Salvación

Cristiano ante la Cruz

Ahora vi en mi sueño que el camino por donde CRISTIANO debía pasar tenía a cada lado un muro llamado Salvación (Isa. 26:1). Por allí, pues, corrió no sin gran dificultad por el peso que llevaba en su espalda.

Corrió hasta que llegó a un lugar más elevado donde había una cruz, y un poco más abajo un sepulcro. En cuanto CRISTIANO llegó a la Cruz, su carga se soltó de los hombros y cayendo al suelo rodó hasta caer en el sepulcro, y ya no la volví a ver (Sal. 103:12).

CRISTIANO, sintiéndose ya aliviado, exclamó con gozo:

—¡Bendito Aquél que me ha dado descanso con sus sufrimientos y vida con su muerte! (Isa. 53:6; Juan 3:16-18; Rom. 5:8-10,6:23; 2 Cor. 5:21; 1 Juan 4:9-10).

Allí se quedó parado por unos instantes, pasmado de ver lo fácilmente que había caído su carga. Miraba y miraba hasta que las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas (Zac. 12:10). Más he aquí, mientras estaba mirando y llorando, llegaron tres Seres Resplandecientes que lo saludaron diciendo:

—La paz sea contigo.

En seguida el primero le dijo:

—Tus pecados te son perdonados (Mar. 2:5).

El segundo le quitó los andrajos y lo vistió de ropas blancas (Zac. 4:4). El tercero le puso un sello en la frente (Apoc. 22:4) y le entregó un rollo de pergamino que llevaba un sello (Ef. 1:13), con el encargo de leerlo en el camino y entregarlo en la Ciudad Celestial, después de lo cual, siguieron su camino. CRISTIANO ahora dio tres saltos de puro gozo, y comenzó a andar cantando:

—Agobiado he estado bajo el peso de mis pecados. Nadie me los podía aliviar hasta que aquí llegué. ¡Oh, qué lugar es este! ¡Aquí empieza mi felicidad!