- La demora amorosa de Cristo
«Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Luego, después de esto, dijo a los discípulos: Vamos a Judea otra vez. Le dijeron los discípulos: Rabí, ahora procuraban los judíos apedrearte, ¿y otra vez vas allá? Respondió Jesús: ¿No tiene el día doce horas? El que anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero el que anda de noche, tropieza, porque no hay luz en él» (Jn 11:5-10).
a. El amor de Cristo
Jesús amaba a Marta, a María y a Lázaro.
- Estas son las palabras de Juan. Él sabía lo que había en el corazón de Cristo, porque el Espíritu Santo le enseñó qué escribir, y porque se recostaba en el pecho de Jesús. Este, pues, es el testimonio de Juan: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Recuerda que ellas habían enviado este mensaje a Jesús: «Aquel a quien amas está enfermo». Algunos podrían haber dicho: “Ese es un mensaje presuntuoso. ¿Cómo sabían ellas que Lázaro estaba realmente convertido? ¿Cómo sabían que Jesús realmente lo amaba?”. Pero aquí ves que Juan pone su sello sobre su testimonio. Era realmente cierto, y no había presunción en ello: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro».
¿Cómo saben los santos que Jesús los ama? Respuesta: Cristo tiene maneras de dar a conocer Su amor a los suyos que le son peculiares. «El secreto de Jehová es para los que le temen» (Sal. 25:14). ¡Qué ridículo es pensar que Cristo no puede dar a conocer Su amor al alma! Mencionaré una manera: atrayendo el alma hacia Sí mismo. «Con amor eterno te he amado; por eso te atraje con misericordia» (Jer. 31:3-LBLA). «Pasando yo junto a ti, te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez; y te juré, y concerté pacto contigo…y fuiste mía» (Ez. 16:8). «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Jn. 6:44). Cuando el Señor Jesús se acerca a un pecador muerto y carnal, y le revela un destello de Su hermosura, de Su rostro más hermoso que el de los hijos de los hombres, de Su sangre preciosa, del lugar que hay bajo Sus alas; y cuando el alma es apartada de sus viejos pecados, de sus viejos caminos—alejada de su muerte, oscuridad y mundanalidad—y es persuadida a dejarlo todo y fluir hacia el Señor Jesús, entonces el alma gusta la paz de creer y llega a saber que Jesús la ama. Así supo Lázaro que Cristo lo amaba. Yo era un hombre mundano y descuidado. Me burlaba de mis hermanas cuando ellas se esmeraban en recibir al Cordero de Dios. Muchas veces me enojaba con ellas. Pero un día Él vino y me mostró tal excelencia en la salvación por medio de Él. Me atrajo, y ahora sé que Jesús me ha amado.
¿Sabes tú que Cristo te ama? ¿Tienes esta señal de amor, que Él te ha atraído a dejarlo todo y seguirle? ¿A dejar tu justicia propia, a dejar tus pecados, a dejar a tus compañeros mundanos por Cristo? ¿A soltar todo lo que interfiere con Cristo? Entonces tienes una buena señal de que Él te ha amado.
- Jesús amó a toda la casa. Parece muy probable que hubiese una gran diferencia entre los miembros de aquella familia. Algunos estaban mucho más iluminados que otros. Algunos estaban más cerca de Cristo y algunos se parecían más a Cristo que otros. Sin embargo, Jesús los amó a todos. Parece que María era la más espiritual de la familia. Probablemente fue la primera en conocer y amar al Señor Jesucristo. Ella se sentó a los pies de Cristo cuando Marta estaba afanada con mucho servicio. También se mostró más humillada bajo esta dispensación que su hermana, pues se dice: «Cayó a sus pies». Asimismo, parece haber estado llena de una gratitud más viva, porque fue ella quien tomó una libra de ungüento de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Cristo y los enjugó con sus cabellos. Hizo lo que pudo. Fue una creyente muy eminente, llena de amor, con un espíritu dócil, manso y quieto. Y aun así, Jesús los amó a todos. «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Todo aquel que está en Cristo es amado por Cristo, aun los miembros más débiles.
Buenas nuevas para los discípulos débiles. Tú sueles decir: “No soy un Pablo, ni un Juan, ni una María. Temo que Jesús no se interese por mí”. Respuesta: Él amó a Marta, a María y a Lázaro. Ama también a los más débiles de aquellos por quienes murió. Así como una madre ama a todos sus hijos, incluso a los más débiles y enfermizos, así Cristo cuida de aquellos que son débiles en la fe, que tienen muchas dudas y temores, que llevan pesadas cargas y enfrentan tentaciones.
Sé como Cristo en esto. «Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones… Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos» (Ro. 14:1; 15:1). Temo que entre nosotros haya mucho del espíritu opuesto. Tememos amar solo a nuestros “Marías”, “Pablos” y “Juanes”; estimamos grandemente a quienes son evidentemente columnas. Pero, ¿puedes tú condescender con los de condición humilde? Aprende a inclinarte, a ser amable y tierno con los débiles. No hables mal de ellos. No hagas de sus defectos el tema de tus conversaciones. Cubre sus faltas. Asísteles con consejo y ora por ellos.
b. La demora de Cristo
«Cuando oyó, pues, que estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba» (v. 6).
Aquí parece haber una contradicción: Jesús los amaba, y sin embargo se quedó dos días. Hubieras esperado lo contrario: Jesús los amaba, y por eso no se demoró, sino que se apresuró a ir a Betania. Así es el amor humano. El amor del hombre no tolera demora: cuando amas tiernamente a alguien y oyes que está enfermo, corres a verle y ayudarle. Fueron dos días importantes en la cabaña de Betania. El mensajero había regresado diciendo: «Esta enfermedad no es para muerte». Ellos sabían que Jesús los amaba, y que amaba tiernamente a su hermano; por tanto, esperaban su llegada a cada hora. Marta, quizás, comenzó a inquietarse diciendo: “¿Por qué tarda? ¿Por qué se demora tanto en venir? ¿Habrá ocurrido algo que lo haya retenido?”—No te inquietes”, diría María, “tú sabes que Él ama a Lázaro, y nos ama a nosotros. Y sabes que es veraz, y dijo: «Esta enfermedad no es para muerte»”. El enfermo se debilitó más y más, hasta exhalar su último suspiro en el regazo de sus hermanas. Ambas quedaron sobrecogidas: “Nos amaba, y sin embargo se quedó dos días”. Así sucedió también con la mujer sirofenicia (Mr. 7:24–30).
Así son todavía los tratos de Cristo con los suyos. Aunque ama, a veces precisamente por amor se tarda. No te sorprendas, ni te inquietes.
Razones de la demora:
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Porque Él es Dios. Él ve el fin desde el principio: «Conocidas son a Dios todas sus obras desde el principio del mundo» (Hch. 15:18). Aunque ausente en el cuerpo, estaba presente en la habitación del enfermo en Betania. Observó cada cambio en su semblante pálido y oyó cada suspiro suave. Cada lágrima que rodó por la mejilla de María fue notada por Él, puesta en su redoma y escrita en su libro. Vio cuando Lázaro murió. Pero el futuro también estaba delante de Él. Sabía lo que haría: que la tumba entregaría a su muerto y que pronto cambiaría el llanto en cánticos de gozo. Por eso se quedó donde estaba: precisamente porque Él es Dios. Así también, cuando Cristo demora en socorrer a sus santos, tú lo ves como un gran misterio. No puedes explicarlo. Pero Jesús ve el fin desde el principio. Estad quietos, y conoced que Cristo es Dios.
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Para aumentar su fe. Primero, les dio una promesa a la cual aferrarse: envió palabra por el mensajero diciendo: «Esta enfermedad no es para muerte». Era una palabra sencilla y clara, fácil de sostener; pero ¡ay!, fue duramente probada. Cuando el enfermo empeoró, ellos se aferraron a la promesa con un corazón tembloroso; cuando murió, su fe pareció morir también. No sabían qué pensar. Sin embargo, la palabra de Cristo era verdadera, y su fe quedó fortalecida para siempre. Aprendieron a creer la palabra de Cristo aun cuando todas las circunstancias externas parecían contradecirla.
Una tarde, Cristo dio orden en el mar de Galilea de pasar «al otro lado» (Mt. 8:18); y mientras navegaban, se durmió. Era una palabra sencilla en la cual confiar durante la tormenta. Pero cuando las olas cubrieron la barca, clamaron: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» (Mt. 8:25). Y Él les dijo: «¿Dónde está vuestra fe?» (Lc. 8:25). Por medio de aquella prueba, la fe de los discípulos creció grandemente.
Así sucede con todas las pruebas de fe. Cuando Dios da una promesa, siempre prueba nuestra fe. Así como las raíces de los árboles se afirman más profundamente cuando luchan contra el viento, así la fe echa raíces más firmes cuando se ejercita en medio de circunstancias adversas.
- Para hacer que Su ayuda resplandezca con mayor brillo. Si Cristo hubiera venido desde el principio y sanado a su hermano, jamás habríamos conocido el amor que se manifestó junto al sepulcro de Lázaro, ni el poder del gran Redentor al levantarlo del sepulcro. Estas gloriosas manifestaciones del poder y amor de Cristo se habrían perdido para la Iglesia y para el mundo. Por eso fue bueno que permaneciera dos días más. Así se extendió el honor de Su nombre, y el Hijo de Dios fue glorificado. «Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará» (Is. 43:21). Éste es el gran propósito de Dios en todos Sus tratos con Su pueblo: que Él sea visto y glorificado. Por esta razón destruyó a los egipcios: «Y sabrán los egipcios que yo soy Jehová» (Éx. 14:4).
Si Cristo parece tardar más allá del tiempo prometido, espéralo, porque vendrá y no tardará. Tiene buenas razones para ello, aunque tú no las veas. Y nunca olvides que Él ama aun cuando se demora. Amó a la mujer sirofenicia aun cuando «no le respondió palabra».
c. La determinación de Cristo
«Luego, después de esto, dijo a sus discípulos: Vamos otra vez a Judea» (v. 7).
- El tiempo: «Después de esto». Después de que los dos días pasaron. Cristo espera cierto tiempo con los impíos antes de destruirlos. Esperó hasta que la copa de los amorreos se llenara antes de destruirlos. Esperó cierto tiempo con la higuera; y si no daba fruto, entonces: «Después de eso la cortarás» (Lc. 13:9). ¡Oh, hombre impío!, tú también tienes una medida que llenar. Cuando se colme, caerás inmediatamente en el infierno. Cuando se acabe la arena de tu tiempo, serás desechado. Así también Cristo tiene Su tiempo señalado para venir a los suyos: «Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de Él» (Os. 6:2).
En la conversión: «Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os exalte cuando fuere tiempo» (1 P. 5:6). Cuando Dios despierta un alma por el poder de Su Espíritu, Él toma Su propio tiempo y manera para llevar esa alma a la paz. Con frecuencia el pecador considera muy duro que Cristo tarde tanto en venir. A menudo comienza a desesperar y a pensar que hay algo peculiar en su caso. Recuerda: espera en el Señor. Es bueno esperar a Cristo.
En la respuesta a la oración: Cuando pedimos algo conforme a la voluntad de Dios y en el nombre de Cristo, sabemos que tenemos las peticiones que le hemos hecho. Pero el tiempo lo guarda Él en Su propio poder. Dios es absolutamente soberano en el momento de Sus respuestas. Cuando Marta y María enviaron su petición a Cristo, Él les dio una promesa inmediata; sin embargo, la respuesta no fue la que ellas esperaban. Así, Cristo nos concede a menudo los deseos de nuestro corazón, aunque no en el momento particular que deseábamos, sino en un tiempo mejor. No te canses de orar—por ejemplo, por la conversión de un amigo. Puede que tu oración sea respondida cuando tú ya estés en el polvo. Persevera en la oración. Él responderá en el mejor tiempo. «No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gál. 6:9).
En Su segunda venida gloriosa: Cristo dijo a la iglesia hace mucho tiempo: «Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará» (Hb. 10:37). Y aun así, el tiempo parece prolongarse. El Esposo parece tardar, pero vendrá a su debido tiempo. Espera por razones infinitamente sabias; y en el instante señalado, los cielos se abrirán y Él aparecerá en gloria.
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La objeción. La objeción fue que era peligroso para Él y para ellos, porque los judíos habían procurado apedrearlo antes. En otra ocasión, Pedro también objetó a Cristo diciendo: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca» (Mt. 16:22). Pero Él se volvió y dijo a Pedro: «¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo; porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres» (Mt. 16:23). ¡Cuán egoístas son aún los hombres piadosos! Los discípulos no se preocuparon por el dolor de su amigo Lázaro; temían ser apedreados, y ese temor los hizo olvidar el sufrimiento de la familia afligida. No hay raíz más profunda en el seno humano que el egoísmo. Velad y orad contra él. Aun los piadosos a veces se opondrán a ti en lo que es bueno y justo. Aquí, cuando Cristo propuso ir otra vez a Judea, los discípulos se opusieron. Se asombraron de tal propuesta; casi como si lo reprendieran por ella. No te sorprendas, amados hermanos, si eres resistido por los hijos de Dios, especialmente cuando se trata de algo en lo cual estás llamado a sufrir.
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La respuesta de Cristo. Cristo compara aquí el camino del deber con andar en la luz del día: «El que anda de día, no tropieza» (Jn. 11:9). Mientras un hombre tiene buena conciencia y el rostro y la presencia de Dios lo acompañan, es como quien camina a la luz del sol: pone su pie firme y avanza con valentía. Pero si alguien retrocede ante el llamado de Dios por temor al hombre o por prudencia mundana, es como quien camina en la oscuridad: «tropieza, porque no hay luz en él» (Jn. 11:10).
¡Oh, que vosotros, creyentes, seáis persuadidos a seguir a Jesús sin temor cada vez que os llame! Si eres creyente, muchas veces serás tentado a retroceder. El camino del cristiano es estrecho y con frecuencia difícil. Pero, ¿qué tienes que temer? ¿Tienes la sangre de Cristo sobre tu conciencia y la presencia de Dios en tu alma? ¿No hay acaso doce horas en el día? ¿No somos todos inmortales hasta que nuestro trabajo haya terminado?