- ¿Éste derribará la religión cristiana?
Pero, quinto, dices, “Esta doctrina tiene una tendencia directa a prescindir de la religión cristiana”. Porque, según dices, “al suponer que por un decreto eterno e inmutable, una parte de la humanidad será salvada, entonces la revelación cristiana no sería necesaria”.
El medio, no la causa y efecto
Pero, querido señor, ¿cómo llegas a esta conclusión? La revelación cristiana es el diseño de Dios para que su iglesia sea salvada por la muerte de su Hijo. Sí, en el pacto eterno está establecido que la salvación sea aplicada a los elegidos por medio del conocimiento de Cristo y la fe en Él. Como dice el profeta, “Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos” (Isaías 53:11). ¿Cómo entonces tiene la doctrina de la elección una tendencia a desechar la completa revelación cristiana? ¿Quién ha creído que la declaración que Dios hizo a Noé, de que la época de la siembra y la cosecha no cesarían, daría un argumento para que fuésemos negligentes para arar y sembrar? O ¿que el propósito inmutable de Dios, de que la cosecha no cesara, haría innecesario el calor del sol, o la influencia de los cuerpos celestiales para producirla? Del mismo modo, el propósito absoluto de Dios de salvar a los elegidos, no elimina la necesidad de la revelación del evangelio, o el uso de los medios por los cuales él ha determinado que aquél decreto será efectivo. Ni el entendimiento correcto, ni la reverente creencia en el decreto de Dios, permite a un Cristiano en ningún caso a separar los medios del fin, o el fin de los medios.
Y como somos enseñados por la revelación misma (es decir, la predicación del evangelio) que este es el medio por el cual Dios trae a sus escogidos, lo recibimos con gozo, lo apreciamos más que nada, y lo utilizamos con fe, y intentamos difundir por todo el mundo el evangelio —en la plena seguridad de que donde quiera que Dios nos envíe, tarde o temprano, será útil para la salvación de los escogidos que serán llamados. ¿Cómo pues, al abrazar esta doctrina, vamos a unirnos a los incrédulos modernos en hacer la revelación cristiana innecesaria? No, querido señor, cometes un error. Los infieles de todas clases están de tu lado en esta cuestión. Los deístas, Arrianos y Socinianos,[^4] todos atacan la soberanía de Dios y defienden la redención universal. ¡Pido a Dios que el sermón del querido señor Wesley, aunque ha lastimado los corazones de muchos hijos de Dios, no sirva para dar fuerza a sus enemigos más declarados! Aquí podría casi recostarme y llorar. “No lo anunciéis en Gat, Ni deis las nuevas en las plazas de Ascalón; Para que no se alegren las hijas de los filisteos, Para que no salten de gozo las hijas de los incircuncisos” (2 Samuel 1:20).
Romanos 9:13
Más adelante, dices, “Esta doctrina hace que la revelación se contradiga”. Por ejemplo, dices, “Los que defienden esta doctrina interpretan el texto de la Escritura, ‘A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí’, como si Dios, en un sentido literal, aborreciera a Esaú y a todos los réprobos por la eternidad” Pero, al considerarlos a ambos caídos en Adán, ¿no eran los dos objetos de su odio? Y ¿no podría Dios de su propia buena voluntad, amar y mostrar misericordia a Jacob y a los elegidos —y al mismo tiempo no hacerles ningún mal a los reprobados? Pero dices, “Dios es amor”. ¿Y piensas que Dios no puede ser amor, a menos que muestre misericordia a todos?
Romanos 9:15
De nuevo, dices, querido señor Wesley, “Infieren de ese texto, ‘Tendré misericordia del que yo tenga misericordia’ (Romanos 9:15), que Dios es misericordioso solo con algunos —es decir con los escogidos; y que ha tenido misericordia solo de ellos, siendo esto contrario a todo el tenor de las Escrituras, como se expresa: ‘Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras’” (Salmo 145:9). Y reconozco que así es, pero no de su misericordia _salvadora._Dios tiene amor por todos: Él envía la lluvia sobre buenos y malos. Pero dices, “Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10:34). ¡No! Para todos, sean Judíos o Gentiles, el que cree en Jesús, y hace justicia, es aceptado en él. “_Pero el que no cree, ya ha sido condenado” (Juan 3:18)._Porque Dios no hace acepción de personas, sobre la base de su condición externa o las circunstancias en la vida, cualquier que sea; ni la doctrina de la elección supone que Dios lo haga así. Pero como Señor, soberano de todo, y que no le debe nada a nadie, tiene el derecho de hacer lo que quiere con lo que es suyo, y dispensar sus favores a los objetos que Él decide, basado en su buena voluntad. Y su derecho supremo está claramente y firmemente expuesto en aquellos pasajes de la Escritura, donde dice a Moisés, “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Romanos 9:15; Éxodo 33:19).
Siguiendo en el texto, “pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama; se le dijo [a Rebeca]: El mayor servirá al menor” (Romanos 9:11-12). Con respecto a eso, nos representas como si la predestinación para vida no depende del conocimiento de Dios. Pero ¿quién infiere esto, querido Señor? Porque si el conocimiento previo significa la aprobación, como se ve en varias partes de la Escritura, entonces confesamos que la predestinación y la elección sí dependen del conocimiento previo de Dios. Pero si por conocimiento previo (de Dios) como si él hubiera visto de antemano alguna buena obra hecha por sus criaturas y por esto ha tenido una razón para apartarlos y escogerlos, entonces reconocemos que en tal sentido, la predestinación no depende del conocimiento previo de Dios. Pero te referí, al inicio de esta carta, al Dr. Edwards que escribió Veritas Redux, lo cual también te recomendé en una carta anterior, con Elisha Coles (1688) sobre La Soberanía de Dios. Por favor léelos, y también los excelentes sermones de Mr. Cooper de Boston en Nueva Inglaterra (los cuales también te mandé) y no dudo que verás contestadas todas tus objeciones. Aunque he de observar, que después de todas nuestras lecturas en ambos lados de la cuestión, nunca seremos en esta vida capaces de inquirir en los decretos de Dios de forma perfecta. No, debemos adorar con humildad lo que no podemos comprender, y con el gran Apóstol al fin de todas nuestras investigaciones clamar, “¡Oh profundidad de las riquezas y de la sabiduría y de la ciencia de Dios! Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables tus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? (Romanos 11:33-34) —o con nuestro Señor, cuando admiraba la soberanía de Dios. “Sí Padre, porque así te agradó” (Mateo 11:26).
¿Nadie condenado?
Sin embargo, debe tomarse nota de esos textos: “El Señor… es paciente… no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9) y “No quiero la muerte del que muere” (Ezequiel 18:32; también Ezequiel 33:11) —y otros versículos así. Si los tomamos en sentido estricto, pues, tendríamos que concluir que nadie se condenará.
Pero aquí hay una distinción. Dios no tiene placer en la muerte de los pecadores, como para deleitarse simplemente en su muerte; pero Él se complace en su justicia, al infligir el castigo que merecen sus iniquidades. Como un juez justo que no se complace en condenar al criminal, pero aún así con justicia ordena que sea ejecutado, la ley y la justicia deben ser satisfechas, aunque esté en su poder evitarlo.
Reproche a Dios
Sugiero además, que injustamente cargas a la doctrina de la reprobación con blasfemia, porque la doctrina de la redención universal, como la expones, causa gran afrenta a la dignidad del Hijo de Dios, y al mérito de su sangre. Considera si no es blasfemia decir que “Cristo no solo murió por los salvados, sino también por los que se pierden”.
El texto que has aplicado mal para ignorar esto lo explicó muy bien Ridgely, Edwards y Henry; y no respondo yo mismo a esto para obligarte a leer esos tratados, los cuales, Dios mediante, te mostrarán tu error. No puedes hacer esa afirmación que “Cristo murió por los que se pierden” a menos que llegues a afirmar (como el Moravo Peter Bohler tuvo que llegar a afirmar, para sostener la redención universal) que “finalmente todas las almas serán salvadas del infierno”. No creo que sea lo que afirmas. Y sin esto, puede probarse que la redención universal, tomada en sentido literal, cae por su peso. Porque, ¿como puede ser que todos sean redimidos si todos no se salven?
Gracia libre o libre albedrío
Querido señor, por el amor de Cristo, considera el deshonor que haces al negar la doctrina de la elección. Haces que la salvación no depende de la gracia libre de Dios, sino del libre albedrío humano. Si es así, es muy probable que Jesucristo nunca habría visto el fruto de su muerte con respecto a la salvación eterna para una sola alma. Nuestra predicación sería en vano, y todas las invitaciones para que las personas crean serían en vano, si todo depende de ellos. Pero, bendito sea Dios, nuestro Señor sabía por quiénes murió. Había un pacto eterno entre el Padre y el Hijo. En recompensa del muerte del Hijo, el Padre le dio un número determinado de ovejas. Por estas ovejas oró (Juan 17), y no por todo el mundo. Por los escogidos —y solo por ellos— Él intercede, y con la salvación de ellos Él está completamente satisfecho.
Omito, a propósito, hacer alguna anotación con respecto a las últimas páginas de tu sermón. De verdad, si tu nombre no hubiera estado prefijado al sermón, no podría pensar que serías el autor de tal sofistería. Me haces preguntarlo al decir que “Dios ha declarado [Supongo que reconoces que hay algunos que serán condenados] que salvará a todos”, es decir, cada persona. Das por hecho (aunque no tengas pruebas) que Dios es injusto, si pasa por algunos sin salvarles, y le reclamas con respecto a ese decreto horrible. Pero te recuerdo que al mantener la doctrina del pecado original, afirmas creer que Él podría justamente haber pasado por alto todo.
Querido, querido señor, ¡no te ofendas! Por el amor de Cristo, ¡no seas áspero! Dedícate a leer. Estudia el pacto de gracia. Deja ese razonamiento carnal. Hazte como un niño pequeño, entonces. Si la doctrina de la redención universal no es cierta —en vez de empeñar tu salvación (como lo has hecho en un himnario reciente), en vez de hablar de perfección sin mancha (como lo pones en el prefacio del himnario) y en vez de hacer que la salvación dependa del libre albedrío del pecador (como lo has hecho en este sermón) —compondrás un himno que alabe el amor soberano y distintivo de Dios. Advertirás a los creyentes para que no busquen la perfección confiando en sus corazones, y imprimirás otro sermón contrario a éste, y le pondrás por título “Gracia libre, de verdad”. Libre, no porque sea para todos sin excepción, sino porque Dios puede otorgarla a quien Él quiera.
Hasta que hagas esto, dudaré si te conoces a ti mismo. Mientras tanto, debo culparte porque censuras al clero de nuestra iglesia diciendo que ellos no cumplen los artículos de la fe, y tú mismo al sostener tus principios, claramente niegas los artículos 9, 10 y 17. Querido señor, estas cosas no deben ser así.
Dios conoce mi corazón, como te dije antes, vuelvo a decírtelo, me veo forzado a escribir esta carta solamente por el honor de Cristo. Yo te honro y te amo por su causa; y cuando venga al juicio, te agradeceré delante de los hombres y los ángeles, el bien que, bajo Dios, has hecho a mi alma.
Así, estoy seguro de que veré al querido señor Wesley convencido de la elección y el amor eterno de Dios. Y frecuentemente me llena de alegría al pensar que he de verte quitarte tu corona y postrarte a los pies del Cordero, y tal vez con un santo rubor por haberte opuesto a la soberanía divina de la manera que lo has hecho.
Pero espero que el Señor te mostre esto antes de que llegues allá. ¡Oh, cómo deseo ver ese día! Si el Señor quisiera hacer uso de esta carta para tal fin, querido y honrado señor, alegraría abundantemente el corazón de
Tu allegado, aunque indigno, hermano y siervo en Cristo,
George Whitefield; Bethesda, Georgia, el 24 de diciembre de 1740.