1. La enfermedad de Lázaro

«Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta su hermana. (María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con sus cabellos). Enviaron, pues, las hermanas a decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo. Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn. 11:1-4).

«El hombre nace para la aflicción, como las chispas se levantan para volar» (Job 5:7). La enfermedad recorre el mundo—no perdona a ninguna familia, sea rica o pobre. A veces toca a los jóvenes, a veces a los ancianos, y en ocasiones a los que están en la plenitud de sus días y los hace yacer en el lecho de enfermedad. «Acordaos…de los presos, como si estuvierais presos con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo» (Hb. 13:3).

Las razones por las cuales Dios envía enfermedad son varias:

  1. En algunos, es enviada para la conversión del alma. A veces, en la salud, la Palabra no toca el corazón. El mundo lo es todo. Sus diversiones, sus placeres, sus halagos cautivan tu mente. Dios a veces te aparta en un lecho de enfermedad y te muestra el pecado de tu corazón, la vanidad de los placeres mundanos, y provoca la dolencia del alma que la conduce a Jesús (Job 33; Sal. 107).

  2. Otras veces, para la conversión de los amigos. Cuando los Covenanters salían a la batalla, se arrodillaban en el campo y oraban, y una de sus oraciones era: “Señor, toma a los maduros y perdona a los verdes”. Dios a veces hace esto en las familias: corta al hijo que ora, al que era medio ridiculizado, medio admirado, para que los demás piensen, se vuelvan y oren.

  3. En ocasiones, como un gesto de juicio. Cuando los mundanos perseveran en un camino de pecado, contra la luz de la Escritura y las advertencias de los ministros, Dios a veces les frunce el ceño y se marchitan de repente. «El que reprendido muchas veces endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina» (Pr. 29:1). «Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen» (1 Co. 11:30).

  4. Y otro caso es el que tenemos delante: el de un hijo de Dios enfermo, para que Cristo sea glorificado en él.

a. El caso: la persona

«Estaba entonces enfermo uno llamado Lázaro» (v. 1).

Lázaro era evidentemente un hijo de Dios, y aun así, Lázaro estaba enfermo. No se nos dice cómo llegó a la gracia. Su nombre no es mencionado antes. Si se nos permite conjeturar, parece probable que María fue la primera de la familia en conocer al Señor (Lc 10); después quizá Marta dejó su “mucho afán” (Lc 10:40) para venir también y sentarse a los pies de Jesús; y ambas persuadieron a su hermano Lázaro para que viniera también. En todo caso, era un hijo de Dios. Pertenecía a una familia piadosa. Toda la casa era de hijos de Dios—uno en naturaleza y uno en gracia. ¡Dichosa familia en Betania, caminando de la mano hacia la gloria! Sin embargo, allí entró la mano de la enfermedad: Lázaro estaba enfermo. Era particularmente amado por Cristo: «El que amas está enfermo…Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn. 11:3, 5). «Nuestro amigo Lázaro duerme» (v. 11). Como Juan, el discípulo amado, así también Jesús tenía un amor especial por Lázaro. No puedo deciros por qué. Era un pecador como los demás hombres; pero quizá cuando Jesús lo lavó y lo renovó, le dio más de su propia semejanza que a otros creyentes. Una cosa es cierta: Jesús lo amaba, y aun así, Lázaro estaba enfermo.

  1. No aprendas a juzgar a otros por causa de la aflicción. Los tres amigos de Job intentaron demostrarle que debía ser un hipócrita y un hombre malo porque Dios lo afligía. Ellos no sabían que Dios aflige también a Sus propios hijos amados. Lázaro estaba enfermo; y aquel mendigo Lázaro estaba lleno de llagas; y Ezequías estuvo enfermo hasta la muerte; y sin embargo, todos ellos eran particularmente amados de Jesús.

  2. Los hijos de Dios no deben dudar de Su amor cuando Él los aflige. Cristo amaba de manera especial a Lázaro, y sin embargo lo afligió muy duramente. Un cirujano nunca fija su mirada con tanto afecto en su paciente como cuando introduce el bisturí o sonda la herida hasta el fondo. Así también Cristo: Él posa Su mirada con mayor ternura sobre los suyos en el momento en que los aflige. No dudes del santo amor de Jesús hacia tu alma cuando Él pone sobre ti una mano pesada. Jesús no amaba menos a Lázaro cuando lo afligió, sino más bien—«como el padre al hijo a quien ama» (Pr. 3:12). Un orfebre, cuando arroja oro al horno, lo vigila atentamente.

b. El lugar: Betania

«De Betania, la aldea de María y de Marta su hermana» (v. 1).

Betania es una dulce y retirada aldea, a unas dos millas de Jerusalén, en un valle a espaldas del monte de los Olivos. Hasta el día de hoy está rodeada de higueras, almendros y granados. Pero tenía una hermosura mayor aún a los ojos de Cristo: era la aldea de María y Marta. Probablemente los mundanos de Jerusalén conocían a Betania como el lugar de algún fariseo rico que tenía allí su villa de descanso, o de algún noble lujoso que había puesto su nombre sobre aquellas tierras; pero Jesús la conocía solamente como «la aldea de María y de su hermana Marta». Quizá ellas vivían en una humilde casita, bajo la sombra de una higuera; pero aquella casita era preciosa para Cristo. Muchas veces, cuando venía por el monte de los Olivos y se acercaba, la luz de aquella ventana alegraba Su corazón. Muchas veces se sentó bajo su higuera, contándoles las cosas del reino de Dios. Su Padre amaba aquella morada, porque allí habitaban justificados. Y los ángeles la conocían bien, pues día y noche ministraban allí a tres herederos de salvación. No es de extrañar que Él llamara al lugar «la aldea de María y de su hermana Marta». Ese era su nombre en el cielo.

Y así lo es todavía. Cuando los mundanos piensan en nuestro pueblo, lo llaman el pueblo de algún rico comerciante —de algún líder en los asuntos públicos —o de algún gran político que hace ostentación de ser amigo del pueblo; pero no lo llaman el pueblo de nuestras Martas y Marías. Quizás algún pobre altillo donde vive un eminente hijo de Dios es lo que da a esta ciudad su verdadero nombre y su interés ante la presencia de Jesús.

Queridos creyentes, ¡cuán grande es el amor de Cristo hacia vosotros! Él conoce el pueblo donde vivís, la casa donde habitáis, la habitación donde oráis. Muchas veces se detiene a la puerta. Muchas veces pone Su mano en el cerrojo de la puerta. «He aquí que en las palmas te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros» (Is. 49:16). Como un esposo que ama el lugar donde mora su esposa, así Cristo dice muchas veces: “Allí habitan aquellos por quienes morí”. Aprende tú también a ser como Cristo en esto. Cuando un comerciante mira un mapa del mundo, sus ojos se dirigen a aquellos lugares donde navegan sus barcos. Cuando un soldado [mira el mapa del mundo], dirige su atención a los rastros de los campos de batalla antiguos y de las ciudades fortificadas. Pero un creyente debe ser como Jesús: debe amar los lugares donde habitan los creyentes.

c. El mensaje

  1. Ellas «enviaron a decirle». Esta parece haber sido su primera reacción cuando la enfermedad comenzó. Sus hermanas enviaron a Jesús. No pensaron que una aflicción corporal estuviera por debajo de Su interés. Es cierto que Él les había enseñado que «una sola cosa es necesaria» (Lc. 10:42), y María había escogido la buena parte que no le sería quitada; pero ellas sabían bien que Jesús no despreciaba el cuerpo. Sabían que Él tenía un corazón que sangraba por toda clase de dolor; y por eso enviaron a avisar a Jesús. Esto mismo debes hacer tú: «Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás» (Sal. 50:15). Recuerda: no hay pesar demasiado grande para llevarle, ni demasiado pequeño. «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Fil. 4:6). «Echa sobre Jehová tu carga» (Sal. 55:22). Sea lo que sea, llévalo a Jesús. Algunos confían a Cristo su alma, pero no su cuerpo—su salvación, pero no su salud. A Él le encanta ser buscado aun en nuestras más pequeñas dificultades.

2. El argumento: «Aquel a quien amas está enfermo». Si un mundano hubiera enviado a Cristo, habría presentado un argumento muy distinto. Habría dicho: “El que te ama está enfermo. He aquí uno que ha creído en tu nombre. Aquí hay uno que te ha confesado delante del mundo—sufrido oprobio y escarnio por tu causa”. Marta y María sabían mejor cómo rogar a Jesús. El único argumento estaba en el corazón de Jesús: «Aquel a quien amas está enfermo». 1) Lo amaba con un amor electivo. Libremente, desde la eternidad, Jesús lo amó. 2) Con un amor que atrae. Lo sacó de bajo la ira, de servir al pecado. 3) Con un amor perdonador. Lo atrajo hacia Sí mismo y borró todos sus pecados. 4) Con un amor sustentador. “¿Quién podría sostenerme sino Tú?”. Aquel por quien Tú moriste—aquel a quien Tú elegiste, lavaste y guardaste hasta ahora— «Aquel a quien amas está enfermo».

Aprended así a rogar a Cristo, queridos creyentes. Muchas veces no recibís porque no pedís bien. «Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (Stg. 4:3). Muchas veces pedís con orgullo, como si fuerais alguien; de modo que si Cristo os concediera la petición, no haría sino halagar vuestras concupiscencias. Aprended a yacer en el polvo y a rogar únicamente apelando a Su amor libre. Tú me has amado sin hallar bien alguno en mí:

Escogido, no por mérito en mí;

Despertado del juicio para huir;

Escondido en el costado del Salvador;

Santificado por el Espíritu Consolador.

No niegues tu amor. «No desampares la obra de tus manos».

  1. Un santo recato en la oración. Ellas ponen el objeto a Sus pies y lo dejan allí. No dicen: “Ven y sánalo; ven pronto, Señor”. Ellas conocen Su amor. Creen en Su sabiduría. Dejan el caso en Sus manos: «Señor, he aquí el que amas está enfermo». «y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó» (Mt. 15:30). No intercedieron con muchos argumentos, sino que dejaron que su miseria intercediera por ellas. «Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios» (Fil. 4:6).

Aprende que la urgencia en la oración no consiste tanto en suplicar vehementemente como en creer vehementemente. El que más cree en el amor y el poder de Jesús es quien más obtiene en la oración. En verdad, la Biblia no prohíbe usar todos los argumentos ni pedir dones concretos, como la sanidad de los amigos enfermos: «Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá» (Mr. 5:23). «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará» (Mt. 8:8). Sin embargo, hay un santo recato en la oración que algunos creyentes saben usar. Como estas dos hermanas, pon el objeto a Sus pies diciendo: «Señor, he aquí el que amas está enfermo».

d. La respuesta

  1. Una palabra de promesa: «Esta enfermedad no es para muerte». Esta fue una respuesta inmediata a la oración. No vino; no sanó. Pero les envió una palabra suficiente para hacerlas felices: «Esta enfermedad no es para muerte». El mensajero salió corriendo, cruzó el Jordán, y quizá antes de la puesta del sol entraba jadeante en la aldea de Betania. ¡Buenas nuevas! «Esta enfermedad no es para muerte». ¡Dulce promesa! Los corazones de las hermanas se consuelan, y sin duda le comunican su gozo al moribundo. Pero él se debilita más y más; y mientras ellas miran, a través de sus lágrimas, su rostro pálido, comienzan casi a vacilar en su fe. Pero Jesús lo había dicho, y Jesús no puede mentir. Si no fuese así, nos lo habría dicho. «Esta enfermedad no es para muerte». Finalmente, Lázaro exhala su último suspiro junto a sus hermanas que lloran. Su ojo se apaga, su mejilla se enfría: está muerto. Y, sin embargo, Jesús había dicho: «No es para muerte». Los amigos se reúnen para llevar el cuerpo al sepulcro de roca; y cuando las hermanas se apartan de la tumba, su fe muere. Sus corazones se hunden en una profunda oscuridad. ¿Qué podía querer decir al afirmar: «no es para muerte»?

Aprende a confiar en la Palabra de Cristo, sea lo que fuere que los sentidos digan. Vivimos en tiempos oscuros. Cada día las nubes se hacen más densas y amenazantes1. Los enemigos del Día del Señor se enfurecen. Los enemigos de la Iglesia se tornan cada vez más desesperados. La causa de Cristo está amenazada por doquier. Pero tenemos una dulce palabra de promesa: «Esta enfermedad no es para muerte». Aún vendrán tiempos más oscuros. Las nubes se romperán y pronto anegarán nuestro país con un diluvio de incredulidad, y muchos serán como María, destrozados de corazón. ¿Ha fallado la Palabra del Señor? ¡No, nunca! «Esta enfermedad no es para muerte». Los huesos secos de Israel vivirán. El papado se hundirá como una piedra de molino. En un solo día vendrán sobre ella viudez y orfandad. Los reyes de Tarsis y de las islas doblarán la rodilla ante Jesús. Jesús reinará hasta que todos Sus enemigos sean puestos bajo Sus pies, y el mundo entero pronto gozará de un verdadero Sabbath.

  1. La explicación: «Sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Algunos podrían preguntar: “¿Por qué, entonces, enfermó Lázaro?”. Respuesta: “Para la gloria de Dios”. Cristo fue manifestado de manera eminente [por medio de esto]: 1) Se vio Su asombroso amor hacia los suyos cuando lloró junto a la tumba. 2) Se vio S_u poder para resucitar a los muertos_: fue mostrado como la resurrección y la vida cuando clamó: «¡Lázaro, ven fuera!». Cristo fue mucho más glorificado que si Lázaro no hubiera enfermado y muerto.

1.) Así también en todos los sufrimientos del pueblo de Dios. A veces un hijo de Dios dice: “Señor, ¿qué quieres que haga? Enseñaré, predicaré, haré grandes cosas por Ti”. Y a veces la respuesta es: “Sufrirás por mi causa”. 2.) Muestra el poder de la sangre de Cristo cuando da paz en la hora de la tribulación, cuando puede hacer feliz en medio de enfermedad, pobreza, persecución y muerte. No te sorprendas si sufres, sino glorifica a Dios. 3.) Saca a la luz gracias que no pueden verse en tiempos de salud. Es el pisar las uvas lo que hace brotar el dulce jugo de la vid. Así también la aflicción hace salir la sumisión, el desapego del mundo y el descanso pleno en Dios. Aprovecha las aflicciones mientras las tienes.

Footnotes

  1. amenazante – oscuro e intimidante.