- La resurrección de Lázaro
«Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir. Entonces muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él. Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho» (Jn. 11:43-46).
a. La resurrección del Lázaro muerto
- El tiempo: «Y habiendo dicho esto». Cuando Jesús oyó por primera vez que Lázaro estaba enfermo, permaneció dos días en el lugar donde se hallaba. Lentamente y con calma, se dirigió hacia Betania, de modo que cuando llegó bajo sus higueras, un aldeano le dijo que Lázaro ya llevaba cuatro días en el sepulcro. Sin embargo, Jesús no se apresuró; esperó hasta haber sacado a la luz la incredulidad de Marta y María; esperó hasta haber manifestado Su propio corazón tierno y compasivo; esperó hasta haber dado públicamente gracias al Padre, mostrando así que Él había sido enviado de Dios. «Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!».
Su tiempo es el tiempo perfecto. Así será también al dar vida a Israel. Israel, como Lázaro, ha estado en su tumba por mil ochocientos años. Sus huesos están secos y son muchos. Desde que habló contra ellos, no los ha olvidado, sino que aún los recuerda con fervor; y llegará el día en que derramará sobre ellos el Espíritu de vida y los hará salir, siendo vida para un mundo muerto. Pero esto será en Su propio tiempo. Jesús no se apresura. Espera hasta haber revelado la incredulidad de los hombres y manifestado Su corazón compasivo. Entonces, cuando llegue Su momento, clamará: “¡Israel, ven fuera!”. Así también será en la liberación de la iglesia, así en la liberación de cada creyente individual. «Porque aún un poco, y el que ha de venir vendrá, y no tardará» (Hb. 10:37).
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La obra: «Clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas» (Jn. 11:43-44). ¡Qué escena tan extraordinaria fue aquella! Era un lugar apartado del estrecho valle donde se hallaba Betania, y la multitud estaba de pie junto al sepulcro recién abierto de Lázaro. Era una cueva excavada en la roca, y la gran piedra que había sido colocada a la entrada estaba ahora removida. Los judíos estaban alrededor, preguntándose qué haría Él. Los robustos aldeanos de Betania se inclinaban sobre la piedra movida y miraban dentro de la oscura cueva. Marta y María fijaban sus ojos en Jesús, y un profundo silencio se apoderó del grupo. Frente a la entrada de la cueva estaba el Salvador, con las lágrimas aún en el rostro, Sus ojos levantados hacia Su Padre. «Clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!» (v. 43). La cueva hueca resonó con aquel sonido solemne. El oído de Lázaro estaba muerto y frío, sus miembros rígidos e inmóviles, los párpados cerrados, y el frío y húmedo toque de la muerte reposaba sobre su frente. Las vendas lo envolvían y su rostro estaba cubierto con un sudario, cuando de pronto el grito: «¡Lázaro, ven fuera!», despertó al muerto. Aquel clamor penetró en la cueva profunda y, a través del húmedo sudario, llegó al oído muerto. El corazón comenzó repentinamente a latir, y la cálida corriente de vida a fluir de nuevo por las venas del hombre. El calor vital y el sentido del oído regresaron. Era una voz conocida. «¡La voz de mi amado!» (Cnt. 2:8), podría haber dicho. «Él me llama por mi nombre». Entonces se levantó. «Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas” (Jn. 11:44). ¡Qué simple, y sin embargo, qué glorioso! Jehová habló, y fue hecho. «La voz de Jehová es poderosa; la voz de Jehová es majestuosa. La voz de Jehová quebranta los cedros; sí, Jehová quebranta los cedros del Líbano» (Sal. 29:4-5). Ahora se cumplían las palabras de Cristo: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn. 11:4). Cristo manifestó Su gloria como la resurrección y la vida.
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La resurrección. Así es como Cristo levantará a todos los que han muerto en el Señor. «No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación» (Jn. 5:28-29). Se acerca un día en que todo oído muerto oirá esa misma voz que clama: «¡Salid! ¡Salid!».
Aprended, pues, a no lamentar a los creyentes que han partido como los que no tienen esperanza: «Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en Él» (1 Ts. 4:14). El polvo de Lázaro era precioso para Jesús; no quiso dejarlo en la tumba de piedra. Así también, el polvo de cada Lázaro le es precioso. No perderá ni uno solo. No importa dónde reposen: bajo el verde césped, en lo profundo del mar, en algún campo de batalla lejano o consumidos entre fuego y humo. El Señor Jesús recogerá el polvo disperso de cada uno de ellos y los hará semejantes a Su cuerpo glorioso.
Aprended a no temer a la tumba. No hay nada de lo que naturalmente retrocedamos más que de la sepultura. Ah, es cosa terrible dejar la compañía de los vivos y recostarse en la casa angosta, con la mortaja como único vestido, el ataúd como lecho y el gusano como compañero. Es humillante. Es repulsivo. Pero si eres de Cristo, aquí está tu victoria: «En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?» (1 Co. 15:52-55). Fija tu mirada en Jesús ante la tumba de Lázaro. Así se parará Él sobre la tumba de un mundo dormido y clamará: «¡Ven fuera!».
¡Oh hombre sin Cristo! ¡Tú también oirás esa voz! Tu alma la oirá en el infierno; tu cuerpo la oirá en la tumba; y la muerte y el infierno entregarán los muertos que hay en ellos. No oyes Su voz ahora, pero tendrás que oírla entonces. Saldrás, como Lázaro, y estarás ante Dios. Quizá quisieras quedarte inmóvil en la tumba. “¡Oh, que las rocas caigan sobre mí, y los montes me cubran!”. Quizá te aferres a las paredes de la tumba y abraces tu frágil ataúd con tus brazos. Tal vez tu alma quiera permanecer en el infierno y diga: “¡Déjame en paz! Que las olas ardientes pasen sobre mí para siempre; que los gusanos muerdan y nunca mueran”. Pero deberás salir, para resurrección de condenación. Te levantarás «para vergüenza y confusión perpetua» (Dn. 12:2).
- Él se manifestó como «la vida». Así es como Cristo da vida a las almas muertas. «De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán» (Jn. 5:25). El alma del no convertido entre vosotros está tan muerta a las cosas divinas como el cuerpo de Lázaro lo estaba a las cosas naturales. Hay una muerte total en todo pecho no regenerado. No es una figura del lenguaje. No es una muerte figurada, sino real, tan real como la de Lázaro. Tu ojo no ve las cosas divinas; tu oído no las oye; tu corazón no las siente. Es la voz de Cristo la que despierta al alma muerta. Jesús habla por medio de la Biblia, por medio de los ministros, por medio de las providencias. Su voz puede alcanzar a los muertos. Él da vida a quien quiere. Los que oyen, viven.
Aprende que es correcto que los ministros y los amigos piadosos den advertencias, llamamientos e invitaciones a los que están espiritualmente muertos. A algunos les parece extraño que creamos a los hombres espiritualmente muertos y, sin embargo, les exhortemos, los llamemos e invitemos a arrepentirse y creer en el evangelio. Pero así fue como Jesús trató con un Lázaro muerto, y así trata todavía con las almas muertas. Es a través de estas advertencias, llamamientos e invitaciones que Jesús habla a vuestros corazones muertos. Todos los que han sido salvados en este lugar oyeron la voz de Cristo cuando estaban muertos. Los creyentes piadosos entre vosotros debéis continuar dando estos llamamientos y advertencias, aunque vuestros amigos parezcan tan muertos como lo estaba Lázaro.
Aprende dónde buscar la vida espiritual. No fue la voz de María, ni la voz de Marta, ni la voz de los judíos la que levantó al Lázaro muerto. Ellos pudieron quitar la piedra, pero no pudieron hacer más. No podían resucitar al muerto. Fue la voz de Emanuel, de Aquel que es la vida de todos los que viven. Así sigue siendo, queridos amigos. Es sólo Su voz la que puede despertaros. No es mi voz, ni la de vuestras amorosas Martas y Marías. Debe ser la voz de Jesús, o dormiréis y moriréis en vuestros pecados; y donde Cristo ha ido, vosotros nunca podréis llegar. Muchas veces, la voz de los ministros ha resonado en esta casa y en vuestros oídos, y habéis continuado viviendo en pecado. Pero cuando la voz de Cristo habla por medio de la Palabra, entonces os levantaréis, dejaréis todo y Le seguiréis.
b. El efecto sobre los que estaban presentes
- Muchos creyeron en Él. Fue un día feliz en Betania. Él transformó la sombra de muerte en mañana. Marta y María convirtieron su amarga tristeza en un cántico de alabanza. Su hermano sepultado fue restaurado a sus brazos, sano y salvo. Y puedo imaginar la emoción con que cantaron aquella tarde, en su culto familiar: «Vuelve, oh alma mía, a tu reposo, porque Jehová te ha hecho bien» (Sal. 116:7).
Otra alegría fue esta: toda su incredulidad desapareció. Cristo era como una mañana sin nubes. Su demora, Su promesa, Su prueba—todo quedó explicado. Y mientras María se sentaba a Sus pies aquella noche y oía Sus palabras, sintió más que nunca que era imposible que Cristo mintiera.
Pero una alegría aún mayor permanecía: «Muchos de los judíos creyeron en Él». Fue una noche de nacimiento para la eternidad. El Pastor encontró ovejas perdidas aquella noche. La voz que llamó a Lázaro a salir penetró en muchos corazones. La cabaña de Betania sería como un pequeño cielo aquella noche. Observa qué los llevó a creer: «Cuando vieron las cosas que Jesús hizo». No fue la vista de una sola cosa, sino de todo lo que Jesús hizo; así como el ladrón moribundo creyó en Cristo no por ver una sola cosa, sino por contemplar todo lo que Jesús hizo. Cuando vio Su santa persona, Su serenidad, Su amor, Su compasión, no pudo sino reconocer que aquel era el Hijo de Dios y el Salvador del mundo. Así también con estos judíos. Vieron el asombroso amor de Jesús hacia Lázaro, Marta y María. Vieron Sus lágrimas. Escucharon Sus gemidos. Lo oyeron dar gracias y alabar a Su Padre. Y no pudieron sino creer en Él. Dos cosas especialmente vieron: el poder divino y el amor divino hacia los pecadores. Es lo mismo que persuade hoy a los pecadores a creer en Él: ver en Cristo tal amor, que está dispuesto a salvar, y tal poder, que es capaz de hacerlo. ¡Oh, cuán feliz sería si muchos de vosotros creyeseis en Él! Si fuerais movidos hoy a asirle como vuestro fiador, vuestro hermano mayor y vuestro amigo.
2_. Algunos fueron y lo contaron a los fariseos_. Algunos fueron salvos, y otros endurecidos.
Sus compañeros fueron salvados, pero ellos no. Salieron de Jerusalén juntos, extraños a Dios y a la conversión. Unos fueron tomados, y otros dejados. Así ha sido siempre. He pensado muchas veces, cuando los pecadores han sido quebrantados y salvados en este lugar: “Seguramente sus vecinos también serán alcanzados”. Pero muchas veces ocurre lo contrario. ¿No hay entre vosotros quienes os habéis endurecido mientras otros, a vuestro lado, han sido salvados?
Amaban a Marta y a María, pero no fueron salvos; amaban a las hermanas, pero odiaban a Cristo. Eran amigos de Marta y María, y parecían amar más a María; sin embargo, no amaban al Señor Jesús. Así sucede también ahora. Hay entre vosotros quienes amáis a nuestras Martas y Marías, y no amáis a Cristo. ¡Ah!, aquellos a quienes amáis pronto serán separados de vosotros para siempre.
Sus objeciones fueron respondidas, y aun así no fueron salvos. «¿No podía este, que abrió los ojos del ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?» (Jn. 11:37). Objetaban que Su amor no era verdadero, pues, de haberlo sido, no habría permitido que Lázaro descendiera al sepulcro. Pero aquí su objeción queda anulada. Lázaro es resucitado, y con ello se les demuestra que Jesús lo amaba. Su boca queda cerrada. Sin embargo, no se vuelven a Él. ¡Ay!, así sigue siendo hoy. Muchos dicen: “Si supiera que Cristo está dispuesto a recibirme, vendría”. Se les quita la objeción, y aun así no vienen. “Si tuviera ropa”. “Si estuviera libre de mis cargas familiares, empezaría a preocuparme por mi alma”. Pero, aunque se les quite la objeción, permanecen tan descuidados como siempre.
Cuanto más veían de Cristo, más lo odiaban. No solo no creyeron en Él, sino que fueron y lo denunciaron a Sus enemigos mortales, conspirando para Su destrucción. ¡Ah!, esto es casi increíble. ¡Qué corazón tan diabólico es el corazón natural del hombre! No sólo rehúsas ser salvado por Cristo, sino que odias Su nombre y Su causa. «He aquí, pongo en Sion piedra de tropiezo y roca de caída; y el que creyere en Él, no será avergonzado» (Ro. 9:33).