Cristo y Lázaro
Consuelo en la Enfermedad y en la Muerte
Una visita a Betania
La siguiente descripción de la Betania moderna se extrae de un volumen muy interesante publicado por la Junta de Publicaciones, titulado Narrative of a Mission of Inquiry to the Jews, from the Church of Scotland, in 1839. Los autores del volumen fueron Andrew Bonar y Robert Murray McCheyne. Parece formar una introducción apropiada a este pequeño volumen. —Editor de la Junta Presbiteriana de Publicaciones.
Descendiendo y dejando el camino de Jericó, llegamos de manera bastante repentina a Betania, llamada por los árabes Azarieh, por el nombre de Lázaro. Hallamos este siempre memorable poblado muy semejante a lo que habríamos imaginado. Está casi escondido en un pequeño barranco del Monte de los Olivos, tanto que desde lo alto no se puede ver. Está rodeado de árboles frutales, especialmente higueras y almendros, olivos y granados. El barranco en el que se encuentra está aterrazado, y las terrazas están cubiertas ya sea de árboles frutales o de campos de grano ondeante. No hay muchas casas habitadas, quizás unas veinte, pero abundan las huellas de ruinas antiguas.
La casa de Lázaro nos fue mostrada: un edificio sólido, probablemente una antigua torre, designada por la tradición como la Casa de Lázaro. Quienes le dieron ese nombre, incapaces de concebir otra razón, imaginaron que solo una posición destacada o una cierta eminencia mundana podían atraer la atención del Señor Jesús. No comprendían que Cristo ama soberana y libremente.
El sepulcro llamado la Tumba de Lázaro atrajo más nuestra atención. Encendimos nuestras velas y descendimos los veintiséis escalones tallados en la roca, hasta una cámara profunda en la peña, con varios nichos para los muertos. Si este es realmente el sepulcro donde Lázaro yació cuatro días, y que entregó a su muerto al mandato de Jesús, es imposible asegurarlo. La objeción común, que es demasiado profundo, parece totalmente infundada, pues nada en la narración indica que la tumba estuviera a nivel del suelo; además, no es improbable que hubiese otra entrada más abajo en la ladera. Una objeción más fuerte es que la tumba está en las inmediaciones del poblado, o en realidad dentro de él; pero es posible que la aldea moderna ocupe un terreno algo diferente al de la antigua.
Sea como fuere, no cabe duda de que este es «Betania, la aldea de María y de Marta su hermana…cercana a Jerusalén, como a quince estadios» (Jn. 11:1, 18). ¡Cuán gratas son todas las asociaciones que la rodean! Quizá no hubo en toda la Tierra Santa un lugar que nos brindara un gozo tan pleno. Incluso nos parecía que la maldición que por doquier se percibe tan visiblemente sobre la tierra, aquí había caído con más suavidad. En cuanto a su situación, nada podía corresponderse mejor con nuestra imaginación previa de aquel lugar al cual Jesús se complacía en retirarse al anochecer, lejos del bullicio de la ciudad y de las molestias de las multitudes incrédulas— a veces recorriendo el camino por donde nosotros habíamos venido, y quizá, más a menudo aún, subiendo la ladera por la senda que pasa al norte de Getsemaní. ¡Qué escena tan apacible! Bajo estos árboles, o en aquel campo cubierto de hierba, se lo podía ver muchas veces en profunda comunión con el Padre. Y a la vista de este paraje verdeante fue donde tomó su última despedida de los discípulos y ascendió para reanudar la profunda e ininterrumpida comunión con su Dios y nuestro Dios (Jn. 20:17), pronunciando bendiciones aun en el mismo momento en que comenzaba a apartarse de ellos (Lc. 24:51). Y fue aquí donde dos ángeles, vestidos de blanco, se pusieron de pie junto a ellos y dejaron este glorioso mensaje: «Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hch. 1:11).