El río de Dios y la Pradera de la Vereda

En su camino se encontraron de pronto en la ribera de un río agradable que David llamó “Río de Dios” (Sal. 65:7). CRISTIANO y su compañero caminaron hasta allí con gran regocijo. Bebieron del agua, que les reanimó el espíritu. Del otro lado había verdes árboles con toda clase de frutas, y hojas medicinales, también una pradera con hermosos lirios, donde se acostaron a dormir. Durante varios días hicieron lo mismo. Luego cantaron y partieron. No se habían alejado mucho, antes de que el río y el camino se separaran. Lo cual sintieron mucho, pero no se atrevieron a dejar el camino, aunque el camino se puso difícil.

Los peregrinos tenían los pies muy doloridos a causa de sus jornadas. ¡Cuánto hubieran deseado un camino más fácil! (Núm. 21:4). Un poco más adelante, a la izquierda del camino, había una pradera llamada Pradera de la Vereda, a la cual se entraba subiendo por unos escalones de madera que cruzaban por encima de una cerca. Entonces dijo CRISTIANO a su compañero:

—Si esta pradera sigue al costado del camino, vayamos por ella.

Subió, en efecto, los escalones para fijarse, y había una vereda al otro lado de la cerca que parecía seguir la dirección del camino.

—Es tal como lo deseaba —dijo CRISTIANO—, por aquí es más fácil andar; ven amigo ESPERANZA, pasemos al otro lado.

—Pero, ¿y si esta vereda nos descarría?

—No es probable —fue la respuesta—, mira, ¿ves que corre al lado del camino?

Entonces ESPERANZA, convencido por estas palabras, le siguió y cruzaron la cerca. Una vez que iban por la vereda, se encontraron que, efectivamente, era muy descansada para sus pies, y más adelante vieron a un hombre andando en la misma dirección, cuyo nombre era VANA CONFIANZA. Pero llegó la noche y se oscureció tanto que los peregrinos perdieron de vista al que iba delante.

No pudiendo distinguir bien el camino, VANA CONFIANZA cayó en un hoyo profundo (Isa. 9:16) —cavado a propósito por el príncipe de aquellos terrenos con el fin de atrapar a necios vanagloriosos— y se hizo añicos al caer.

CRISTIANO y su compañero lo oyeron caer, y se acercaron para preguntarle qué le había sucedido, pero nadie contestó: solo oyeron lastimosos gemidos. Entonces preguntó ESPERANZA:

—Y ahora, ¿dónde estamos?

Su compañero guardó silencio, pues ya sospechaba que se habían desviado del camino. Luego empezó a llover, tronar y relampaguear de una manera espantosa, y de pronto empezó a inundarse la pradera.

Con esto ESPERANZA exclamó:

—¡Ay de mí, debíhaber seguido por mi camino!

¿Quién se hubiera imaginado que por esta vereda nos íbamos a extraviar?

—Lo temí desde el principio, y por eso te recomendé cautela. Hubiera hablado con más claridad, pero tú eres mayor que yo.

—No nos quedemos sin hacer nada, tratemos de volver al camino.

Ya las aguas habían crecido mucho, y tratar de volver era muy peligroso. (Entonces pensé que siempre es más fácil salirse del camino cuando estamos en él, que volver a él cuando estamos fuera de él). No obstante, intentaron regresar; pero era tanta la oscuridad y tanta la inundación que, unas nueve o diez veces, corrieron el peligro de ahogarse.