Guerra espiritual

Cristiano lucha con Apolión

Empezó a descender con mucho cuidado; no obstante dio uno o dos resbalones.G

Pero ya en el Valle de Humillación, el pobre CRISTIANO tuvo un problema. Había andado poco trecho, cuando divisó a un enemigo maligno que venía a su encuentro, cuyo nombre era APOLIÓN. CRISTIANO comenzó a tener miedo y a pensar qué sería mejor, si retroceder o permanecer firme. Se acordó que no tenía armadura en sus espaldas, y por lo tanto, correr del enemigo sería darle mayor ventaja, pues con facilidad podría herirlo con sus dardos; por lo tanto, decidió arriesgarse y mantenerse firme.

CRISTIANO siguió su camino, y a poco trecho se topó con APOLIÓN. El monstruo era de horrible aspecto; estaba vestido de escamas como de pescado (de lo cual se enorgullecía). Tenía alas como de dragón, pies de oro y su boca era como la boca de un león. Al acercarse a CRISTIANO, lo miró con desdén y le preguntó:

—¿De dónde vienes y a dónde vas?

—Voy a Sión y vengo de la Ciudad de Destrucción, que es un lugar malo.

—Todo ese territorio es mío, y yo soy príncipe y dios de él. Por lo tanto, tú eres uno de mis súbditos, y has huido de tu rey.

—Nací en tus dominios, pero estar a tu servicio es duro, y tu paga es tal que es imposible vivir con ella, porque la paga del pecado es muerte (Rom. 3:23).

—No hay príncipe dispuesto a perder súbditos, ni estoy dispuesto a perderte a ti.

—¡Pero ya me he entregado al Rey de Reyes! ¿Cómo podría volver a ser tuyo? —preguntó CRISTIANO.

—Tú ya le has sido infiel en tu servicio a él; ¿cómo, pues, esperas recibir de él recompensas?

—¿En qué he sido infiel, APOLIÓN?

—Desmayaste al comenzar tu viaje cuando casi te sofocas en el Pantano de la Desconfianza. Pretendiste librarte de tu carga de muchos modos, cuando correspondía que esperaras hasta que tu Príncipe te la quitara. Fuiste culpable de dormirte y perder lo de más valor. También casi estuviste a punto de retroceder por miedo a los leones. Y cuando hablas de tu viaje, de lo que has visto y oído, por lo que dices, muestras la vanagloria de tu corazón.

—Todo eso es cierto, y habría mucho más para decir, pero el Príncipe a quien sirvo y honro es misericordioso y pronto para perdonar.

En ese momento, APOLIÓN, sin poder contener su rabia, prorrumpió en voces, diciendo:

—Soy enemigo de ese Príncipe, aborrezco su persona, sus leyes y su pueblo. He venido con el propósito de deshacerme de ti.

—APOLIÓN, cuidado con lo que haces porque estoy en el camino del Rey, el cual es camino de santidad; por tanto, cuídate.

APOLIÓN, ocupando todo lo ancho del camino, dijo:

—No creas que te tengo miedo. Prepárate para morir, pues juro por mi caverna infernal que de aquí no pasas; aquí derramaré tu sangre.

Diciendo esto, le arrojó un dardo encendido al pecho, pero CRISTIANO tenía un escudo en el brazo, con el cual evitó ese peligro. Luego CRISTIANO desenvainó su espada, pues vio que ya era tiempo de defenderse. APOLIÓN, por su parte, lo asaltó con furor, lanzándole dardos tan espesos como el granizo, de manera que a pesar de todo lo que hacía CRISTIANO para evitarlos, APOLIÓN lo hirió en la cabeza, la mano y el pie. Estos hizo que CRISTIANO retrocediese un poco; lo cual APOLIÓN aprovechó para atacarlo con más furor, pero CRISTIANO se compuso y resistió con todo el vigor que pudo. Este terrible combate duró más de medio día, tanto que CRISTIANO estaba casi rendido, pues a causa de sus heridas, se sentía más y más débil.

Entonces APOLIÓN, viendo su oportunidad, comenzó a acercarse más a CRISTIANO, y luchando cuerpo a cuerpo con él logró tirarlo al suelo con tanta violencia que a este se le escapó la espada de la mano. Viendo esto, APOLIÓN exclamó:

—Ahora te tengo acorralado.

Y con eso lo aplastó tanto que casi lo sofocó hasta matarlo, tanto que CRISTIANO empezó a desesperar de su vida. Pero quiso Dios que cuando APOLIÓN estaba a punto de descargar su golpe de gracia, CRISTIANO alargó la mano y tomó su espada (Ef. 6:17), diciendo:

—No te huelgues de mí, enemigo, porque aunque caí, he de levantarme (Mic. 7:8).

Y con eso le dio una estocada mortal que lo hizo retroceder como un herido de muerte. CRISTIANO, notando esto, volvió a atacarlo, diciendo:

—Antes, en todas estas cosas hacemos más que vencer por medio de Aquel que nos amó (Rom. 8:37).

Y con esto, APOLIÓN abrió sus alas de dragón, huyó y CRISTIANO ya no lo volvió a ver.

A menos que lo haya visto y oído como lo vi y oí yo, nadie puede imaginarse este combate con lo espantoso y horrible de los gritos de APOLIÓN por un lado, y por el otro, los ayes y gemidos del corazón de CRISTIANO. Ni una vez le vi una mirada placentera, pero cuando hubo herido a APOLIÓN con su espada de dos filos (Heb. 4:12-13), entonces sí sonrió y miró hacia lo Alto. ¡Fue el combate más terrible que he visto!

Cuando hubo terminado la batalla, CRISTIANO dijo:

—Aquí daré gracias a Aquel que me ha librado de la boca del león, a Aquel que me ayudó contra APOLIÓN.

Luego que hubo dicho esto, se le presentó una mano con hojas del árbol de la vida (Apoc. 22:2), que él tomó y las aplicó a las heridas recibidas en la batalla. Y al instante fue sano. Enseguida se sentó allí mismo a comer pan y beber de la botella que poco antes le habían regalado. Sintiéndose refrescado, siguió su camino con la espada desenvainada, pues pensaba: “Puede haber algún otro enemigo cerca.” Pero en todo ese valle no volvió a encontrarse con ningún enemigo.