Evangelista provee dirección
Una vez, mientras andaba en el campo (como lo hacía con frecuencia) leyendo su libro, y muy angustiado, lanzó un grito como lo había hecho antes, diciendo:
—¿Qué haré para ser salvo? (Hech. 16:30-31)
Vi también que miraba para un lado y para el otro, como para echarse a correr; pero sin saber qué rumbo tomar, se quedó donde estaba. Entonces vi acercarse a él un hombre llamado Evangelista, que le preguntó:
—¿Por qué lloras?
Contestó:
—Señor, veo por el libro que tengo en mi mano, que estoy condenado a morir y que después seré juzgado (Heb. 9:27). No quiero lo primero (Job 14:21-22) y no estoy preparado para lo segundo (Eze. 22:14).
—¿Por qué no quieres morir en vista de que te persiguen tantos males?
El hombre contestó:
—Porque temo que la carga que llevo sobre mis hombros me hunda más en el sepulcro.
—Si tal es tu estado —respondió Evangelista—, ¿por qué te quedas parado sin hacer nada?
—Porque no sé a dónde ir —contestó él.
Entonces Evangelista, señalando un llano muy especioso, le dijo:
—¿Ves a lo lejos aquella puerta angosta? (Mat. 7:14) ¿No ves a lo lejos el resplandor de una luz? (Sal. 119:105; 2 Ped. 1:19).
—Creo que sí.
—Entonces, —le dijo Evangelista— no pierdas de vista esa luz, dirígete derecho hacia ella y verás la puerta que, cuando llamas, se abrirá y se te dirá lo qué debes hacer.
Y vi en mi sueño que el hombre echó a correr; pero no se había alejado mucho cuando su esposa y sus hijos, el verlo, empezaron a dar voces, rogándole que volviese (Luc. 14:26). Pero el hombre se tapó los oídos y siguió corriendo, exclamando:
—¡Vida! ¡Vida! ¡Vida eterna!
Sin volver la vista, siguió corriendo hacia el centro de la llanura (Gén. 19:17).