Ateo

Habiendo pasado un tiempo, los peregrinos divisaron a lo lejos un hombre que venía a su encuentro, andaba solo y a paso lento. Entonces dijo CRISTIANO:

—Veo un hombre que viene hacia nosotros, de espalda a Sión.

—Yo también lo veo, tengamos cuidado porque puede ser otro lisonjeador —dijo ESPERANZA.

El hombre se fue acercando más y más hasta que al fin llegó donde estaban ellos. Se llamaba ATEO, y les preguntó a dónde iban.

—Vamos al Monte Sión —dijo CRISTIANO.

ATEO comenzó a reírse a carcajadas.

—¿Por qué te ríes? —preguntó CRISTIANO.

—Me da risa ver personas ignorantes como ustedes, que se toman la molestia de un viaje tan difícil, al final del cual no hallarán más que cansancio como recompensa por sus esfuerzos.

—¡Cómo, hombre! ¿Crees tú que no nos han de recibir? —preguntó CRISTIANO.

—¡Recibir! No existe ningún lugar en este mundo como el que sueñan.

—Pero lo hay en el mundo venidero.

—Cuando me encontraba en mi casa, en mi propia tierra, oí hablar de ese lugar. Salí a buscarlo, y he estado buscando pero no he encontrado nada (y lo hubiera encontrado, si es que hubiera existido, porque lo he buscado más lejos que ustedes). Ahora regreso al lugar de donde vine, y me deleito con las cosas que antes había dejado con la esperanza de encontrar este otro lugar que no existe**.**

Entonces CRISITANO le preguntó a ESPERANZA:

—¿Será cierto lo que dice este señor?

—Ten cuidado, es uno de los lisonjeros; recuerda lo que ya nos pasó una vez por prestar atención a esta clase de señores. ¿Que no existe el Monte Sion? ¿Acaso no vimos la Ciudad desde las Montañas de las Delicias? Además, ¿no debemos andar ahora por fe? Sigamos adelante, para que no nos vuelva a alcanzar el látigo. Dejemos de escucharlos, y creamos para salvación de nuestra alma (Prov. 19:27; Heb. 10:39).

Con esto, dejaron al hombre, quien riéndose de ellos, se fue por su camino.