tomar el corazón por asalto, con poder, y llevarlo a la obediencia a la Palabra; pero el corazón por sí mismo no lo hará. Está engañado, arrastrado a otro que no es Dios. Por tanto, Dios ahora recurre a su espada, y con esfuerzo derriba el corazón, lo abre y expulsa al hombre fuerte y armado que lo custodiaba. Lo hiere y lo aflige por su rebelión, para que pueda clamar; así lo rectifica para Sí mismo. “Él aflige, y venda; hiere, y sus manos sanan” (Job 5:18). Así, habiéndolo forjado para Sí mismo, se convierte en Su morada, Su lugar de residencia: “Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Ef. 3:17).

Pero no me desviaría del asunto en cuestión. Les he dicho que un corazón quebrantado es obra de Dios, un sacrificio que Él mismo preparó, un material a Su medida.

  1. Quebrantando el corazón, Él lo abrió y lo convirtió en un receptáculo para las gracias de Su Espíritu. Cuando se abre, ese es el gabinete donde Dios guarda las joyas del evangelio. Allí pone Su temor. “Pondré mi temor en el corazón de ellos” (Jer. 32:40). Allí escribe Su ley: “Escribiré mi ley en sus corazones” (Jer. 31:33). Allí pone Su Espíritu: “Pondré dentro de vosotros mi Espíritu” (Ez. 36:27). El corazón, digo, lo elige Dios para Su gabinete; allí esconde Su tesoro. Allí está la sede de la justicia, la misericordia y de toda gracia de Dios; es decir, cuando está quebrantado, contrito y regulado por la santa Palabra.

  2. El corazón, cuando está quebrantado, es como las mieles y especias dulces cuando se golpean; pues así como estas derraman su fragante aroma en las narices de los hombres, así el corazón quebrantado derrama sus dulces aromas en las narices de Dios. El incienso, que era un símbolo de oración antigua, debía ser golpeado o machacado, para así ser quemado en el incensario. El corazón debe ser golpeado o machacado, y entonces emanará el dulce aroma: incluso gemidos, clamores y suspiros, pidiendo la misericordia de Dios; clamores, etc., para Él son algo muy excelente y agradable a Su nariz.

Segunda. Un corazón quebrantado es algo excelente a los ojos de Dios porque es sumiso. Se postra ante Dios y le rinde Su gloria. Todo esto es cierto según una gran parte de las Escrituras, que no necesito mencionar aquí. Por lo tanto, tal corazón es llamado un corazón honesto, bueno, perfecto, temeroso de Dios y uno que es firme en los estatutos de Dios.

Ahora bien, esto no puede sino ser algo excelente, si consideramos que con un corazón así se rinde obediencia sincera a Aquel que la requiere. “Habéis obedecido de corazón”, les dice Pablo en Roma, “a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados”; (Ro. 6:17). Lamentablemente, el corazón, antes de ser quebrantado y contrito, tiene un temperamento completamente diferente: “No se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Ro. 8:7). La gran controversia antes de que el corazón sea quebrantado gira en torno a quién será señor, si Dios o el pecador. Es cierto que el derecho de dominio es del Señor; pero el pecador no lo tolerará, sino que se entregará completamente a sí mismo, diciendo: “¿Quién es señor de nosotros?” y de nuevo le dirán a Dios: “Somos libres; nunca más vendremos a ti” (Sal. 12:4; Jer. 2:31).

Esto también se evidencia en su práctica. Dios puede decir lo que quiera, pero ellos harán lo que quieran. Guarda mi sábado, dice Dios; no lo haré, dice el pecador. Deja tu fornicación, dice Dios; no lo haré, dice el pecador. No digas mentiras, ni jures, ni maldigas, ni blasfemes mi santo nombre, dice Dios. Oh, pero lo haré, dice el pecador. Vuélvete a mí, dice Dios; no lo haré, dice el pecador. El derecho de dominio es mío, dice Dios; pero, como aquel joven rebelde, “Yo seré rey”, dice el pecador (1 R. 1:5). Ahora bien, esto es intolerable, esto es insufrible, y sin embargo, todo pecador por la práctica lo dice; porque “no se han sujetado a la justicia de Dios” (Ro. 10:3).

Aquí no puede haber concordia, ni comunión, ni acuerdo, ni compañerismo. Aquí hay enemistad por un lado, y justicia ardiente por el otro (2 Co. 6:14-16; Zac. 11:8). ¿Y qué deleite, qué satisfacción, qué placer puede Dios encontrar en tales hombres? Ninguno en absoluto; no, aunque se mezclaran con los mejores santos de Dios; sí, aunque los mejores santos suplicaran por ellos. Así dice Jeremías: “Me dijo Jehová: Si Moisés y Samuel se pusieran delante de mí, -es decir, para orar por ellos-, no estaría mi voluntad con este pueblo; échalos de mi presencia, y salgan” (Jer. 15:1)

Aquí no hay más que guerra abierta, actos de hostilidad y vergonzosa rebelión por parte del pecador; ¿y qué deleite puede Dios tener en eso? Por lo tanto, si Dios doblega y quebranta el espíritu de tal persona, debe dispararle una flecha, una flecha con barbada,1 tal que no se pueda extraer de la herida: una flecha que se clave firmemente y cause que el pecador caiga como muerto a los pies de Dios (Lm. 3:12). Entonces el pecador entregará sus armas, se rendirá como conquistado en las manos de Dios, y suplicará el perdón del Señor, y no antes; quiero decir, no con corazón sincero.

Y ahora Dios ha vencido, y Su diestra y Su santo brazo le han dado la victoria. Ahora cabalga triunfante con Su cautivo en la rueda de Su carro. Ahora se gloría. Ahora suenan las campanas en el cielo. Ahora los ángeles gritan de alegría, sí, se les ordena que lo hagan. “Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido” (Lc. 15:6). Ahora también el pecador, como muestra de su victoria, se postra a sus pies, diciendo: “Tus saetas agudas, con que caerán pueblos debajo de ti, penetrarán en el corazón de los enemigos del rey” (Sal. 45:5).

Ahora el pecador se somete; ahora sigue a su vencedor encadenado. Ahora busca la paz, y daría todo el mundo, si fuera suyo, por estar en el favor de Dios y tener la esperanza de ser salvo por Cristo. Ahora bien, esto debe ser agradable, esto no puede sino ser algo aceptable a los ojos de Dios: “Un corazón contrito y humillado, no despreciarás tú, oh, Dios” (Sal. 51:17). Porque es el deseo de Su propio corazón, la obra de Sus propias manos.

Tercera. Otra razón por la que un corazón contrito es algo tan excelente para Dios es esta: un corazón contrito valora a Cristo y lo estima mucho. Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos (Mr. 2:17). Este enfermo es el quebrantado de corazón del texto; pues Dios enferma a los hombres al herirlos, al quebrantarles el corazón (Mi. 6:13). Por lo tanto, la enfermedad y las heridas se combinan; pues una es un verdadero efecto de la otra (Os. 5:13). ¿Acaso alguien piensa que Dios se complacería cuando los hombres desprecian a su Hijo, diciendo: “no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, más sin atractivo para que le deseemos” (Is 53:2)? Y, sin embargo, eso dicen de Él, cuyos corazones Dios no ha ablandado. Sí, los mismos elegidos confiesan que, antes de que sus corazones fueran quebrantados, también lo menospreciaron. “Él es”, dicen, “Despreciado y desechado entre los hombres… y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos” (Is 53:3).

Él es, sin duda, el gran libertador; pero ¿qué es un libertador para quienes nunca se vieron en esclavitud, como se dijo antes? Por eso se dice de quien liberó a la ciudad: “Nadie se acordó de aquel hombre pobre” (Ec. 9:15). Él sufrió y fue herido duramente por la transgresión de los hombres, para que no recibieran el dolor y el infierno que, por sus pecados, se habían ganado. Pero ¿qué es eso para quienes nunca vieron otra cosa que belleza, ni saborearon otra cosa que dulzura en el pecado? Es él quien, por su intercesión, sostiene las manos de Dios, y quien le hace abstenerse de exterminar al borracho, al mentiroso y al impuro, incluso cuando están en el acto mismo de su abominación; pero su corazón endurecido, su corazón atontado, no percibe tal bondad, y por lo tanto, la ignoran. ¡cuántas veces le ha dicho Dios a este viñador: “Corta la higuera estéril», mientras que él, por su intercesión, ha logrado un indulto por otro año (ver Lc. 13:6-9). Pero nadie se da cuenta de esto, ni le agradecen la bondad de Cristo. Por lo tanto, estos miserables ingratos, desagradecidos y desconsiderados deben ser una continua ofensa a la vista, por así decirlo, y una gran provocación para Dios; y, sin embargo, los hombres hacen lo mismo antes de que sus corazones se quebranten.

A Cristo, como dije, se le llama médico; sí, Él es el único médico del alma. Él sana, por muy grave que sea la enfermedad; sí, y sana a quien Él toma en sus manos para siempre —”Yo les doy vida eterna” (Jn. 10:28)—, y todo lo hace gratuitamente, por pura misericordia y compasión. Pero ¿qué significa todo esto para quien no ve su enfermedad, para quien no ve nada de una herida? ¿Qué es el mejor médico vivo, o todos los médicos del mundo juntos, para quien no conoce la enfermedad, que no es sensible a las dolencias? Los médicos, como se dijo, pueden mendigar por todos los que están sanos. Los médicos no son estimados salvo por los enfermos, o por la suposición de que lo estén ahora o en cualquier otro momento.

Pues esta es la razón por la que Cristo es tan poco considerado en el mundo. Dios no los ha enfermado al herirlos. Su espada no los ha herido; su dardo no ha atravesado su hígado. No han sido quebrantados por su martillo ni fundidos por su fuego. Por eso no respetan a su médico; por eso menosprecian toda la provisión que Dios ha hecho para la salvación del alma. Pero ahora, que tal alma sea herida; que el corazón de tal hombre sea quebrantado. Que un hombre así sea afligido por el dolor punzante de la culpa, y se vea obligado a humillarse en cenizas bajo el peso de sus pecados. Y entonces, ¿quién sino Cristo, como ya se ha revelado, será su médico? Entonces clamará: “¡Lávame, Señor! ¡Alivia mis heridas! ¡Vierte Tu vino y aceite sobre mi dolor!” Entonces dirá, “Señor Jesús, concédeme escuchar la voz de “gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido” (Sal. 51:8). Ahora nada es tan bienvenido como la sanidad; y así, nada, ningún hombre, es tan deseable ahora como Cristo. Su nombre para ellos es el mejor de los nombres. Su amor para ellos es el mejor de los amores. Él mismo es ahora no solo en sí mismo, sino también para tal alma, el más importante entre diez mil (Cnt. 5:10).

Como pan para el hambriento, como agua para el sediento, como luz para el ciego y libertad para el encarcelado; así, y mil veces más, es Jesucristo para los heridos y para los que tienen el corazón quebrantado. Ahora bien, como se dijo, esto debe ser excelente a los ojos de Dios, ya que Cristo Jesús es tan glorioso a Sus ojos. Despreciar lo que un hombre considera excelente es una ofensa para él; pero valorar, estimar o pensar muy bien de aquello que es estimado por mí, esto me agrada, tal opinión es excelente a mis ojos. ¿Qué dice Cristo? “Pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado” (Jn. 16:27). Quien tiene una alta estima por Cristo, el Padre tiene una alta estima por él. Por eso se dice: “El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre” (1 Jn. 2:23). El Padre será suyo y hará por él como un Padre, quien recibe y establece una honorable estima sobre su Hijo.

Pero nadie quiere ni puede hacer esto, excepto los quebrantados de corazón, porque ellos, y solo ellos, son conscientes de la falta y el valor de tener un interés en Él.

Me atrevo a apelar a todo el mundo en cuanto a la verdad de esto; y repito que estos, y solo estos, tienen corazones estimados ante los ojos de Dios. ¡Ay!, “el corazón del impío es como nada” (Pr. 10:20), porque está desprovisto de una preciosa estima por Cristo, y no puede sino estar desprovisto, porque no está herido, quebrantado y hecho sensible a la necesidad de misericordia por Él.

Cuarta. Un corazón quebrantado es de gran estima ante Dios, porque es un corazón agradecido por ese reconocimiento del pecado y de la gracia que ha recibido. El corazón quebrantado es un corazón sensible. Esto ya lo mencionamos. Es consciente de los peligros a los que conduce el pecado; sí, y tiene motivos para ser sensible a ellos, porque ha visto y sentido lo que es el pecado, tanto en la culpa como en el castigo que la ley le impone. Así como un corazón quebrantado es sensible al pecado, en su naturaleza maligna y sus consecuencias, también es sensible a la manera en que Dios libra el alma del día del juicio. Por consiguiente, debe ser un corazón agradecido. “El que me alaba, me glorifica”, dice Dios (Sal. 50:23); y Dios ama ser glorificado. La gloria de Dios es preciosa para Él; no la abandonará (Is. 42:8).

El quebrantado de corazón, digo yo, por ser un alma sensible2, se deduce que es un alma agradecida. “Bendice, alma mía, a Jehová”, dijo David, “y bendiga todo mi ser su santo nombre” (Sal. 103:1). ¡Miren qué bendición de Dios hay aquí! Y, sin embargo, no contento con esto, continúa diciendo: “Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios” (v. 2). Pero ¿qué ocurre? ¡Oh! Él ha perdonado “todas tus iniquidades” y sanado “todas tus dolencias”. Ha redimido “tu vida de la destrucción” y te ha coronado de misericordia y entrañable compasión (vv. 3-4). Pero ¿cómo llegó a ser afectado por esto? Pues, él sabía lo que era estar a la entrada del infierno por el pecado. Sí, él sabía lo que era que la muerte y el infierno lo acosaran y lo rodearan. Sí, se apoderaron de él, como hemos dicho, y lo estaban arrastrando hacia lo profundo. Esto lo vio hasta quebrantar su corazón. Vio también el camino de la vida y su alma fue aliviada con la fe y el sentido de eso, y eso lo hizo un hombre agradecido. Si a un hombre que tuvo una pierna rota se le hace entender que por la fractura evitó romperse el cuello, estará agradecido a Dios por una pierna rota. “Bueno me es”, dijo David, “haber sido humillado”. Por eso fui preservado de un gran peligro; porque antes de eso, “me descarriaba” (Sal. 119:67, 71).

¿Y quién puede agradecer una misericordia si no es consciente de que la desea, la tiene y la recibe por misericordia? Ahora bien, esto lo percibe el quebrantado de corazón, el hombre de espíritu contrito; y eso con respecto a las misericordias de la mejor clase, y por lo tanto debe ser un hombre agradecido, y así tener un corazón estimado ante Dios, porque es un corazón agradecido.

Quinta. Un corazón quebrantado es de gran estima, o algo excelente, a los ojos de Dios, porque es un corazón que ahora desea convertirse en receptáculo o morada para el espíritu y las gracias del Espíritu de Dios. Anteriormente era dominio del diablo y se conformaba con serlo. Pero ahora es para recibir, para ser poseído por el Espíritu Santo de Dios. “Crea en mí, oh, Dios, un corazón limpio”, dijo David, y renueva un espíritu recto dentro de mí… No quites de mí tu santo espíritu… Y espíritu noble me sustente” (Sal. 51:10-12). Ahora él abogaba por un corazón limpio y un espíritu recto. Ahora abogaba por la santificación del bendito Espíritu de gracia, algo que los incircuncisos de corazón resisten y desprecian (Hch. 7:51; He. 10:29).

Un corazón quebrantado, por lo tanto, concuerda con el corazón de Dios. Un espíritu contrito es un espíritu con Él. Dios, como les dije antes, anhela morar con los quebrantados de corazón, y estos desean la comunión con Él. Aquí hay un acuerdo, una unidad de mente. Ahora hay en ti el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús. Este debe ser un espíritu excelente. Esto debe ser mejor para Dios, y a sus ojos, que mil carneros o diez mil ríos de aceite. Pero ¿acaso el mundo carnal codicia este espíritu y sus benditas gracias? No, lo desprecian, como dije antes. Se burlan de él. Prefieren y toleran cualquier lujuria lamentable y sucia; y la razón es que faltan un corazón quebrantado, ese corazón que Dios estima tanto, y por falta de este permanecen en su enemistad con Dios.

Los quebrantados de corazón saben que la santificación del Espíritu es un buen medio para evitar esa recaída de la que un hombre no puede salir a menos que su corazón sea herido por segunda vez. Sin duda, David tenía el corazón quebrantado en su primera conversión, y si ese quebrantamiento hubiera permanecido, es decir, si no hubiera cedido de nuevo a la dureza de corazón, nunca habría caído en ese pecado del que no pudo recuperarse sino mediante el quebrantamiento de sus huesos por segunda vez. Por lo tanto, digo que un corazón quebrantado es de gran estima ante Dios; porque —y añadiré, mientras conserve su sensibilidad— no codicia nada más que a Dios y las cosas de su Espíritu Santo. El pecado es una abominación para él.

Footnotes

  1. barbada – con puntas como barba.

  2. sensible – moralmente sensible.