1. «Jesús lloró».

«Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera? Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado» (Jn. 11:35–42).

Cuando Jesús vio a María llorando y a los judíos llorando, gimió dentro de sí y dijo: «¿Dónde le pusisteis?». Ellos respondieron: «Señor, ven y ve». Y mientras lo guiaban por el sendero hacia la cueva de roca, «Jesús lloró». ¡Qué vista tan asombrosa! «Jesús lloró». Aquel que era Hijo de Dios, Quien «no estimó el ser igual a Dios» —infinito en felicidad— y aun así Él llora, tan verdaderamente siente el dolor de los suyos.

a. Los sentimientos de los judíos ante esta escena

  1. Asombro ante Su amor. «¡Mirad cómo le amaba!». Estos judíos eran todavía hombres mundanos, y sin embargo se maravillaron de tal desbordamiento de amor. Vieron aquella figura celestial inclinada ante la tumba de Lázaro. Oyeron Sus gemidos de agonía. Vieron las lágrimas que caían como lluvia de Sus ojos compasivos. Observaron el estremecimiento de Su manto sin costura. Pero, ¡ah!, no vieron lo que había dentro. Solo alcanzaron a percibir una pequeña parte de Su amor; no vieron su eternidad. No comprendieron que fue el amor lo que lo llevó a morir por Lázaro. No conocieron la plenitud, la gratuidad, la inmensidad de Su amor. Y, sin embargo, se asombraron de él: «¡Mirad cómo le amaba!». Hay algo en el amor de Cristo que asombra incluso a los hombres del mundo. Cuando Jesús da paz a los suyos en medio de la tribulación; cuando las olas del dolor rodean el alma; cuando las nubes y tinieblas, la pobreza y la angustia abruman su morada; y aun así puede alegrarse en el Señor y decir: «Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya fruto; aunque falte el producto del olivo, y los campos no den mantenimiento; y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación» (Hab. 3:17-18), entonces el mundo se ve obligado a decir: «¡Mirad cómo le amaba!». Cuando Jesús está con el creyente en la muerte, permaneciendo junto a él de modo que no puede ser conmovido, cubriéndolo con Sus alas, lavándolo en Su sangre y llenándolo de santa paz, hasta que clama: «Partir y estar con Cristo es muchísimo mejor», entonces el mundo grita: «¡Mirad cómo le amaba!». «Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya» (Nm. 23:10).

Vendrá otro día solemne en que todos vosotros, los creyentes, seréis separados y os colocaréis a la derecha del trono, y Jesús os dará la bienvenida, aunque seáis pobres y merecedores del infierno, como para compartir Su trono y Su gloria. Entonces vosotros, los incrédulos, clamaréis con amargo llanto: «¡Mirad cómo los amaba!».

  1. Algunos dudan de Su amor. «¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?». Poco antes Jesús había dado vista a un hombre que nació ciego, y los judíos que ahora estaban alrededor habían visto el milagro. Y razonaban entre sí: Si Él realmente amaba a Lázaro, ¿no podía haber evitado su muerte? Aquel que abrió los ojos del ciego también podía preservar al moribundo de morir. Dudaban de Sus lágrimas, dudaban de Sus palabras. Esto es incredulidad. Desvía las declaraciones más claras del Señor Jesús con sus propios razonamientos.

¡Cuántos de vosotros habéis rechazado el amor de Cristo de la misma manera! Leemos que Él lloró sobre Jerusalén. Esto muestra claramente que Él no quería que murieran en sus pecados, que no desea que perezcáis, sino que tengáis vida eterna. Y aun así, dudáis de Su amor y rechazáis Sus lágrimas con algún miserable argumento propio. Jesús dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mt. 11:28). Esta es una declaración sencilla, pero vosotros la anuláis diciendo: “Si Cristo realmente quisiera darme descanso, ¿no me habría traído ya a Él?”. La incredulidad convierte la manifestación misma del amor de Cristo en amargura y desconfianza. Algunos hombres, cuanto más ven de Cristo, más duros se vuelven. Estos judíos lo habían visto dar vista al ciego y llorar por Lázaro, y sin embargo solo se endurecieron más. Cuidaos de que no os suceda lo mismo. Guardaos, no sea que, cuanto más oigáis de Cristo y de Su amor por los suyos, más se endurezca vuestro corazón.

b. La tumba

  1. El mandamiento: «Quitad la piedra». Los caminos de Cristo no son como nuestros caminos, ni Sus pensamientos como nuestros pensamientos. Uno podría haber pensado que Él ordenaría a la piedra apartarse con Su sola palabra. Cuando Él mismo resucitó, «el ángel del Señor descendió del cielo, y llegó y removió la piedra de la puerta, y se sentó sobre ella» (Mt. 28:2); pero ahora no lo hizo así. Dijo a los hombres: «Quitad la piedra».

Por dos razones: (1) Quiso manifestar la incredulidad de Marta, para que se hiciera evidente. La incredulidad en el corazón es como un mal humor1 en una herida: si se oculta, supura. Por tanto, Jesús quiso sacarla del corazón de Marta. (2) Para enseñarnos a usar los medios. Los hombres alrededor de la tumba no podían dar vida al muerto Lázaro, pero sí podían quitar la piedra. Ahora Jesús estaba a punto de usar Su poder divino para despertar al muerto, pero no quitaría la piedra.

¿Tenéis alguno de vosotros un amigo inconverso por quien oráis? Sabéis que solo Cristo puede darle vida, que solo Cristo puede llamarlo a salir. Sin embargo, vosotros podéis quitar la piedra; podéis usar los medios. Podéis llevar a vuestro amigo bajo la fiel predicación del evangelio. Habladle; escribidle. «Quitad la piedra».

  1. La incredulidad de Marta: «Señor, hiede ya, porque es de cuatro días». María guardó silencio. No sabía lo que Jesús iba a hacer, pero sabía que Él haría todas las cosas bien. Sabía que Él estaba lleno de amor, de sabiduría y de gracia. Pero Marta clamó. Olvidó todas las palabras de Cristo. Olvidó Su mensaje: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn. 11:4). Olvidó Su dulce declaración: «Tu hermano resucitará», y «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá» (v. 25). Olvidó incluso su propia confesión de que Jesús era el Hijo de Dios. Y ved cómo habría impedido su propia misericordia. Amaba tiernamente a su hermano, y, sin embargo, habría querido que la piedra permaneciera sobre la boca de la cueva. Ella estaba poniéndose en su propia luz.

  2. La reprensión de Cristo: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (v. 40). Cristo le había enviado este mensaje: «Esta enfermedad no es para muerte». Ahora recuerda Su palabra: «¿No te he dicho…?», como si dijera: “Marta, ¿has olvidado mis palabras? ¿Soy yo mentiroso, o mis palabras son como aguas que se derraman? ¿Soy hombre para que mienta, o hijo de hombre para que me arrepienta?” (ver Nm. 23:19). Ved cómo la incredulidad hiere a Jesús. «El que no cree… le ha hecho mentiroso» (1 Jn. 5:10). Tendréis un infierno más profundo que los paganos. Ellos serán desechados por causa de sus pecados, pero vosotros por vuestro pecado y vuestra incredulidad. «El que no cree ya ha sido condenado» (Jn. 3:18).

c. La oración y acción de gracias de Cristo

  1. Su oración fue secreta. No se nos dice ninguna palabra que Él haya pronunciado; pero sin duda, durante Sus gemidos y lágrimas, oraba en secreto a Su Padre. Aun en medio de la multitud, Jesús estaba a solas con Su Padre, orando por los suyos para que su fe no faltase. Las lágrimas de Cristo no eran meras lágrimas de sentimiento; eran también lágrimas de ferviente oración. Su compasión no es vacía simpatía, sino verdadera intercesión. Cristo te enseña a orar en los momentos de prueba repentina. Aun cuando no puedas hallar un lugar apartado, levanta tu corazón a Él en medio de la multitud. Ah, hermanos, un alma sincera nunca carece de un lugar donde orar y encontrarse con Dios. Si eres hijo de Dios, hallarás algún rincón secreto donde orar. No basta decir: “oraré mientras camino, o mientras trabajo, o cuando esté entre otros”. No, eso no puede ser tu tiempo de oración durante el día. Satanás está a tu diestra. Busca estar a solas con Dios. Pasa tanto tiempo como puedas cada día a solas con Él; y entonces, en las tentaciones o aflicciones repentinas, podrás levantar fácilmente tu corazón, aun entre la multitud, al oído de tu Padre.

  2. Su acción de gracias: «Padre, te doy gracias porque me has oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado» (vv. 41-42). Observa con qué rapidez[^4] responde el Padre a la oración de Cristo: «Tú siempre me oyes». Cada intercesión que Cristo hace es contestada. En el momento mismo en que pide, es oído. Si sabemos que Cristo ora por nosotros, entonces sabemos que tenemos lo que Él desea.

Cristo da gracias. Tan completamente uno es Cristo con los suyos, que Él da gracias en nuestro nombre. Esto nos enseña no solo a orar, sino también a dar gracias.

Él lo hace en voz alta para que todos los que lo rodean crean en Él. Cristo siempre estaba buscando la conversión de las almas; aun aquí, en Su oración y acción de gracias al Padre, lo hace con ese propósito. Habla en voz alta para que los que lo rodean crean en Él como el enviado de Dios y el Salvador del mundo. Sí, hermanos, Él lo deja registrado aquí para que vosotros creáis en Él. Para este fin se presenta Cristo ante vosotros en el evangelio: como el enviado de Dios, el Salvador compasivo, el Mediador y el Intercesor, para que creáis en Él.

Footnotes

  1. mal humor – fluido infectado.