El mundo
Feria de la Vanidad
Vi luego en mi sueño que cuando hubieron salido del desierto, llegaron pronto a un pueblo cuyo nombre era Vanidad, en el cual se celebraba una fiesta llamada Fiesta de Vanidad. Se llama así porque el pueblo es más vano que la misma vanidad, y porque todo lo que allí se vende, o que de allí proviene es vanidad. Como dijo el sabio: “Todo es vanidad” (Isa. 40:17; Ecl. 1:2, 14; 2:11, 17; 11:8).
Esta feria no es moderna, sino muy antigua. Desde hace cinco mil años hay viajeros que viajan a la Ciudad Celestial, como ahora estas dos buenas personas; y BEELZEBUB, APOLIÓN y LEGIÓN con sus compañeros, notando que el camino por el que los peregrinos viajaban pasaba por este pueblo de Vanidad, acordaron establecer esta feria durante todo el año para la venta de toda clase de vanidades. Hay, pues, en esta feria mercancías tales como casas, terrenos, oficios, empleos, honores, promociones, títulos, países, reinos, concupiscencias, placeres, deleites de todas clases —cuerpos, almas, oro, perlas, piedras preciosas y mucho más. También se pueden encontrar siempre en esta feria impostores, engañadores, juegos de azar, necios, pícaros y bribones de toda clase.
Ahora bien, como he dicho, el camino a la Ciudad Celestial pasa precisamente por el pueblo donde se celebra esta feria tan famosa, y el que quiera ir a la Ciudad Celestial sin pasar por ella, por fuerza tendría que salirse del mundo (1 Cor. 5:10). El propio Príncipe de los príncipes, cuando estuvo en el mundo, atravesó este pueblo para ir a su país, y pasó un día en la feria, y según creo, era BEELZEBUB, el dueño principal de la feria, quien le invitó en persona a comprar sus vanidades, sí, y hasta lo hubiera nombrado Señor de la feria si hubiese consentido hacerle una reverencia al pasar por el pueblo. Más aún: como era una persona de tanto honor, BEELZEBUB lo acompañó de calle en calle, y le enseñó todos los reinos del mundo en muy poco tiempo (Mat. 4:8-10), con el fin de tentar, si fuera posible, a ese Bendito, y hacerle comprar algunas de sus vanidades (Luc. 4:5-7). Por lo tanto, esta feria es muy antigua, y es una feria muy grande.
Estos peregrinos, como he dicho, tuvieron que pasar por esta feria. Pero cuando entraron a la feria hubo una conmoción a causa de ellos, porque los peregrinos vestían ropas muy diferentes a las que usaban en esa feria, y su lenguaje les era extraño pues por supuesto hablaban el idioma de Sión. Pero los que atendían la feria eran hombres de este mundo: por lo que de un extremo al otro de la feria, se veían unos a los otros como bárbaros (1 Cor. 2:7-8). Pero lo que no les causó nada de gracia a los mercaderes era que a estos peregrinos no les interesaba sus mercancías —ni siquiera las miraban. Cuando los llamaban para que compraran algo, se tapaban los oídos y exclamaban:
—Aparta mis ojos, que no vean la vanidad.
Y miraban hacia lo Alto dando a entender que sus negocios estaban en el cielo (Sal. 119:37; Fil. 3:19-20).
Cuando alguien, en tono de burla, les preguntó:
—¿Qué van a comprar?
—Compramos la verdad (Prov. 23:23) —contestaron con toda seriedad.
Ante eso, algunos se burlaban, otros los insultaban y otros incitaban a otros a pegarles. Al fin fue tan grande el tumulto que ya no hubo orden en la feria. Pronto tuvo conocimiento de ello el principal de la feria, quien apareció prestamente y mandó a algunos de sus amigos de más confianza que se llevaran a estos hombres para examinarlos. Los que los examinaron les preguntaron de dónde venían, a dónde iban y por qué vestían ropas tan raras.
Los hombres contestaron que eran peregrinos y extranjeros en el mundo, y que iban a su propia tierra, la Jerusalén Celestial (Heb. 11:13-16). Dijeron que no habían dado motivo a los del pueblo, ni a los vendedores, para que los insulten como lo habían hecho, ni para impedirles que siguieran su camino. Solo fue que cuando uno les preguntó que iban a comprar, les contestaron que solo querían comprar la verdad.
Pero los que los examinaban no creyeron que fueran más que unos lunáticos y desvariados. Por lo tanto, los azotaron y cubriéndolos de lodo, los encerraron en una jaula a fin de que fueran un espectáculo para todos los concurrentes a la feria. Allí, pues, estuvieron por un tiempo, siendo objeto de la diversión, malicia y venganza de la gente; el principal se reía de todo lo que les acontecía.
Pero la humildad y paciencia de los peregrinos les ganó varios aliados. Esto encendió la ira de otros (Rom. 12:17-21; 1 Ped. 3:9). Entonces, enfurecidos, los atacaron: contándolos tan malos como los hombres en la jaula, y diciéndoles que parecían sus compinches, y que deberían sufrir sus mismas desgracias.
Luego estos dos pobres peregrinos fueron acusados del alboroto en la feria. Los azotaron brutalmente, y los pusieron en el cepo, para morir por el mal que habían cometido y por engañar a los hombres de la feria.
Aquí recordaron lo que habían escuchado decir a su fiel amigo EVANGELISTA, y cobraron ánimo en medio de sus aflicciones, pues él se las había anunciado. También se consolaban mutuamente (1 Tes. 4:18), encomendándose a la sabia disposición de Aquel que gobierna todas las cosas, y con mucho contentamiento se quedaron en la condición en que estaban, esperando lo que sería de ellos.