El País Encantado

Vi luego en mi sueño que siguieron hasta llegar a cierto país cuyo clima tenía la propiedad de darle modorra a todo el que entraba en él. ESPERANZA comenzó a sentirse soñoliento, por lo cual le dijo a CRISTIANO:

—Tengo tanto sueño que apenas puedo mantener abiertos los ojos; acostémonos, pues, y durmamos un rato.

—De ninguna manera, no sea que durmiéndonos, no volvamos a despertar.

—¿Por qué, hermano? El sueño es agradable para el hombre trabajador, nos sentiremos descansados si nos tomamos una siesta.

—Recuerda que uno de los pastores nos mandó que nos cuidáramos del País Encantado. Con eso nos quiso dar a entender que no debíamos dormirnos en él. Por lo tanto, no lo hagamos como lo hacen otros; más bien velemos y seamos sobrios (1 Tes. 5:6).

Respondió ESPERANZA:

—Confieso que no tengo razón, y si hubiera estado aquí solo habría estado en peligro de muerte. Veo que es cierto el dicho del sabio: “Mejor son dos que uno” (Ecl. 4:9). Hasta aquí tu compañía ha sido una bendición; y serás recompensado por tu labor.

—Pues, para evitar el sueño, conversemos de algo interesante —sugirió CRISTIANO.

—¿Por dónde empezaremos?

—Por donde Dios empezó con nosotros. Pero empieza tú, por favor.

—¿Te refieres a la primera vez que empecé a cuidar el bien de mi alma?

—Sí, a eso me refiero.