Convicción de pecado

El peregrinaje de Cristiano

Caminando por el desierto de este mundo, llegué a cierto lugar donde había una cueva, en ella me acosté para dormir y tuve un sueño.

En mi sueño vi a un hombre de pie, vestido de harapos y de espalda a su casa; tenía un libro en las manos y una pesada carga sobre los hombros. Vi que abría el libro y lo leía; y mientras leía lloraba y temblaba (Sal. 38:4; Isa. 64:6; Luc. 14:33; Heb. 2:2-3) y, sin poder contenerse, clamó con desesperación, diciendo:

—¿Qué debo hacer? (Hech. 2:37)

En este estado lamentoso, regresó a su casa procurando ocultar su congoja para que su esposa y sus hijos no la notaran. Pero no pudo guardar silencio por mucho tiempo, porque su sufrimiento empeoraba. Al fin dijo:

—Ay mi querida esposa, y ustedes, hijos de mi corazón, estoy afligido a causa de una carga que me abruma. Además, sé de buena fe que esta nuestra ciudad será quemada con fuego del cielo. Todos moriremos en ella si no hallamos algún modo de escapar (qué todavía no percibo).

Su familia quedó atónita, no porque creyeran lo que les decía, sino porque pensaban que tenía un ataque de angustia. Avanzaba la noche, y esperaban que dormir le apaciguara el cerebro, por lo que se apuraron a acostarlo. Pero la noche era tan angustiosa como el día. Y en lugar de dormir, la pasó llorando y gimiendo.

Cuando amaneció, le preguntaron cómo se sentía y les contestó:

—Me siento peor.

Empezó a hablarles nuevamente, pero ellos comenzaron a endurecerse. Les pareció que tratándolo con dureza y mal humor lo haría reaccionar: a veces se burlaban, a veces lo regañaban y a veces no le hacían caso. Por eso, se retiraba a su cuarto a llorar su infelicidad, iba al campo para orar por ellos con pesar, y también para aliviar su propio sufrimiento. Caminaba solo por los campos, leyendo a veces y a veces orando. Y así fueron pasando los días.