- Algunas advertencias necesarias
Hasta este punto del folleto hemos examinado la enseñanza de las Escrituras en cuanto a la necesidad, los propósitos y las formas de la disciplina correctiva en la iglesia. Ahora nos corresponde considerar algunas advertencias esenciales que nos ayuden a entender correctamente y administrar sabiamente esta disciplina. Presentaré cinco advertencias.
A. El deseo de tener un manual detallado de disciplina
Debemos cuidarnos del impulso natural de querer contar con un manual detallado sobre cómo ejercer la disciplina. Todos nosotros, por naturaleza, tendemos a jugar a ser Dios, al tiempo que caemos en la pereza mental y espiritual. Estas tendencias surgen fácilmente cuando tratamos con asuntos relacionados a la disciplina correctiva. A veces se manifiestan en la forma de extralimitaciones —haciendo que la iglesia haga más de lo que le corresponde en nombre de Cristo. Otras veces se manifiestan en el deseo de encontrar un índice alfabético que nos dé una respuesta rápida y específica para cada situación disciplinaria.
Sin embargo, en las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento, Dios nos ha dado una revelación suficiente de Su mente y voluntad —una revelación que puede aplicarse a iglesias de todas las épocas, lugares y contextos sociales, étnicos y eclesiásticos. Con esta Palabra en nuestras manos, el Espíritu Santo morando en nuestros corazones, y con documentos históricos de orden eclesiástico actuando como “control de calidad” sobre nuestras conclusiones, debemos orar y buscar el camino de la sabiduría piadosa al enfrentar casos específicos de disciplina correctiva.
Una de las razones por las que he citado libremente a escritores de generaciones pasadas en este folleto, es para dar al lector una apreciación por ese rico cuerpo de literatura, el cual actúa como un control de calidad para nuestra comprensión de las Escrituras. No somos los primeros en enfrentar situaciones complejas en relación con la disciplina correctiva. No somos los primeros en tomar nuestras Biblias convencidos de que en ellas hay respuestas a estas preguntas. No obstante, la tentación de buscar caminos fáciles y respuestas simples sigue presente. No debemos ceder a esa tentación redactando documentos que pretendan anticipar y resolver cada forma imaginable de pecado que pueda requerir disciplina. Nunca debemos olvidar la verdad fundamental ya mencionada: en última instancia, el único pecado por el cual se ejerce disciplina es la impenitencia.
B. Extremismos antibíblicos en su administración
Debemos cuidarnos de la tendencia carnal a caer en extremos antibíblicos al aplicar la disciplina correctiva. Una analogía atribuida a Martín Lutero lo ilustra bien: se cuenta que hablaba de un hombre borracho que, tras caerse de un lado de su burro, lo volvía a montar —solo para caerse del otro lado poco después. El pecado ha perturbado nuestro equilibrio espiritual. A menudo nos comportamos como ese jinete. Según nuestra personalidad, crianza o influencia externa, todos tenemos tendencia a inclinarnos hacia un extremo u otro en nuestra aplicación de las verdades de Dios. La disciplina no es la excepción. Si se nos deja solos, caeremos ya sea en la laxitud carnal, o en la severidad carnal.
- Laxitud carnal
En una época sentimental y blanda, con bajos estándares de piedad y una eclesiología deficiente, o como reacción contra experiencias pasadas de disciplina severa, muchas iglesias hoy practican una laxitud carnal en cuanto a la disciplina. Actúan como un padre que fue maltratado en su infancia y, por esa razón, rehúsa ejercer una corrección necesaria y sabia sobre sus propios hijos —ignorando textos como Proverbios 13:24; 22:15; y 29:15.
Muchos hoy necesitan adoptar la perspectiva expresada por A. B. Bruce, quien escribió:
Si un hermano en Cristo, por su condición eclesiástica, puede decirme: “Debes amarme con todo tu corazón”, yo estoy en posición de responder: “Reconozco esa obligación en abstracto, pero también te exijo que seas tal que pueda amarte como cristiano, aunque seas débil e imperfecto. Y considero que es tanto mi derecho como mi deber ayudarte a ser digno de ese amor fraternal, mediante un trato sincero respecto a tus faltas. Estoy dispuesto a amarte, pero no puedo, ni debo, estar en buenos términos con tus pecados; y si te niegas a abandonarlos, y virtualmente me pides que consienta de ellos por medio de mi silencio, entonces nuestra hermandad ha terminado, y yo quedo libre de mis obligaciones.”1
Fue esta actitud de laxitud carnal por parte de la congregación de Corinto lo que llevó al apóstol Pablo a escribir de manera tan enérgica en 1 Corintios 5. Él reprendió a los corintios por su fracaso en tratar fielmente con aquel hombre pecador mediante la disciplina correctiva de la iglesia. No solo fallaron en disciplinarlo, sino que parecían estar orgullosos de poder seguir tolerándolo como miembro en plena comunión dentro de su asamblea (vv. 2 y 6). Esto era, sin duda, laxitud carnal llevada al extremo.
- Severidad carnal
En el otro extremo, siempre existe el peligro de caer en la severidad carnal. Esto suele manifestarse después de un periodo prolongado de negligencia disciplinaria, cuando una iglesia redescubre la importancia de ejercer una disciplina fiel. Entonces, los líderes pueden adoptar la actitud de un paciente que duplica la dosis del medicamento recetado por su médico, asumiendo que si una pastilla es buena, dos deben ser mejores. Es interesante notar que la misma iglesia de Corinto, que fue reprendida por su laxitud en 1 Corintios 5, tuvo que ser exhortada en 2 Corintios 2 a no ser excesivamente severa con el hermano arrepentido.
La historia de la iglesia está plagada de ejemplos tristes de daño causado por una disciplina excesiva. Esta severidad ha desprestigiado la práctica de la disciplina y ha vacunado a muchas iglesias contra el uso correcto de este medio de gracia.
Debemos procurar un equilibrio piadoso que refleje el carácter del Dios que trata con los hombres con bondad y severidad. Este equilibrio se exige en un texto como Judas 22-23.
Esta advertencia contra la laxitud carnal y la severidad carnal está bellamente expresada en una sección de un documento puritano de Nueva Inglaterra, recopilado por Cotton Mather y publicado en 1680. En una sección que trata sobre la disciplina correctiva, escribe lo siguiente:
Al tratar con un ofensor, se debe tener gran cuidado de no ser ni demasiado riguroso ni demasiado indulgente: Nuestro proceder debe ser con espíritu de mansedumbre, considerándonos a nosotros mismos, no sea que también seamos tentados (Gálatas 6:1), y recordando que los mejores entre nosotros necesitamos mucho perdón del Señor (Mateo 18:34-35). Pero como el objetivo es ganar y sanar el alma del ofensor, no debemos enyesar con cal no templada (Ezequiel 13:10), ni sanar las heridas de nuestros hermanos a la ligera. A algunos hay que compadecer; a otros, salvar con temor2.
C. Crear categorías artificiales de pecado
Debemos cuidarnos de la tendencia a clasificar los pecados en categorías artificiales o arbitrarias al momento de determinar si se debe aplicar disciplina. Por naturaleza, todos tenemos una inclinación farisaica o incluso romanista en este asunto. Pero cuando examinamos la lista de pecados en 1 Corintios 5:11, vemos que, junto a pecados escandalosos como la fornicación y la embriaguez, se incluyen también pecados como la codicia y la maledicencia (el hablar injurioso). Pablo afirma que una vida marcada por la práctica habitual de cualquiera de estos pecados es incompatible con ser parte del Reino de Dios (cf. 1 Corintios 6:9-11). Por lo tanto, una conducta pecaminosa persistente e impenitente, incluso después de múltiples amonestaciones, amerita disciplina correctiva. Lo mismo enseña Gálatas 5:19-21. Se cuenta que en una ocasión, Martín Lutero reprendió públicamente a un hombre que intentaba obtener una ganancia injusta por la venta de una casa, llamando a su acción “extorsión”.
Además, está claro que el pasaje de Mateo 18:15-17 no distingue entre tipos de pecado al iniciar el proceso disciplinario. No es la naturaleza del pecado lo que finalmente precipita la excomunión, sino la negativa persistente a arrepentirse, a pesar de la evidencia del pecado y las repetidas exhortaciones. Un verdadero cristiano no continúa voluntariamente en ningún pecado como estilo de vida.
R. B. Kuiper expresó esta advertencia de manera muy clara:
La Iglesia Católica Romana hace una distinción marcada entre pecados veniales y mortales. Muchos protestantes también presumen tener la capacidad de decir cuáles pecados son grandes y cuáles pequeños. Así ha llegado a prevalecer la noción de que la iglesia debe ejercer disciplina si uno de sus miembros comete un asesinato premeditado o asalta un banco, pero no si miente ocasionalmente —o incluso frecuentemente. Los que hacen tales distinciones están pisando terreno peligroso. Todo pecado es grave, aunque hay unos más escandalosos que otros. Pero el juicio de Dios al respecto puede diferir grandemente del nuestro. Dios no se deja influenciar, como nosotros, por tradiciones ni prejuicios populares. El octavo mandamiento prohíbe robar, y el noveno prohíbe dar falso testimonio. ¿Qué derecho tiene alguien a tomar menos en serio el noveno que el octavo? Por tanto, al ejercer disciplina, la iglesia debe considerar no solo la gravedad del pecado cometido, sino especialmente la actitud del ofensor hacia su pecado. Si un asesino muestra señales genuinas de arrepentimiento, puede ser tratado con ternura. Pero si un calumniador no da ninguna evidencia de pesar, y se endurece, puede ser necesario excomulgarlo[^19].
D. Aislar el tema de su contexto congregacional
Debemos evitar cualquier tendencia a aislar los temas de disciplina correctiva de su contexto corporativo. Es claro, al observar los pasajes clave del Nuevo Testamento sobre disciplina (muchos de los cuales ya hemos examinado), que en casi todos los casos, las responsabilidades disciplinarias son expresadas como deberes de la congregación, bajo la dirección de los ancianos que han sido puestos para “cuidar de la iglesia de Dios” (1 Timoteo 3:5). Aunque hay situaciones en las que los ancianos o miembros individuales deben aplicar formas privadas de disciplina verbal, la mayoría de las directrices apostólicas al respecto están dirigidas a los hermanos —es decir, a la membresía en general de la iglesia.
Por supuesto, las acciones de la congregación deben hacerse en obediencia a las Escrituras, conforme a la aplicación sabia y pastoral de sus líderes espirituales. En mi experiencia pastoral, solía recordarles a los creyentes que venían buscando la intervención de los ancianos en una ofensa personal, que primero debían obedecer Mateo 18:15 e ir a hablar en privado con la persona ofendida.
Una vez más, no hay reglas que se apliquen por igual a todos los casos. Tanto los líderes como el pueblo de Dios deben rogar por sabiduría bíblica y guiada por el Espíritu para tratar fielmente con el alma de su hermano.
E. Administrar disciplina sin las actitudes bíblicas requeridas
Debemos evitar administrar la disciplina correctiva sin las actitudes y acciones complementarias requeridas por la Biblia. Es precisamente en el contexto de la iglesia reunida para ejercer disciplina que nuestro Señor da una maravillosa promesa sobre la disposición de Dios para responder las oraciones de quienes se ponen de acuerdo (Mateo 18:15-20).
En este aspecto, John Owen es de gran ayuda. En el volumen 16 de sus Obras Completas (págs. 169-170), él identifica actitudes y prácticas que deben acompañar toda disciplina correctamente administrada: Oración ferviente, Lamento o tristeza por el pecado, Un profundo sentido del juicio venidero de Cristo, Comprensión del propósito y la naturaleza de la disciplina eclesiástica (que es correctiva, no vengativa; restauradora, no destructiva). La evidencia de estas actitudes y actividades concomitantes disuadirá cualquier acusación justa de que la disciplina eclesiástica es una acción carente de amor.
El apóstol Pablo, en su segunda carta a los Corintios, les recuerda que al ejercer su autoridad apostólica y corregirlos, lo hizo con pesar y profundo dolor personal (2 Corintios 2:4; 7:8, 12).
Desde mi experiencia pastoral, encontramos útil terminar cualquier reunión congregacional que involucrara disciplina con una temporada de oración ferviente y amorosa, pidiendo que Dios usara la disciplina para la salvación y restauración del miembro disciplinado, y también para disuadir a otros del pecado.
Además, los ancianos solían seguir la reunión con una carta personal dirigida al disciplinado, asegurándole nuestro amor por su alma y nuestra disposición continua a acompañarle espiritualmente si llegaba a tomar con seriedad su pecado.
Aunque los límites de este folleto no me permiten abordar el tema de cómo la iglesia debe restaurar a un miembro disciplinado que se ha arrepentido, basta con decir que la exposición más rica del material bíblico relacionado con este aspecto del tema se encuentra en 2 Corintios 2:3-11 y 7:8-12.