- Un corazón quebrantado es un corazón excelente.
Pero demostraremos mediante varios puntos particulares que un espíritu quebrantado, un espíritu debidamente quebrantado, un corazón verdaderamente contrito, es para Dios algo excelente.
Primero. Esto es evidente por la comparación: “Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado”; etc. Observa, Él rechaza los sacrificios, ofrendas y holocaustos —es decir, todas las ceremonias levíticas bajo la ley y todas las prácticas externas bajo el evangelio— pero acepta un corazón quebrantado. Por lo tanto, esto es manifiesto, si no hubiera nada más que decir, que demuestra que un corazón debidamente quebrantado, un corazón verdaderamente contrito, es para Dios algo excelente; pues, como ves, tal corazón se coloca por encima de todo sacrificio; y, sin embargo, eran ordenanzas de Dios, y cosas que Él mandó; pero, he aquí, un espíritu quebrantado está por encima de todo, un corazón contrito supera todo, sí, supera todo cuando se ponen todos juntos. No querrás lo uno. No despreciarás lo otro. ¡Oh, hermanos, un corazón quebrantado y contrito es algo excelente! He dicho que un corazón quebrantado, un corazón quebrantado y contrito, es estimado por encima de todos los sacrificios; añadiré…
Segundo. Es de mayor estima ante Dios que el cielo o la tierra; y eso es más que ponerlo antes que los deberes externos. “Jehová dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Is. 66:1-2). Observa, Dios dice que Él ha hecho todas estas cosas, pero no dice que mirará a ellas, es decir, que se complacerá y deleitará en ellas. No, hay algo que falta en todo lo que Él ha hecho que debiera ocupar y deleitar Su corazón. Pero ahora, deja que un pecador quebrantado venga delante de Él; sí, Él recorre el mundo entero para encontrar a uno así, y habiéndolo encontrado, “a este hombre”, dice Él, “miraré”. Digo de nuevo que tal hombre para Él es de más valor que el cielo o la tierra. “Ellos”, dice Él, “envejecerán… perecerán” y desaparecerán (He. 1:10-12); pero este hombre continúa. Él, como se nos presenta en otro lugar, con otro carácter, permanecerá para siempre (1 Jn. 2:17).
“A este hombre miraré”. Con este hombre me deleitaré; porque mirar a veces significa eso. “Prendiste mi corazón, hermana, esposa mía” dice Cristo a los de corazón humilde, “has apresado mi corazón con uno de tus ojos” (Cnt. 4:9), mientras que es como un conducto para dejar salir los ríos de su corazón quebrantado. He sido tomado, dice Él, “con una gargantilla de tu cuello” (Cnt. 4:9). Aquí, ves, Él mira y es arrebatado, Él mira y es tomado, como dice en otro lugar, “El rey está en las galerías”—es decir, es tomado con Su amada, con los ojos de paloma de Su amada, con el espíritu contrito de Su pueblo (Cnt. 7:5; 1:15). Pero no se dice así de Él con respecto al cielo o a la tierra. A ellos los estima menos. A ellos los reserva “para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos” (2 P. 3:7), pero los de corazón quebrantado son Sus amados, Sus joyas.
Por lo tanto, lo que he dicho al respecto debe considerarse como la verdad de Dios, a saber, que un pecador quebrantado, un pecador con un espíritu contrito, es más estimado por Dios que el cielo o la tierra. Él dice que Él los ha hecho, pero no dice que Él mirará a ellos. Él dice que son Su trono y Su estrado, pero no dice que ellos han tomado o cautivado Su corazón. No, son aquellos que tienen un espíritu contrito [quienes] hacen esto. Pero hay algo más en las palabras, “A este hombre miraré”—es decir, a este hombre cuidaré, alrededor de este hombre acamparé, pondré a este hombre bajo mi protección; pues mirar a alguien a veces significa eso; y yo tomo el significado en este lugar como tal (Pr. 27:23; Jer. 39:12; 40:4). “Sostiene Jehová a todos los que caen, Y levanta a todos los oprimidos” (Sal. 145:14). Y los quebrantados están entre ellos; por lo tanto, Él cuida de ellos, acampa a su alrededor, y ha puesto Sus ojos en tal persona para bien. Esto, por lo tanto, es una segunda demostración para probar que el hombre que tiene su espíritu debidamente quebrantado, su corazón verdaderamente contrito, es de gran estima para Dios.
Tercero. Además, Dios no solo prefiere a tal persona, como se ha dicho, antes que al cielo y a la tierra, sino que la ama, desea tener a ese hombre como íntimo, como compañero. Él debe morar, debe cohabitar1 con aquel que tiene un corazón quebrantado, con aquellos que tienen un espíritu contrito. ‘Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu”, etc. (Is. 57:15).
Observa aquí tanto la majestad como la condescendencia del Alto y Sublime; Su majestad, en que Él es alto, y el habitante de la eternidad. “Yo soy el Alto y Sublime”, dice Él, “yo habito la eternidad”. En verdad, esta consideración es suficiente para hacer que el hombre quebrantado se arrastre a un agujero de ratón para esconderse de tal majestad. Pero he aquí Su corazón, Su mente condescendiente: también habitaré con aquel que tiene un corazón quebrantado, con aquel que tiene un espíritu contrito. Ese es el hombre con quien querría conversar; ese es el hombre con quien cohabitaré. Ese es él, dice Dios, al que elegiré como mi compañero. Porque el deseo de morar con alguien supone todas estas cosas; y en verdad, de todos los hombres del mundo, ninguno tiene conocimiento de Dios, ninguno entiende lo que significa la comunión con Él, y lo que significan Sus enseñanzas, sino aquellos que tienen un corazón quebrantado y contrito. “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón” (Sal. 34:18). Estos son los que se tienen en cuenta en el Salmo 14, donde se dice: “Jehová miró desde los cielos…para ver si alguno…entendía, y buscaba a Dios”; para que pudiera encontrar a alguien en el mundo con quien conversar; porque en verdad no hay nadie más que entienda, o que pueda inclinarse a escucharlo. Dios, podría decirse, se ve obligado a quebrantar los corazones de los hombres antes de poder hacerlos dispuestos a clamar a Él, o dispuestos a que Él se preocupe por ellos. Los demás cierran sus ojos, tapan sus oídos, retiran sus corazones, o le dicen a Dios: ¡Apártate! (Job 21:14). Pero ahora, el quebrantado de corazón puede atenderlo. Tiene tiempo libre, sí, tiempo libre, voluntad y entendimiento, y todo; y, por lo tanto, [él] es un hombre apto para tratar con Dios. También hay espacio en la casa de este hombre, en el corazón de este hombre, en el espíritu de este hombre, para que Dios more, para que Dios camine, para que Dios establezca un reino.
Por lo tanto, aquí hay una conveniencia. “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” dice Dios (Am. 3:3). El quebrantado de corazón desea la compañía de Dios. “¿Cuándo vendrás a mí?” dice él. El quebrantado de corazón ama oír a Dios hablar y conversar con Él. Aquí hay una conveniencia. “Hazme”, dice él, “oír gozo y alegría; y se recrearán los huesos que has abatido” (Sal. 51:8). Pero aquí reside la gloria, en que el Alto y Sublime, el Dios que habita la eternidad, y que tenía un lugar alto y santo para Su morada, debería elegir morar con, y ser compañero de los quebrantados de corazón, y de aquellos que tienen un espíritu contrito. Sí, y aquí también hay gran consuelo para tales.
Cuarto. Dios no solo prefiere un corazón así antes que todos los sacrificios, ni estima a un hombre así por encima del cielo y la tierra, ni solamente desea ser su conocido, sino que reserva para él Sus principales consuelos, Sus dádivas que reavivan el corazón y alegran el alma. “Yo moro”, dice Él, con tales para revivirlos, y para sostenerlos y consolarlos, “para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Is. 57:15). El hombre quebrantado de corazón es un hombre desfallecido. Tiene sus temores, sus ataques de desánimo. A menudo desfallece por el dolor y el miedo. Debe ser sostenido con jarras y consolado con manzanas, o de lo contrario no sabrá qué hacer. Se consume, se consume en su iniquidad; y nada puede mantenerlo vivo y hacerlo sentir bien excepto los consuelos y las dádivas del Dios Todopoderoso (Éx. 33:10-11). Por lo tanto, con tal persona morará Dios, para revivir el corazón, para revivir el espíritu, “para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados”.
Dios tiene dádivas, pero son para consolar a los “humildes” (2 Co. 7:6); y tales son los quebrantados de corazón. En cuanto a los que están sanos, no necesitan al médico (Mr. 2:17). Son los quebrantados de espíritu los que necesitan dádivas. Los médicos no son estimados sino por aquellos que sienten su enfermedad; y esta es una razón por la cual Dios es tan poco considerado en el mundo, precisamente porque no han sido enfermos por el golpe hiriente de Dios. Pero ahora, cuando un hombre es herido, tiene sus huesos rotos, o se enferma, y es puesto a la puerta del sepulcro, ¿quién es tan estimado por él como un médico capaz? ¿Qué se desea tanto como las dádivas, los consuelos y los suministros adecuados de un médico hábil en esos asuntos? Y así es con los quebrantados de corazón; él necesita, y Dios le ha preparado abundancia de consuelos y dádivas del cielo, para socorrer y aliviar su alma agonizante.
Por lo tanto, tal persona se encuentra bajo todas las promesas que tienen socorro en ellas, y consuelo para los hombres enfermos y desanimados bajo el sentido del pecado y la pesada ira de Dios; y ellos, dice Dios, serán refrescados y revividos con ellos. Sí, están destinados para ellos. Por lo tanto, Él ha quebrantado sus corazones, por lo tanto, Él ha herido sus espíritus, para que pudieran deleitarse2 en Sus dádivas revivificantes, para que pudiera ministrarles Sus consuelos revivificantes. Porque en verdad, tan pronto como Él los ha quebrantado, su corazón se llena de compasión y su misericordia se despierta dentro de Él, y no permitirá que sigan afligidos. Efraín fue uno de estos; pero tan pronto como Dios lo hirió, he aquí Su corazón, cómo se inclina hacia él. “¿No es Efraín hijo precioso para mí?” —es decir, lo es. “¿No es niño en quien me deleito?” —es decir lo es; “pues desde que hablé de él, me he acordado de él constantemente. Por eso mis entrañas se conmovieron por él; ciertamente tendré de él misericordia, dice Jehová” (Jer. 31:18-20). Por lo tanto, esta es otra demostración.
Quinto. Así como Dios prefiere un corazón así, y estima al hombre que lo posee más que al cielo y a la tierra; así como Él ansía la intimidad con tal persona, y prepara y le reserva Sus dádivas; así también, cuando envió a Su Hijo Jesús al mundo como Salvador, le dio un encargo especial para cuidar de ellos. Sí, esa fue una de las principales razones por las que lo envió desde el cielo, ungido para Su obra en la tierra. El Espíritu del Señor está sobre mí”, dice Él; “por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón” etc. (Lc. 4:18; Is. 61:1). Ahora bien, que esto se refiera a Cristo queda confirmado por Sus propios labios; porque en los días de Su carne tomó este libro en Sus manos, cuando estaba en la sinagoga en Nazaret, y leyó este mismo pasaje al pueblo, y luego les dijo que ese mismo día esa Escritura se había cumplido en sus oídos (Lc. 4:16-18).
Pero observa, estas son las almas cuyo bienestar se ha dispuesto en los cielos. Dios consideró su salvación, su liberación, su sanidad, antes de enviar a Su Hijo desde los cielos. ¿No demuestra esto, por tanto, que un hombre quebrantado de corazón, un hombre de espíritu contrito es de gran estima para Dios? Siempre me ha asombrado que David diera a Joab y a los hombres de guerra una orden de tener cuidado de tratar con ternura al joven rebelde Absalón, su hijo (2 S. 18:5). Pero que Dios, el Dios Altísimo, el Dios contra Quien hemos pecado, tan pronto como ha herido, dé a Su Hijo una orden, un encargo, una comisión para cuidar, vendar y sanar a los quebrantados de corazón—esto es algo que nunca puede ser suficientemente admirado o asombrado por hombres o ángeles.
Y así como esta fue Su comisión, así actuó, como está claramente expuesto en la parábola del hombre que cayó entre ladrones. Fue a él, derramó en sus heridas vino y aceite, las vendó, lo llevó, lo puso sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada, dio instrucciones al posadero para que lo cuidara bien, le entregó dinero en mano y le prometió al regresar compensarle cualquier gasto adicional que tuviera mientras estaba bajo su cuidado (Lc. 10:30-35). Observa, por tanto, el cuidado de Dios hacia los quebrantados de corazón. Él le ha dado un encargo a Cristo, Su Hijo, para que los cuide bien, para que vende y sane sus heridas. Observa también la fidelidad de Cristo, Quien no oculta, sino que lee esta comisión tan pronto como inicia Su ministerio, y también entra en la parte práctica de esta: “Sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas” (Sal. 147:3).
Y observa nuevamente a quién ha encomendado este pobre ser su corazón quebrantado y espíritu contrito. Está bajo el cuidado de Dios, el cuidado y la cura de Cristo. Si un hombre estuviera seguro de que su enfermedad lo ha puesto bajo el cuidado especial del rey y la reina, aun así, no podría estar seguro de la vida. Podría morir bajo sus soberanas manos. Pero aquí está un hombre en el favor de Dios, y bajo la mano de Cristo para ser sanado, bajo cuya mano ninguno ha muerto jamás por falta de habilidad o poder en Él para salvar su vida. Por lo tanto, este hombre debe vivir. Cristo tiene en Su comisión no solo vendar sus heridas, sino también sanarlo. Él mismo lo ha explicado al leer Su comisión; por lo tanto, el que tiene su corazón quebrantado, y es de espíritu contrito, no solo debe tomarse bajo cuidado, sino sanado; sanado de su dolor, aflicción, pena, pecado y temores de la muerte y el fuego del infierno. Por eso Él añade, que debe darle a tal persona “gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado”; y debe “consolar a todos los que lloran” (Is. 61:2-3). Esto, digo yo, está en Su comisión; los quebrantados de corazón son puestos en Su mano, y Él mismo ha dicho que los sanará. De ahí que Él dice de ese mismo hombre: “He visto sus caminos; pero le sanaré, y le pastorearé: y le daré consuelo a él y a sus enlutados; … y lo sanaré” (Is. 57:18-19). Y esta es una quinta demostración.
Sexta. Así como Dios prefiere tal corazón, y estima tanto al hombre que lo posee; así como desea su compañía, ha provisto para él Sus dádivas y ha dado a Cristo el encargo de sanarlo, también ha prometido finalmente salvarlo. “Salva a los que son de espíritu contrito”; o, como lo tiene la nota marginal, que son “contritos de espíritu” (Sal. 34:18).
Y esta es la conclusión de todo; porque salvar a un hombre es el fin de toda misericordia especial. “Salva a los que son de espíritu contrito”. Salvar es perdonar; porque sin el perdón de los pecados no podemos ser salvos. Salvar es preservar a una persona en este mundo miserable y librarla de todos esos demonios, tentaciones, trampas y destrucciones que, si no fuéramos guardados, si no fuéramos preservados por Dios, destruirían nuestro cuerpo y alma para siempre. Salvar es llevar a un hombre cuerpo y alma a la gloria, y darle una mansión eterna en el cielo, para que habite en la presencia de este buen Dios y del Señor Jesús, y les cante los cánticos de su redención por los siglos de los siglos. Eso es ser salvo; y nada menos que esto puede completar la salvación del pecador. Ahora bien, esto es lo que les corresponde a los quebrantados de corazón y es el fin que Dios hará con los de espíritu contrito. Él “salva a los de espíritu contrito”. ¡Los salva! ¡Esto es excelente!
Pero ¿lo creen los quebrantados de espíritu? ¿Pueden imaginar que este es el fin para el cual Dios los diseñó y que Él tenía la intención de hacer con ellos el día en que comenzó a quebrar sus corazones? ¡No, no! Ellos—¡ay!—piensan todo lo contrario. Temen que esto no sea más que el comienzo de la muerte, y una señal de que nunca verán el rostro de Dios con consuelo, ni en este mundo ni en el venidero. De ahí que clamen: “No me eches de delante de ti”; o, Ahora estoy “libre entre los muertos”, a quienes Dios no recuerda más (Sal. 51:11; 88:4-5). Porque, de hecho, al quebrantamiento del corazón lo acompaña una apariencia visible de la ira de Dios, y una acusación directa desde el cielo de la culpa del pecado a la conciencia. Esto, para la razón, es muy terrible; porque derriba el alma hasta el suelo; “porque, ¿quién soportará al ánimo angustiado?” (Pr. 18:14).
También le parece a este hombre ahora que esto no es más que el comienzo del infierno; pero como si fuera el primer paso hacia el pozo, cuando, en realidad, todo esto no son más que los comienzos del amor, y solo aquello que allana el camino para la vida. El Señor mata antes de dar vida; hiere antes de que Sus manos sanen (Dt. 32:39; 1 S. 2:6). Sí, Él hace lo uno para poder hacer lo otro o porque así lo haría. Él hiere, porque Su propósito es sanar. “Él aflige, y venda; hiere, y sus manos sanan” (Job 5:18). Su designio, digo, es la salvación del alma. Él “azota”, quebranta el corazón de, “todo hijo que recibe”; ¡y ay de aquel cuyo corazón Dios no quebranta!
Y así he probado lo que al principio afirmé, a saber, que un espíritu debidamente quebrantado, un corazón verdaderamente contrito, es para Dios algo excelente. “Un corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh, Dios”. Para esto digo: Primero. Esto es evidente; porque es mejor que los sacrificios, que todos los sacrificios. Segundo. El hombre que lo tiene es más estimado por Dios que el cielo o la tierra. Tercero. Tercero. Dios ansía a tal hombre como su íntimo y compañero de casa. Cuarto. Él reserva para ellos Sus dádivas y consuelos espirituales. Quinto. Él ha dado a Su Hijo un encargo, un mandamiento para cuidar de que los quebrantados de corazón sean sanados; y Él está decidido a sanarlos. Sexto. Y concluyo, que los quebrantados de corazón, y aquellos que tienen un espíritu contrito, serán salvos, es decir, poseerán los cielos.