- Qué es un corazón quebrantado
Vengo ahora a mostrarles qué es un corazón quebrantado y un espíritu contrito. Esto debe hacerse, porque en el descubrimiento de esto reside tanto el consuelo de quienes lo tienen como la convicción de quienes no la tienen. Ahora bien, para hacerlo mejor, debo proponer y hablar sobre estas cuatro cosas. Primero, debo mostrarles cómo es un corazón que no está quebrantado, que no está contrito. Segundo, debo mostrarles cómo, o con qué, el corazón se quebranta y se contrista. Tercero, mostrarles cómo y qué es cuando está quebrantado y contrito. Y, cuarto, por último, les daré algunas señales de un corazón quebrantado y contrito.
a. Un corazón no quebrantado
Para el primero de estos, a saber, qué es un corazón que no está quebrantado, es decir, que no está contrito.
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El corazón, antes de ser quebrantado, es duro y terco, obstinado contra Dios y la salvación del alma (Zac. 7:12; Dt. 2:30; 9:27).
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Es un corazón lleno de malas intenciones y tinieblas (Gn. 8:21; Ro. 1:21).
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Es un corazón engañoso y susceptible de ser engañado, especialmente en lo que concierne a la eternidad (Is. 44:20; Dt. 11:16).
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Es un corazón que más bien acumula iniquidad y vanidad que cualquier cosa que sea buena para el alma (Sal. 41:6; 94:11).
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Es un corazón incrédulo, que se apartará de Dios para pecar (He. 3:12; Dt. 17:17).
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Es un corazón que no está preparado para Dios, al ser incircunciso, ni para recibir su santa Palabra (2 Cr. 12:14; Sal. 78:8; Hch. 7:51).
Es un corazón doble. Finge servir a Dios, pero a la vez se inclina al diablo y al pecado (Sal. 12:2; Ez. 33:31).
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Es un corazón orgulloso y obstinado. No se deja controlar, aunque Dios mismo lo controle (Sal. 101:5; Pr. 16:5; Mal. 3:13).
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Es un corazón que cede ante Satanás, pero resiste al Espíritu Santo (Hch. 5:3; 7:51).
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En resumen, es engañoso sobre todas las cosas y perverso, tan perverso que nadie puede conocerlo (Jer. 17:9).
Que el corazón antes de ser quebrantado es así, y peor de lo que he descrito, lo demuestra suficientemente el curso general del mundo. ¿Dónde está el hombre cuyo corazón no se ha quebrantado, y cuyo espíritu no está contrito, que, según la Palabra de Dios, trata honestamente con su propia alma? Una característica de un corazón recto es ser sano en los estatutos de Dios y honesto (Sal. 119:18; Lc. 8:15). Ahora bien, un corazón honesto no se desanimará ni se dejará desanimar por aquello que no se puede comprar con dinero corriente al comerciante; es decir, por aquello que no se vende como gracia salvadora en el día del juicio. Pero, ¡ay, ay! Pocos hombres, por honestos que sean con los demás, son honestos consigo mismos; aunque quien se engañó a sí mismo, como dice Santiago, es el peor de los engañadores (Stg. 1:22, 26).
b. Con qué se quebranta el corazón
Ahora vengo a mostrarles con qué y cómo se quebranta el corazón y se contrista el espíritu.
[Primero. Con qué se quebranta el corazón y se contrista el espíritu].
El instrumento con el que se quebranta el corazón y se contrita el espíritu es la Palabra. “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” (Jer. 23:29). La piedra, en este texto, es el corazón, que en otro lugar se compara con un diamante, más duro que el pedernal (Zac. 7:11-12; Ez. 3:9). Esta piedra, este diamante, este corazón de piedra, es quebrantado y contrito por la Palabra. Pero solo es así cuando la Palabra es como fuego, y como martillo que la quebranta y la derrite. Y entonces, y solo entonces, es como un fuego y un martillo para el corazón quebrantarlo, cuando lo maneja el brazo de Dios. Nadie puede quebrantar el corazón con la Palabra. Ningún ángel puede quebrantar el corazón con la Palabra, es decir, si Dios se abstiene de secundarlo con el gran poder del cielo. Esto hizo que Balaam se fuera sin un corazón debidamente quebrantado y verdaderamente contrito, aunque fue reprendido por un ángel; y los fariseos murieron en sus pecados, aunque fueron reprendidos por ellos y amonestados por el Salvador del mundo a apartarse de ellos. Por lo tanto, aunque la Palabra es el instrumento con el que se quebranta el corazón, no se quebranta con la Palabra hasta que esta es manejada por el poder de Dios.
Esto hizo que el profeta Isaías, después de una larga predicación, exclamara que había trabajado para nada y en vano; y esto le hizo clamar a Dios para que “rasgara los cielos” y “descendiera”, para que las montañas, las colinas rocosas o los corazones se quebrantaran y se derritieran ante su presencia (Is. 49:4; 64:1-2). Porque descubrió por experiencia que, en cuanto a esto, ninguna obra eficaz podía realizarse a menos que el Señor interviniera. Esto también se insinúa a menudo en las Escrituras, donde dice, cuando los predicadores predicaban eficazmente para quebrantar los corazones de los hombres, “El Señor obró con ellos1… la mano del Señor estaba con ellos”, y cosas por el estilo (Mr. 16:20; Hch. 11:21).
Ahora bien, cuando la mano del Señor está con la Palabra, entonces es poderosa. Es “poderosa en Dios, para derribar fortalezas” (2 Co. 10:4). Es afilada, entonces, como una espada en el alma y el espíritu (He. 4:12). Se clava como una flecha en los corazones de los pecadores, para hacer que la gente caiga a Sus pies en busca de misericordia. Entonces es, como se dijo antes, como fuego y como martillo para quebrantar esta piedra en pedazos (Sal. 110:3). Y por eso se menciona la Palabra bajo una doble consideración: 1) Tal como se sostiene por sí sola; 2) Como asistida por el poder del cielo.
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Como se sostiene por sí sola, y no es secundada por la operación salvadora del cielo, se le llama solo la Palabra, la Palabra apenas, o como si fuera solo la palabra de los hombres (1 Ts. 1:5-7; 1 Co. 4:19-20; 1 Ts. 2:13). Porque, entonces, solo es manejada por hombres, quienes no son capaces de hacerla realizar esa obra. La Palabra de Dios, cuando está solo en la mano de un hombre, es como la espada del padre en la mano del niño de pecho; esta espada que, aunque nunca tan bien puntiaguda, y aunque nunca tan afilada en sus bordes, ahora no es capaz de conquistar a un enemigo, ni de hacer que un enemigo caiga y clame por misericordia, porque está solamente en la mano del niño. Pero ahora, si la misma espada se pone en la mano de un padre hábil —y Dios es hábil y capaz de manejar Su Palabra—, entonces tanto el pecador como los orgullosos ayudantes se ven obligados a inclinarse y someterse. Por tanto, digo, aunque la Palabra sea el instrumento, por sí sola no salva al alma. No se quebranta el corazón ni se contrista el espíritu. Solo obra la muerte y deja a los hombres encadenados por sus pecados, atados aún más a la condenación eterna (2 Co. 2:15-16).
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Pero cuando es secundada por un gran poder, la misma Palabra es como el rugido de un león, como la herida de una espada, como un fuego abrasador en los huesos, como un trueno y como un martillo que todo lo destroza (Jer. 25:30; Am. 1:2; 3:8; Hch. 2:37; Jer. 20:9; Sal. 29:3-9). Por lo tanto, de aquí se concluye que quien haya oído la Palabra predicada y no haya escuchado la voz del Dios vivo en ella, aún no ha sido quebrantado de corazón ni su espíritu contrito por sus pecados.
[Segundo. Cómo se quebranta el corazón y se contrista el espíritu].
Y esto me lleva a lo segundo, a saber, mostrar cómo la Palabra quebranta el corazón y contrista el espíritu, y en verdad es cuando la Palabra llega con poder. Pero esto es solo general; por lo tanto, más particularmente:
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Entonces la Palabra obra eficazmente para este propósito, cuando descubre al pecador y su pecado, y lo convence de que lo ha descubierto. Así fue con nuestro primer padre. Cuando pecó, buscó esconderse de Dios. Se metió entre los árboles del jardín y allí se cubrió; pero, sintiéndose inseguro, se cubrió con hojas de higuera; y ahora yace tranquilo. Ahora Dios no me encontrará, piensa, ni sabrá lo que he hecho. Pero he aquí que, poco a poco, oye “la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto” (Gn. 3:8). Y ahora, Adán, ¿qué piensas hacer? Pues, todavía se esconde, oculta la cabeza, buscando permanecer oculto; pero he aquí, la voz grita: “¡Adán!”, y entonces empieza a temblar. “¿Adán, dónde estás?”, dice Dios; y entonces Adán debe responder (ver Gn. 3:7-11). Pero la voz del Señor Dios no lo deja allí. No, ahora empieza a escudriñar e indagar sobre sus acciones, y a desentrañar lo que había envuelto y cubierto, hasta dejarlo desnudo ante sus propios ojos, ante el rostro de Dios. Así, pues, actúa la Palabra, cuando es dirigida por el brazo de Dios. Descubre, señala al pecador. El pecador lo descubre así. Descubre los pecados del pecador. Desenreda toda su vida; lo desnuda y lo deja desnudo ante sus propios ojos, ante el rostro de Dios. El pecador y su maldad ya no pueden permanecer ocultos ni encubiertos; y ahora el pecador comienza a ver lo que nunca vio antes.
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Otro ejemplo de esto es David, el hombre de nuestro texto. Él peca, peca gravemente, peca y lo oculta; sí, y busca ocultarlo de la presencia de Dios y de los hombres. Pues bien, Natán es enviado a predicarle, y eso en común, y eso de manera especial: en común, mediante una parábola; en especial, mediante una aplicación particular de la predicación a él. Mientras Natán solo predicaba en común, o en general, David era un pez sano,2 y se mantenía tan recto ante sus propios ojos como si hubiera sido tan inocente e inofensivo como cualquier hombre vivo. Pero Dios amaba a David, y por lo tanto le ordena a su siervo Natán que vaya a casa, no solo a los oídos de David, sino a su conciencia. Pues bien, David ahora debe caer. Dice Natán: “Tú eres aquel hombre”; dice David: “He pecado”, y entonces su corazón se quebrantó y su espíritu se contristó, como lo demuestra este salmo y nuestro texto (2 S. 12:1-13).
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Un tercer ejemplo es el de Saulo. Había escuchado muchos sermones y se había convertido en un gran profesante. Sí, era más celoso que muchos de sus iguales; pero su corazón nunca se quebrantó, ni su espíritu se contristó, hasta que escuchó a Uno predicar desde el cielo, hasta que escuchó a Dios, en la Palabra de Dios, indagar sobre sus pecados. “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, dice Jesús; y entonces no pudo soportarlo más; porque entonces su corazón se quebró, después cayó al suelo, luego tembló, entonces exclamó: “¿Quién eres, Señor?” y “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hch. 9). Por lo tanto, como dije, la palabra obra eficazmente para este propósito cuando descubre al pecador y su pecado, y también cuando lo convence de que lo ha descubierto. Solo debo añadir una advertencia, porque toda acción de la Palabra sobre la conciencia no es salvadora; ni toda convicción culmina en la conversión salvadora del pecador. Es entonces solo esta operación de la Palabra la que se pretende, es decir, mostrarle al pecador no solo la maldad de sus caminos, sino también llevar su corazón sinceramente a Dios por Cristo. Y esto me lleva al tercer punto.
c. Cómo y qué es el corazón cuando está quebrantado
Por lo tanto, he venido a mostrarles cómo y qué es el corazón cuando está quebrantado y contrito. Y esto debo hacerlo explicándoles las dos expresiones principales del texto. Primero, qué significa la palabra quebrantado. Segundo, qué significa la palabra contrito.
Primero. Para la palabra quebrantado, Tyndale la traduce como “un corazón atribulado”,3 pero creo que hay más en ella. Por lo tanto, la considero un corazón incapacitado en cuanto a acciones pasadas, así como un hombre con huesos quebrados está incapacitado en cuanto a su forma de correr, saltar, luchar o cualquier otra cosa, lo cual en vano4 solía hacer; por lo tanto, a lo que en el texto se llama un corazón quebrantado, él lo llama sus huesos quebrantados en el versículo ocho: “Hazme”, dice él, “oír gozo y alegría; y se recrearán los huesos que has abatido” (Sal. 51:8). ¿Y por qué se compara el quebrantamiento del corazón con el quebrantamiento de los huesos? Pero así como cuando se rompen los huesos, el hombre exterior queda incapacitado para hacer lo que solía hacer, así también cuando el espíritu se rompe, el hombre interior queda incapacitado para la vanidad y la locura en las que antes se deleitaba. Por lo tanto, la debilidad se une a este quebrantamiento de corazón. “Estoy debilitado”, dice él, “y molido en gran manera” (Sal. 38:8). He perdido mi fuerza y mi antiguo vigor para los caminos vanos y pecaminosos.
Esto, entonces, es tener el corazón quebrantado; es decir, tenerlo lisiado, incapacitado y apartado, por la sensación de la ira de Dios debida al pecado, de ese curso de vida en el que antes estaba acostumbrado. Y para demostrar que esta obra no es una fantasía, ni se realiza sin gran dolor para el alma, se compara con descoyuntar, quebrar, quemar, o quitar la humedad natural de los huesos, afligir, etc. (Sal. 22:14; Jer. 20:9; Lm. 1:13; Sal. 6:2; Pr. 17:22). Todas estas son expresiones adornadas con similitudes que declaran innegablemente que sentir un corazón quebrantado es algo doloroso.
Segundo. ¿Qué significa la palabra contrito? Un espíritu contrito es penitente, profundamente afligido y dolido por los pecados cometidos contra Dios y en perjuicio del alma; y así debe entenderse en todos los pasajes donde se menciona un espíritu contrito, como en Salmo 34:18 e Isaías 57:15 y 66:2.
Así como un hombre que, por su insensatez, se ha roto una pierna o un brazo, lamenta profundamente haber sido tan necio como para entregarse a tan necias costumbres de ociosidad y vanidad; así también aquel, cuyo corazón está quebrantado por la ira de Dios a causa de su pecado, siente un profundo dolor en su alma y se arrepiente profundamente de haber sido tan necio como para, por sus actos rebeldes, llevarse a sí mismo y a su alma a tan aguda aflicción. Por lo tanto, mientras otros se recrean en la vanidad, este otro llama a su pecado su mayor insensatez. “Hieden y supuran mis llagas”, dice David, “a causa de mi locura”. Y además: “Dios, tú conoces mi insensatez, y mis pecados no te son ocultos” (Sal. 38:5; 69:5).
Los hombres, digan lo que digan, no pueden concluir, si aún les falta el quebrantamiento de corazón, que el pecado es una insensatez. Por eso dice: “Pero la insensatez de los necios es infatuación” (Pr. 14:24). Es decir, la necedad de algunos hombres reside en que se complacen en sus pecados; pues sus pecados son su necedad, y la infatuación de su alma reside en tolerar esta necedad. Pero el hombre con el corazón quebrantado no es ninguno de estos, no puede ser uno de estos, como tampoco quien tiene los huesos quebrantados puede regocijarse de que se le quiera para jugar un partido de fútbol. Por lo tanto, oír a otros hablar neciamente es para el dolor de aquellos a quienes Dios ha herido (Sal. 69:26); o, como se dice en otro lugar, sus palabras son “como golpes de espada” (Pr, 12:18). Por lo tanto, considero que este es el significado de estas dos palabras: un espíritu quebrantado y contrito.
d. Algunas señales de un corazón quebrantado
Por último, en cuanto a esto, ahora les daré más específicamente algunas señales de un corazón quebrantado, de un espíritu quebrantado y contrito.
Primera. Un hombre con el corazón quebrantado, como se describe en el texto, es un hombre sensible;5 él es llevado al ejercicio de todos los sentidos de su alma. Todos los demás están muertos, sin sentido y sin una verdadera comprensión de lo que el hombre con el corazón quebrantado percibe.
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Se ve a sí mismo como lo que otros ignoran; es decir, se ve no solo como un hombre pecador, sino como un hombre por naturaleza en la hiel y la atadura del pecado. En la hiel del pecado —es la expresión de Pedro a Simón (Hch. 8:23), y es un dicho común a todos los hombres; pues todo hombre en estado natural está en la hiel del pecado. Fue formado en ella, concebido en ella (Sal. 51:5); también la posee, y por esa posesión infectó toda su alma y cuerpo. Esto lo ve, esto lo entiende. No todo profesante ve esto, porque la bendición de un corazón quebrantado no se concede a todos. David dice: “Nada hay sano en mi carne” (Sal. 38:3); y Salomón sugiere que una plaga o llaga supurante se encuentra en el corazón (1 R. 8:38). Pero no todos lo perciben. Él repite que sus heridas hedían y supuraban (Sal. 38:5); que su “llaga corría… y no cesaba” (Sal. 77:2). Pero el hombre brutal, aquel cuyo corazón nunca se quebrantó, no comprende estas cosas. Pero el quebrantado de corazón, el hombre de espíritu quebrantado ve, como lo expresa el profeta, su enfermedad, su herida. “Y verá Efraín su enfermedad, y Judá su llaga” —la ve con dolor, la ve con tristeza (Os. 5:13).
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Él siente lo que otros no perciben. Siente las saetas del Todopoderoso, y que se le clavan firmemente (Sal. 38:2). Siente cuán dolorida y enferma está su pobre alma, por el golpe del martillo de Dios en su corazón para quebrantarlo (Os. 5:13). Siente una carga intolerable sobre su espíritu. “Porque mis iniquidades”, dice él, “se han agravado sobre mi cabeza; como carga pesada se han agravado sobre mí” (Sal. 38:4). Siente también la pesada mano de Dios sobre su alma, algo desconocido para los hombres carnales. Siente dolor, al ser herido, incluso un dolor que otros no pueden comprender, porque no están quebrantados. “Mi corazón”, dice David, “está dolorido dentro de mí”. ¿Por qué? ¡Por qué! “Y terrores de muerte sobre mí han caído” (Sal. 55:4). Los terrores de la muerte causan dolor, sí, dolor de la naturaleza más alta; por lo tanto, lo que aquí se llama “dolores” se llama en otro lugar “angustias” (Isaías 21:3).
Saben que los huesos rotos causan dolor, un dolor intenso, sí, un dolor que hace gemir a un hombre o una mujer “con gemidos de herido de muerte” (Ez. 30:24). El dolor del alma es el dolor más intenso, en comparación con el cual el dolor del cuerpo es muy tolerable (Pr. 18:14). Ahora bien, aquí hay dolor del alma, aquí hay dolor del corazón. Aquí estamos hablando de un herido, de un espíritu quebrantado; por lo tanto, este dolor se siente hasta el hundimiento de todo el hombre, y nadie puede soportarlo sino Dios. Aquí hay muerte en este dolor, muerte para siempre, sin la misericordia especial de Dios. Este dolor traerá el alma a la realidad,6 y esto es lo que siente el hombre quebrantado de corazón. “Me rodearon ligaduras de muerte”, dice David, “me encontraron las angustias del Seol; angustia y dolor había yo hallado” (Sal. 116:3). Ay, te lo aseguro, pobre hombre, encontraste angustia y dolor; pues las penas del infierno y las tristezas de la muerte son las más intolerables. Pero esto lo sabe el hombre con el corazón quebrantado.7
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Como ve y siente, él oye aquello que aumenta su dolor y pena. Ya saben, si a un hombre se le rompen los huesos, no solo ve y siente, sino que a menudo también oye lo que aumenta su dolor; como que sus heridas son incurables; que su hueso no está bien colocado; que hay peligro de gangrena; que puede perderse por falta de atención. Estas son las voces, los dichos, que rondan la casa de quien tiene los huesos rotos. Y un hombre con el corazón quebrantado sabe a qué me refiero. Oye aquello que le hace temblar los labios, y ante cuyo ruido parece sentir que la podredumbre se le mete en los huesos. Temblaba en su interior y deseaba oír gozo y alegría, para que los huesos, el corazón y el espíritu que Dios había quebrantado se regocijaran (Hab. 3:16; Sal. 51:8). Creía oír a Dios decir, al diablo decir, a su conciencia decir, y a todos los hombres buenos susurrar entre sí: “No hay para él salvación en Dios” (Sal. 3:2). Job oyó esto, David oyó esto, Hemán oyó esto; y este es el sonido común en los oídos de los quebrantados de corazón.
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Los quebrantados de corazón huelen lo que otros no pueden oler. ¡Ay! El pecado nunca olió tan mal para ningún hombre vivo como huele mal a los quebrantados de corazón. Sabes que las heridas apestan; pero no hay hedor como el del pecado para el hombre quebrantado de corazón. Sus propios pecados apestan, y también los pecados de todo el mundo para él. El pecado es como carroña; es de naturaleza pestilente. Sí, tiene el peor de los olores; sin embargo, a algunos hombres les gusta. Pero nadie se ofende con su olor excepto Dios y el pecador quebrantado de corazón. “Hieden y supuran mis llagas”, dice él (Sal. 38:5), tanto en las narices de Dios como en las mías. Pero, ¡ay!, ¿quién huele el hedor del pecado? Nadie del mundo carnal. Ellos, como cuervos carroñeros, lo buscan, lo aman y lo comen como el niño come pan. “Del pecado de mi pueblo comen”, dice Dios, “y en su maldad levantan su alma” (Os. 4:8). Esto, digo, lo hacen porque no perciben el olor nauseabundo del pecado. Saben que lo que es nauseabundo al olfato no puede ser agradable al gusto. El hombre quebrantado de corazón encuentra nauseabundo el pecado, y por eso exclama: “¡Apesta!”. También piensan a veces que el olor a fuego, a fuego y azufre, los domina, pues son tan sensibles a la paga del pecado.
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El quebrantado de corazón también es un hombre que saborea. Las heridas, si son dolorosas y están llenas de dolor, de grandes dolores, a veces alteran el gusto de una persona. Le hacen pensar que su comida, su bebida, sí, que los licores tienen un sabor amargo. Cuántas veces el pobre pueblo de Dios, los únicos que saben lo que significa un corazón quebrantado, clama que el cascajo, el ajenjo, la hiel y el vinagre se convirtieron en su alimento (Lm. 3:15-16, 19). Este cascajo, hiel y ajenjo son el verdadero sabor temporal del pecado; y Dios, para hacerlos aborrecer para siempre, los alimenta con ellos hasta que sus corazones duelen y se rompen. La maldad es agradable al mundo; por eso se dice que se alimentan de ceniza, se alimentan del viento (Is. 44:20; Os. 12:1). El mundo carnal cree que la lujuria, o cualquier cosa vil y despreciable, es algo que disfruta, como se expresa de manera notable en la parábola del hijo pródigo. “Deseaba llenar su vientre”, dice nuestro Señor, “de las algarrobas que comían los cerdos” (Lc. 15:16). Pero el hombre con el corazón quebrantado disfruta sinceramente de estas cosas, aunque, debido a la angustia de su alma, aborrece todo tipo de manjares exquisitos (Job 33:19-20; Sal. 107:17-19). Así pues, les he mostrado una señal de un hombre con el corazón quebrantado. Es un hombre sensible. Tiene todos los sentidos de su alma despiertos; puede ver, oír, sentir, gustar, oler, y todo esto como nadie más que él mismo puede hacerlo. Ahora llego a otra señal de un hombre quebrantado y contrito.
Segunda. Y es que, él es un hombre muy afligido. Esto, como lo otro, es natural. Es natural para alguien que sufre y tiene los huesos rotos estar afligido y triste. No es uno de los hombres alegres de la época; ni puede serlo, pues sus huesos, su corazón, su corazón están destrozados.
- Él se arrepiente de sentir y encontrar en sí mismo una depravación8 de la naturaleza. Les dije antes que él es consciente de ello, lo ve, lo siente; y aquí digo que se arrepiente de ello. Es esto lo que le hace llamarse a sí mismo un hombre miserable (Rom 7:24). Es esto lo que le hace aborrecerse y detestarse a sí mismo (Job 42:5-6; Ez. 36:31). Es esto lo que le hace sonrojarse, ruborizarse ante Dios y avergonzarse. No encuentra por naturaleza forma ni hermosura en sí mismo, pero cuanto más se mira en el espejo de la Palabra, más feo, más deformado percibe que el pecado lo ha hecho. No todo el mundo ve esto, por lo tanto no todo el mundo se arrepiente de ello; pero el quebrantado de corazón ve que está corrompido por el pecado, desfigurado, lleno de lascivia9 y desobediencia. Ve que en él, es decir, en su carne, no habita nada bueno (Ro. 7:18); y esto lo entristece, sí, lo entristece en el corazón. Un hombre con los huesos rotos se encuentra arruinado, desfigurado, incapacitado para hacer lo que quisiera y debiera, por lo cual se aflige y se entristece.
Muchos se lamentan por las transgresiones reales, porque a menudo las avergüenzan ante los hombres; pero pocos se lamentan por los defectos que el pecado ha creado en la naturaleza, porque no los ven en sí mismos. Un hombre no puede lamentarse por los defectos pecaminosos de la naturaleza hasta que ve que lo han hecho despreciable ante Dios; y es nada más que la visión de Dios lo que puede hacerle ver verdaderamente lo que es, y así lamentarse de corazón por serlo. Ahora “mis ojos te ven”, dice Job, ahora “me aborrezco” (Job 42:5-6). “¡Ay de mí!, que soy muerto”, dice el profeta, “han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos” (Is. 6:5). Y fue esto lo que hizo que Daniel dijera que su hermosura se había convertido en corrupción; porque ahora tenía la visión del Santo (Dan. 10:8). Las visiones de Dios rompen el corazón, porque, al contemplar el alma sus perfecciones, ve su propia desproporción infinita e indescriptible, debido a la vileza de su naturaleza.
Supongamos que un grupo de personas feas, desagradables y deformes viviera en una misma casa; y supongamos que nunca hubieran visto a nadie más que a ellos mismos, o que estuvieran revestidos con los esplendores y las perfecciones de la naturaleza. Estos no serían capaces de compararse con nadie más que ellos mismos, y, en consecuencia, no se sentirían afectados ni lamentarían sus indecorosas debilidades naturales. Pero ahora sácalos de sus celdas y agujeros de oscuridad, donde han estado encerrados, y deja que contemplen el esplendor y las perfecciones de belleza que hay en los demás, y entonces, si acaso, se lamentarán y se abatirán al contemplar sus propios defectos. Este es el caso. Los hombres, por el pecado, son desfigurados, corrompidos, depravados; pero pueden vivir solos en la oscuridad. No ven a Dios, ni a los ángeles, ni a los santos en su excelente naturaleza y belleza; y por lo tanto, tienden a considerar sus propias partes indecorosas como sus adornos y su gloria. Pero ahora, como dije, que tales vean a Dios, vean a los santos, o los adornos del Espíritu Santo, y a sí mismos tal como son sin ellos, y entonces no podrán sino conmoverse y lamentarse por su propia deformidad. Cuando el Señor Cristo mostró tan poco de Su excelencia ante el rostro de Su siervo Pedro, esto expuso la depravación de la naturaleza de Pedro ante él para su gran confusión y vergüenza; y lo hizo clamar a Él en medio de todos sus compañeros: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lc. 5:4-8).
Esta, por lo tanto, es la causa de un corazón quebrantado, incluso una visión de las excelencias divinas, y un sentimiento de que soy un pobre, depravado, mimado y contaminado miserable; y esta visión, habiendo quebrantado el corazón, engendra tristeza en los quebrantados.
- El quebrantado de corazón es un hombre afligido; pues descubre que su depravación natural es fuerte en él, hasta el punto de oponerse y derribar lo que su cambio de mentalidad le impulsa a hacer. “Queriendo hacer el bien”, dice Pablo, “el mal está en mí” (Ro. 7:21). El mal está presente para oponerse, resistir y oponerse a los deseos de mi alma. El hombre con los huesos rotos puede aún tener la intención de dedicarse diligentemente a una profesión legítima y honesta; pero descubre, por experiencia, que una debilidad acompaña a su condición actual y que se opone fuertemente a sus buenos esfuerzos. Ante esto, sacude la cabeza, se queja y, con tristeza, suspira y dice: “No puedo hacer lo que quisiera” (Ro. 7:15; Gá. 5:17). Soy débil, soy frágil. No solo soy depravado, sino que, por esa depravación, me veo privado de la capacidad de ejecutar con éxito mis buenos impulsos,10 buenas intenciones y buenos deseos. Pero, dice él, “yo estoy a punto de caer, y mi dolor está delante de mí continuamente” (Sal. 38:17).
Debes saber que el quebrantado de corazón ama a Dios, ama su alma, ama el bien y odia el mal. Ahora bien, que alguien así encuentre en sí mismo una oposición y una continua contradicción a esta santa pasión, necesariamente le causa tristeza, tristeza piadosa, como la llama el apóstol Pablo. Porque a tales personas se les contrista según la piedad. Contristarse porque tu naturaleza está depravada por el pecado, y que por esta depravación te ves privado de la capacidad de hacer lo que la Palabra y tu santa mente te incitan a hacer, es contristarse según la piedad. Porque esta tristeza produce en ti algo de lo que nunca tendrás motivo para arrepentirte; ni siquiera eternamente (2 Co. 7:9-11).
- El hombre quebrantado se lamenta por las infracciones que, debido a la depravación de su naturaleza, se cometen en su vida y conducta. Y este fue el caso del hombre de nuestro texto. La vileza de su naturaleza se había manifestado hasta contaminar su vida y convertirlo, en ese momento, en un hombre de conducta vil. Esto, esto era lo que le quebrantaba11 el corazón. Vio que con esto había deshonrado a Dios, y eso lo hirió. “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Sal. 51:4). Vio que con esto había provocado que los enemigos de Dios abrieran la boca y blasfemaran; y esto lo hirió profundamente. Esto lo hizo clamar: “Contra ti he pecado, Jehová” (Sal. 41:4). Esto lo hizo decir: “Por tanto, confesaré mi maldad, y me contristaré por mi pecado” (Sal. 38:18).
Cuando un hombre se propone realizar algo, cuando su corazón está puesto en ello, y el quebrantado de corazón se propone glorificar a Dios, un obstáculo a ese designio, el deterioro de esta obra, lo entristece. Ana anhelaba tener hijos, pero no podía tenerlos, y esto la convirtió en una mujer atribulada de espíritu (1 S. 1:15). Un hombre quebrantado de corazón desearía estar bien por dentro y hacer lo que es bueno por fuera; pero siente, descubre, ve que se le impide, al menos en parte. Esto lo entristece; en esto gime, gime fervientemente, agobiado por sus imperfecciones (2 Co. 5:1-3). Saben que alguien con huesos rotos tiene muchas imperfecciones, y es más consciente de ellas, como se dijo antes, que cualquier otro hombre; y esto lo entristece, sí, y lo lleva a concluir que vivirá con desgana todos sus días en la amargura de su alma (Is. 38:15).
Tercera. El hombre con el corazón quebrantado es muy humilde; o bien, la verdadera humildad es señal de un corazón quebrantado. Por lo tanto, el quebrantamiento de corazón, la contrición de espíritu y la humildad de mente se combinan. “Para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Is. 57:15).
Siguiendo nuestra analogía. Supongamos que un hombre goza de buena salud, es robusto y fuerte, y no teme ni se preocupa por nadie. Sin embargo, si a este hombre le rompen una pierna o un brazo, su valor se desvanece. Ahora está tan lejos de sermonear12 a un hombre, que teme a cualquier niño que se le acerque. Ahora cortejará13 al más débil que tenga que ver con él, para tratarlo con delicadeza. Ahora se ha convertido en un niño en valentía, un niño en temor, y se ha humillado como un niño pequeño.
Pues bien, así es con el hombre de espíritu quebrantado y contrito. Hubo un tiempo en que podía sermonear, incluso a Dios mismo, diciendo: “¿Qué es el Todopoderoso, para que le sirvamos?” o “¿De qué me servirá guardar sus mandamientos?” (Job 21:15; Mal. 3:13-14). ¡Ay! Pero ahora su corazón está quebrantado; Dios ha luchado con él y lo ha hecho caer, hasta romperle los huesos, su corazón; y ahora se agacha, ahora se encoge, ahora le ruega a Dios que no solo le haga bien, sino que lo haga con manos tiernas. “Ten piedad de mí, oh, Dios”, dijo David, “conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones” (Sal. 51:1).
Él, como él ve, no solo necesita misericordia, sino las más tiernas misericordias. Dios tiene varios tipos de misericordias, algunas más duras, otras más tiernas. Dios puede salvar a un hombre, ¡y sin embargo, obligarlo a tomar un camino terrible al cielo! Esto lo ve el quebrantado de corazón, y esto lo teme, y por lo tanto implora la más tierna misericordia; y aquí leemos de su trato bondadoso, que es muy compasivo y que trata con ternura a los suyos. Pero la razón de tales expresiones solo la conoce el quebrantado de corazón. Tiene sus llagas, sus llagas purulentas, sus llagas pestilentes; por eso se duele, y anhela ser tratado con ternura. Así, Dios ha quebrantado el orgullo de su espíritu y humillado la altivez del hombre. Y su humildad aún se manifiesta.
- En su agradecimiento por la vida natural. Al acostarse, piensa que, como un león, Dios lo despedazará antes del amanecer (Is. 38:13). No hay juicio que haya caído sobre otros, sin que él considere con razón que debe ser absorbido por él. “Quebrantada está mi alma de desear Tus juicios en todo tiempo” (Sal. 119:120). Pero al percibir un día más en su vida, y que por la mañana todavía está en este lado del infierno, no puede sino tomarlo en cuenta y reconocerlo como un favor especial, diciendo: “Gracias a Dios por mantener mi alma viva hasta ahora, y por proteger mi vida del destructor” (Job 33:22; Sal. 56:13; 86:13).
El hombre, antes de que su corazón se quebrante, considera el tiempo como suyo, y por lo tanto lo gasta generosamente en todo lo ocioso. Su alma está lejos del temor porque la vara de Dios no está sobre él; pero cuando se ve bajo la mano hiriente de Dios, o cuando Dios, como un león, le quiebra todos los huesos, entonces se humilla ante Él y cae a sus pies. Ahora ha aprendido a considerar cada momento como una misericordia, y cada pequeño bocado como una misericordia.
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Ahora también la más mínima esperanza de misericordia para su alma, ¡oh, cuán preciosa es! El que solía hacer pedazos el evangelio, y que valoraba las promesas como rastrojo, y las palabras de Dios como madera podrida; ahora, ¿con qué ojos mira la promesa? Sí, consideraba una posible misericordia más rica, más valiosa, que el mundo entero. Ahora, como decimos, se alegra de saltar ante un mendrugo; ahora, ser un perro en la casa de Dios le parece mejor que “habitar en las moradas de maldad” (Sal. 84:10; Mt. 15:26-27; Lc. 15:17-19).
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Ahora bien, aquel que solía mirar con desprecio al pueblo de Dios, sí, que solía desdeñar mostrarles un rostro amable; ahora los admira y se inclina ante ellos, y está dispuesto a lamer el polvo de sus pies, y consideraría su mayor, el más alto honor, ser como uno de los más pequeños de ellos. “Hazme como a uno de tus jornaleros”, dice él (Lc. 15:19).
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Ahora él es, a sus propios ojos, el mayor necio de la naturaleza; pues ve que ha estado muy equivocado en sus caminos, y que aún tiene poco, si es que tiene alguno, conocimiento verdadero de Dios. Todos ahora, dice él, tienen más conocimiento de Dios que yo; Todos le sirven mejor que yo (Sal. 73:21-22; Pr. 30:2-3).
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¡Que ahora sea solo uno, aunque el más pequeño en el reino de los cielos! ¡Que ahora sea solo uno, aunque el más pequeño en la iglesia terrenal! ¡Que ahora sea solo amado, aunque el menos amado de los santos! ¡Qué alta estima le tiene!
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Ahora bien, cuando hablaba con Dios o con los hombres, ¡cómo se humillaba ante ellos! Si hablaba con Dios, ¿cómo se acusaba a sí mismo y se envanecía con el reconocimiento de sus propias villanías, las cuales cometió en los días en que era enemigo de Dios? “Señor”, dijo Pablo, aquel contrito, “yo encarcelaba y azotaba en todas las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo mismo también estaba presente, y consentía en su muerte, y guardaba las ropas de los que le mataban” (Hch. 22:19-20). Sí, castigué a tus santos “y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras” (Hch. 26:9-11).
Además, cuando se dirige a los santos, ¡cómo se humilla ante ellos! “Soy”, dice él, “el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol” (1 Co. 15:9). Soy “menos que el más pequeño de todos los santos” (Ef. 3:8). Fui blasfemo; fui perseguidor, injurioso, etc. (1 Ti. 1:13). ¡Cuánta humildad, qué pensamientos humillantes produce un corazón quebrantado! Cuando David danzó ante el arca de Dios, ¿cómo descubrió su desnudez ante el desagrado de su esposa? Y cuando ella lo regañó por sus acciones, dice él: “Fue delante de Jehová”, etc., “y aun me haré más vil que esta vez, y seré bajo a tus ojos” (2 S. 6:20-22). Oh, el hombre que es, o que ha sido quebrantado bondadosamente en su espíritu, y que tiene un corazón contrito, es un hombre sencillo y humilde.
Cuarta. El hombre con el corazón quebrantado se considera pobre en lo espiritual. Por lo tanto, tan humildes y contritos, como pobres y contritos se presentan en la Palabra. “Pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu” (Is. 66:2). Y aquí seguimos con nuestra metáfora. Un hombre herido, con huesos rotos, concluye que su condición es pobre, muy pobre. Pregúntale cómo está, y responde: “¡En verdad, vecinos, en una condición muy pobre!”. También tenemos la pobreza espiritual de quienes tienen o han tenido el corazón quebrantado, y que han sido de espíritu contrito, algo muy mencionado en la Palabra. Y se les llama con dos nombres para distinguirlos de los demás. Se les llama Tus pobres, es decir, los pobres de Dios; también se les llama “los pobres de espíritu” (Sal. 72:2; 74:19; Mt. 5:3). Ahora bien, el hombre que se considera pobre —de él hablaremos ahora—, y el que tiene el corazón quebrantado es uno de ellos, es consciente de sus necesidades. Sabe que no puede ayudarse a sí mismo y, por lo tanto, se ve obligado a conformarse con vivir de la caridad ajena. Así es en la naturaleza; así es en la gracia.
- El quebrantado de corazón ahora conoce sus necesidades, y no las conocía hasta ahora. Como quien tiene un hueso roto no necesitaba un curandero hasta que supo que su hueso estaba roto. Su hueso roto se lo hace saber. Su dolor y angustia se lo hacen saber; y así sucede en lo espiritual. Ahora ve que ser pobre es, en efecto, carecer del sentido del favor de Dios; porque su gran dolor es un sentido de ira, como se ha mostrado antes. Y la voz de gozo sanaría sus huesos rotos (Salmo 51:8). Dos cosas cree que lo harían rico: 1) un derecho y título a Jesucristo y a todos Sus beneficios; 2) y una fe salvadora en Él. Los que son espiritualmente ricos son ricos en Él y en la fe en Él (2 Co. 8:9; Stg. 2:5).
La primera de estas cosas nos da derecho al reino de los cielos. La segunda le da al alma el consuelo que le proporciona; y el quebrantado de corazón carece del sentido y el conocimiento de su interés en estas cosas. Que sabe que las necesita es evidente; pero saber que las tiene es lo que, por ahora, desea alcanzar. Por eso dice: “Los afligidos y menesterosos buscan las aguas, y no las hay; seca está de sed su lengua” (Is. 41:17). No hay nada a su vista; nadie a su vista para ellos. Por eso David, cuando tenía el corazón quebrantado, sintió que necesitaba ser lavado, purificado, emblanquecido. Sabía que allí se encontraban las riquezas espirituales, pero no percibía con claridad que Dios lo había lavado y purificado. Más bien, temía que todo se desvaneciera, que estuviera en peligro de ser expulsado de la presencia de Dios y que el Espíritu de gracia le fuera completamente arrebatado (Sal. 51). Eso es lo primero. El quebrantado de corazón es pobre porque conoce sus necesidades.
- El quebrantado de corazón es pobre porque sabe que no puede conseguir lo que sabe que necesita. El hombre que tiene un brazo roto, tal como lo sabe, sabe por sí mismo que no puede recomponerlo. Este es, por lo tanto, el segundo factor que declara que un hombre es pobre; de lo contrario, no lo es. Supongamos que alguien carece de mucho, pero si puede valerse por sí mismo, si puede proveerse, si puede satisfacer sus necesidades con lo que tiene, no puede ser pobre. Sí, cuanto más necesita, mayor es su riqueza si puede satisfacer sus necesidades con su propio dinero.
Entonces, es pobre aquel que conoce su necesidad espiritual y también sabe que no puede satisfacerla ni ayudarse a sí mismo. Pero esto lo sabe el quebrantado de corazón; por lo tanto, a sus propios ojos, él es el único pobre. Es cierto que puede tener algo propio, pero eso no cubrirá su necesidad; y, por lo tanto, sigue siendo pobre. Tengo sacrificios, dice David, “pero no los deseas; por eso mi pobreza persiste” (Sal. 51:16). El plomo no es oro, el plomo no es moneda corriente entre los mercaderes. Nadie tiene oro espiritual para vender excepto Cristo (Ap. 3:18). ¿Qué puede hacer un hombre para conseguir a Cristo, o la fe, o el amor? Sí, aunque nunca hubiera tenido tantas virtudes carnales, no, ni un solo centavo se pagaría en ese mercado donde la gracia está a la mano. “Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían” (Cnt 8:7).
Esto lo percibe el hombre quebrantado; y por lo tanto, se ve espiritualmente pobre. Es cierto que tiene un corazón quebrantado, y eso es de gran estima ante Dios; pero eso no es de la bondad natural. Eso es un don, una obra de Dios; y eso son los sacrificios de Dios. Además, un hombre no puede estar contento y tranquilo con eso; porque eso, por su naturaleza, solo le demuestra que es pobre y que sus necesidades son tales que él mismo no puede suplirlas. Además, hay poco consuelo en un corazón quebrantado.
- El hombre con el corazón quebrantado es pobre y lo ve, porque descubre que ahora no puede vivir de otra manera que no sea mendigando. A esto recurrió David, aunque era rey; pues sabía que, en cuanto a la salud de su alma, no podía vivir de otra manera. “Este pobre clamó”, dijo, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias” (Sal. 34:6). Y esto me lleva a la quinta señal.
Quinta. Otra señal de un corazón quebrantado es el llanto, el clamor. El dolor, como saben, hace llorar. Vayan a quienes tienen sobre sí la angustia de huesos rotos y vean si no lloran. La angustia los hace llorar. Esto, esto es lo que sigue inmediatamente, si una vez que su corazón está quebrantado y su espíritu verdaderamente está contrito.
- Digo, la angustia los hará llorar. “Aflicción y angustia”, dice David, “se han apoderado de mí” (Sal. 119:143). La angustia, como saben, provoca naturalmente el llanto. Ahora bien, como un hueso roto siente angustia, un corazón quebrantado también la siente. Por eso, los dolores de quien tiene el corazón quebrantado se comparan con los dolores de una mujer que está de parto (Jn. 16:20-22).
La angustia nos hace llorar solos, llorar para nosotros mismos; y esto se llama lamentarse. “Escuchando, he oído a Efraín que se lamentaba”, dice Dios (Jer. 31:18), es decir, estar bajo la mano quebrantadora y castigadora de Dios. “Me azotaste”, dice él, “y fui castigado como novillo indómito” (Jer. 31:18). Esto es también lo que quiso decir quien dijo: “Clamo en mi oración, y me conmuevo”. ¿Y por qué? Pues, “Mi corazón está dolorido dentro de mí” (Sal. 55:2-4).
Este es un lamento propio, un lamento en secreto y en lugares apartados. Sabe que es común entre quienes están angustiados, aunque solos, clamar a sí mismos por sus dolores actuales, diciendo: “¡Ay, mi pierna! ¡Ay, mi brazo! ¡Ay, mis entrañas!”. O, como el hijo de la sunamita: “¡Ay, mi cabeza, mi cabeza!” (2 R. 4:19). ¡Oh, los gemidos, los suspiros, los llantos que tienen los quebrantados de corazón, cuando están por su cuenta o solos! ¡Oh, dicen, mis pecados! ¡Mis pecados! ¡Mi alma! ¡Mi alma! ¡Cómo estoy cargado de culpa! ¡Cómo estoy rodeado de temor! ¡Oh, este corazón endurecido, desesperado e incrédulo! ¡Oh, cómo el pecado contamina mi voluntad, mi mente, mi conciencia! “Yo estoy afligido y menesteroso” (Sal. 88:15).14
Si algunos de ustedes, gente carnal, pudieran acercarse a la puerta de su habitación para escuchar a Efraín cuando se lamenta, se asombrarían al oírlo lamentarse por ese pecado en sí mismo en el que se deleitan; y al oírlo lamentarse por malgastar su tiempo, mientras ustedes lo gastan todo en perseguir sus lujuriosas pasiones; y al oírlo ofenderse con su corazón, porque no se aviene mejor a la santa voluntad de Dios, mientras temen su Palabra y sus caminos, y nunca se consideran mejores que cuando están más lejos de Dios. El desenfreno de las pasiones y lujurias de los quebrantados de corazón a menudo los arrincona y así se lamentan.
- Así como claman con lamentación por ellos mismos y para ellos mismos, también claman contra sí mismos y contra los demás; como dijo en otra ocasión: “Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor” (Lm. 1:12). ¡Oh, los amargos llantos y quejas que los quebrantados de corazón tienen y se expresan unos a otros! Cada uno sigue imaginando que sus propias heridas son las más profundas, y sus llagas las más angustiantes y difíciles de curar. Dicen: Nuestras rebeliones y nuestros pecados están sobre nosotros, y a causa de ellos somos consumidos; ¿cómo, pues, viviremos? (Ez. 33:10).
Estando una vez en casa de una mujer honesta, tras una pausa, le pregunté cómo estaba. Dijo: “Muy mal”. Le pregunté si estaba enferma. Respondió: “No”. “¿Y qué?”, pregunté, “¿está enfermo alguno de tus hijos?”. Me respondió: “No”. “¿Qué?”, pregunté, “¿está mal tu marido o regresas al mundo?”. “No, no”, dijo ella, “pero me temo que no seré salva”. Y estalló con pesar, diciendo: “¡Ah, buen Bunyan! ¡Cristo y un cántaro! Si tuviera a Cristo, aunque fuera a mendigar mi pan con un cántaro, ¡me iría mejor de lo que creo!”. Esta mujer tenía el corazón quebrantado, esta mujer deseaba a Cristo, esta mujer se preocupaba por su alma. Pocas mujeres, mujeres ricas, consideran a Cristo y un cántaro mejores que el mundo, su orgullo y sus placeres. El clamor de esta mujer es digno de ser registrado. Era un clamor que llevaba en sí, no solo un sentido de necesidad, sino también del valor de Cristo. Este clamor, “¡Cristo y un cántaro!”, resonó melodioso en los oídos de los mismos ángeles.15
Pero, digo, pocas mujeres claman así. Pocas mujeres están tan enamoradas de su salvación eterna como para estar dispuestas a renunciar a todos sus deseos y vanidades por Jesucristo y un cántaro. El buen Jacob también lo estaba: “Si Dios —dijo— me diere pan para comer y vestido para vestir, Él será mi Dios”. Sí, prometió que así sería. “E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios” (Gn. 28:20-21).
- Mientras se lamentan y se quejan mutuamente, claman a Dios. “Oh Dios” dijo Hemán, día y noche clamo delante de ti”. ¿Pero cuándo? Pues cuando su alma estaba llena de angustia y su vida se acercaba a la tumba (Sal. 88:1-3). O, como dice en otro lugar: “Desde lo profundo… desde el seno del Seol clamé” (Sal. 130:1; Jon. 2:2), expresando con estas palabras la dolorosa condición en la que se encontraban cuando clamaron.
Vean cómo lo expresa Dios mismo. “Mi parte deseable”, dice Él, se ha convertido en “un desierto desolado… y desolada, me llora” (Jer. 12:11). Y esto también es natural para quienes tienen el corazón quebrantado. ¿Adónde va el niño cuando sufre daño, sino a su padre o a su madre? ¿Dónde recuesta la cabeza sino en sus regazos? ¿En el seno de quién derrama su queja, más especialmente, sino en el seno del padre o de la madre, porque allí hay entrañas, allí hay compasión, allí hay alivio y socorro? Y así sucede con aquellos cuyos huesos, cuyos corazones están quebrantados. Es natural para ellos. Deben clamar; no pueden sino clamar a Él. “Sáname, oh, Jehová”, dijo David, “porque mis huesos se estremecen. Mi alma también está muy turbada” (Sal. 6:1-3). El que no puede llorar no siente dolor, no ve necesidad, no teme peligro, o de lo contrario está muerto.
Sexta. Otra señal de un corazón quebrantado y de un espíritu contrito es que tembló ante la Palabra de Dios. “Aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Is. 66:2).
La Palabra de Dios es una Palabra terrible para un hombre con el corazón quebrantado. Salomón dice: “Como rugido de cachorro de león es el terror del rey” (Pr. 20:2); y si es así, ¿qué es la Palabra de Dios? Porque por ira y temor se entiende la palabra autoritaria de un rey. Tenemos un proverbio: “El niño quemado teme al fuego, el niño azotado teme a la vara”; así también el quebrantado teme la Palabra de Dios. Por lo tanto, hay una advertencia dirigida a quienes tiemblan ante la Palabra de Dios, a saber, ellos son los que se mantienen entre los piadosos. Son los que se mantienen a su alrededor. Son los más propensos a llorar y a ponerse en la brecha cuando Dios está enojado, y para apartar Su ira de un pueblo.
Es una señal de que la Palabra de Dios ha tenido lugar y ha obrado poderosamente cuando el corazón tiembla ante ella, teme y se queda reverenciado ante ella. Cuando la ama de José lo tentó a acostarse con ella, él temió la Palabra de Dios. “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal”, dijo él, “y pecaría contra Dios?” (Gn. 39:7-9). Reverenciado por la Palabra de Dios, no se atrevió a hacerlo, pues recordaba lo terrible que era rebelarse contra ella. Cuando el anciano Elí oyó que el arca había sido tomada, su corazón se estremeció; pues, en esa triste pérdida, interpretó que Dios estaba enojado con Israel, y supo que la ira de Dios era grande y terrible (1 S. 4:13). Cuando Samuel fue a Belén, los ancianos del pueblo temblaron; temían que les trajera algún triste mensaje de Dios, pues ya habían experimentado el terror de tales cosas (1 S. 16:1-4). Cuando Esdras iba a hacer duelo en Israel por los pecados de la tierra, envió a sus siervos, y acudieron a él “todos los que temían las palabras del Dios de Israel, a causa de la prevaricación de los del cautiverio” (Esd. 9:4).
Hay, digo, un pueblo que tiembla ante la palabra de Dios y teme hacer algo que les sea contrario; pero son solo aquellos cuyas almas y espíritus han sido influenciados por la Palabra. Por lo demás, están decididos a seguir su camino, diga Dios lo que quiera. “La palabra que nos has hablado en nombre de Jehová”, dijo el rebelde Israel a Jeremías, “no la oiremos de ti. Sino que ciertamente pondremos por obra toda palabra que ha salido de nuestra boca” (Jer. 44:16). Pero ¿crees que este pueblo sintió alguna vez el poder y la majestad de la Palabra de Dios para quebrantar sus corazones? No, de ninguna manera. De haber sido así, habrían temblado ante las palabras de Dios. Habrían tenido temor de las palabras de Dios. Dios puede mandar a algunos lo que quiera, pero ellos harán lo que quieran. ¿Qué les importa Dios? ¿Qué les importa Su Palabra? Ni las amenazas ni las promesas, ni los castigos ni los favores los harán obedientes a la Palabra de Dios; y todo porque no han sentido su poder. Sus corazones no se han quebrantado con ella. Cuando el rey Josías leyó en el Libro de Dios el castigo que Dios había amenazado contra el Israel rebelde, aunque él mismo era un hombre santo y bueno, se humilló. “Rasgó sus vestiduras” y lloró ante el Señor, temiendo el juicio amenazado (2 R. 22; 2 Cr. 34) Porque sabía cuán terrible es la Palabra de Dios. Algunos hombres, como dije antes, se atreven a hacer cualquier cosa, aunque la Palabra de Dios no se oponga; pero quienes tiemblan ante la Palabra no se atreven. No, ellos deben hacer de la Palabra la regla en todo lo que hacen. Deben acudir a la Santa Biblia y preguntar allí qué se puede o no se puede hacer; porque tiemblan ante la Palabra. Esta es, entonces, otra señal, una verdadera señal, de que el corazón ha sido quebrantado, a saber, cuando el corazón se atemoriza y tiembla ante la Palabra (Hch. 9:4-6; 16:29-30). El temblor ante la Palabra se debe a la creencia en lo que se merece, en lo que amenaza y en lo que vendrá si no se previene mediante el arrepentimiento; y, por lo tanto, el corazón se derrite y se quebranta ante el Señor.
Footnotes
-
Esta cita es de la versión ginebrina o puritana de la Biblia.—Ed. ↩
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“Pez sano” es un término muy impactante y expresivo, que ilustra muy bien los sentimientos y la postura de David cuando fue abordado por el profeta. La palabra “sano” proviene del sajón, lengua abundante en Bedford, el condado natal de Bunyan, introducido por primera vez por una antigua colonia de sajones que se habían establecido allí. Significa sano, vigoroso, libre de enfermedades, como un pez feliz en su entorno natural: “Los sanos no necesitan médico, sino los enfermos” (Lc. 5:31). David no sentía remordimientos de conciencia por su crueldad y enorme culpa. Era como un “pez sano”, disfrutando plenamente de todas las bendiciones providenciales; mientras que, espiritualmente, estaba muerto en pecado. Dios lo amó y se compadeció de él, y envió a un astuto pescador. El profeta Natán lanzó el anzuelo, que David agarró con entusiasmo. El anzuelo le clavó la conciencia, y quedó como un pez herido, casi muerto. —Ed. ↩
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Las palabras de Tyndale son: “El sacrificio de Dios es un espíritu atribulado, un corazón quebrantado y contrito; oh Dios, no lo despreciarás”. La misma palabra hebrea aparece en el original, tanto para el espíritu como para el corazón. Bunyan tiene toda la razón al preferir nuestra Versión autorizada de este versículo. Coverdale, Tyndale, Taverner y Cranmer coinciden. El ginebrino usa “un espíritu contrito” y el obispo “un espíritu mortificado”. —Ed. ↩
-
no solía – usado; acostumbrado. ↩
-
sensible – moralmente sensible; capaz de ser afectado por el bien o el mal moral. ↩
-
conducir el alma – frenar su curso. ↩
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Nadie podría hablar con más sentimiento sobre este tema que nuestro autor. Había estado en aguas profundas, con un miedo desgarrador, mientras su corazón, duro por naturaleza, estaba bajo el martilleo de la Palabra: “Mi alma era como un vaso roto. ¡Oh, las imaginaciones, los miedos, los temores y los terrores impensados que se ven afectados por una aplicación completa de la culpa, cedieron a la desesperación!” Como el hombre que tenía su morada entre los sepulcros. —Gracia Abundante, No. 186; Vol. I, pág. 29. ↩
-
pravidad – perversión moral; corrupción. ↩
-
lascivia – complacencia de la lujuria; libertinaje. ↩
-
El cristiano, si piensa en poseer impulsos, une a estos pensamientos su incapacidad para llevarlos a cabo. “Queriendo hacer el bien, el mal está en mí” (Ro. 7:21). Qué diferente es esto de la ignorancia farisaica, tan vívidamente representada en El Progreso del Peregrino:“Ignorancia - Siempre estoy lleno de buenos impulsos que me vienen a la mente para consolarme mientras camino. Cristiano - ¿Qué buenos impulsos? Dínoslo, por favor.Ignorancia - Pues pienso en Dios y el cielo. Cristiano - ¡Lo mismo hacen los demonios y las almas condenadas!”Todo ese diálogo profundamente interesante ilustra la dificultad del autoconocimiento, que solo se puede adquirir mediante la enseñanza del Espíritu Santo. —Ver Bunyan, Works, vol. 3, pág. 156. ↩
-
quebrantarlo todo – una expresión obsoleta para “quebrar por completo”. —Ed. ↩
-
sermonear – burlarse; atormentar; comportarse como un acosador. ↩
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cortejar – suplicar; solicitar. ↩
-
Esto concuerda plenamente con la experiencia del autor, publicada veintidós años antes bajo el título de Grace Abounding to the Chief of Sinners: “Era más repugnante a mis propios ojos que un sapo, y creía serlo también a los ojos de Dios. El pecado y la corrupción, decía, brotaban de mi corazón con la misma naturalidad que el agua de una fuente. Pensaba que nadie, salvo el mismo diablo, podría igualarme en maldad interior y corrupción mental”. Una señal inequívoca de que Dios, como su Padre celestial, iluminaba su memoria mediante el Espíritu Santo. —Ed. ↩
-
Este relato de la entrevista del autor con una mujer piadosa y humilde es un episodio agradable, que alivia la mente sin distraerla del serio objetivo del tratado. Probablemente fue un evento ocurrido en una de esas visitas pastorales que Bunyan solía hacer, y que, si se hacen con sabiduría, tanto le granjean el cariño de un ministro a la gente a su cargo. “Cristo y un mendrugo” es el dicho común para expresar el sentimiento de que Cristo es todo en todos. El cántaro se refiere a la costumbre de los peregrinos de llevar en su cinto un recipiente para contener agua, cuyo bastón tenía un cayado para extraerla de un pozo o río. —Ed. ↩