1. ¿Son inocentes los miles y millones de hombres condenados al infierno?

Cuarto, procederé ahora con otro punto. El querido señor Wesley dice: “Qué incómodo pensamiento es este: que miles y millones de hombres, sin ninguna ofensa previa, sean condenados al fuego eterno”.

Pero ¿quién ha afirmado, que miles y millones de hombres “sin ofensa previa”, sean condenados? Los que creemos en la condenación de los hombres también creemos que Dios los mira como hombres caídos en Adán. El decreto que ordena castigo para los descendientes de Adán, ¿no corresponde al castigo merecido por el crimen que ellos han cometido? ¿Cómo dices que sean condenados sin ofensa previa? Seguramente el señor Wesley no objetará la justicia de Dios al imputar el pecado de Adán a su posteridad; y también que después de la caída de Adán, y de su posteridad en él (Romanos 5:1; 1 Corintios 15), Dios podría haberlos abandonado a todos, y no haber enviado a Su propio Hijo para salvar a nadie. Si no creyeras esto, estarías negando el pecado original. Pero si reconoces estas verdades, entenderás que las doctrinas de la elección y la reprobación son justas y razonables. Porque si Dios, habiendo imputado el pecado de Adán a todos, justamente podría haberlos dejado a todos en su pecado, entonces también justamente podría haber dejado a algunos. Sea que vires a la derecha o a la izquierda, quedas reducido a un dilema. Y, si has de ser consistente, tendrás que hacer una de dos cosas: o abandonar la doctrina de la imputación del pecado de Adán, o recibir la doctrina de la elección por gracia, con la parte de la reprobación santa y justa como consecuencia. Porque, ya sea que lo creas o no, la Palabra de Dios se mantiene fiel: “Los elegidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos” (Romanos 11:7).

Tu párrafo 17, página 16, pasaré de esto. Lo que se ha dicho de los párrafos noveno y décimo, con poca alteración, lo contestará. Solo diré que, es la doctrina de la elección que me impulsa más a abundar en buenas obras. Estoy dispuesto a soportarlo todo por amor de los escogidos. Esto me hace predicar con confianza, porque yo sé que la salvación no depende del libre albedrío del hombre, sino de Dios que los hace dispuestos a ofrecerles en el día de Su poder, y Él podrá utilizarme para traer algunos de sus elegidos al hogar, cuando Él así lo quiera.