1. ¿Destruye el consuelo y la felicidad?

Tercero, dice tu sermón, “esta doctrina tiende a destruir el consuelo de la religión, la felicidad del cristianismo, etc.”

La experiencia actual

Pero, ¿cómo sabe esto el señor Wesley, si nunca ha creído en la doctrina de la elección? Yo creo que quienes hayan experimentado esta doctrina estarán de acuerdo con nuestro artículo 17 en que

la piadosa consideración de la predestinación, y la elección en Cristo, está llena de dulce, agradable e inexpresable consuelo para las personas piadosas, y al sentir en ellos mismos la acción del Espíritu de Cristo, mortificando las obras de la carne, y sus miembros terrenales, y llevando sus mentes a las cosas altas y celestiales, también porque les establece grandemente y les confirma en su fe de eterna salvación, que se goza en Cristo, porque fervientemente muestran su amor a Dios, etc.

Esto muestra plenamente que los piadosos reformadores no pensaban que la doctrina de la elección destruía ni la santidad ni el consuelo de la religión. Por mi parte, esta doctrina es mi soporte diario. Sucumbiría bajo la amenaza de mis pruebas inminentes, si no estuviera seguro de que Dios me ha escogido en Cristo desde antes de la fundación del mundo, y que ahora habiéndome llamado eficazmente, no permitirá que nada me arrebate de su todopoderosa mano.

El consuelo

Procediste así: “Es evidente que para todos los que se creen ser reprobados, o solamente lo sospechan o lo temen; todas las grandes y preciosas promesas son perdidas para ellos; no les dan ningún rayo de consuelo.”

En respuesta a esto, déjame observar que ninguna persona, especialmente nadie que desea salvación, puede saber que él no esté entre el número de los elegidos de Dios. Nadie, sino los no convertidos, podrían tener una razón justa para temerlo. Y daría el querido señor Wesley confianza, o intentaría aplicar las preciosas promesas del evangelio, el pan de los hijos, a los hombres que continúan en su estado natural? ¡Dios no lo permita! ¿Qué problema hay si la doctrina de la elección y la reprobación produce ciertas dudas en algunas personas? Lo mismo hace la doctrina de la regeneración. Pero, ¿no es esta duda un buen medio para hacer que busquen y se esfuercen? Y ese esfuerzo, ¿no es un buen medio para confirmarlos en su llamado y confirmar su elección?

Esta es una razón, entre muchas, por las cuales admiro la doctrina de la elección y estoy convencido de que debe tener lugar en el ministerio del evangelio y debe insistirse en ella con fidelidad y cuidado. Tiene una tendencia natural a levantar al alma de su estado de seguridad carnal. Entonces, muchos hombres carnales se levantan contra ella. Mientras que la redención universal es una noción tristemente adaptada para que el alma se mantenga en su condición de letargo y sueño, y por esto tantos hombres naturales la admiran y la aplauden.

La oscuridad y las dudas

Tus párrafos 13, 14 y 15 vienen a consideración ahora. Dices que “muestra que se obstruye el testimonio del Espíritu por esta doctrina”. Pero, querido señor, ¿la experiencia de quién? No la tuya propia; porque en tu travesía, desde tu embarque para Georgia, hasta tu regreso a Londres, pareces admitir que no la tenías, de manera que no eres competente para juzgar en cuanto a esto. Debes referirte por lo tanto a la experiencia de otros. Porque dices en el mismo párrafo, “Aún en aquellos que han saboreado ese don, aunque pronto lo han perdido”, [Supongo que te refieres a que han perdido el sentimiento otra vez] “y caído de nuevo en dudas y temores y oscuridad, hasta tinieblas horribles que pueden sentirse, etc.”

Ahora, con respecto a la oscuridad del abandono, ¿no fue este el caso del mismo Jesucristo, después de haber recibido una unción sin medida del Espíritu Santo? ¿No fue su alma muy triste, hasta la muerte, en el jardín? ¿No fue rodeado por una oscuridad, horrible tanto que se podía sentir cuando en la cruz clamó: “Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Y que todos sus seguidores son susceptibles a lo mismo, ¿no es evidente en las Escrituras? Porque el apóstol dice que Él “fue tentado en todo según nuestra semejanza” (Hebreos 4:15) para que él mismo sea “poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18). Y ¿no es esta susceptibilidad entonces consistente con la conformidad de Él al sufrimiento, de lo cual sus miembros han de participar? (Filipenses 3:10). Entonces, ¿cómo puede ser un argumento contra la doctrina de la elección el hecho de que las personas pueden caer en oscuridad, después de haber recibido el testimonio del Espíritu?

“Sin embargo”, dices, “muchísimos de los que no creen en la elección, en todas partes de la tierra, han disfrutado del testimonio ininterrumpido del Espíritu, la luz continua del rostro de Dios, desde el momento en que por primera vez creyeron, por meses y años, hasta este día”. Pero, ¿como sabe esto el Sr. Wesley? ¿Ha consultado la experiencia de muchísimos, en todas partes de la tierra? O, ¿podría estar seguro de lo que él mismo ha adelantado sin base suficiente, que es consecuencia de no creer en la doctrina de la elección el que se mantengan en la luz? No, esta doctrina, de acuerdo con las opiniones de nuestra iglesia: “confirma grandemente y establece una verdadera fe Cristiana de eterna salvación por medio de Cristo”, y es ancla de esperanza, seguridad y constancia, a la persona que camina en oscuridad y no ve luz; como de hecho ocurre, aún después de haber recibido el testimonio del Espíritu, aunque tú u otros afirmen (inapropiadamente) lo contrario.

Luego, tener respeto al pacto eterno de Dios, y arrojarse en el amor distintivo de que Dios no cambia, hará que las manos caídas se levanten y que las rodillas débiles se fortalezcan. Pero sin la creencia en la doctrina de la elección, y la inmutabilidad del amor gratuito de Dios, no entiendo cómo es posible tener la seguridad de una salvación eterna.

¿Qué significaría para un hombre cuya conciencia es verdaderamente despertada, y al cual se le advierte que debe buscar huir de la ira que vendrá, aunque se le asegure que todos sus pecados pasados están perdonados, y que ahora es un hijo de Dios; si no se cree en la elección, ¿cómo asegurarle que él no se volverá otra vez hijo del diablo, y arrojado al infierno? ¿Podría tal seguridad dar alguna seguridad sólida y duradera a alguna persona convencida de la corrupción de su corazón y de la malicia y poder de Satanás? ¡No! Aquella que verdaderamente merece el nombre de completa seguridad de fe es aquella que pone al creyente bajo el sentido de su interés en un amor particular, para retar a todos sus adversarios, sean hombres o diablos, que intenten destruirle ya sea en el futuro, así como el presente, diciendo como el Apóstol:

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; mas aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro o espada? Como está escrito, “Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero.” Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:33-39).

Este, querido señor, es el lenguaje triunfante de cada alma que ha obtenido completa seguridad en la fe. Y esta seguridad solo puede surgir de una creencia en el amor electivo de Dios. El hecho de que muchos tengan una seguridad de estar en Cristo en el presente, pero no piensan o no están seguros de poseerla mañana —o por la eternidad— no es un privilegio, sino una imperfección y su infelicidad. Yo ruego a Dios que les traiga un sentido de su amor eterno, para que dejen de construir sobre la base de su propia fidelidad, y lo hagan en base a la fidelidad de Dios, cuyos dones y llamamiento son irrevocables. Porque aquellos que una vez fueron justificados, serán también glorificados (Romanos 8:30).

Mencioné antes, querido señor, que no es regla segura juzgar la verdad de los principios por la práctica de la gente. Y así, suponer que todos los que sostienen la redención universal de la forma que la explicas, después de haber recibido la fe, disfruten de una vista continua e ininterrumpida del rostro de Dios, no se deduce por eso que es fruto de su principio. Porque más bien estoy seguro de que esto tiende a mantenerlos en la oscuridad para siempre, ya que se le enseña que el mantenerse en el estado de salvación se debe a su propio libre albedrío. Y ¿qué cimiento arenoso es ese para una pobre criatura que ponga sus esperanzas de perseverancia en esto? (Mateo 7:26-27). Cada caída en pecado, cada sorpresa de tentación, debe arrojarle “en dudas y temores, en horrible oscuridad, hasta oscuridad que se puede sentir”.

De ahí que las cartas que recibo de aquellos que creen en la redención universal sean tan faltas de vida, secas e inconsistentes, en comparación con las de aquellos del lado contrario. Aquellos que se adhieren al esquema universal, aunque comienzan por el Espíritu, (aunque digan lo contrario), terminan en la carne, construyendo una justicia fundada en su propio libre albedrío: mientras que los otros triunfan en la esperanza de la gloria de Dios, y construyen sobre la promesa infalible de Dios cuyo amor nunca cambia, aún cuando el sentimiento de la presencia de Dios les sea quitado.

Pero no voy a juzgar la verdad de la elección por la experiencia de ninguna persona en particular: si lo hiciera (sopórtame en esta tontería de jactancia) creo que yo mismo me gloriaría en la elección. Porque por estos cinco o seis años he recibido el testimonio del Espíritu de Dios; desde que, bendito sea Dios, no he dudado ni un cuarto de hora de tener un interés salvífico en Cristo Jesús: pero con angustia y una vergüenza humilde reconozco que muchas veces he caído en pecado desde entonces. Aunque yo no excuso —ni me atrevería a excusar— ninguna transgresión, aunque sé que no seré capaz en este mundo de vivir un solo día perfectamente libre de todos defectos y pecados. Y como las Escrituras declaran que no hay justo ni aún uno en la tierra (no, ni siquiera entre los más maduros en la gracia) que solo haga el bien y nunca peque (Eclesiastés 7:20), sabemos que esta será la realidad de todos los hijos de Dios.

La experiencia universal y el reconocimiento de esto entre los piadosos en cada época es suficiente para refutar el error de aquellos que se sostienen en sentido absoluto que después que un hombre nace de nuevo no puede cometer pecado —especialmente porque el Espíritu Santo condena a las personas que dicen que no tienen pecado, engañándose a sí mismas, y estando desprovistas de la verdad, haciendo a Dios mentiroso. (1 Juan 1:8-10). También he sentido la gravedad de tentaciones diversas, y supongo estar así hasta la muerte. Así fueron los apóstoles y los cristianos primitivos. Así fue Lutero, ese hombre de Dios, quien (hasta donde yo se) no se aferraba a la elección; y el gran John Arndt quien estuvo en gran perplejidad, incluso poco antes de su muerte, y él tampoco era predestinatario.

Y si podría hablar con libertad, creo que tu lucha tan acérrima contra la doctrina de la elección y tu apego vehemente hacia una vida de perfección sin pecado, son las razones por las cuales no disfrutas de la libertad del evangelio, de la plena seguridad de la fe de aquellos que disfrutan cada día el amor eterno de Dios por sus elegidos.

Pero quizás podrías decir, que Lutero y Arndt no eran cristianos, o que eran cristianos débiles. Yo sé que tú piensas mal de Abraham, aunque él fue llamado el amigo de Dios: y, creo, también piensas mal de David, el hombre con un corazón conforme a Dios. No es sorpresa, pues, que en una carta que me enviaste no hace mucho, me decías que “ningún escritor Bautista ni Presbiteriano que habías leído, conocía nada de las tales libertades de Cristo. ¿Qué dices? ¿Ni Bunyan (1688), Henry (1714), Flavel (1691), Halyburton (1712), ni ninguno de los doctores Ingleses o Escoceses? Mira, querido señor, qué estrecheces y faltas de caridad surgen de tus principios, de manera que no sigas vociferando en contra de la elección más que por el supuesto de que es “destructivo para la mansedumbre y el amor”.