¡Entrada a la Gloria!
La Jerusalén Celestial
En la ribera del otro lado del río encontraron a los dos varones resplandecientes que los saludaron, diciendo:
—Somos espíritus enviados para servir a los herederos de la salvación.
Todos juntos se dirigieron hacia la puerta. Es de notar que la Ciudad estaba sobre una alta colina; pero los peregrinos subieron con facilidad, porque los seres resplandecientes les daban el brazo. También habían dejado atrás sus vestiduras mortales, pues aunque entraron en el río con ellas, salieron sin ellas (1 Cor. 15:51-57).
—La belleza de este lugar es inexpresable —les informaron sus compañeros—. “Es el monte Sión, La Jerusalén Celestial, la compañía innumerable de ángeles y de los espíritus de los justos hechos perfectos” (Heb. 12:22-24). Van ustedes ahora al Paraíso de Dios. Y cuando lleguen recibirán ropas blancas, y su conversación será con el Rey por toda la eternidad (Apoc. 3:4). No volverán a ver las cosas que veían cuando estaban sobre la tierra; como por ejemplo: dolor, enfermedad, aflicción y muerte, porque las cosas viejas pasaron (Isa. 65:15).
—¿Qué haremos en el lugar santo?
—Allí comerán del fruto siempre maduro del árbol de la vida, y no volverán a tener dolor, porque verán al Santo tal como es (Apoc. 2:7; 1 Cor. 13:12; 1 Juan 3:2). Allí recibirán descanso de todo su trabajo y tendrán gozo en lugar de tristeza, segarán lo que sembraron, los frutos de sus oraciones y lágrimas y sufrimiento por amor del Rey (Gál. 6:7). En ese lugar tendrán coronas de oro y gozarán por toda la eternidad ante la presencia del Santo. Allí, también, le servirán con alabanzas, aclamaciones y con acciones de gracias a Aquel a quien quisieron servir en el mundo, aunque con mucha dificultad a causa de la flaqueza de su carne. Sus ojos estarán encantados de ver y sus oídos de oír la voz agradable del Todopoderoso (1 Tes. 4:13-16; Judas 14; Dan. 7:9-10; 1 Cor.:2-3)
Al ir acercándose a la puerta, salió a recibirlos una compañía de las huestes celestiales. Los dos Seres Resplandecientes les dijeron a las huestes:
—Estos son los hombres que amaban a nuestro Señor cuando estaban en el mundo y que dejaron todo por amor a su santo nombre. Y él nos mandó a buscarlos, y los hemos traído hasta aquí en su anhelado viaje, a fin de que entren y tengan el gozo de ver el rostro del Redentor.
A esto, las huestes celestiales exclamaron con voz de júbilo:
—Bienaventurados los que son llamados a las bodas del Cordero (Apoc. 19:9).
También salieron a recibirlos algunos de los músicos del Rey, vestidos de ropa blanca y reluciente, los cuales con sus melodías despertaron ecos en los cielos; y cantando y tocando sus trompetas saludaban a CRISTIANO y a su compañero dándoles diez mil bienvenidas.
Ya estaban estos dos hombres, por así decir, en el cielo aun antes de haber llegado; sintiéndose sobrecogidos por la visita de los ángeles y escuchando sus melodiosas notas. Desde aquí veían también la ciudad, y les pareció oír que sus campanas repicaban para celebrar su llegada. Y sobre todo, los alegres y fervorosos pensamientos acerca de que ellos mismos vivirían en semejante compañía, y eso para siempre jamás, les causaba un gozo tan glorioso, que ninguna lengua ni pluma sería capaz de expresar.