- Consuelo ante la muerte
«Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano. Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo» (Jn. 11:17–27).
a. Cristo ordena todos los acontecimientos para Su propia gloria
Un día, cuando Cristo había sanado a un hombre sordo y mudo, la multitud exclamó: «Todo lo ha hecho bien» (Mr. 7:37). Ah, ¡cuán verdadera es esta palabra acerca del Señor Jesucristo! Él es «cabeza sobre todas las cosas a la iglesia» (Ef. 1:22). Aquel que murió para redimirnos del infierno vive para hacer que todas las cosas cooperen para nuestro bien. «Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas. Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres» (Sal. 147:3–4). La misma mano que fue clavada en la cruz por nosotros hace salir a Arturo y las Pléyades, guía al sol en su jornada, y todo para bien de los suyos. Y un ejemplo extraordinario de esto lo tenemos en la escena ante nosotros.
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En el tiempo: «Halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro» (Jn. 11:17). Vimos que cuando oyó que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días en el lugar donde estaba. Luego, con calma y sin prisa, salió de los valles solitarios del monte Galaad, cruzó el Jordán y, al cuarto día, llegó al pueblo de Betania. Los sombríos barrancos del monte de los Olivos tenían un aire de tristeza. El pueblo estaba en silencio, y quizás junto a la puerta de la casa de Lázaro un grupo de dolientes se sentaba en el suelo. Jesús y los discípulos se detuvieron a cierta distancia, como si no quisieran irrumpir en aquella escena de profundo dolor. Un aldeano que pasaba les informa que Lázaro está muerto, y que hace ya cuatro días yace en el frío sepulcro de roca. Los discípulos se miraron unos a otros asombrados. ¡Cuatro días muerto! ¿Por qué se detuvo nuestro Maestro? ¿Por qué perdimos dos días al otro lado del Jordán? Las hermanas también pensaban que Jesús había llegado demasiado tarde: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». Los judíos también se preguntaban lo mismo. Sin embargo, Jesús llegó en el momento justo. Si hubiese venido más tarde, la emoción habría pasado y la muerte de Lázaro habría sido olvidada en el torbellino de la vida. ¡Qué pronto olvidamos a los muertos! Y si hubiese venido antes, la muerte de Lázaro no habría sido conocida. Él vino a su debido tiempo. Cristo ordena todas las cosas para Su gloria. Verdaderamente todo lo hace bien.
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En el lugar: «Betania estaba cerca de Jerusalén». El lugar de este prodigio de gracia también fue escogido con sabiduría infinita. Betania era una aldea retirada, en un sitio sombreado y tranquilo, completamente apartada del bullicio y del ruido de la ciudad, de modo que hubo espacio para que Cristo manifestara esas tiernas emociones de compasión y amor—llorando y gimiendo— que no habría podido expresar en medio del tumulto urbano. Y sin embargo, Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos quince estadios (aproximadamente dos millas), de modo que muchos judíos estuvieron presentes como testigos, y la noticia del milagro se difundió en pocas horas por toda la capital y Judea. Si hubiera sucedido en un rincón escondido, los hombres lo habrían ridiculizado o negado. Pero ocurrió a menos de media hora de Jerusalén, para que todos pudieran comprobar su veracidad. Cristo elige sabiamente el lugar donde realiza Sus maravillas—todo para manifestar Su glorioso nombre. Escoge el sitio donde romper el alabastro, de modo que el perfume se esparza más ampliamente.
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En los testigos: «Muchos de los judíos». De los versículos 45–46 aprendemos que aquella compañía distaba mucho de ser toda amiga de Cristo. Quizás no habrían ido si hubiesen sabido que Él estaría allí. Pero eran amigos de Marta y de María, y aunque no simpatizaban con su seriedad espiritual, en la hora de la aflicción no pudieron dejar de visitarlas para ofrecerles el consuelo que podían dar. Así es el modo del mundo. Todavía queda algo de bondad natural en el corazón incluso de los hombres mundanos. Cristo lo sabía, y por eso eligió precisamente ese momento para llegar. ¡Ah, amigos!, Él hace todas las cosas bien. A menudo te preguntas, a menudo murmuras, acerca del camino por el cual te conduce. Aprende que, si eres Suyo, Él hará que todas las cosas cooperen para tu bien y para Su gloria. Aprende, pues, a confiar en Él en la oscuridad, bajo los rostros más severos de la providencia, en las demoras más dolorosas. Aprende a esperar en Él. «Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová» (Lm. 3:26). Él es bueno para el alma que en Él espera.
b. El creyente débil
Jesús y Sus discípulos se habían detenido un poco antes de entrar al pueblo, bajo la sombra de los árboles, pero pronto llegó a oídos de Marta la noticia de que el Salvador había venido. Ella se apresuró a salir a Su encuentro. ¡Ah, quién podría describir el amor y la compasión que debieron reflejarse en Sus ojos, la santa calma en Su frente, la ternura en Sus labios! Él era «la rosa de Sarón y el lirio de los valles» (Cnt. 2:1). Y, sin embargo, Marta no se contiene ante Su presencia. Estalla en este grito apasionado: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto».
Observe,
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Su presunción. «Si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». ¿Y cómo lo sabía ella? ¿Sobre qué promesa se basaba tal expectativa? Dios ha prometido que los suyos no carecerán de pan, ni de bien alguno; que suplirá todas sus necesidades; que nunca perecerán; que estará con ellos en la angustia. Pero en ningún lugar ha prometido que no morirán. Por el contrario: «Israel ha de morir» (Gn. 47:29). David ora: «Hazme saber mi fin, y cuánta sea la medida de mis días» (Sal. 39:4). Y Job confiesa: «No he de vivir para siempre» (Job 7:16).
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Su manera de limitar a Cristo: «Si hubieses estado aquí». ¿Por qué así? ¿Acaso Dios es solo «un Dios de cerca y no un Dios de lejos?» (Jer. 23:23). «¿Se ha acortado en algo mi mano para redimir?» (Is. 50:2). Marta olvidó al centurión de Capernaum que dijo: «No soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra» (Mt. 8:8). Olvidó al hijo del noble en Capernaum: «Señor, desciende antes que mi hijo muera». Y Jesús le respondió: «Ve, tu hijo vive» (Jn. 4:50). Su dolor y angustia le impidieron recordar serenamente las obras y el poder de Jesús.
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Su incredulidad: «Pero también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará». Esto era fe, y a la vez incredulidad. Creía algo, pero no todo acerca de Jesús. Creía en Él como intercesor, pero no como el que tiene todas las cosas en Sus manos, el que es el Señor de todo, «cabeza sobre todo a la iglesia» (Ef. 1:22). Su pena, su confusión y su oscuridad espiritual le velaban muchas verdades.
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Y, sin embargo, vino a Jesús. Aunque dolida, no se ofendió. No se quedó lejos. Derramó todo su dolor, su oscuridad y su queja en el seno de Jesús. Ésta es la imagen exacta de un creyente débil: mucho de naturaleza y poco de gracia, muchas dudas acerca del amor y del poder de Cristo, pero llevando todas las quejas solo a Él. Marta no fue a los judíos a contar su pena. Tampoco fue a los discípulos. Fue a Jesús mismo.
Aprende que el tiempo de aflicción es tiempo de prueba. La aflicción es como el horno: revela la escoria tanto como el oro. Si todo hubiera seguido bien en Betania, Marta y María nunca habrían conocido su pecado y debilidad. Pero ahora, el horno las expuso.
Aprende a guardarte de la incredulidad. Guárdate de la presunción, inventando promesas que Dios nunca ha dado. Guárdate de prescribirle a Cristo el modo en que debe obrar, limitando Su poder. Guárdate de la incredulidad parcial, creyendo solo una parte del testimonio de Dios. «Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho» (Lc. 24:25). Recuerda: Sea cual sea tu oscuridad, lleva tu queja a Jesús mismo.
c. Jesús se revela a Sí mismo
Ningún rasgo del rostro de Cristo se alteró ante el grito apasionado de Marta. No se enojó ni se apartó, sino que le reveló más de Sí mismo que nunca antes. «Tu hermano resucitará». La consuela asegurándole que su hermano volverá a vivir, y luego la guía a comprender que la fuente y el poder de esa resurrección están en Él mismo. En esta escena, Cristo manifiesta dos verdades sobre Su propia persona.
- Yo soy la resurrección. «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». Aquí Cristo se revela como la Cabeza de todos los creyentes que han muerto. 1.) Lo que Él es: “Yo soy el autor y la fuente de toda resurrección. La fuente de la vida resucitada está en Mis manos. Es Mi voz la que llamará del polvo a todos Mis santos que han dormido; es Mi mano la que reunirá su polvo y lo transformará conforme a Mi cuerpo glorioso. Todo esto es Mío. Por Mi mandato fue trasladado Enoc; Yo mismo arrebaté a Elías. También levantaré a las miríadas de creyentes dormidos. ¿Crees esto? ¿Crees que Aquel que tantas veces se sentó bajo tu higuera, en tu casa, a tu mesa, Él mismo es la resurrección?”. 2.) La certeza de que todos los creyentes muertos vivirán: «El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». “Si Yo soy la resurrección, ciertamente levantaré a todos por quienes morí. No perderé a ninguno de ellos”.
He aquí consuelo para los que, como Marta, lloran por los creyentes que han muerto: «Tu hermano resucitará». Jesús, quien murió por ellos, es la resurrección. Esa gran obra de reunir y levantar su polvo es tarea confiada a Jesús: «Serán para mí especial tesoro… en el día en que yo actúe» (Mal. 3:17). ¡Oh, qué consuelo indecible será ser levantado del sepulcro por Jesús mismo! Si fuera la voz de un ángel, podríamos desear quedarnos dormidos; pero cuando sea la voz de nuestro Amado, ¡con cuánta alegría nos levantaremos!
Dulce pensamiento para mí:
me levantaré,
y con estos ojos
a mi Salvador veré.
¡Oh, qué terror indescriptible causará a los que no son de Cristo oír la voz de Jesús rompiendo el largo silencio de la tumba!
- Yo soy la vida: «El que vive y cree en mí, no morirá eternamente». Aquí Cristo se revela como la Cabeza de todos los creyentes vivos. 1.) Dirige sus ojos hacia Él mismo: «Yo soy la vida». Este nombre se aplica frecuentemente al Señor Jesús: «En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Jn. 1:4). «porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó» (1 Jn. 1:2). «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria» (Col. 3:4). Por eso Él dice: «Y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (Jn. 5:40). “En Mi mano está la fuente de toda vida: natural, espiritual y eterna. Todo lo que vive obtiene su vida de Mí. Cada alma viviente, cada gota de agua viva, fluye de Mi mano. Yo comienzo, Yo sostengo, Yo doy vida eterna”. 2.) La consecuencia dichosa para todos los creyentes vivos: «No morirán jamás». Su vida no sufre interrupción alguna con la muerte del cuerpo. La muerte no tiene poder para apagar la llama vital del alma creyente. “Si Yo soy la vida, guardaré a los Míos aun en el valle de sombra de muerte. Jamás perecerán”. «¿Crees esto?».
Consuelo para quienes, como Marta, tiemblan ante la muerte He aquí consuelo para vosotros que, como Marta, os estremecéis ante la muerte. Ah, ¡qué espectáculo tan sobrecogedor es cuando llega!: el terror de los reyes y el rey de los terrores. Hay algo espantoso en los rasgos inmóviles, los labios silenciosos, los ojos vidriosos, la mano fría que ya no responde a nuestra tierna presión, sino que más bien nos hiela la sangre. “Ah”, dices, “¿hemos de morir todos así? ¿Dónde está ahora el evangelio?”. Respuesta: Jesús es la vida, la fuente de la vida eterna para todos los suyos. Cree esto, y triunfarás sobre la tumba.
d. La confesión de Marta
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Cuándo brotó su fe. Cuando el viento del sur sopla suavemente sobre un lecho de especias, hace que las fragancias se derramen. Así también, cuando Jesús sopló sobre el corazón de esta creyente diciendo: «Yo soy la resurrección y la vida», de su alma brotó esta dulce confesión: «Sí, Señor, yo he creído». Esto muestra cómo la fe y el amor nacen en el corazón. Algunos de vosotros buscáis la fe como quien cava un pozo: volvéis la mirada hacia vuestro interior, y escarbáis entre los abismos de vuestro corazón contaminado tratando de hallar allí la fe; rebuscáis entre vuestros sentimientos en los sermones y sacramentos para ver si está allí; y solo encontráis pecado y desengaño. Aprended del método de Marta. Ella miró de lleno el rostro de Jesús: vio Sus pies polvorientos, Su manto manchado, y en Su mirada una ternura más que humana. Bebió Sus palabras: «Yo soy la resurrección y la vida». Y, a pesar de todo lo que veía y de todo lo que sentía, no pudo menos que creer. La revelación que Jesús hizo de Su amor y de Su poder—como Cabeza de los creyentes muertos y Cabeza de los creyentes vivos—reanimó su alma desfallecida, y exclamó: «Sí, Señor, yo he creído». Porque la fe viene por oír la voz de Jesús.
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En qué descansó su fe: Su fe se apoyó en la persona de Jesús. Probablemente Marta no comprendió plenamente todo lo que implicaban las palabras del Señor. Entendió algo, pero mucho le quedó oculto. Sin embargo, en una cosa se afirmó: que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Así debéis hacer vosotros, hermanos, cuando se os revelan promesas gloriosas cuyo significado pleno no podéis entender. Abrazad a Jesús, y lo tendréis todo. «Porque todas las promesas de Dios son en Él sí, y en Él amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios» (2 Co. 1:20). No podéis comprender mucho, pero «aún no se ha manifestado lo que hemos de ser» (1 Jn. 3:2). Tomad a Cristo entero en los brazos de vuestra fe, y decid con Marta: «Sí, Señor: yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo».