VI. Aplicación

Ahora, en cuanto a la aplicación de esta consideración del ateísmo práctico. Sirve:

  1. Para información

a. La misericordia de Dios

Nos da ocasión de admirar la maravillosa paciencia y misericordia de Dios. ¡Cuántos millones de ateos prácticos respiran Su aire cada día y viven de Su generosidad, quienes merecen estar en el infierno antes que poseer la tierra! Una santidad infinita es ofendida, una justicia infinita es provocada, y sin embargo una paciencia infinita retiene el castigo, y una bondad infinita suple nuestras necesidades. En la primera invasión de Sus derechos, suavizó el terror de Su amenaza de defender Su ley con la promesa misericordiosa de socorrer y recuperar a Su criatura rebelde (Gn. 3:15). ¡Oh, cuán grande es Su compasión hacia Sus competidores ambiciosos! ¿No ha abierto Sus brazos cuando lo despreciamos con nuestros pies? ¡Es como si estuviera renuente a perdernos, siendo nosotros tan ambiciosos de destruirnos a nosotros mismos! ¿No han sido nuestras vidas sostenidas por Su bondad mientras intentábamos escalar hasta Su trono? ¿No han continuado Sus misericordias encantándonos, mientras las usábamos como armas para injuriarlo? ¿No ha proclamado perdón, mediante el arrepentimiento, a quienes querían arrebatarle Su gloria? Ha entretejido tan fuertemente Su propio honor con la salvación del hombre que un hombre no puede verdaderamente buscar su propio bien y salvación sin buscar la gloria de Dios. El hombre no puede proponerse el honor de Dios sin, al mismo tiempo, promover su propia felicidad; pues Dios, en Su cuidado, no da jamás ocasión justa de descontento a Su criatura ni de deshonra a Sí mismo. Todas las maravillas de Su misericordia se magnifican frente a la atrocidad de nuestro ateísmo. ¿Qué rebeldes, totalmente armados contra su príncipe y decididos a destruir su vida, recibieron jamás de él un favor semejante al que nosotros hemos hallado en Dios? Nosotros, rebeldes, tenemos todas nuestras necesidades abundantemente suplidas por Él, sin lo cual pereceríamos de hambre, y sin lo cual seríamos incapaces de manejar nuestros intentos de oponernos a Él.

b. La justicia de Dios

Trae consigo una justificación de Su justicia. Si nos da ocasión de alabar en alta voz Su paciencia, también cierra nuestra boca para no acusar ningún acto de Su venganza. ¿Qué castigo puede ser demasiado severo para el desprecio y la afrenta de un Ser tan grande? El más alto desprecio merece la más grande ira. Cuando no lo reconocemos como nuestra felicidad, es apropiado que sintamos la miseria de la separación de Él. Si un traidor es digno de muerte, ¿qué castigo será suficientemente grande para quien se prefiere a sí mismo antes que a un Dios infinitamente bueno? ¿Qué castigo será suficientemente grande para quien es tan insensato como para invadir los derechos del Dios infinitamente poderoso? No es injusticia que una criatura sea dejada para siempre a sí misma, para ver qué ventaja puede sacar de aquel yo que tan diligentemente se empeñó en poner en el lugar de su Creador. El alma del hombre merece un castigo infinito por despreciar un bien infinito.

c. Necesidad del nuevo nacimiento

Esto prueba la necesidad de una nueva condición del alma, para cambiar una naturaleza atea. Olvidamos a Dios, pensamos en Él con desgano, no tenemos respeto a Dios en nuestro camino ni en nuestros actos. Necesitamos un nuevo principio en nosotros que nos haga cumplir la voluntad de Dios, ya que fuimos creados para Dios, no para la carne. No podemos servir voluntariamente a Dios, mientras nuestra naturaleza serpentina y nuestros hábitos diabólicos permanezcan en nosotros, más de lo que podemos suponer que el diablo esté dispuesto a glorificar a Dios mientras la naturaleza que contrajo en su caída permanezca poderosamente en él. Nuestra naturaleza y voluntad deben ser cambiadas para que nuestras acciones tengan a Dios como nuestro fin, para que meditemos deleitosamente en Él y saquemos de Él los motivos de nuestra obediencia. Debe haber un principio sobrenatural antes de que podamos vivir una vida sobrenatural. La aversión de nuestra naturaleza hacia Dios es tan fuerte como nuestras inclinaciones al mal. Sentimos disgusto por lo uno y apremio por lo otro. No tenemos voluntad, ni corazón, para venir a Dios en ningún servicio. Esta naturaleza debe ser quebrada en pedazos y formada de nuevo antes de que podamos hacer de Dios nuestra regla y nuestro fin. Mientras las obras de los hombres sean malas, no pueden sujetarse a Dios (Jn. 3:19–20), mucho menos mientras sus naturalezas sean malas.

Hasta que esto no se cumpla, todo servicio que el hombre preste brota de alguna imaginación perversa de un corazón que es malo, solamente malo, y de continuo malo (Gn. 6:5). El servicio del hombre es malo porque nace de nociones equivocadas acerca de Dios, de concepciones erradas del deber o de motivos corruptos. Todas las pretensiones de devoción a Dios no son más que la adoración de un ídolo de oro. Es necesario remover los fines depravados, y hacer que aquello que fue el propósito de Dios al crearnos sea también nuestro propósito al actuar: Su gloria. Esto no puede tener lugar sin un cambio de naturaleza. Nunca podremos honrarle supremamente a Aquel a quien no amamos supremamente. Hasta que esto suceda, no podemos glorificar a Dios como Dios, aunque hagamos cosas por Su mandato, no más de lo que lo hizo el diablo cuando Dios lo empleó en afligir a Job (cf. Job 1).

d. La dificultad de la conversión y la mortificación

De aquí podemos deducir la dificultad de la conversión y de la mortificación[^9]. ¿Cuál es la razón por la que los hombres no reciben más impresión de la voz de Dios? Es porque nuestro ateísmo es grande. El principio en el corazón cierra firmemente la puerta de los pensamientos y afectos contra Dios. Ni los gozos del cielo pueden atraernos, ni los relámpagos de los terrores del infierno asustarnos para acercarnos a Él. Es como si pensáramos que Dios es incapaz de conceder lo uno o ejecutar lo otro. La verdadera razón es que Dios y el yo contienden por la deidad. La ley del pecado es que Dios debe estar en el estrado de los pies; la ley de Dios es que el pecado debe ser totalmente depuesto. El espíritu del hombre despliega sus alas y vuela para atrapar objetos indignos; pero cuando se intenta traer el espíritu bajo el poder de Dios, las alas decaen, la criatura parece sin vida. El amor al pecado predomina en nuestra naturaleza y ha aplastado el amor a Dios, si no lo ha extinguido.

Aquí radica también la dificultad de la mortificación. Esta obra se orienta al honor de Dios y a la humillación de la aspiración desordenada. Si la naturaleza del hombre está inclinada al pecado —como en efecto lo está— necesariamente se inclinará contra todo lo que se le oponga. Es imposible asestar un golpe verdadero a una concupiscencia mientras el verdadero sentido de Dios no sea nuevamente recibido en el terreno donde debe arraigar. ¿Quién puede naturalmente estar dispuesto a crucificar su propia carne? ¿A crucificar lo que le es más querido, a sí mismo? La naturaleza del hombre es cubrir su pecado y esconderlo en su seno. «Si encubrí, como los hombres, mis transgresiones» (Job 31:33). Su naturaleza no es destruirlo. Cuando se ve forzado a dejar uno, se esforzará en abrazar otra concupiscencia.

e. Razón de la incredulidad

Aquí vemos la razón de la incredulidad. Lo que tiene más de Dios en sí encuentra mayor aversión en nosotros. Lo que tiene menos de Dios encuentra mejores y más fuertes inclinaciones en nosotros. ¿Por qué es menos dispuesto el corazón del hombre a abrazar el evangelio que a reconocer la equidad de la ley? Porque en el evangelio hay más de la naturaleza y perfección de Dios evidente que en la ley. Además, hay en el evangelio más dependencia de Dios y más distancia del yo. Es más fácil inducir a los hombres a cierta virtud moral que llevarlos a la fe; más fácil hacerlos sonrojar por sus vicios externos que por la impureza interior de sus naturalezas. Quienes sostienen que toda la felicidad procede de algo en el hombre mismo —como lo afirmaban los estoicos y epicúreos, considerando al sabio igual a Dios— resultan ser enemigos aún mayores de las verdades del evangelio (Hch. 17:18). Pues el evangelio derriba de raíz su principio fundamental: la autosuficiencia en los estoicos y la autogratificación en los epicúreos.

f. Dios, Autor de la gracia y la conversión

Se nos informa, entonces, quién es el Autor de la gracia, de la conversión y de toda buena obra. Ningún ateo práctico jamás se volvió a Dios, sino que fue vuelto por Dios. No reconocer que Dios lo hace es parte de este ateísmo, ya que roba a Dios el honor de una de Sus obras más gloriosas. Dios quitó de los hombres el Espíritu santificador como pena por el primer pecado. ¿Quién puede recobrarlo sino por Su voluntad y beneplácito? ¿Quién puede restaurarlo sino Aquel que lo quitó? Todo hombre tiene en sí, por naturaleza, el mismo ateísmo fundamental. Querría ser una regla para sí mismo y el fin último para sí mismo. Está tan lejos de destronarse a sí mismo, que cuando Dios intenta recobrar la fortaleza, toda la fuerza de la naturaleza corrompida del hombre se alza en armas. El hombre no puede reconocer a Dios sin Dios. ¿Cómo podría ser posible que un hombre se vuelva a ese Dios contra el cual tiene una querella en su naturaleza? Un ateo por naturaleza no puede alterar su propio ser ni grabar en sí la naturaleza divina, así como una roca no puede esculpirse a sí misma en la estatua de un hombre. Una serpiente, enemiga del hombre, no puede ni querría elevarse a la nobleza de la naturaleza humana. El alma que por naturaleza desea despojar a Dios de Sus derechos no puede, sin poder divino, ser llevada a reconocer sinceramente los derechos y la gloria de Dios.

g. Imposibilidad de la autojustificación

Aquí podemos ver la razón por la cual no puede haber justificación por las mejores y más fuertes obras de la naturaleza del hombre. ¿Puede lo que tiene ateísmo en la raíz justificar la acción o a la persona? Las obras del hombre no tienen ni la ley de Dios por regla, ni Su gloria por fin. No se realizan por ninguna fuerza espiritual para Él, ni se encaminan hacia Él con afecto espiritual alguno. ¿Puede el Dios santísimo declarar justa a una criatura sobre tal fundamento? Las obras del hombre pueden vindicar la justicia de Dios al condenarlo, pero jamás pueden inclinar Su justicia a perdonarlo. Todo hombre natural selecciona y escoge sus obras; adopta la voluntad de Dios solo en la medida en que logra forzarla a ajustarse a la ley de sus propios miembros. No atiende al honor de Dios, salvo en cuanto concuerda con su propia gloria y fines seculares. ¿Puede ser justo aquel que prefiere su propia voluntad y honor antes que la voluntad y honor del Creador? ¿Puede esperarse justificación de aquello que en sí mismo es desesperanzado?

h. Causa de la apostasía

Aquí se halla la raíz de toda apostasía en el mundo: el ateísmo práctico nunca fue conquistado en tales personas. Permanecen «ajenos de la vida de Dios» y rehúsan vivir para Él (Ef. 4:17–18). Abominan Su gobierno, desprecian Su gloria y no encuentran en Él la satisfacción que buscan en sí mismos. Pretenden ser jueces de lo que es bueno y justo para ellos, en lugar de permitir que Dios juzgue por ellos. Y cuando retroceden de la verdad al error, lo hacen hacia opiniones que alimentan su ambición, su avaricia o alguna concupiscencia amada que rivaliza con Dios. «Amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (Jn. 12:42–43).

i. Excelencia del evangelio cristiano

Esto nos muestra la excelencia del evangelio y de la religión cristiana. Pone al hombre en su debido lugar y da a Dios lo que la excelencia de Su naturaleza requiere. Pone al hombre en el polvo de donde fue tomado y sienta a Dios en aquel trono donde Él debe estar. El hombre, por naturaleza, anhelaría aniquilar a Dios y deificarse a sí mismo. El evangelio, en cambio, exalta a Dios y abate al hombre. En nuestra primera rebelión aspiramos a ser como Él en conocimiento; pero en los medios que ha provisto para nuestra restauración, Su propósito es hacernos semejantes a Él en gracia. El evangelio nos presenta como objeto de humillación, y a Dios como el único objeto glorioso digno de nuestra imitación. La luz de la naturaleza nos dice que hay un Dios; el evangelio nos da un informe más magnífico de Él. La luz de la naturaleza condena el ateísmo grosero; la luz del evangelio condena y conquista el ateísmo espiritual en los corazones de los hombres.

  1. Para exhortación

a. Seamos conscientes y humillémonos.

Esforcémonos en ser sensibles a este ateísmo en nuestra naturaleza y humillémonos por ello. ¡Cuánto deberíamos yacer en el polvo y andar bajos bajo el peso de pensamientos humillantes por esto todos nuestros días! ¿No deberíamos estar atentos a aquello por lo cual derramamos la sangre de nuestras almas y asestamos una puñalada al corazón de nuestra propia salvación? ¿Seremos peores que cualquier otra criatura, sin lamentar lo que tiende a nuestra propia destrucción? El que no lamenta este ateísmo en su naturaleza no puede reclamar el carácter de cristiano. No tiene nada de la vida y del amor divino plantado en su alma. Todo hombre un día será sensible a esto cuando el Dios eterno lo examine y obligue a su conciencia a revelar cada crimen. Entonces quedará reconocida la autoridad bajo la cual actuó. El corazón será desgarrado y sus secretos expuestos a la vista de todos. El mundo, y el mismo hombre, contemplarán qué nido de víboras de principios y fines corruptos habitaba en su interior.

Que la consideración de esto arranque lágrimas de nuestros ojos y dolor de nuestras almas. Que presionemos estos pensamientos sobre nuestros corazones hasta que el núcleo de orgullo sea consumido y nuestra obstinación cambiada en humildad; hasta que nuestros ojos se conviertan en fuentes de lágrimas y la oración brote en nosotros; hasta que oremos que Dios cambie el corazón y mortifique el ateísmo en nosotros.

Seamos conscientes de ello en nosotros mismos. ¿Han sido alguno de nuestros corazones terreno donde naturalmente creciera el temor y reverencia de Dios? ¿Tenemos el deseo de conocerlo, o la voluntad de abrazarlo? ¿Nos deleitamos en Su voluntad y amamos el recuerdo de Su nombre? ¿No es el mundo más amado para nosotros que el Creador del mundo? ¿No han tenido las criaturas más de nuestro amor, temor y confianza, que Dios, quien formó tanto a ellas como a nosotros? ¿No hemos confiado con demasiada frecuencia en nuestra propia fuerza, fabricando un becerro de nuestra propia sabiduría, y dicho de Dios como los israelitas de Moisés: «En cuanto a este Moisés…no sabemos qué le haya acontecido» (Éx. 32:1)? ¿No hemos atribuido con frecuencia la gloria de nuestro buen éxito a nuestra astucia y a nuestra industria, más que a la sabiduría y bendición de Dios? ¿Estamos entonces libres de este tipo de ateísmo?

¿No hemos negligentes con Dios con frecuencia? ¿No hemos sido sordos mientras Él golpeaba a nuestras puertas, dormido cuando hablaba en nuestros oídos—como si no hubiese un ser como Dios en el mundo? ¿No hemos cometido a menudo necedad con vanas imaginaciones que se levantan en tiempos de servicio religioso? Si hubiesen interrumpido nuestros asuntos mundanos, los habríamos considerado intrusos molestos; pero mientras estamos con Dios, los recibimos como huéspedes bienvenidos. ¡Cuán renuentes han sido nuestros corazones a moverse con poderosas consideraciones de Dios antes de orar! ¿No proviene, con demasiada frecuencia, nuestra falta de vida en la oración de este ateísmo práctico, de descuidar el buscar argumentos y súplicas en las perfecciones divinas para sostener nuestras peticiones y vivificar nuestros corazones? ¿Hay algún deber que conduzca a una visión más clara de Dios en el que nuestros corazones no se hayan mostrado prontos a levantar murmuración y llamarlo maldito antes que bendito? ¿No están nuestras mentes nubladas por la ignorancia de Él? ¿Nuestras voluntades apartadas de Él? ¿Nuestros afectos levantándose contra Él? Con demasiada frecuencia estamos más dispuestos a conocer cualquier cosa antes que Su naturaleza, y más industriosos en hacer cualquier cosa antes que Su voluntad. Tan poco de Dios hay en nuestros corazones, cuando tantas evidencias del amor de Dios hay en Su creación. Dios ha sido tanto nuestro benefactor, pero muy poco nuestro fin. Él brilla en todo lo que se presenta a nuestros ojos, pero muy poco está en nuestros pensamientos.

b. Seamos conscientes de ello en otros.

Seamos conscientes de ello en los demás. Debemos tener una justa abominación de la iniquidad demasiado abierta entre nosotros. Las lágrimas del santo David fluyeron abundantemente porque los hombres no guardaban la ley de Dios (Sal. 119:136). ¿No es este tiempo para ejercitar esta santa lamentación? ¿Ha habido alguna vez ateísmo más perverso que en nuestra época? ¿O puede hallarse peor en el infierno de lo que se oye y se ve en la tierra? ¡Cuán grandemente es la majestad de Dios adorada por los ángeles en el cielo, pero despreciada y ultrajada por los hombres en la tierra! ¡Como si Su nombre hubiera sido publicado para ser objeto de su burla! ¿No se toma la ley de Dios, junto con sus amenazas y maldiciones, a la ligera, como si los hombres consideraran su honor el estar más allá de todo sentido de Su gloriosa majestad? ¡Cuántos se revuelcan en placeres, como si hubiesen sido hechos hombres solo para convertirse en bestias! ¿Les fueron dadas sus almas únicamente como sal para evitar que sus cuerpos se pudrieran? Es tan parte del ateísmo el no ser sensibles a los abusos del nombre y de las leyes de Dios por otros, como el violarlos nosotros mismos. ¿Qué significa tal insensibilidad, sino que en nuestro interior actuamos como si no hubiera Dios en el mundo cuya gloria merezca ser vindicada o cuyo honor sea digno de nuestro respeto?

c. Consideremos lo irrazonable que es hacia Dios.

Para que seamos sensibles a lo indigno de descuidar a Dios como nuestra regla y fin, consideremos primero lo irrazonable que es hacia Dios.

  1. Es un alto desprecio de Dios. Invierte el orden de las cosas, haciendo que Dios, el más alto, llegue a ser el más bajo, y el yo, el más bajo, llegue a ser el más alto. Dejarse guiar por un amigo impío, por una vanidad ociosa o por un interés carnal equivale a declarar que en tales cosas hay más excelencia, equidad y bondad que en Dios mismo. Si hacer de Dios nuestro fin es el deber principal, entonces hacernos a nosotros mismos o a cualquier otra cosa nuestro fin es el mayor de los males.

  2. Es un desprecio de Dios como el objeto más deseable. Dios es infinitamente excelente: «¡Cuán grande es su bondad, y cuán grande es su hermosura!» (Zc. 9:17). Todo en Él puede arrebatar nuestros afectos. Hay en Él excelencia infinita para cautivarnos, y bondad infinita para atraernos. El autor de nuestro ser, el bienhechor de nuestras vidas, es Dios. ¿Por qué, entonces, debería Su imagen, el hombre, ser tan vil como para despreciar al hermoso Original que imprimió Su imagen en él? Dios es el objeto más amable para ser estudiado, honrado y seguido. Sus perfecciones tienen el más alto derecho a nuestros pensamientos. Despreciar a Dios un solo momento es peor que si despreciáramos a todas las criaturas para siempre, porque la excelencia de las criaturas es para con Dios como una gota comparada con el mar.

d. Consideremos la ingratitud que hay en ello.

Si aborrecemos la conducta ingrata de un hijo hacia su padre amoroso, de un siervo hacia un amo bondadoso, de un hombre hacia su verdadero amigo, ¿por qué insultan los hombres a Dios cada día? ¿Es Dios menos digno de consideración que un hombre? ¿Es más despreciable que una criatura? Sería extraño que un benefactor viviera en el mismo pueblo, en la misma casa con nosotros, y que nunca intercambiáramos palabra con él. Pero este es nuestro caso: tenemos las obras de Dios delante de nuestros ojos, la bondad de Dios en nuestro ser, la misericordia de Dios en nuestro alimento diario, ¡y aun así pensamos tan poco en Él, conversamos tan poco con Él, servimos a todo antes que a Él y preferimos todo por encima de Él! ¿De dónde provienen nuestras misericordias sino de Su mano? ¿Quién, fuera de Él, sostiene ahora mismo nuestro aliento? Si Él reclamara nuestros espíritus en este instante, tendrían que apartarse de nosotros para atender Su mandato. Cada instante vuelve más atroz nuestra conducta indigna, pues a cada instante Él es nuestro guardián y nos concede nuevas muestras de Su generosidad. Nuestro crimen es aún mayor porque ofendemos a Aquel sin cuya bondad al darnos el ser no habríamos podido arrojarle desprecio alguno. ¡Qué terrible es que el hombre, quien lleva más claramente el sello de Su imagen, sea el peor de Sus rebeldes! ¡Qué terrible que aquel que posee la razón —don de Dios para discernir la equidad de Sus leyes— se rebele contra ellas como si fueran gravosas, y contra el gobierno de su Legislador como si fuese pesado!

  1. Esto rebaja a Dios más de lo que el mismo diablo hace en el presente. El diablo lucha contra un Dios que solo le muestra justicia vindicativa; nosotros rebajamos a un Dios que nos carga con Sus misericordias diarias. Los demonios desesperados están excluidos de toda misericordia, pero nosotros estamos bajo Su paciencia y generosidad. Satanás no quiso ser gobernado por Dios cuando Él era solamente su Creador generoso. Nosotros rehusamos ser guiados por Él después de que nos bendijo creándonos y nos bendijo con la redención por la sangre de Su Hijo. ¡Cuán ingrato es intercambiar la naturaleza del hombre por la de los demonios, deshonrando a Dios bajo misericordia como los demonios lo deshonran bajo Su ira!

  2. Es un desprecio ingrato de Dios, quien no puede hacernos daño. Él no puede hacernos injusticia, porque no puede ser injusto. «¿El juez de toda la tierra no ha de hacer lo que es justo?» (Gn. 18:25). Él aborrece la injusticia tanto como ama la bondad generosa. Nunca mandó nada que no fuese altamente conducente a la felicidad del hombre. Mientras lo rebajamos, Él continúa beneficiándonos. ¿No es una ingratitud sin paralelo volverle la espalda a un Dios tan amable, a un Dios tan amoroso? Dios creó criaturas intelectuales, ángeles y hombres, para comunicar más de Sí mismo y de Su propia bondad y santidad al hombre. ¿Qué hacemos al rechazarlo como regla y fin, sino oponernos, en la medida de lo posible, al propósito de Dios en nuestra creación? Cerramos nuestras almas contra las comunicaciones de aquellas perfecciones que Él estaba tan dispuesto a otorgar. Lo tratamos como si hubiese intentado infligirnos el mayor de los males, cuando le es imposible hacer mal a cualquiera de Sus criaturas.

e. Consideremos la miseria que esto conlleva.

Consideremos la miseria que acompañará a tal condición si continúa predominando. Aquellos que echan fuera a Dios como su felicidad y su fin solo pueden esperar ser echados fuera por Él de todo alivio y compasión. La distancia de Dios aquí no puede esperar otra cosa que lejanía de Dios en el más allá. Cuando el diablo, criatura de vastas dotes, quiso ensalzarse sobre Dios e instruyó al hombre a cometer el mismo pecado, fue maldito por encima de toda criatura (Gn. 3:14). Cuando no queramos reconocerlo como el Dios de toda gloria, seremos separados de Él como el Dios de todo consuelo. «Porque he aquí, los que se alejan de ti perecerán» (Sal. 73:27). Esta es la fuente de todo mal. Lo que sufrió el pródigo fue porque quiso apartarse de su padre y vivir por sí mismo. Quienquiera que sea ambicioso de ser su propio cielo hallará al final que su alma se ha convertido en su propio infierno. Así como amó todas las cosas para sí mismo, así será afligido con todas las cosas para sí mismo. Así como quiso ser su propio dios contra el derecho de Dios, será entonces su propio atormentador por la justicia de Dios.

  1. En cuanto al deber

Velemos contra este ateísmo y ocupémonos diariamente en la mortificación de él. En toda acción deberíamos preguntarnos: ¿Qué regla estoy observando? ¿Es la voluntad de Dios o la mía? ¿Tienden mis intenciones a exaltar a Dios o al yo? En la medida en que destruyamos esto, debilitaremos el poder del pecado. Estas dos cosas son la cabeza de la serpiente en nosotros, la cual debemos estar aplastando por el poder de la cruz. El pecado no es otra cosa que un apartarse de Dios y centrarse en el yo. Si dirigimos nuestra fuerza contra la voluntad propia y los fines propios, interceptaremos el ateísmo en su misma fuente y quitaremos lo que constituye y da vida a todo pecado. Las chispas se desvanecerán si el fuego es apagado. Debemos preguntarnos dos cosas en todo asunto: ¿Es la voluntad de Dios mi regla? ¿Es la gloria de Dios mi fin? Todo pecado radica en el descuido de estas cosas; toda gracia, en su práctica. Sin cierto grado de mortificación de la voluntad propia y de los fines propios, no podemos tener acercamientos provechosos a Dios. Cuando venimos con ídolos en nuestros corazones, Él nos responderá conforme a su multitud y a su vileza (Ez. 14:4). ¿Qué expectativa podemos tener de una mirada benigna de parte de Él cuando nos presentamos con pensamientos que lo despojan de Su deidad, con una petición en la boca y una espada en el corazón para apuñalar Su honor?

Con este propósito:

a. Contempla con frecuencia las excelencias de Dios.

Cuando no tenemos comunión con Dios mediante una meditación deleitosa, comenzamos a extrañarnos de Él y a vivir apartados de Dios. La comunión diaria con Dios nos descubriría tanto de Su naturaleza amable y de Sus dulces caminos, que nuestros pensamientos injuriosos de Dios se desgastarían. Entonces contaremos por nuestro honor despreciarnos a nosotros mismos y magnificarlo a Él. Por este medio el temor servil—que es un deshonor para Dios, un tormento para el alma (1 Jn. 4:18) y la raíz del ateísmo—será echado fuera, y un temor noble de Él será obrado en el corazón. Los pensamientos intencionales de Él producirán afectos hacia Él, comprometiendo nuestros corazones a hacer de Él tanto nuestra regla como nuestro fin. Cuanto más entremos en la cámara de audiencia de Dios, más nos pegaremos a Él con nuestros afectos. El verdadero concepto de Dios crecerá más vigoroso y vivaz en nosotros, y podremos prevenir cualquier cosa que lo deshonre y envilezca nuestras almas. Considerémoslo, pues, como la única felicidad, establezcamos al Dios verdadero en nuestro entendimiento y poseamos nuestros corazones con un profundo sentido de Su deseable excelencia por encima de todas las demás cosas. Esta es la tarea principal que debemos realizar.

b. Valora la Escritura.

Con este propósito, estima y estudia la Escritura. No podemos deleitarnos en meditar en Él a menos que lo conozcamos, y no podemos conocerlo sino por medio de Su propia revelación. Cuando la revelación es despreciada, el Revelador será poco estimado. Los hombres no apartan a Dios de ser su regla sino hasta que apartan a la Escritura de ser su guía. Dios es desechado de ser nuestro fin último cuando la Escritura es rechazada de ser nuestra regla.

c. Guárdate de los placeres sensuales.

Seamos muy vigilantes y cautos en el uso de aquellos consuelos que Dios nos permite. Job temía cuando sus hijos hacían banquetes, no fuese que maldijeran a Dios en sus corazones (Job 1:4–5). El apóstol Pedro unió la sobriedad con la vigilancia y la oración: “Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración” (1 P. 4:7). Esto implica un uso moderado de los consuelos mundanos. La oración es el más alto acto de reconocimiento de Dios, pero un exceso de sensualidad la estorba, y así se convierte en un paso hacia el ateísmo. El levantarse Belsasar contra el Señor y no darle gloria se atribuye a su sensualidad (Dn. 5:23). Nada resulta más apto para apagar la idea de Dios y arrancarlo de la conciencia que la adicción a los placeres sensuales. Guárdate de ese lazo.

d. Guárdate de los pecados contra conocimiento.

Cuantos más pecados contra conocimiento cometemos, más descuidados somos, y más descuidados seremos de Dios y de Su honor. Tememos más Su poder judicial, y cuanto más lo tememos, tanto más despreciamos al Dios en cuya mano está la venganza y a quien pertenece. El ateísmo en la vida procede al ateísmo en el afecto, y este intentará hundirse en ateísmo en la opinión y en el juicio.