- Jesús se encuentra con María y Marta
«Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama. Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a él. Jesús todavía no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado. Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí. María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró» (Jn. 11:28–35).
a. El llamado de María
- Observa: Marta es la mensajera. Marta había recibido un poco de consuelo de aquella dulce palabra de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida». Su fe había sido reavivada por la pregunta: «¿Crees esto?». La ola de tristeza que llenaba su pecho se apaciguó. «Y habiendo dicho esto, fue y llamó a María». Los que han sido consolados por Cristo son los mensajeros más aptos para consolar a otros. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios» (2 Co. 1:3–4). Dios conduce a Sus ministros por diversas pruebas y consuelos para hacerlos instrumentos idóneos de consuelo para los demás. Solo cuando hemos estado sentados bajo la sombra del manzano y hemos probado sus dulces frutos, podemos hablar a otros de su excelencia.
Marta era una creyente más débil que María, y sin embargo fue el canal para comunicarle la buena noticia. Es un grave error pensar que solo los creyentes eminentes son útiles en la iglesia de Dios. Con frecuencia, Dios alimenta a los creyentes más fuertes por medio de un ministerio más débil. El ministro muchas veces tiene menos gracia que aquellos a quienes ministra. Y especialmente cuando los creyentes más firmes están abatidos y confundidos, Dios usa los medios más sencillos para levantarlos otra vez.
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La llamó en secreto. La última vez que el Salvador estuvo en Judea, quisieron apedrearlo hasta la muerte. Y probablemente algunos de los judíos que estaban sentados junto a María eran de entre sus enemigos más amargos. Por eso Marta entró y le susurró suavemente al oído: «El Maestro está aquí y te llama». Marta temía a los judíos. Jesús había hecho mucho por ella, y su corazón era tierno hacia Su seguridad y hacia Su causa. Así también conviene a todos aquellos por quienes Jesús ha hecho tanto, ser sensibles al honor de Cristo, cuidadosos de Su nombre y celosos de Su causa. Te sentirás como un miembro de Su cuerpo y que no tienes ningún interés separado de Él.
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El mensaje: «El Maestro está aquí y te llama». María estaba sentada, triste y desolada, en la pequeña casa de Betania. Habían pasado ya cuatro días desde el funeral, y aún no llegaba consuelo. El lugar de Lázaro estaba vacío; la casa se sentía desierta sin él, y Jesús no había venido. Les había enviado un mensaje: «Esta enfermedad no es para muerte»; sin embargo, Su palabra parecía rota y Su presencia ausente. María no sabía qué pensar. “¿Por qué tarda más allá del Jordán?”, se decía. “¿Se ha olvidado de tener misericordia?”. De repente, su hermana le susurra: «El Maestro está aquí y te llama». Cristo estaba cerca de la casa antes de que ella lo supiera. Así sucedió aquella mañana en el lago de Tiberíades, cuando «se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús» (Jn. 21:4); o aquella tarde, cuando los dos discípulos iban camino a Emaús y Jesús se les acercó, pero sus ojos estaban velados y no lo reconocieron. Así también vendrá la muerte al creyente en Jesús: «El Maestro está aquí y te llama». Así también vendrá Jesús a Su iglesia llorosa y desolada, y esta misma voz despertará a los muertos: «El Maestro está aquí y te llama».
b. La ida de María
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«Se levantó de prisa». Es evidente que María era la más profundamente afectada de las dos hermanas. Marta podía moverse y hablar, pero María se quedó sentada en casa. Sentía la ausencia de Cristo más intensamente que Marta; había creído Su palabra con más fuerza, y cuando esa palabra pareció fallar, su corazón casi se quebró. Ah, ¡qué dolor más profundo es cuando el sufrimiento natural y la aflicción espiritual se juntan! Las aflicciones son soportables si tenemos la sonrisa del rostro de Jehová. ¿Por qué se levanta la que llora y, secando apresuradamente sus lágrimas, con paso ansioso sale por la puerta de la cabaña? Sus amigos estaban sentados alrededor de ella, pero parece olvidarlos por completo. «El Maestro está aquí». Tal es aún la presencia del Señor Jesús para los que lloran. Consoladores miserables son todos ellos «médicos nulos». No tienen bálsamo para un espíritu herido. Miserables consoladores son todos ellos. No tienen bálsamo para un espíritu quebrantado. «El corazón conoce la amargura de su alma» (Pr. 14:10). Pero cuando el Maestro viene y nos llama, el alma revive. Hay vida en Su llamado, y Su voz habla paz: «En mí tendréis paz» (Jn. 16:33). Los dolientes deben levantarse pronto y ir a Jesús. Los que están de luto deben derramar sus penas a los pies de Cristo.
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El lugar: «Jesús aún no había entrado en la aldea». Probablemente Jesús había venido de muy lejos ese día, tal vez desde Jericó. Había caminado a pie hasta llegar al pie del monte de los Olivos y se había detenido bajo los árboles que rodeaban la aldea de Betania. No entró en el pueblo hasta haber terminado la obra por la cual había venido. Quizás tenía hambre y sed, como aquel día en que se sentó junto al pozo de Jacob y dijo: «Dame de beber» (Jn. 4:7). Pero ahora no lo menciona. Su mente estaba absorta en Su misión: resucitar a Lázaro y glorificar el nombre de Su Padre. «Yo tengo una comida que vosotros no sabéis» (Jn. 4:32). «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe Su obra» (Jn. 4:34). El deleite de Cristo en salvar a los pecadores y en hacer bien a los suyos superaba Su hambre, Su sed y Su cansancio. ¡Oh, ved qué Sumo Sacerdote pronto y dispuesto tenemos para acudir a Él! Y ved también cuál es nuestra verdadera felicidad: hacer la santa voluntad de Dios, sin poner demasiado cuidado en los consuelos corporales. Los que más se asemejan a Cristo y gozan más de Su comunión son aquellos que prefieren Su servicio al descanso o al sustento del cuerpo.
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Los judíos siguieron a María. Vimos antes que fue la bondad natural lo que los llevó a Betania; y ahora esa misma bondad los mueve a seguir a María. No podían comprender su dolor espiritual; pensaron que iba al sepulcro a llorar allí. Y sin embargo, esto fue el medio que Dios usó para conducir a algunos de ellos al lugar donde nacerían de nuevo. «Muchos de los judíos creyeron en Él». ¡Cuán maravillosos son los caminos de Dios para guiar a los hombres a Cristo! «Y guiaré a los ciegos por camino que no sabían; por sendas que no habían conocido los haré andar» (Is. 42:16). Uno es llevado por curiosidad, como Zaqueo, a escuchar a cierto predicador, y la Palabra le hiere el corazón. Otro va por cortesía hacia un amigo y regresa con el alma traspasada. Su nombre es Admirable; Sus caminos son admirables; Su gracia es admirable (Is. 9:6). Aprende, pues, que es bueno unirse a los piadosos y andar con ellos. Ellos pueden conducirte al lugar donde está Jesús.
c. El encuentro con Jesús
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La tierna humildad de María. Con paso apresurado, María recorrió el sendero pedregoso que la separaba del Señor. Jesús estaba aún en el mismo lugar donde Marta lo había encontrado, y cuando ella se acercó, Él inclinó sobre ella Su mirada compasiva. María lo vio y cayó a Sus pies. ¡Cuántos sentimientos se agolpaban en su pecho en ese momento! Se preguntaba por qué no había venido antes; para ella, eso era un misterio oscuro. Sabía que Él era su Salvador y el Hijo de Dios; sabía que la amaba, y, sin embargo, se postró a Sus pies. Se sentía una pecadora vil, digna de ser hollada; se veía como un gusano, y toda su esperanza descansaba únicamente en Jesús. Ah, hermanos, ¡qué dulce es poder ocupar el lugar de María! Los creyentes más eminentes son los más humildes. Pablo dijo: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero» (1 Ti. 1:15); y también: «A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos» (Ef. 3:8). Cuanto más cerca se lleva algo a la luz, más oscuros se ven sus defectos; así también, cuanto más cerca vivas de Dios, más verás tu propia vileza.
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María repite la queja de Marta: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». Esto demuestra que las dos hermanas habían conversado a menudo sobre la ausencia de Cristo, y que ambas habían concluido lo mismo: que si Él hubiese estado allí, Lázaro no habría muerto. Sin embargo, esta fue una expresión presuntuosa e incrédula. Quizás María la aprendió de Marta. Y así sucede con frecuencia: somos muy dados a aprender incredulidad unos de otros. La Escritura nos exhorta: «Exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy» (Hb. 3:13). Pero los creyentes, en lugar de animarse, muchas veces se desaniman mutuamente.
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La compasión de Jesús. «Cuando la vio llorando, y a los judíos que la acompañaban también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió». Aquí contemplamos Su humanidad perfecta. Su ojo afectó Su corazón. Cuando vio llorar a aquella a quien amaba tanto, a una creyente tan eminente, a una que Él había lavado y justificado, Su espíritu se turbó. Y al ver también a los judíos llorando—sus amigos meramente humanos—, gimió dentro de sí. Así también, cuando se acercó a Jerusalén y la vio, lloró sobre ella. Cuando vio a la viuda de Naín, tuvo compasión de ella. Cuando vio a las multitudes de Galilea, tuvo compasión de ellas, porque eran como ovejas sin pastor. Todo esto nos muestra que Él es perfecta humanidad. Él es hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne. Preguntó: «¿Dónde le pusisteis?». Esto también fue humano. Como Dios, Él sabía bien dónde lo habían puesto, pero quiso que ellos lo condujeran a la tumba.
«Jesús lloró». Cuando vio la cueva, la piedra, y a los amigos llorando, «Jesús lloró». Lloró porque Su corazón estaba profundamente conmovido. No fueron lágrimas fingidas; fueron reales. Él sabía que iba a resucitarlo de entre los muertos, y aun así lloró porque otros lloraban. Lloró como nuestro ejemplo, para enseñarnos a llorar unos con otros. Lloró para mostrar lo que había en Él. «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Hb. 4:15–16).