1. La muerte de Lázaro

«Dicho esto, les dijo después: Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle. Dijeron entonces sus discípulos: Señor, si duerme, sanará. Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño. Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto. Y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él. Dijo entonces Tomás, llamado Dídimo, a sus condiscípulos: Vamos también nosotros, para que muramos con él» (Jn 11:11–16).

a. El amor de Cristo por un Lázaro muerto

  1. Lo llama «amigo». Un incrédulo célebre solía decir que ni el patriotismo ni la amistad eran enseñados en la Biblia. Con ello solo demostró que no la conocía ni la entendía. ¡Cuán diferente es el sentimiento del poeta cristiano que dijo:

La amistad más noble que jamás se ha mostrado,

la historia del Salvador la ha revelado.

Ah, ¡qué verdad asombrosa!, que Jehová-Jesús vino a hacerse amigo de gusanos como nosotros. La verdadera amistad consiste en confianza mutua y sacrificios mutuos.

Así trató Dios a Enoc: «Caminó, pues, Enoc con Dios… trescientos años» (Gn. 5:22). Enoc lo contaba todo a Dios, y Dios lo contaba todo a Enoc. ¡Bendita amistad entre Jehová y un gusano! Así trató Dios a Abraham. Tres veces en la Biblia se le llama «amigo de Dios» (2 Cr. 20:7; Is. 41:8; Stg. 2:23). «Despertó del oriente al justo, lo llamó para que le siguiese» (Is. 41:2). El Dios de gloria apareció a Abraham, y dijo: «¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?» (Gn. 18:17). Así también trató Dios a Moisés: «Y hablaba Jehová a Moisés cara a cara, como habla cualquiera a su amigo… Y [Dios] dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso» (Éx. 33:11, 14). «Y cuando entraba Moisés delante de Jehová para hablar con Él, se quitaba el velo» (Éx. 34:34). De igual modo trató Cristo a sus discípulos. Aunque era el santo Cordero de Dios, dijo: «Ya no os llamaré siervos; porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer» (Jn. 15:15). Los admitió a la comunión más íntima: uno recostó su cabeza sobre su pecho en la cena, y otra ungió sus pies con perfume. Les reveló todo lo que había oído en el seno de su Padre, todo lo que podían soportar de la gloria y del amor del Padre. Así trató también a Lázaro: «Nuestro amigo Lázaro». Seguramente muchas veces se sentaron bajo la sombra de la higuera en la cabaña de Betania, mientras Cristo les abría las glorias del mundo eterno.

Esto mismo es lo que tú eres invitado a hacer, querido amigo: a ser amigo de Jesús. Cuando los hombres eligen amigos, suelen escoger a los ricos, a los sabios o a los ingeniosos. Invitan a aquellos que les devolverán la invitación. No así Cristo. Él elige a los pobres, a los necios, a los niños; y los hace Sus amigos—a aquellos de quienes el mundo se avergüenza. El mundo cambia de amigos. En el mundo, si un amigo rico empobrece, si es sorprendido por una ruina repentina y cae en la más profunda miseria, los amigos—como mariposas bajo la lluvia—vuelan rápidamente a refugiarse. Te miran fríamente, como si no te conocieran. Pero no así Jesús, el «amigo más unido que un hermano» (Pr. 18:24). Un verdadero amigo no oculta nada de aquello que conviene al otro saber. Tampoco lo hace Cristo: «¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer?» (Gn. 18:17).

  1. Aun estando muerto: «Nuestro amigo Lázaro». Pocas personas recuerdan a los muertos. Son «como un viento que pasa, y no vuelve» (Sal. 78:39). El lugar que los conoció, no los conocerá más para siempre. En algunos países donde he estado hay inmensos cementerios donde antes hubo ciudades, pero donde hoy no queda un solo ser viviente. No hay quien recuerde su nombre ni quien derrame una lágrima por su memoria. Aun entre vosotros, ¡qué pronto se olvidan los muertos! Aunque los amasteis mucho en vida— «amados y queridos; inseparables en su vida» (2 S. 1:23)—cuando están fuera de la vista, pronto están fuera de la mente. Pero los muertos de Cristo nunca son olvidados. Hay un Hermano fiel que guarda en memoria el polvo dormido de todos sus hermanos y hermanas. La muerte no puede separarnos de Su amor. La muerte no nos borra del pectoral de Su sacerdocio. «Nuestro amigo Lázaro duerme».

Ah, amigos míos, esto es quitarle el aguijón a la muerte. Sin duda, el mundo te olvidará. Si perteneces a Cristo, el mundo nunca te amó, y se alegrará cuando te hayas ido. Los “sermones vivientes” no son gratos a los ojos del mundo; se alegrará cuando estés bajo el suelo. Aun los creyentes te olvidarán, pues el hombre es frágil y su memoria se desvanece. Pero Cristo jamás te olvidará. Aquel que dijo: «Mi testigo fiel Antipas», cuando todo el mundo lo había olvidado, recuerda a todos sus santos dormidos y los traerá consigo.

b. El error

En el capítulo anterior vimos un espécimen del egoísmo de los discípulos; aquí, de su necedad. Eran discípulos amados, que lo habían dejado todo para seguir a Cristo; creían sinceramente en Su palabra y amaban Su persona. Y, sin embargo, ¡cuánta ceguera permanecía en su entendimiento! «Señor, si duerme, sanará» (Jn. 11:12).

Dormir era la expresión común para la muerte de los santos en el Antiguo Testamento. Así dijo Dios a Moisés: «He aquí que tú vas a dormir con tus padres» (Dt. 31:16). Y a Daniel: «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados» (Dn. 12:2). A David: «Tú dormirás con tus padres» (2 S. 7:12). «Ahora dormiré en el polvo» (Job 7:21). «No sea que duerma de muerte» (Sal. 13:3). ¡Seguramente, si hubieran reflexionado un poco, habrían hallado el sentido!

No te sorprendas cuando los discípulos malinterpretan las palabras de Cristo. Ya lo han hecho antes y pueden hacerlo de nuevo. Todo hombre gracioso [piadoso] no es un hombre infalible. Aprende a escudriñar pacientemente el sentido de Sus palabras, comparando Escritura con Escritura, y acudiendo especialmente a Él por luz. Cuando lees en un cuarto oscuro y llegas a un pasaje difícil, lo llevas a la ventana para tener más luz. Así también lleva tu Biblia a Cristo.

¿Cuál fue la causa de su error? Respuesta: el temor. No querían volver a Judea. Temían ser apedreados. Vieron que su Maestro estaba resuelto a ir, y querían disuadirlo. Malinterpretaron Sus palabras por la aversión de su corazón a Su voluntad. Ésta es la gran causa de toda ceguera en las cosas divinas: «Por la dureza de su corazón» (Ef. 4:18). «Si alguno quiere hacer su voluntad, conocerá si la doctrina es de Dios» (Jn. 7:17).

La razón por la cual muchos de vosotros no entendéis vuestra condición perdida no es porque no se enseñe en la Biblia, ni porque las palabras sean difíciles (pues la Biblia es un libro claro y sencillo), sino porque no queréis ser convencidos de pecado. No queréis que se destruyan vuestras dulces ilusiones acerca de vuestra bondad y seguridad. La razón por la cual muchos no entienden el camino del perdón es porque no les agrada. El corazón es adverso al camino de Dios. No soportan que toda su justicia sea tenida por trapos inmundos y depender enteramente de la justicia de Otro. La razón por la cual muchos santos no ven claro su deber es porque no aman ese deber. Quieren tener su propio camino, y no pueden entender las Escrituras que lo contradicen. Así sucedió con los apóstoles. Y así sucede frecuentemente en decisiones como el matrimonio o la elección de un empleo1. Cuando un deseo fuerte se forma en el corazón, ciega la mente a la Palabra de Dios. ¡Oh, ruega por un corazón puro, para que seas lleno del conocimiento de Su voluntad y andes digno del Señor, agradándole en todo!

c. La explicación

Cristo aquí explica dos cosas: (1) sus palabras y (2) su ausencia.

  1. Jesús dijo claramente: «¡Lázaro ha muerto!». Sus discípulos habían mostrado gran egoísmo, gran ceguera de corazón y mucha torpeza; sin embargo, Él no se enojó, ni los rechazó. Solo dijo claramente: «Lázaro ha muerto». Cuando les enseñaba muchas cosas, les preguntó: «¿Habéis entendido todas estas cosas?» (Mt. 13:51). En otra ocasión, cuando les hablaba de la casa del Padre, Tomás dijo: «Señor, no sabemos a dónde vas» (Jn. 14:5). Y con la misma admirable paciencia y mansedumbre, Él respondió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» (Jn. 14:6). Cristo «puede compadecerse de los ignorantes y extraviados» (Hb. 5:2). Tal vez algunos de vosotros os sentís muertos e ignorantes. No debéis apartaros de Cristo por ello. Llevad vuestros ojos ciegos a Él, para que os dé vista. Él quiere que entendáis Su camino y Su voluntad.

  2. Explica su ausencia: «Me alegro… de no haber estado allí» (Jn. 11:15). En el corazón de los discípulos surgiría de inmediato la objeción: “Si Lázaro ha muerto, ¿por qué nuestro Maestro se quedó dos días?”. Por eso Él aclara que fue por causa de ellos. Si Cristo hubiera estado allí, se habría sentido movido a sanar a Lázaro. No habría podido permanecer en la cabaña de Betania, mirar el rostro moribundo de su amigo, ver las lágrimas silenciosas de María y oír las súplicas de Marta sin concederles su ruego. Por eso dijo: «Me alegro de no haber estado allí». Aprended aquí el asombroso amor de Cristo por los suyos. Él no puede negarles su oración. Cuando Moisés intercedía por Israel, Dios dijo: «Déjame» (Éx. 32:10); es decir, no puedo destruirlos mientras intercedes por ellos. A Jeremías, en cambio, le dijo: «No ores por este pueblo» (Jer. 14:11). Y cuando Dios quiere ejecutar juicio, impide que Sus santos oren, porque sabe que su súplica lo detendría. Así también Jesús se mantuvo lejos de Betania para no ser vencido por la oración de aquellas hermanas. ¡La mano levantada de una María creyente es demasiado poderosa para que Jesús la resista! El ojo lloroso de un creyente ferviente es «imponente como ejércitos en orden» (Cnt. 6:4). «Aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron» (Cnt. 6:5).

¿Y por qué no estuvo allí? «Por causa de vosotros… para que creáis» (Jn. 11:15). En el capítulo anterior vimos que Él se demoró por causa de los moradores de Betania. Aquí añade otra razón: “Por causa vuestra”. «Porque todas estas cosas padecemos por amor a vosotros» (2 Co. 4:15). Por causa de los creyentes fue creado este mundo. El sol gobierna el día, y la luna la noche. Cada estrella que brilla en el firmamento fue hecha para ellos. Todo se conserva en existencia por causa vuestra. Los vientos soplan y cesan, las olas rugen y se aquietan, las estaciones giran, siembra y cosecha, día y noche, todo por causa vuestra. Los reinos suben y caen para salvar al pueblo de Dios. Las naciones son Su vara, Su sierra y Su hacha, con las cuales abre camino al carro del evangelio eterno, así como los cortadores de Hiram en el Líbano y los gabaonitas que acarreaban agua trabajaban en la edificación del templo de Dios. Los enemigos de la iglesia son solo una vara en la mano del Señor: Él cumplirá Su propósito con ellos, y luego romperá la vara en dos y la echará al fuego. Especialmente las providencias que tocan a las familias creyentes son “por causa vuestra”. Cuando Cristo trata con una familia creyente, tú podrías decir: “Eso no me concierne; ¿qué tengo yo que ver con eso?”. ¡Ah!, si eres del mundo, verdaderamente no tienes parte ni suerte en ello; pero si eres de Cristo, es por causa tuya, para que creas. Las maneras de Cristo con las familias creyentes son muy instructivas—sus aflicciones, sus consuelos, sus silencios y sus respuestas.

Aprended a sobrellevar las cargas los unos de los otros, a ver más la mano de Cristo entre vosotros, para que creáis.

No hay planta en el suelo que crezca,

que Su gloria no manifieste;

las órdenes de Su trono

truenos y tempestades obedecen.

d. El discípulo celoso

¿Qué voz es esa? Es la de Tomás, el incrédulo Tomás.

  1. Verdadero amor a Cristo. Él vio que Cristo estaba determinado a ir. Vio el peligro, contó el costo y dijo: «Bien, vayamos también nosotros». ¡Qué extraño que seguir al Cordero de Dios pueda poner en riesgo la vida misma! Y, sin embargo, así ha sido en muchas edades de la iglesia: «Vendrá tiempo cuando cualquiera que os mate pensará que rinde servicio a Dios» (Jn. 16:2). ¡Cuánta nube de testigos ha visto Escocia diciendo, como Tomás: «Vayamos también nosotros, para que muramos con Él»! Ah, no conocemos el valor de Cristo si no estamos dispuestos a aferrarnos a Él hasta la muerte.

  2. Verdadero celo por los demás: «Vayamos». No dice como Pedro: “Estoy dispuesto a ir contigo”, sino «vayamos». Siempre que vemos claramente el camino del deber, debemos invitar a otros a acompañarnos. No basta con que el creyente ande solo en el buen camino; debe decir: «Vayamos». Así Israel: «Venid, y juntémonos a Jehová» (Jer. 50:5). Así Moisés a Hobab: «Ven con nosotros» (Nm. 10:29). Así los gentiles convertidos: «Casa de Jacob, venid, y caminemos a la luz de Jehová» (Is. 2:5). El cristiano debe ser como un río que fertiliza mientras corre, llevando consigo a otros—barcas y todo lo que flota sobre su seno—hasta el océano.

Sin embargo, el pecado se mezcla con todo. Jesús no había hablado de morir; al contrario, había hablado de no tropezar. Pero Tomás estaba lleno de incredulidad y de temor; no atendió a la palabra de Cristo. Aprendamos cuánta debilidad y pecado se mezclan con nuestro amor y celo, y cuánta infinita necesidad tenemos de Aquel que lleva la iniquidad de nuestras cosas santas.

Footnotes

  1. empleo – encontrar un oficio y/o un empleador adecuado