Comunión fraternal
El palacio “Hermoso”
Ahora vi en mi sueño que CRISTIANO se apresuró hacia el palacio para ver si acaso podía hospedarse allí, pero a poco andar entró en una pasadizo angosto que distaba unos cien metros del palacio. Delante de él divisó a dos leones en el camino, por lo que tuvo miedo de seguir adelante, y pensó en volverse atrás. El portero vio que CRISTIANO vacilaba, como si se fuera a regresar. Pero VIGILANTE, el portero, exclamó:
—¿Es tan poca tu fe (Mar. 4:40)? No temas a los leones porque están encadenados y fueron puestos allí para probar la fe (1 Ped. 1:7) y para descubrir quiénes no la tienen. ¡Sigue andando por el centro del camino, y no sufrirás ningún daño!
Entonces vi que seguía adelante siguiendo con mucho cuidado las indicaciones del portero. Aunque los oyó rugir, no recibió mal alguno. Entonces batió palmas y siguió hasta llegar y detenerse ante la puerta donde estaba el portero.
CRISTIANO le preguntó al portero:
—Señor, ¿qué casa es esta? ¿Puedo pasar aquí la noche?
—Esta casa fue construida por el Señor del Collado, y lo hizo para el alivio y seguridad de los peregrinos —respondió VIGILANTE.
También le preguntó de dónde venía y a dónde iba.
—Vengo de la Ciudad de Destrucción y voy al Monte Sión, pero quisiera, si fuera posible, pasar aquí la noche.
—Pero, ¿cómo es que has llegado tan tarde? El sol se ha puesto ya.
—Hubiera llegado antes, desgraciado de mí (Rom. 7:24) si no hubiera sido porque me dormí en la arboleda que está a la subida. Estando dormido perdí mi certificado; más adelante, buscándolo y no pudiendo encontrarlo, tuve que regresar, muy a pesar mío, al lugar donde me dormí, y allí lo encontré. Y ahora aquí estoy.
—Está bien. Llamaré a una de las doncellas del palacio, quien, si aprueba lo que dices, te presentará al resto de la familia, conforme a las reglas de la casa.
VIGILANTE tocó pues, una campanilla, a cuyo sonido apareció en la puerta una hermosa doncella que parecía seria, llamada DISCRECIÓN, quien después de conversar con él podía hacer lo que mejor le pareciera, según los reglamentos de la casa.
Ella le preguntó de dónde venía y a dónde iba y él se lo dijo. También le preguntó qué había visto y encontrado en el camino, y él le contó todo. Entonces ella sonrió, y después de una breve pausa, dijo:
—Llamaré a tres más de la familia.
Corrió a la puerta y llamó a PRUDENCIA, PIEDAD y CARIDAD, quienes lo llevaron donde estaba la familia, y muchos de ellos lo recibieron en el umbral diciendo:
—Entra, bendito del Señor, que esta casa fue edificada precisamente para hospedar a peregrinos como tú.
Cristiano, pues, las siguió adentro. En cuanto hubo entrado y se hubo sentado, le dieron algo para tomar y acordaron que mientras se preparaba la cena, algunos de ellos conversarían un rato con CRISTIANO para aprovechar el tiempo.
PRUDENCIA le preguntó:
—¿Qué haces para librarte de tus ansiedades?
—Sí, no tengo más que acordarme de lo que vi en la Cruz, eso me libra de ellas. Y cuando miro mi vestidura bordada, eso también lo hace. Además cuando leo el rollo que llevo en mi seno, también lo hace. Y cuando pienso con esperanza a dónde voy, desaparecen” (Heb. 12:1-3).
Luego siguió hablando CARIDAD con él. Empezó, preguntando:
—¿Tienes familia? ¿Eres casado?
—Tengo esposa y cuatro hijos pequeños.
—¿Y por qué no los trajiste contigo?
Respondiendo, CRISTIANO lloró.
—¡Ay, con cuánto gusto lo hubiera hecho! Pero todos se oponían a mi viaje.
—¿Qué razones dieron para no acompañarte?
—Tenían miedo de perderse los placeres necios del mundo. Así que por una razón y luego otra, me dejaron partir solo.
—“Pero si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado tu alma” (Eze. 3:19).