- La necesidad de la disciplina correctiva en la iglesia
Quizá ya te estés haciendo la siguiente pregunta: “Si la iglesia está compuesta por personas que confían en el Señor Jesucristo, lo aman, desean agradarle, y además aman y sirven a sus hermanos en la fe, ¿por qué sería necesaria la disciplina correctiva?”.
La respuesta a esa pregunta descansa sobre dos pilares gigantes de enseñanza bíblica clara.
A. Pilar 1: La enseñanza de Cristo
El primero de esos pilares es la enseñanza clara de nuestro Señor Jesucristo. En los evangelios, hay solo dos ocasiones en las que Jesús utiliza la palabra iglesia. La primera se encuentra en Mateo 16:18, donde nuestro Señor afirma con valentía que Él edificará Su iglesia, una iglesia que será invencible frente a las puertas del Hades. La segunda aparece en Mateo 18:15-18. En este pasaje, Jesús contempla un segmento específico de la iglesia que Él edificará, un segmento que hoy designamos como iglesia local.
Nuestro Señor no anticipa que esta asamblea esté compuesta por personas perfectamente santificadas. Más bien, Él considera la iglesia de forma realista, como una comunidad integrada por personas que todavía pecan, y cuyo pecado en ocasiones provocará rupturas en las relaciones fraternales entre los miembros de esa congregación.
Además, Él prevé una situación en la que un hermano o hermana en pecado sea confrontado por la persona contra quien ha pecado. Sin embargo, en lugar de reconocer su falta, arrepentirse y buscar el perdón para restaurar la relación, el discípulo profesante se niega a reconocer su pecado, incluso después de haber sido confrontado nuevamente en presencia de dos o tres testigos. Rehusando aceptar su culpa y arrepentirse, los hechos del caso se presentan ante la iglesia, cuyos miembros, con urgencia y amor, le llaman al arrepentimiento1. Una vez más, él se niega resueltamente a admitir su pecado y a tratarlo con un arrepentimiento conforme al evangelio.
¿Qué debe hacer entonces la iglesia con esa persona? Jesús lo deja muy claro: la iglesia debe desecharlo y dejar de considerarlo como un hermano. En cambio, ha de ser tenido por “un gentil y publicano”. Ya no se le deben conceder los privilegios especiales propios de los hijos de Dios unidos en comunión de iglesia. Es más, la persona excomulgada debe ser evitada incluso en las interacciones sociales ordinarias, para que tenga un anticipo de lo que sería estar eternamente separado del pueblo de Dios (1 Corintios 5:11-13; Tito 3:10; 2 Tesalonicenses 3:14). Se debe orar por él y tratarlo con el mismo amor con que buscaríamos ganar a un gentil o publicano para la fe del evangelio, pero sin olvidar que no debe ser tratado como un incrédulo cualquiera que pudiera estar presente en nuestras reuniones. Debe sentir la realidad de lo que Pablo describe como “este castigo, infligido por muchos” (2 Corintios 2:6).
Durante mis años de ministerio pastoral, una de las formas en que procuramos aplicar estas directrices bíblicas respecto al trato con personas excomulgadas, fue exigirles que, si deseaban asistir a la iglesia, ocuparan el último asiento una vez comenzado el culto y salieran del templo durante la oración final.
Es crucial notar que, en este pasaje, nuestro Señor no ordena la disciplina correctiva principalmente por la gravedad del pecado cometido. El asunto comenzó como una ofensa privada entre dos hermanos. No obstante, fue la obstinada negativa del ofensor a reconocer su pecado, arrepentirse y buscar la restauración con su hermano, lo que finalmente resultó en su exclusión de la comunión de la iglesia. Diciéndolo de manera sucinta, es correcto afirmar que en última instancia, solo hay un pecado por el cual una persona es excomulgada: la falta de arrepentimiento.
La iglesia visible de Cristo debe estar compuesta por discípulos comprometidos a “seguir la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Cuando una persona persiste voluntariamente en negarse a arrepentirse de un pecado, incluso tras múltiples amonestaciones, demuestra que ha perdido el derecho a ser considerada como un verdadero hijo de Dios (1 Juan 3:4-10).
Debemos comprender que, cuando la iglesia excomulga a uno de sus miembros conforme a los mandamientos claros de la Escritura, ese acto es nada menos que una sentencia pública pronunciada por Jesucristo a través de Su iglesia. Esta realidad es destacada por nuestro Señor en Mateo 18:18.
Los verbos “ve y repréndele”, “toma contigo a uno o dos más” y “dilo a la iglesia” están todos en modo imperativo. Cuando Jesús comisionó a sus apóstoles, les dijo que debían hacer discípulos, bautizarlos, y enseñarles “que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:20). A la luz de este hecho, la necesidad de ejercer la disciplina correctiva en la iglesia está arraigada en la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, el arquitecto, edificador y soberano de Su iglesia. Su mandato claro de ejercer la disciplina correctiva forma parte de “todas las cosas” que Él ha ordenado. Si nos rehusamos a obedecer a Aquel que es la cabeza de la iglesia, ¿no nos diría Él lo mismo que dijo a otros en los días de Su carne?: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (Lucas 6:46).
En Apocalipsis capítulos 2 y 3, el Señor ascendido se dirige a siete iglesias en Asia Menor, hacia finales del primer siglo. En esas cartas, nuestro Señor elogia a la iglesia que ejercía disciplina correctiva (Apocalipsis 2:2) y reprende a las que no la aplicaban (Apocalipsis 2:14-15, 20). En la última de las siete cartas declara: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo” (Apocalipsis 3:19). A la luz de estas realidades, debes hacerte la siguiente pregunta: ¿Recibiría la iglesia de la que soy miembro el elogio o la reprensión del Señor soberano y cabeza de Su iglesia?
B. Pilar 2: La enseñanza de los apóstoles
El segundo de los pilares fundamentales de la verdad bíblica que exige la práctica de la disciplina correctiva en la iglesia está compuesto por las múltiples directrices y ejemplos de esta disciplina que se encuentran en los escritos apostólicos.
Las epístolas del Nuevo Testamento son documentos inspirados por el Espíritu, y contienen lo que las iglesias deben creer y practicar como “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15). Estas cartas fueron escritas a iglesias específicas o a hombres encargados de dar directrices apostólicas y orientación a tales iglesias. En un sentido muy real, estas epístolas constituyen un registro del pastoreo apostólico hacia iglesias reales que vivían su fe en el mundo real, con necesidades y problemas reales. Hay numerosas referencias en estas cartas a la disciplina correctiva en la iglesia. El formato limitado de este folleto hace imposible proporcionar una lista exhaustiva o una exposición completa de todos los textos que describen algún aspecto de la disciplina correctiva. Sin embargo, si algún lector se viera confrontado por alguien que cuestione por qué pertenece a una iglesia que practica la disciplina correctiva, el conocimiento de los siguientes pasajes será una ayuda valiosa para dar respuesta a tal inquietud.
- Romanos 16:17-18
En la iglesia de Roma había algunos que causaban divisiones y escándalos —es decir, enseñanzas contrarias a la doctrina apostólica que conducían al pecado. Al dirigirse a toda la iglesia en Roma (el versículo 17 muestra que estas palabras están dirigidas a los “hermanos”, no solo a los líderes), el apóstol Pablo ordena que estos falsos maestros sean claramente señalados y decididamente evitados. Si no se hace así, su influencia insidiosa continuará afectando negativamente a otros con palabras suaves y halagos.
- 1 Corintios 5:1-13
De todos los pasajes apostólicos que tratan sobre disciplina correctiva, ninguno ofrece más directrices útiles que este.
A continuación, se presenta un breve resumen de este capítulo. Pablo ha sido informado de que un miembro de la iglesia de Corinto está involucrado en una forma grotesca de inmoralidad sexual. A pesar de que toda la iglesia está al tanto de esta situación, no han hecho nada para corregirla. Pablo escribe reprendiendo a la iglesia por su indiferencia y laxitud, y les ordena tomar medidas inmediatas cuando se reúnan como iglesia. Bajo la dirección de sus obispos2, deben expulsar a este hombre mediante un acto de excomunión colectiva, entregándolo a Satanás para la salvación de su espíritu. La última parte del versículo 13 resume la acción mandada por el apóstol con estas palabras: “Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros.”
Este pasaje nos enseña, entre muchas otras cosas importantes, que el proceso delineado por nuestro Señor en Mateo 18:15-18 para tratar con pecados privados no está diseñado para todos los casos que requieren disciplina correctiva. El pecado de este hombre no fue una ofensa personal ni privada. Era de conocimiento público. Escandalosamente notorio. Según el apóstol, la iglesia debía actuar de inmediato para excomulgarlo, ya que los hechos y la naturaleza del pecado eran tan evidentes que Pablo pudo decir: “Se oye decir que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles…” (v. 1).
- 2 Corintios 2:5-11
Este es un pasaje clave para construir una teología completa de la disciplina correctiva. Nos instruye sobre lo que debe hacerse cuando Dios usa la disciplina para llevar al arrepentimiento al miembro disciplinado. El enfoque central del pasaje está en los versículos 7-8, donde el apóstol exhorta a los corintios con estas palabras: “Así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él.”
Es importante notar que Pablo no apela a la iglesia a manifestar “amor incondicional” hacia este hombre evitando la disciplina cuando aún estaba impenitente. Más bien, el mismo amor con principios que llevó a la iglesia a realizar el doloroso acto de expulsar a este hombre, debía manifestarse ahora en forma de amor evidente y cálido al restaurarlo a la plena comunión.
- 2 Tesalonicenses 3:6-15
Informes confiables habían llegado al apóstol Pablo indicando que algunos miembros de la iglesia en Tesalónica estaban violando, de forma habitual, las claras directrices del cuarto mandamiento en su segunda parte: el mandato divino de trabajar seis días. Pablo describe ese comportamiento como desordenado o indisciplinado. En su primera carta a los tesalonicenses, exhortó a los miembros de la iglesia a amonestar a tales personas (1 Tesalonicenses 5:14).
Para cuando escribió la segunda carta, Pablo ya había recibido noticias de que estos hermanos desordenados no habían cambiado su conducta. Ante esto, en 3:6 el apóstol da una orden apostólica clara a toda la iglesia: deben apartarse de estos hermanos desordenados. Muchos expositores responsables creen que esta orden presupone que el hermano desordenado ya ha sido formalmente excomulgado. Luego, Pablo refuerza esta directriz en el versículo 14 con estas palabras: “Si alguno no obedece lo que decimos por medio de esta carta, a ese señaladlo y no os juntéis con él, para que se avergüence.”
Sin embargo, hay otros intérpretes igualmente responsables que ven en este pasaje una contribución distinta y matizada a la doctrina de la disciplina eclesiástica. Consideran que aquí se sugiere una forma de disciplina que, siendo pública y congregacional, no llega al punto de excomulgar o excluir de la iglesia a la persona3. Las iglesias que sostienen esta interpretación suelen referirse a esta acción como una suspensión con censura pública y restricciones sociales. Estas restricciones incluirían cosas como:
- Otros textos
Hay otros pasajes que, aunque de menor peso, también enseñan formas de disciplina correctiva. Estos textos indican algún tipo de reprensión o amonestación que puede considerarse como expresiones legítimas de disciplina dentro de la iglesia: 1 Tesalonicenses 5:14; Tito 1:10-13; 3:10-11; 1 Timoteo 1:19-20; 5:20; Gálatas 6:1.
Resumen y aplicación
Después de haber considerado estos dos grandes pilares bíblicos que sostienen la práctica de la disciplina correctiva, deberíamos poder decir un fuerte “¡Amén!” a las palabras de dos grandes hombres de Dios del pasado. El primero es Jonathan Edwards, quien concluyó un sermón sobre este tema con estas palabras:
Pero la autoridad absoluta de Cristo debería ser suficiente en este caso, aunque no hubiese otro motivo. Nuestro texto es solo uno de muchos pasajes de la Escritura donde la disciplina estricta es expresamente ordenada y perentoriamente4 exigida. Ahora bien, ¿cómo podéis ser verdaderos discípulos de Cristo si vivís en el descuido de estos mandamientos claros y positivos? “Si me amáis,” dice Cristo, “guardad mis mandamientos” (Juan 14:15); y, “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14)… Si seguís fielmente las reglas de disciplina instituidas por Cristo, tenéis razones para esperar Su bendición; porque Él suele5 bendecir Sus propias instituciones y sonreír sobre los medios de gracia que ha establecido6.
El segundo es Robert Murray McCheyne. Siendo aún muy joven, este siervo piadoso y útil de Cristo expresó cómo llegaron a formarse sus convicciones respecto a la disciplina eclesiástica. Estas son sus palabras:
Cuando comencé mi ministerio entre vosotros, era sumamente ignorante de la gran importancia de la disciplina eclesiástica. Pensaba que mi gran y casi única labor era orar y predicar. Veía vuestras almas como tan preciosas, y el tiempo tan corto, que dedicaba todo mi esfuerzo a predicar la Palabra y la doctrina. Cuando se presentaban casos de disciplina ante mí y los ancianos, los veía con algo semejante a repulsión. Era un deber que rehuía; y puedo decir sinceramente que casi me llevó a abandonar el ministerio entre vosotros. Pero agradó a Dios, quien enseña a Sus siervos de una manera distinta a como lo hace el hombre, bendecir algunos de esos casos de disciplina para la conversión manifiesta e innegable de las almas bajo nuestro cuidado; y desde ese momento, una nueva luz iluminó mi entendimiento, y vi que, si la predicación es una ordenanza de Cristo, también lo es la disciplina eclesiástica. Ahora me siento profundamente convencido de que ambas cosas son de Dios: que a nosotros se nos han confiado dos llaves por Cristo: una, la llave de la doctrina, por medio de la cual abrimos los tesoros de la Biblia; y la otra, la llave de la disciplina, mediante la cual abrimos o cerramos el acceso a las ordenanzas del evangelio. Ambas son un don de Cristo, y renunciar a cualquiera de ellas es pecado7.
En la providencia de Dios, si llega el momento en que debes dejar tu actual iglesia y estás considerando transferir tu membresía a otra congregación, lo mejor para el bienestar de tu alma es indagar si la iglesia que estás considerando no solo profesa creer, sino que realmente practica la disciplina eclesiástica de forma bíblica, compasiva y acompañada de oración. Además, debes preguntarte a ti mismo si estás dispuesto a aceptar la supervisión y las acciones de una iglesia así, en caso de que tu salud espiritual requiera disciplina correctiva. Algunas iglesias incluso requieren que los nuevos miembros hagan un voto solemne de que aceptarán y se someterán a la disciplina de la iglesia.
Footnotes
-
Hombres buenos y piadosos, igualmente comprometidos con ejercer la disciplina eclesiástica bíblica, difieren en su comprensión de algunos detalles específicos sobre cómo deben implementarse las instrucciones de nuestro Señor en Mateo 18:15-20. ↩
-
Fue el patrón apostólico regresar a las ciudades donde se había predicado el evangelio y guiar a las iglesias nacientes en la ordenación de ancianos (Hechos 14:21-23). Dado que Pablo y sus compañeros habrían visitado Corinto en su segundo viaje misionero, y dado que el texto dice que nombraron ancianos en cada iglesia, tenemos toda razón para creer que había ancianos establecidos en la iglesia de Corinto. Este patrón apostólico de establecer un cuerpo de ancianos en las iglesias incipientes fue evidentemente continuado cuando Pablo escribió a Tito con estas palabras: “Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé” (Tito 1:5).A la luz de su responsabilidad de gobernar (Hebreos 13:17), de presidir (1 Tesalonicenses 5:12), de pastorear (Hechos 20:28; 1 Pedro 5:2), y de “cuidar de la iglesia de Dios” (1 Timoteo 3:5), los detalles prácticos de obedecer cualquier directiva apostólica dirigida a la iglesia local serían llevados a cabo bajo el sabio liderazgo de los supervisores designados. A la luz de estos hechos bíblicos, creo que el liderazgo de los ancianos en la disciplina correctiva de la iglesia es, en el lenguaje de la Confesión, una verdad “contenida necesariamente en la Sagrada Escritura” (Confesión Bautista de Londres de 1689, 1.6, disponible en CHAPEL LIBRARY). ↩
-
John R. W. Stott, The Message of 1 and 2 Thessalonians (Downers Grove: Inter-Varsity Press, 1991), 193-194. ↩
-
Perentoriamente – sin demora. ↩
-
Suele – acostumbra. ↩
-
Jonathan Edwards, The Works of Jonathan Edwards, Vol. II (Londres: Ball, Arnold and Co., 1840), 121. Reedición disponible en The Banner of Truth Trust, www.banneroftruth.org. ↩
-
Andrew A. Bonar, Memoir and Remains of R. M. McCheyne (Edimburgo: The Banner of Truth Trust, 1966), 73. ↩