Las Montañas de las Delicias
Avanzaron, entonces, hasta llegar a las Montañas de las Delicias, que pertenecen al Señor del Collado, que ya hemos mencionado. Subieron las montañas hacia los jardines y huertas, los viñedos y los manantiales de agua, donde también bebieron, se bañaron y comieron todo lo quisieron. Había en las cumbres de estas montañas pastores apacentando sus rebaños cerca del camino real. Los peregrinos se acercaron a ellos, y apoyándose en sus cayados (como siempre hacen los viajeros cansados cuando se detienen a conversar con alguno en el camino), les preguntaron:
—¿De quién son estas Montañas de las Delicias y las ovejas que aquí se apacientan?
—Son Tierras de Emmanuel, y desde ellas se ve la Ciudad de él; y las ovejas son también de él ya que dio su vida por ellas (Juan 10:11).
—¿Qué distancia hay de aquí hasta allá?
—Demasiada para los que no han de llegar —respondieron los pastores.
—¿El camino es seguro o peligroso? —preguntó CRISTIANO.
Los pastores, cuyos nombres eran SABIDURÍA, EXPERIENCIA, VIGILANCIA y SINCERIDAD, los tomaron de la mano y los llevaron a sus tiendas, y les hicieron comer de lo que ya había preparado. Luego se dijeron los pastores entre sí:
_—_Mostrémosles a los peregrinos las puertas de la Ciudad Celestial, a ver si pueden divisarla a través de nuestro telescopio.
Los peregrinos aceptaron con cariño la oferta, por lo que los llevaron a la cima de un cerro alto, llamado Claro, y allí le dieron el telescopio para que mirasen. Les pareció ver algo como una puerta, y también algo de la gloria del lugar.
Cuando se disponían a partir, uno de los pastores les dio una nota acerca del camino, otro les advirtió que tuvieran cuidado con Adulador; el tercero les recomendó que no fueran a dormirse sobre el suelo encantado y el cuarto les deseó que Dios los acompañara.