1. Los propósitos de la disciplina correctiva

Al continuar con nuestra reflexión sobre la disciplina correctiva en la iglesia, es crucial entender los propósitos por los cuales Dios ha instituido este medio de gracia. Aunque los expondremos en forma secuencial, no estamos sugiriendo que exista un orden inspirado de importancia.

Al considerar los diferentes pasajes bíblicos sobre este tema, emergen varios propósitos. Por lo tanto, debemos entender que el propósito de la disciplina correctiva no es simple, sino complejo; no es unilateral, sino multifacético. Al considerar estos propósitos, no debemos verlos como bloques apilados unos sobre otros, sino como porciones de un mismo pastel de propósito divino —siendo la porción más grande la que se menciona primero.

Al presentar estas perspectivas bíblicas, reconozco mi gran deuda con el excelente sermón de Jonathan Edwards sobre este tema (en el volumen dos de sus Obras Completas), y con un folleto muy útil de Daniel D. Wray titulado Biblical Church Discipline (Disciplina Bíblica en la Iglesia).

Según las Escrituras, hay al menos seis propósitos distintos en la administración de la disciplina correctiva. Aunque algunos de ellos se superponen, cada uno tiene suficiente particularidad como para tratarse por separado. Estos seis propósitos son:

A. Mantener el honor de Dios en Su iglesia

Nada es más precioso para Dios que la manifestación y protección de Su honor y gloria. Así como cada cristiano individual debe reflejar el carácter de Dios y ser santo como Él es santo, así también la iglesia, en su vida e identidad colectiva, debe hacer lo mismo (1 Pedro 2:9-12). Cuando se tolera el pecado entre el pueblo de Dios, se produce el resultado descrito en Romanos 2:22-24.

Nuestro Señor describe a la comunidad del Nuevo Pacto que Él vino a formar como “la luz del mundo” y “la sal de la tierra” (Mateo 5:13-14). Sin embargo, negarse a tratar bíblicamente con pecados que ameritan disciplina oscurece esa luz y anula la eficacia de esa sal. Escuchemos una vez más las incisivas palabras de Jonathan Edwards:

Si toleráis la maldad visible en vuestros miembros, deshonraréis grandemente a Dios, a nuestro Señor Jesucristo, a la religión que profesáis, a la iglesia en general y a vosotros mismos en particular. Así como los miembros de la iglesia que practican la iniquidad traen deshonra sobre todo el cuerpo, también lo hacen aquellos que la toleran. El mensaje que esto transmite es que Dios no exige santidad de Sus siervos, que Cristo no la requiere de Sus discípulos, que la religión del evangelio no es una religión santa, que la iglesia no es un cuerpo de siervos santos de Dios, y que esta iglesia, en particular, no tiene ningún aprecio por la santidad ni la verdadera virtud1.

B. Restaurar y salvar a los miembros de la iglesia

Las Escrituras enseñan claramente que todos los verdaderos hijos de Dios serán preservados en la fe hasta el fin (Filipenses 1:6). Pero con igual claridad enseñan que los verdaderos creyentes deben perseverar hasta el fin en el camino de la fe, la santidad y la obediencia, si quieren ser recibidos favorablemente en el día final (Mateo 7:21; Mateo 22:14; Hebreos 10:38-39).

Por lo tanto, como medio de gracia, la disciplina correctiva tiene como objetivo mantener a los hombres y mujeres en el camino de la fe y la obediencia hasta el fin (Mateo 18:15-17; 1 Corintios 5:5; Gálatas 6:1; 2 Tesalonicenses 3:14-15).

Vista bajo esta luz, la disciplina bíblica es un acto de amor —un amor que se expresa con firmeza y gracia. No es otra cosa que un acto semejante a Cristo, quien dijo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). También es un acto semejante a Dios, quien dice: “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por Él; porque el Señor al que ama disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:5-6).

Los resultados de la disciplina ordenada por el apóstol Pablo en 1 Corintios 5 se describen vívidamente en 2 Corintios 7:8-12. En ese pasaje se encuentran estas preciosas palabras: “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse” (v. 10a).

C. Promover la pureza y la salud de la iglesia

La conducta falsa y la doctrina errónea, cuando se toleran dentro de la iglesia, tienen un efecto contagioso y contaminante sobre los demás. Por eso, Pablo exhortó a los creyentes en Roma a evitar a quienes introducían enseñanzas falsas en la congregación, pues su influencia estaba engañando los corazones de los ingenuos (Romanos 16:18). En 1 Corintios 5:6-8, Pablo compara la influencia del pecado tolerado con la levadura en la masa: “un poco de levadura leuda toda la masa”.

Nuevamente, Jonathan Edwards lo expresa de forma contundente:

Para que los demás miembros no sean contaminados, es necesario que testifiquen contra el pecado mediante su censura siempre que este se manifieste entre ellos, especialmente en los actos más graves de impiedad. Si no lo hacen, contraen culpa por esa misma negligencia; y no solo eso, sino que se exponen a aprender los mismos vicios que toleran en otros, porque “un poco de levadura leuda toda la masa”. De ahí surge la severa advertencia del apóstol: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Hebreos 12:15)2.

D. Disuadir a otros del pecado

Este principio está claramente subrayado por Pablo en 1 Timoteo 5:20: “A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman.” Ya sea que Pablo se refiera a los pecados de los creyentes en general, o específicamente a los de los ancianos, el principio es el mismo: la reprensión pública severa de un miembro puede ser usada por Dios para provocar un temor saludable del pecado en los demás.

En Hechos 5:11 leemos cómo la disciplina directa de Dios sobre Ananías y Safira tuvo este efecto tanto dentro como fuera de la iglesia: “Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.” La disciplina eclesiástica es verdaderamente un medio de gracia poderoso para disuadir a otros de pecar deliberadamente.

Este principio también estuvo en vigor bajo el antiguo pacto mosaico, como se puede ver en Deuteronomio 17:12-13 y 13:11.

Dios no desprecia ni ignora nuestra conciencia social ni el temor natural que surge de ella. Una vez más, se confirma el gran principio de que no hay antagonismo entre la naturaleza3 y la gracia —solo entre la gracia y el pecado.

E. Prevenir el juicio judicial de Cristo sobre la congregación

Después de señalar el pecado específico de la iglesia en Éfeso, el Señor resucitado la llama al arrepentimiento, reforzando esa exhortación con una advertencia alarmante: “Si no te arrepientes, vendré a ti pronto, y quitaré tu candelero de su lugar” (Apocalipsis 2:5). Una amenaza similar se emite a la iglesia de Pérgamo: “Arrepiéntete, pues; si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca” (Apocalipsis 2:16). Nunca debemos olvidar el principio revelado en el capítulo 7 de Josué, en el Antiguo Testamento, acerca del pecado de Acán: el pecado de un solo hombre paralizó a toda la nación.

Según 1 Corintios 11:30, hay ocasiones en que Dios castiga a individuos dentro de la iglesia por sus pecados no confesados —un castigo que puede incluir debilidad física, enfermedades específicas e incluso la muerte prematura. ¿Cómo puede considerarse un acto de amor dejar a nuestros hermanos solos en su pecado y en su impenitencia, cuando podrían estar acercándose rápidamente a una severa disciplina de parte del Señor mismo, si no se arrepienten?

F. Promover la efectividad de nuestro testimonio al mundo

En Juan 13:35, nuestro Señor dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros.” A la luz de esta afirmación, ¿qué sucede con la credibilidad del testimonio de la iglesia ante el mundo observador, cuando se conocen y toleran pecados como falta de amor, disputas internas, chismes entre miembros, indiferencia hacia hermanos con necesidades materiales, y no se tratan mediante una disciplina correctiva adecuada?

Según Filipenses 2:14-15, es mediante una piedad corporativa evidente que la iglesia “resplandece como luminares en el mundo”. Pablo continúa diciendo que una iglesia así puede entonces “mantener firme la palabra de vida” con credibilidad y autoridad. Solo cuando la iglesia, en su vida común, manifiesta las virtudes destacadas en las Bienaventuranzas, cumple verdaderamente su función como “la luz del mundo” y “la sal de la tierra”.

Las penetrantes palabras de Edwards vuelven a ser oportunas. Él escribió: “El bien de los que están fuera debería ser otro motivo… Si se mantuviera una disciplina estricta —y, por tanto, una moral estricta— en la iglesia, probablemente sería uno de los medios más poderosos de convicción y conversión para los que están fuera.”4

Habiendo considerado estos seis propósitos de la disciplina correctiva de la iglesia como un medio de gracia instituido divinamente, pasaremos ahora a examinar lo que he decidido llamar…

Footnotes

  1. Edwards, Works, Vol. II, 121.

  2. Edwards, Works, Vol. II, 121; énfasis mío.

  3. Naturaleza – lo que pertenece a la creación, la cual Dios declaró “buena en gran manera” (Génesis 1:31); no se refiere a lo que el pecado ha corrompido en el mundo de Dios desde la creación (Efesios 2:3).

  4. Edwards, Works, Vol. II, 121.