El Valle de Sombra de Muerte

Al final de ese Valle de Humillación había otro, llamado Valle de Sombra de Muerte, y preciso era que CRISTIANO lo atravesase, pues en medio de él estaba el camino a la Ciudad Celestial. Ese valle era muy solitario; el profeta Jeremías lo describe así: “Una tierra desierta y despoblada, por tierra seca y de sombra de muerte, por una tierra por la cual no pasó varón, ni allí habitó hombre” (Jer. 2:6).

Aquí CRISTIANO sufrió más apuros que cuando luchaba con APOLIÓN.

Vi luego en mi sueño que cuando CRISTIANO llegó al límite del Valle de Sombra de Muerte, se encontró con dos hombres que volvían a toda prisa en dirección contraria. Eran hijos de aquellos que dieron un informe negativo de la buena tierra (Núm. 13:32).

—¡Atrás! ¡Atrás! —dijeron.

—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó CRISTIANO.

—Íbamos en la misma dirección que tú vas, avanzamos hasta donde nos atrevimos. Miramos adelante y vimos el valle que es negro como la brea; vimos duendes, sátiros y dragones del abismo. Oímos también un continuo aullar y gritar, como de gentes sufriendo indeciblemente, que eran prisioneras de la aflicción y estaban en cadenas. Y sobre ese Valle cuelgan las terribles nubes de la confusión; la muerte también extiende constantemente sus alas sobre él. En una palabra, todos es horrible y caótico (Job 3:5; 10:22).

Oyendo esto, CRISTIANO respondió:

—Este es mi camino a mi puerto seguro.

—Será el tuyo, pero no el nuestro.

Con esto se marcharon.

CRISTIANO siguió su camino, aunque siempre con la espada desenvainada en su mano, con miedo de ser asaltado. El sendero era muy angosto, a la derecha había una zanja muy profunda y a la izquierda, un peligroso lodazal. La zanja a la derecha es a la que los ciegos han guiado a los ciegos, pereciendo desgraciadamente ambos. El lodazal a la izquierda, aun si cae en él un hombre bueno, no toca fondo. En ese lodazal cayó una vez el rey David y sin duda se hubiera ahogado allí, si no lo hubiera sacado el Todopoderoso (Sal. 69:14).

El buen CRISTIANO se vio en más aprietos, porque cuando procuraba en la oscuridad evitar la zanja por un lado, corría el peligro de caerse en el lodazal por el otro. Además de los peligros mencionados, el sendero aquí era tan oscuro que cuando levantaba un pie, no sabía dónde pisaría.

Casi a la mitad de este Valle, noté que muy cerca del camino se encontraba la boca del infierno. “Ahora, ¿qué haré?” pensó CRISTIANO. Vi cómo salían muchas llamas y mucho humo, con chispas y ruidos horribles (cosas que no hacían caso a la espada de CRISTIANO, tal como no lo había hecho APOLIÓN). Por eso CRISTIANO se vio obligado a envainar su espada, y tomar el arma de la Oración (Ef. 6:18).

—Libra ahora, oh Señor, mi alma (Sal. 116:4) —exclamó.

De esta manera siguió por mucho tiempo; las llamas de vez en cuando llegaban hasta donde él estaba; también oía voces lúgubres y torbellinos que iban y venían, de tal modo que a ratos creía que iba a ser despedazado o pisoteado como el lodo de las calles. Este terrible espectáculo y estos horribles ruidos le siguieron por muchas leguas. Y cuando llegó a cierto lugar le pareció que se le acercaba una banda de espíritus malignos. Se detuvo para pensar lo que debía hacer. De a ratos se inclinaba a retroceder; luego pensaba que tal vez ya había atravesado la mitad del Valle. Recordó también cómo había vencido muchos peligros y que volverse atrás podría ser más peligroso que seguir adelante, por lo que decidió seguir. Pero los demonios parecían acercarse más y más. No obstante, cuando llegaron casi donde estaba él, CRISTIANO gritó con todas sus fuerzas:

—Andaré en la fortaleza del Señor Dios.

A esto, retrocedieron y no volvieron a molestarlo.

No quiero dejar pasar un detalle. Noté que ahora el pobre CRISTIANO estaba tan confundido que ni reconocía su propia voz. Y en esto fue que lo noté: justo cuando estaba al borde del pozo ardiendo, uno de los malignos se la puso atrás, se le acercó suavemente y murmuraba blasfemias terribles que él creía procedían de su propia mente. Esto afectó más a CRISTIANO que cualquier cosa que se había encontrado hasta el momento, al punto de que pensó ¡que debía ahora blasfemar a Aquel que tanto amara antes! Pero ni si hubiera podido, lo hubiera hecho, porque no tenía la lucidez de taparse los oídos ni de saber de dónde procedían las blasfemias.

Al seguir caminando desconsolado por un tiempo, le pareció oír una voz que decía: “Aunque ande en Valle de Sombra de Muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Jos. 1:7-9; Sal. 23:4).

Al oír esto, CRISTIANO se alegró por estas razones: Primero: Porque de esto infirió que otros que temían a Dios también andaban por ese Valle. Segundo: Porque supo que Dios estaba con ellos aun en ese estado tan tenebroso y triste, y “¿por qué no yo también?” pensaba, “aunque en razón del ambiente que hay en este lugar no puedo percibirlo” (Job 9:11). Tercero: tenía la esperanza (de alcanzarlos) para tener su compañía. Por tanto siguió su camino y dio voces al que iba delante, mas este no sabía que contestar, creyéndose también solo. Poco después amaneció, y dijo CRISTIANO: “Vuelve la sombra de muerte en mañana” (Amós 5:8).

Ya se asomaba el sol. Esto fue otra misericordia para CRISTIANO, porque hay que notar que si la primera parte del Valle de Sombra de Muerte era peligrosa, la segunda, que todavía le faltaba atravesar hasta llegar al final del Valle, era más peligrosa aún porque estaba tan llena de trampas de todas clases, redes, pozos, algunos profundos y salientes, que si hubiera estado oscuro ahora, como cuando anduvo por la primera parte del Valle, hubiera perecido. Pero, como acabo de decir, estaba amaneciendo.

Dijo pues:

—Dios hace resplandecer su luz sobre mí y con su luz pasaré por la oscuridad (Job 29:3).

Con esta luz, pues, llegó al final del Valle. Ahora vi en mi sueño que había sangre, huesos, cenizas y cuerpo mutilados de hombres, aun cuerpos de peregrinos que habían pasado por allí en otros tiempos.

Luego cantó CRISTIANO:

—¡Oh mundo maravilloso! No puedo decir menos porque fui guardado de ese peligro, hubiera podido ser atrapado, o me hubiera enredado y caído. Pero porque vivo ¡a Cristo sea la gloria!