La casa de Intérprete

CRISTIANO siguió su camino hasta llegar a la casa de INTÉRPRETE, donde llamó varias veces. Al fin alguien contestó, y le preguntó quién era.

—Señor —dijo CRSTIANO— soy in viajero que ha venido de la Ciudad de Destrucción y voy camino al Monte Sión. El hombre que está de portero en la puerta de entrada a este camino, me dijo que si yo pasaba por aquí, usted me enseñaría cosas excelentes, que serían provechosas para mi viaje.

INTÉRPRETE lo invitó a pasar a la vez que le decía:

—Pasa, te mostraré lo que te será provechoso.

Lo tomó de la mano y lo llevó a una sala muy grande llena de polvo, porque nunca había sido barrida; después de haberla examinado un rato, INTÉRPRETE llamó a un hombre para que la barriese. En cuanto comenzó a barrer, el polvo se levantó tanto que CRISTIANO estuvo a punto de sofocarse. Entonces INTÉRPRETE le pidió a una criada que estaba cerca:

—Trae agua y rocía la sala.

Hecho esto, fue barrida sin problemas.

—¿Qué significa esto? —preguntó CRISTIANO.

INTÉRPRETE respondió:

—Esta sala representa el corazón del hombre que nunca fue santificado por la dulce gracia del Evangelio. El polvo es su pecado original y su corrupción interior que lo ha contaminado totalmente. El que comenzó a barrer al principio es la Ley; pero la que trajo el agua y roció la sala es el Evangelio. Como viste, tan pronto como el primero comenzó a barrer, el polvo se levantó tanto que era imposible limpiar la sala, y estuviste a punto de sofocarte, así también la Ley, en lugar de limpiar el corazón de pecado, le da vida, le da más fuerza y lo aumenta en el alma, porque la Ley expone el pecado y lo prohíbe, sin poder aplacarlo (Rom. 5:20, 7:9; 1 Cor. 15:26).

Siguió diciendo:

—Y como viste que la criada roció la sala con agua, y así facilitó barrerla, así también cuando el Evangelio entra en el corazón con sus influencias tan dulces y preciosas, vence el pecado y lo subyuga por lo que el alma queda limpia por la fe, y por tanto apta para que habite en ella el Rey de Gloria (Juan 15:3; Hech. 15:9; Rom. 16:25-26; Ef. 5:26).

Vi también en mi sueño que INTÉRPRETE tomó a CRISTIANO otra vez de la mano, y lo llevó a un lugar agradable, donde había un magnífico y hermoso palacio, cuyo vista deleitó mucho a CRISTIANO y en cuyas azoteas veía también que paseaban unas personas vestidas de oro. Entonces preguntó:

—¿Podemos entrar?

Entonces INTÉRPRETE lo condujo a la puerta del palacio donde vio a una muchedumbre deseosa de entrar, pero sin atreverse a hacerlo. A poca distancia había también un hombre sentado a una mesa, no lejos de la puerta, y tenía un libro y un tintero para apuntar el nombre de todo el que entraba. Vio también que la puerta estaba defendida por hombres armados, resueltos a hacerle todo el daño posible a los que intentasen entrar. Ahora CRISTIANO estaba algo confundido: por fin, cuando todos habían emprendido la retirada, por temor a los hombres armados, vio acercarse al escribiente, un hombre que parecía muy fuerte quien le dijo:

—Señor, apunte mi nombre.

Hecho esto, desenvainó su espada, se puso un yelmo en la cabeza, y corriendo a la puerta acometió contra los hombres armados, que se resistieron con furia mortal; más aquél, sin desanimarse, siguió atacando y golpeando, hiriendo a muchos y recibiendo él varias heridas. Al fin logró abrirse paso por en medio de todos y, espada en mano, entró al palacio (Hech. 14:22). Los que estaban adentro y caminaban en la azotea, lo recibieron diciendo:

—Entra, entra. La gloria alcanzarás.

Entró, pues, y fue vestido como ellos. Entonces CRISTIANO sonrió y dijo:

—Creo que comprendo lo que eso significa. Déjame seguir mi camino.

—No, quédate hasta que te haya enseñado más cosas —le contestó INTÉRPRETE.

Volvió a tomar a CRISTIANO de la mano y lo condujo a un cuarto muy oscuro, donde había una jaula de hierro y un hombre encerrado en ella. Su nombre era RETROCEDIDO y parecía muy triste. Estaba sentado con la cabeza inclinada, las manos plegadas y suspiraba como si el corazón se le estuviera partiendo. El hombre dijo:

—Era un creyente próspero y floreciente ante mis ojos y ante los demás. Creí que calificaba para la Ciudad Celestial, y me daba gozo pensar que allí estaría (Luc. 8:13).

—Bien, pero, ¿qué eres ahora? —preguntó CRISTIANO.

—Soy un hombre sumido en la desesperación, la cual me tiene atrapado, como en esta jaula de hierro. Y no puedo salir, ¡no, no puedo!

—Pero, ¿cómo has venido a parar en esto?

—¿Cómo? Descuidándome, dejando de ser vigilante y sobrio, dando rienda suelta a mis pasiones, pecando contra la Luz del Mundo y la bondad de Dios.

—¿Para qué hiciste todo esto?

—Para disfrutar de los placeres y las ganancias de este mundo; me propuse divertirme mucho, pero ahora cada una de esas cosas me corroe y carcome como un ardiente gusano.

—Entonces dijo INTÉRPRETE a CRISTIANO:

—No te olvides de los sufrimientos de este hombre, y que siempre te sirvan de advertencia.