Introducción
“Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar”. Gálatas 2:11
Reverendo y muy querido hermano,
Solo Dios sabe el indecible dolor que tengo en el corazón por tu causa desde que dejé Inglaterra. Ya sea por falta de carácter o no, pero confieso francamente, que ni Jonás iba tan indispuesto a Nínive, de lo que yo me siento al tomar la pluma para escribir algo para contradecirte. Preferiría morir; y aún así, si soy fiel a Dios, a otras almas y a la mía propia, no debo permanecer neutral por más tiempo. Estoy muy consciente de que nuestros adversarios comunes se regocijarán al comprobar que hay diferencias entre nosotros. Pero, ¿qué puedo decir? Los hijos de Dios están en peligro de caer en el error. Más bien, muchos han sido extraviados, en los cuales Dios había obrado por medio de mi ministerio, y aún un gran número está clamando a mí para que les muestre mi opinión. Debo entonces mostrar que no conozco a ningún hombre según la carne, y que no hago acepción de personas, más allá de lo que sea consistente con mi labor para mi Señor y Dueño, Jesucristo.
Esta carta, no hay duda, me hará perder muchos amigos: y quizás sea por esta causa que Dios ha puesto esta tarea sobre mis hombros, para probar si estoy dispuesto a arriesgarlo todo por su causa o no. Por causa de estas consideraciones, creo mi deber dar mi humilde testimonio, y argumentar con ardor por las verdades, que estoy convencido, están claramente reveladas en la Palabra de Dios. En la defensa de lo cual debo ser abiertamente explícito, y tratar a mis más queridos amigos en esta tierra con la más grande simpleza, fidelidad y libertad, dejando las consecuencias de todo esto a Dios.
Por algún tiempo antes, y especialmente desde mi última partida de Inglaterra, tanto en público como en privado, en predicaciones o en forma impresa, tú has estado propagando la doctrina de la redención universal. Y cuando recuerdo cómo Pablo reprendió a Pedro por su disimulo (Gálatas 2:11), temo que he pecado al guardar silencio por tanto tiempo. Entonces, no te enojes conmigo, mi estimado y honrado señor, si ahora libero mi alma, al decirte que en esto cometes un grave error.
No es mi intención entrar en un largo debate con respecto a los decretos de Dios. Te refiero al Dr. Edwards en su Veritas Redux, el cual, creo es irrefutable —excepto en cierto punto, concerniente a una clase intermedia entre elegidos y reprobados, lo cual él mismo de hecho, llega a condenar después.
Solamente haré algunas anotaciones sobre tu sermón titulado Gracia libre. Y antes de entrar en el discurso mismo, déjame que hable un poco sobre el prefacio que según apuntas, es una obligación indispensable publicarlo a todo el mundo. Debo confesar que siempre he pensado que estabas equivocado en esto.
El caso (como sabes) es este: Cuando estuviste en Bristol, creo que recibiste una carta de mano privada, acusándote de no estar predicando el evangelio, porque no predicabas con respecto a la elección. Sobre esto echaste suertes1 y la respuesta fue “predicar e imprimir”. He cuestionado frecuentemente, como lo hago ahora, si al hacer esto, no tentabas al Señor. Un necesario ejercicio de prudencia religiosa, antes de tomar tu decisión, habría sido considerar esta cuestión. Además, nunca me enteré que inquirieras de Dios, para determinar si la elección era una doctrina del Evangelio o no lo era.
Pero, temo que, dándolo por sentado [que la elección no es una doctrina bíblica], solo consideraste si debías permanecer en silencio o predicar e imprimir en contra de ella. Sea como sea, tomaste el desafío “predicar e imprimir”; y hacerlo en contra de la doctrina de la elección. Conforme a mi deseo, suprimiste la publicación del sermón mientras estuve en Inglaterra; pero pronto lo enviaste por todo el mundo después de mi partida. ¡Ojalá te lo hubieras reservado! Sin embargo, si ese sermón fue impreso en respuesta a un desafío, me inclino a creer, que la razón por la cual Dios debía sufrir que fueras engañado, era, para imponerme una obligación especial a mí, de declarar fielmente lo que dice la Escritura con respecto a la doctrina de la elección, y que así el Señor me diera una nueva oportunidad para mostrar lo que hay en mi corazón, y si sería fiel a Su causa o no, como te consta que Él lo hizo ya antes, cuando tomaste aquella decisión en Deal.
La mañana que sarpé de Deal para Gibraltar [el 2 de febrero de 1738], tú regresaste de Georgia. En vez de darme una oportunidad de conversar contigo, aunque el barco no estaba tan lejos de la costa, tomaste una decisión, e inmediatamente te dirigiste a Londres. Dejaste una carta, en la cual dejaste palabras tales como: “Cuando vi que Dios, me enviaba a mí por medio del mismo viento que te traía a ti, consulté a Dios. Su respuesta va en esta carta.” Esto fue un trozo de papel en el cual estaban estas palabras: “Déjale regresar a Londres”.
Cuando recibí esto, estuve algo sorprendido. Aquí estaba un buen hombre, diciéndome que había echado suertes y tomado una decisión, y que Dios quería que yo regresara a Londres. Por otro lado, yo sabía que mi llamado era para Georgia, y que había dejado Londres y que no podía, en justicia, dejar a los soldados que estaban bajo mi cargo. Me puse a orar con un amigo. Ese pasaje en 1 Reyes 13 me impresionó poderosamente, donde se nos relata que un profeta fue atacado por un león al haber sido tentado a retroceder (en contra de la orden expresa de Dios) siendo que otro profeta la convence de que Dios así lo quería. Te escribí que no podía volver a Londres. Zarpamos inmediatamente.
Algunos meses después, recibí una carta tuya en Georgia, en la cual escribiste palabras a este efecto: “Aunque Dios nunca me había dado un sorteo erróneo, sin embargo, quizás, sufrió dármelo en aquella oportunidad, para probar lo que había en tu corazón”. Yo nunca habría publicado esta transacción privada al mundo, si la gloria de Dios no me llamara a hacerlo. Es claro que tomaste un mal desafío aquí, y justamente, porque tentaste a Dios con tu decisión. Y así creo que es lo mismo en el presente caso. Y si es así, no permitamos que los hijos de Dios que son íntimos amigos tuyos y míos, y que también promueven la redención universal, crean que esa doctrina es correcta —solo porque la predicas siguiendo un sorteo que viene de Dios.
Esto, creo, puede servir como respuesta a parte del Prefacio de tu sermón impreso, en el cual dices, “Nada aparte de la más fuerte convicción, de que no solo lo que aquí se expone es la verdad como lo es en Jesús, sino que también estoy indispensablemente obligado a declarar esta verdad a todo el mundo”. No dudo, ni por un momento, que tú creas que lo que has escrito es la verdad, y que tú honestamente deseas la gloria de Dios al escribirlo, eso no lo dudo ni un momento. Pero entonces, honrado señor, no puedo menos que pensar que has errado al imaginar que estás bajo una obligación indispensable de tomar una acción, cuando has tentado a Dios, tomando una decisión en la forma que lo hiciste, y mucho menos publicar tu sermón contra la doctrina de la predestinación para vida.
Debo observar ahora, que has hecho tan mal al imprimir siguiendo una garantía imaginaria, como al elegir tu texto. Honorable señor, ¿como pudo entrar en tu corazón el escoger un texto como Romanos 8 para desaprobar la doctrina de la elección, si se expone tan abiertamente esta doctrina allí? Una vez hablé con un cuáquero sobre este tema, y no encontró otra forma de evadir el argumento del Apóstol que decir: “Creo que Pablo estaba equivocado”. Y otro amigo últimamente, quien estuvo antes muy predispuesto en contra de la elección, ingenuamente confesó que él solía pensar que San Pablo mismo debió haberse equivocado, o que el texto no fue traducido apropiadamente.
De verdad, honorable señor, está más allá de toda contradicción que San Pablo, en todo el capítulo 8 de Romanos, está hablando de los privilegios de aquellos que realmente están en Cristo. Y cualquier persona sin prejuicios, que lea lo que viene antes y después del texto, tendría que confesar que la palabra “todos” se refiere a aquellos que están en Cristo. Y la parte final del texto prueba plenamente lo que encuentro que el querido Sr. Wesley de ninguna manera acepta. Me refiero a la perseverancia fina_l_ de los hijos de Dios: “El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, [i.e. todos los santos] ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32). [Él nos dará] gracia, en particular, para perseverar, y cualquier cosa necesaria para llevarnos al hogar del reino celestial de nuestro Padre.
¡Alguien que tenga la intención de probar la doctrina de la elección_,_así como la perseverancia final, no podría pensar en un texto más apropiado para este propósito que el que tú has escogido para contradecirla! Alguien que no te conociera pensaría que estabas enterado de esto, porque después del primer párrafo, me percato que si acaso mencionaste el texto una vez en todo el sermón.
Pero tu discurso, en mi opinión, tiene poco que ver con el texto que escogiste, y en vez de convencerme de lo contrario, me confirma más y más en la creencia de la doctrina de la elección eterna de Dios.
No mencionaré cuán ilógicamente has procedido. Estimable señor, si hubieras escrito con claridad, habrías probado primeramente tu proposición: “La gracia de Dios es libre para todos”. Y luego a modo de inferencia [debiste] haber exclamado en contra de lo que has llamado el horrible decreto. Pero sabías que la gente (ya que el Arminianismo2 abunda recientemente entre nosotros) está por lo general predispuesta en contra de la doctrina de la reprobación, y así pensaste que, manteniendo esta aversión, podrías echar abajo por completo la doctrina de la elección. Porque, sin duda, la doctrina de la elección y la de la reprobación deben sostenerse o caer juntas.
Pero pasando por alto esto, y tu definición equivocada de la palabra gracia, y tu falsa definición de la palabra libre, y que deseo ser lo más breve posible, yo reconozco con franqueza: Creo en la doctrina de la reprobación, en este sentido: que Dios quiere dar salvación, por medio de Jesucristo, solo a cierto número, y que al resto de la humanidad, después de la caída de Adán, les dejó Dios con toda justicia, continuar en sus pecados, por lo cual de forma justa también, sufrirán muerte eterna que es el pago merecido (Romanos 6:23).
Esta es la doctrina establecida en las Escrituras, y reconocida como tal en el artículo 17 de la Iglesia de Inglaterra3, como el obispo Burnet mismo confiesa. Aunque el querido Sr. Wesley la niega absolutamente.
Pero las objeciones más importantes que has expresado contra esta doctrina como las razones por las cuales la rechazas, al considerarlas seriamente, y tratarlas fielmente por la Palabra de Dios, aparecen sin fuerza alguna. Permita que la cuestión sea revisada con calma y humildad, de la manera siguiente:
Footnotes
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suertes – La práctica de lanzar una moneda o un dado, preidentificando las posibilidades para que coincidan con los resultados posibles, y sabiendo que el resultado real es dirigido por Dios, lo que indica cuál posibilidad es realmente su voluntad. Esto ignora 1) la voluntad moral de Dios, revelada en su Palabra, y 2) la posibilidad de que Dios también permita a veces que Satanás afecte las circunstancias de forma adversa a nuestros ojos, para lograr sus propósitos más amplios, como castigar nuestro pecado o fortalecer nuestra fe. La mayoría de los cristianos evangélicos conservadores rechazan el “echar suertes” en los tiempos modernos, cuando Dios nos ha revelado su voluntad en su Palabra. ↩
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Arminianismo – el sistema teológico de Jacobus Arminius (1560-1609), teólogo holandés nacido en Oudewater, Países Bajos. Rechazó la interpretación reformista de la predestinación soberana de Dios, enseñando, en cambio, que la predestinación divina de las personas se basaba en su conocimiento previo de que aceptarían o rechazarían a Cristo por su propia voluntad. ↩
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Articulo 17 – Los Treinta y Nueve Artículos constituyen la confesión oficial de fe de la Iglesia de Inglaterra, adoptada en 1563 para uniformizar la doctrina protestante en la Iglesia de Inglaterra. Son mayoritariamente evangélicos y conservadores, y defienden las doctrinas de la gracia, tal como se articularon desde la época de la Reforma. ↩