Recuerdos de Fiel (Esperanza narra su conversión)
Dijo ESPERANZA:
—Bueno, no sabía qué hacer así que hablé con FIEL, pues él y yo nos conocíamos bien. Pensé: “Si un hombre se endeuda, pero después va pagando los gastos en que va incurriendo, todavía le queda la deuda vieja. Con mis pecados estoy en deuda con Dios, pero reformarme ahora no la saldará. Me dijo él que a menos que obtuviera justicia de un HOMBRE que nunca hubiera pecado, ni mi propia justicia ni toda la justicia del mundo podía salvarme. El Señor Jesucristo es el Dios todopoderoso que murió por mí, él es a quien le son imputados (cargados a mi cuenta) si creo en él.
—¿Y a esto qué te respondió FIEL?
—Me rogó que acudiera al Señor Jesús. Entonces le dije que eso sería presumir, pero él me respondió que no, porque yo estaba invitado a acudir a él (Mat. 11:28). Luego me regaló un libro sobre las imputaciones de Cristo, para animarme a acudir libremente, y dijo concerniente a ese libro que cada tilde y cada jota en él era una realidad más firme que el cielo y la tierra (Mat. 24:35). Entonces le pregunté qué debía hacer cuando acudiera y me dio la respuesta. Me dijo que debía ponerme de rodillas, y pedir de todo corazón y con toda el alma, que el Padre me lo revelara (Sal. 95:6; Dan. 6:10; Jer. 29:12-13). Entonces le siguió preguntando: “¿Cómo debe ser mi súplica?” y me dijo: “Vé, y lo encontrarás en su Trono de Gracia donde permanece siempre para perdonar a todos los que vienen a él” (Éxo. 25:22; Lev. 16:2; Núm. 7:89; Heb. 4:16).
Siguió contando ESPERANZA:
—Le dije que no sabía qué decirle al venir a él. Me recomendó que dijera algo como: “Dios, sé propicio a mí pecador, y hazme conocer y creer en Jesucristo, porque veo que de no ser por su justicia, o si no tuviera yo fe en esa justicia, estoy perdido. Señor, he oído que eres un Dios misericordioso, y que has ordenado que tu Hijo Jesucristo fuera el Salvador del mundo, y además, que estás dispuesto a que sea Salvador de un pobre pecador como lo soy yo (y sí que soy pecador). Señor, magnifica ahora tu gracia en la salvación de mi alma, por medio de tu Hijo Jesucristo, Amén”. Y eso oré de todo corazón.
—¿Te reveló el Padre a su Hijo?
—No a mi vista, pero sí a mi entendimiento. Un día me pareció ver al Señor Jesús. Me miró y dijo: “Bástate mi gracia” (2 Cor. 12:9; Isa. 55:11). La hermosura de Jesús me impulsó querer vivir una vida santa y anhelo luchar por él.
Dijo CRISTIANO:
—Ciertamente fue esta una revelación de Cristo a tu alma.