El Castillo de las Dudas y el Gigante Desesperación

En toda la noche no pudieron hallar los escalones de la cerca. Habiendo encontrado, por fin, un lugarcito abrigado, se sentaron allí a esperar hasta que amaneciera, pero se quedaron dormidos. Ahora bien, no muy lejos del lugar donde dormían había un castillo llamado el CASTILLO DE LAS DUDAS. Su dueño era el GIGANTE DESESPERACIÓN, a quien pertenecían también los terrenos donde dormían. Este, levantándose muy de mañana, salió a pasearse por sus propiedades y encontró a CRISTIANO y ESPERANZA dormidos en sus terrenos. Con una voz ronca y enojada los despertó y preguntó de dónde venían y que hacían en sus dominios. Le contestaron que eran peregrinos y que se habían extraviado.

—Han entrado a mis terrenos sin autorización —dijo el gigante—, así que ahora vénganse conmigo.

Se vieron, pues, obligados a ir porque este era más fuerte que ellos. Tampoco podían decir mucho, pues se sabían culpables. Por lo tanto, el gigante los hizo ir delante de él, y los llevó al castillo, poniéndolos en un calabozo muy oscuro, que al espíritu de los dos hombres le resultó sucio y repugnante (Sal. 88:18). Allí permanecieron desde la mañana del miércoles hasta la noche del sábado, sin una migaja de pan ni una gota de agua. Su estado era lamentable, lejos de amigos y conocidos. CRISTIANO sentía doble tristeza, porque por su imprudencia estaban pasando este sufrimiento.

El GIGANTE DESESPERACIÓN tenía una esposa llamada DESCONFIANZA, y cuando se fueron a acostar, le contó lo que había hecho. Ella le preguntó quiénes eran ellos, de dónde venían y si los tenía amarrados, y él le contó. Entonces ella le aconsejó que a la mañana siguiente los apalease sin piedad. En efecto, cuando este se levantó tomó una terrible garrote, y bajando al calabozo, comenzó a tratarlos como perros, aunque ellos no le habían dado en ningún momento motivo para ello. Se les fue encima y dio una golpiza tan terrible que ya no podían ni moverse. Hecho esto, se retiró. Todo aquel día no fue más que de sufrimiento y llanto.

La noche siguiente, DESCONFIANZA le dijo a su esposo que debían aconsejarles que pusiesen fin a su vida. Cuando amaneció, pues, fue a donde ellos estaban, con el modo contrariado de antes, y les dijo que ya que jamás saldrían de ese lugar, más les valdría suicidarse, fuera con cuchillo, reata o veneno.

—Porque —les dijo— ¿cómo es posible que quieran una vida tan llena de amarguras?

Pero ellos le rogaron que los dejara ir. Con esto, les lanzó una mirada furiosa, y arremetió contra ellos de manera que habría sido su final si no hubiera sido por un ataque que le dio, como siempre le daban en tiempo de calor. El ataque lo privó del uso de las manos. Por esa razón se vio obligado a retirarse y dejarlos solos. Entonces empezaron a conversar.

—Hermano, —dijo CRISTIANO— ¿qué haremos? Esta vida es de puro sufrimiento. Por mi parte, no sé si es mejor seguir así o morir de una vez. “Mi alma [prefiere] la estrangulación” a vivir de esta manera (Job 7:15), y el sepulcro preferible a este calabozo. ¿Seguiremos el consejo del gigante?

ESPERANZA tuvo palabras de aliento para CRISTIANO:

—¡Qué valiente has sido! Tengamos un poco más de paciencia. Es cierto que nuestro estado actual es horrible, y para mí la muerte sería mucho más preferible que vivir siempre así; pero consideremos que el Señor del país a donde nos dirigimos ha dicho: “No matarás”, y si eso es así con respecto a otros, mucho menos podemos seguir el consejo de matarnos a nosotros mismos. Además, hermano, hablamos del descanso en el sepulcro pero ¿has olvidado a dónde van los que matan? Porque ningún “homicida tiene vida eterna” (1 Juan 3:15).

Con estas palabras ESPERANZA logró calmar a su hermano, y siguieron juntos aquel día (en la oscuridad), en su triste y lastimosa condición.

Llegada la noche, cuando el Gigante y su mujer se retiraron a descansar, ella le preguntó si los reos habían seguido su consejo, a lo cual él contestó:

—Son tipos fuertes, prefieren aguantar los sufrimientos que quitarse la vida.

Ella respondió:

—Llévalos mañana al patio del palacio, y muéstrales los huesos y calaveras de los que ya has despachado; y diles que para el fin de semana los destrozarás, como lo has hecho antes con sus hermanos.

Llegada, pues la mañana, Gigante volvió y los llevó al patio del castillo, mostrándoles lo que su esposa le había indicado.

—Estos —dijo—, eran peregrinos como ustedes y entraron en mi propiedad sin autorización, como lo hicieron ustedes, y cuando quise los despedacé; por lo tanto, dentro de diez días haré lo mismo con ustedes: ¡Vamos, vuelvan a su calabozo!

Y con estos los llevó de vuelta dándoles golpes durante todo el trayecto. Fue así que los peregrinos pasaron todo el sábado en las mismas lamentables condiciones, como antes.

A eso de la medianoche, empezaron a orar, y siguieron en oración hasta el amanecer. Y aconteció que un poco antes de rayar el alba, CRISTIANO de repente exclamó como sorprendido:

—¡Qué necio soy! ¡Permanecer en este horrible calabozo, cuando pudiera estar en plena libertad! Tengo guardada en mi pecho una llave llamada Promesa, que estoy seguro abrirá cualquier cerradura en este castillo.

—¡Qué buena noticia, hermano! Sácala y probemos.

CRISTIANO así lo hizo y empezó a probarla en la puerta del calabozo, cuya cerradura cedió cuando hizo girar la llave. La puerta se abrió con facilidad, y CRISTIANO y ESPERANZA salieron. Luego CRISTIANO se acercó a la puerta exterior que daba al patio del castillo. También la abrió con la misma llave. Después se dirigieron a la puerta de hierro, puesto que también era preciso abrirla; el candado era muy fuerte; sin embargo, lo llave lo abrió. Empujaron la puerta para abrirla y escaparse inmediatamente, pero esta rechinó tanto que despertó al GIGANTE DESESPERACIÓN, quien levantándose violentamente para ir tras los prisioneros, sintió que le temblaban las piernas, y volvió a darle uno de sus ataques, de modo que no pudo ir tras los peregrinos. Estos siguieron y pronto llegaron de vuelta al camino del Rey donde estaban seguros porque se encontraban fuera de la jurisdicción del gigante.

Luego que pasaron los escalones de madera, convinieron erigir un pilar y grabar en él estas palabras: “Pasando estos escalones está el camino al Castillo de las Dudas, cuyo dueño es el GIGANTE DESESPERACIÓN quien aborrece al Rey de la Patria Celestial y busca destruir a sus santos peregrinos”. Fue así que muchos pasaron por allí después, leyeron el letrero y escaparon del peligro.