Ayuda de Evangelista
—¿Qué haces aquí, CRISTIANO?
CRISTIANO, no sabiendo qué contestar se quedó callado. Entonces, continuó EVANGELISTA:
—¿No eres tú el hombre que encontré llorando fuera de los muros de la Ciudad de Destrucción?
—Sí, Señor.
—¿Cómo es, pues, que te has desviado tan pronto? Porque ahora estás fuera del camino.
—Resulta que en cuanto pasé el Pantano de la Desconfianza, me encontré con un caballero que me convenció que en la próxima aldea podría hallar a un hombre que me aliviará de mi carga.
—¿Qué hombre?
—Su porte era el de un caballero, y me habló tanto, que me convenció y aquí estoy.
—¿Qué te dijo?
—Me preguntó si tenía familia, y le dijeque sí. Pero, dije, estoy tan cargado con este peso en la espalda, que no puedo disfrutar de ella como antes. Me recomendó que me apurara a quitarme la carga, y me enseñó un camino más corto y mejor, y sin los obstáculos que hay en ese camino que me enseñó usted, señor; y me dijo que ese camino que me indicaba me llevaría a la casa de un señor muy diestro en quitar cargas. Le creí, me salí del otro camino y me vine a este. Pero cuando llegué a este paraje, y vi cómo eran las cosas, tuve miedo. Ahora no sé qué hacer.
—Detente un poco. ¡Escucha las palabras de Dios! —dijo EVANGELISTA—. “Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma” (Heb. 10:38).
CRISTIANO, pues, permaneció de pie temblando. Luego EVANGELISTA le dijo:
—“Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos” (Heb. 12:25). Has empezado a rechazar el consejo del Altísimo, y de retroceder del camino de paz, casi para tu perdición.
Entonces CRISTIANO cayó casi muerto a sus pies, exclamando:
—¡Ay de mí, estoy perdido!
Pero EVENGELISTA, al verlo así, lo tomó de la mano, diciéndole:
—“Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres… no seas incrédulo, sino creyente” (Mat. 12:31; Juan 20:26).
Con esto, CRISTIANO se animó un poco, y se puso de pie temblando, como lo había hecho antes en la presencia de EVANGELISTA.
Entonces EVANGELISTA, siguió diciendo:
—El hombre con el que te encontraste es un tal SABER MUNDANO y con razón se llama así, pues solo conoce la doctrina de este mundo (1 Juan 4:5), por cuya razón siempre asiste a la iglesia del pueblo Moralidad, en parte porque ama esa doctrina en razón de que le evita la necesidad de creer en la muerte expiatoria de Cristo (Gál. 6:12). Porque es de naturaleza carnal, procura pervertir mis caminos, aunque estos son los correctos. Ahora bien, hay tres cosas en el consejo de este hombre que debes detestar: 1. El que te haya sacado del camino correcto; 2. Su esfuerzo por hacerte aborrecer la Cruz; 3. El hecho que te encaminó por el camino que lleva a la muerte.
Siguió diciendo:
—La persona a quien fuiste enviado para buscar alivio, cuyo nombre es LEGALIDAD, es hijo de la esclava que está ahora en esclavitud con sus hijos (Gál. 4:22-27); y es, por misterio, este Monte Sinaí que has temido cayera sobre tu cabeza. Ahora bien, si ella y sus hijos están en esclavitud, ¿cómo crees que puede librarte de tu carga? Nadie jamás ha sido aliviado por él, ni nunca lo será (Rom. 3:20; Gál. 2:16). Por lo tanto ese señor SABER MUNDANO es un impostor y su hijo URBANIDAD, a pesar de sus miradas irresistibles no es más que un hipócrita, que no te puede ayudar. Créeme, todo lo que has oído acerca de esos disolutos no es más que un plan para apartarte de la salvación desviándote del camino en que te puse (Heb. 12:18-25).
Ahora CRISTIANO comenzó a maldecir el momento en que se había encontrado con SABER MUNDANO, llamándose mil veces tonto por seguir su consejo. También se sentía muy avergonzado al pensar que los argumentos de ese señor, que surgían de la carne, pudieran haber prevalecido sobre él, tanto que había dejado el buen camino. Hecho esto, se volvió a EVANGELISTA diciendo:
—Señor, ¿qué opina? ¿Hay todavía esperanza? ¿Puedo ahora volverme y dirigirme a la puerta angosta?
EVANGELISTA le respondió:
—Tu pecado es muy grande. Sin embargo, el que está a la puerta te recibirá, porque tiene buena voluntad para con todos. Solamente ten cuidado de no volver a extraviarte, no sea que perezcas en el camino cuando el Señor se enfade (Sal. 2:12).