Final del peregrinaje

Y así llegaron a la puerta, y vieron escritas sobre ella en letras de oro las palabras: “Bienaventurados los que guardan sus mandamientos. Entren por las puertas de la ciudad” (Apoc. 22:14).

Vi luego en mi sueño que los Seres Resplandecientes les decían que llamasen a la puerta, lo cual hicieron, y aparecieron algunos mirando por arriba de la puerta, a quienes se les dijo:

—Estos peregrinos han llegado de la Ciudad de Destrucción por el amor que tienen al Rey de este lugar.

Entonces cada uno de los peregrinos entregó el certificado que había recibido al principio. Estos fueron llevados al Rey, quien, cuando los hubo leído, preguntó:

—¿Dónde están estos hombres?

—Están a la puerta —fue la respuesta.

El Rey ordenó que se abriera la puerta, diciendo:

—“Abrid las puertas, y entrará la gente justa, guardadora de verdades” (Isa. 26:2).

Los peregrinos entraron por la puerta, y al entrar cambió su apariencia de tal manera que sus rostros brillaban. Les pusieron vestiduras que relucían como el oro. También recibieron arpas para alabar al Señor y coronas en señal de honra. Entonces oí en mi sueño que todas las campanas de la Ciudad volvían a repicar de gozo y que les dijeron:

—Entrad en el gozo de vuestro Señor (Mat. 25:21).

Y los peregrinos mismos cantaban con júbilo:

—Bendición y honra, y gloria y potestad a aquel que está sentado en el trono, y al Cordero para siempre jamás (Apoc. 5:13-14).

Cuando se abrieron las puertas para dar paso a los peregrinos, miré hacia adentro, y he aquí que la Ciudad brillaba como el sol, las calles eran de oro y por ellas andaban muchos cantando alabanzas, con coronas en su sien y palmas en las manos.

También vi a unos que tenían alas y exclamaban unos a otros, sin parar:

—Santo, santo, santo es el Señor.

Después se cerró la puerta, y cuando se cerró hubiera deseado estar entre ellos.