V. Falta de deseo por Dios
El ateísmo práctico se hace evidente en nuestro deseo natural de estar distantes de Él. El pecado nos puso primero a distancia de Dios; y cada nuevo acto de pecado grosero nos extraña más de Él. Nos hace tanto temerosos como avergonzados de estar cerca de Él. No buscamos en Él nuestra felicidad; y cuando se ofrece a Sí mismo, no nos complace, sino que lo ultrajamos al preferir otras cosas antes que a Él. Cuanto más viva es la impresión de Dios en algo, tanto más tendemos a huir de ello. Aun los mismos santos han mostrado tal fragilidad, que clamaron como quebrantados al recibir más que una revelación ordinaria de Dios, como si hubieran deseado que Él se mantuviera más distante de ellos. La vileza no puede soportar el esplendor de la majestad, ni la culpa la gloria de un juez.
Naturalmente no tenemos deseo de 1) recordarlo, 2) conversar con Él, 3) volver plenamente a Él, 4) imitarle cuidadosamente. Todo esto es actuar como si no hubiera tal ser como Dios en el mundo, o como si deseáramos que no lo hubiera en absoluto.
- Falta de deseo de recordarlo
¡Cuán deleitables son otras cosas en nuestra mente! ¡Cuán gravosos los memoriales de Dios, de Quien tenemos nuestro ser! Con cuánta complacencia contemplamos la naturaleza de las criaturas—aun de moscas y sapos—mientras nuestras mentes se fatigan en la búsqueda de Aquel que nos dio la capacidad de conocer y meditar. Dios se nos muestra en cada criatura, en la más baja hierba, así como en los cielos más altos. Es más evidente en ellas a nuestra razón que las cosas mismas a nuestro sentido. Sin embargo, aunque las vemos, no queremos contemplar a Dios en ellas. Las observamos para agradar a nuestro sentido, para ejercitar nuestra razón considerando sus perfecciones naturales; pero pasamos por alto la consideración de las perfecciones de Dios que de ellas irradian visiblemente. Así actuamos como bestias y ateos en el mismo ejercicio de la razón, y descuidamos a nuestro Creador para gratificar nuestro sentido. Actuamos como si el placer de aquello fuera más deseable que el conocimiento de Dios.
El deseo de nuestras almas no está hacia Su nombre y Su memoria (Is. 26:8), cuando no nos disponemos a poner nuestras almas en banquete con meditaciones profundas y serias de Él. ¿Tememos acaso llegar a estar demasiado íntimamente familiarizados con Él? ¿No son más bien los pensamientos de Dios como invasores que como huéspedes, rara vez invitados a residir y tomar su morada en nuestros corazones? ¿No hemos dicho, cuando ellos han irrumpido sobre nosotros: «Apártate de nosotros» (Job 22:17), despidiéndolos tan pronto como pudimos, y alegrándonos cuando se fueron? ¿No hemos estado a menudo contentos de hallar excusas para sacudir de encima los pensamientos de Él, o encontramos excusas para mantener a Dios lejos de nuestros corazones? ¿No es esto parte del ateísmo, estar tan renuentes a emplear nuestras facultades para considerar al Dador de ellas? ¿No es digno de ser recordado en memoria especial Aquel que piensa en nosotros cada día en la providencia?
¿Acaso no descubren aun los mejores, aquellos que aman el recuerdo de Dios y aborrecen esta aversión natural, que cuando desean pensar en Él muchas cosas los arrastran a desviar la mente hacia otra parte? ¿No hallan que sus pensamientos son demasiado débiles, sus respuestas demasiado torpes y sus impresiones demasiado ligeras? Tal ateísmo natural impregna toda la naturaleza humana.
- Falta de deseo de conversar con Él
La palabra «acuérdate», en el mandamiento de santificar el día de reposo, incluye todos los deberes de ese día que son los más escogidos de nuestra vida. «Acuérdate» implica nuestra natural indisposición a estos deberes y nuestro olvido de ellos. El hecho de que Dios presione este mandamiento con más razones que los demás manifiesta que el hombre no tiene corazón para los deberes espirituales. En todo deber espiritual que nos pone inmediatamente cara a cara con Dios, hallamos una resistencia natural proveniente de un principio poderoso. Todos pueden coincidir con el apóstol en que, cuando queremos hacer el bien, el mal está presente con nosotros (Ro. 7:21). La única razón de esto es la tendencia natural de nuestras almas.
Cuando le prestamos atención, ¿no nos complacen más las formas de culto que gratifican nuestros deseos que el deleite de nuestras almas interiormente con el mismo Objeto de adoración? Esto es parte de nuestro ateísmo natural. Descuidar total o parcialmente tales deberes con frialdad en ellos es desechar el temor del Señor (Job 15:4). No invocar a Dios y no conocerlo son la misma cosa (Jer. 10:25). O pensamos que no existe tal ser en el mundo, o que es tan insignificante que no merece el respeto que exige. O tan débil y pobre que no puede suplir lo que requieren nuestras necesidades.
- Falta de deseo de volver plenamente a Él
El primer hombre huyó de Él después de su defección, aunque no tenía otro refugio al cual huir sino la gracia de su Creador. Caín se alejó de Su presencia y prefirió ser un fugitivo de Dios antes que un suplicante a Él. Invocando en fe al Redentor prometido, podría haber escapado de la ira venidera por la sangre de su hermano, y mitigado así las tristezas que con justicia había sido sentenciado a llevar en el mundo. Pero nada detendrá al hombre pródigo de compartir el alimento con los cerdos y hacerlo volver a su Padre, sino un comedero vacío. Mientras tengamos algunas algarrobas con que saciarnos, jamás pensaremos en la presencia del Padre. Sería mejor que nuestras llagas y nuestra pobreza nos impulsaran hacia Él; sin embargo, aun cuando nuestra fuerza se consume, no volvemos a Jehová nuestro Dios, «ni con todo esto lo buscaron» (Os. 7:9–10). Ni Su espada desenvainada como Dios de juicio, ni Su poderoso brazo como Señor, ni Sus brazos abiertos como Jehová su Dios, pudieron moverlos a volver sus ojos y corazones hacia Él. Cuanto más nos invita a participar de Su gracia, más huimos de Él para provocar Su ira. Le damos la espalda cuando extiende Su mano, tapamos nuestros oídos cuando alza Su voz.
Quienquiera que haya de ser vuelto a Dios hace que el Espíritu Santo llegue al extremo de contender. No es fácilmente llevado a sumisión espiritual a Dios. No se persuade a rendirse con un simple llamado. Debe ser dulcemente dominado por la tormenta y victoriosamente atraído a los brazos de Dios. Dios está dispuesto, pero el corazón se resiste. La gracia está llena de ruegos, pero el alma llena de excusas. El amor divino ofrece, pero el amor carnal propio rechaza. Nada nos agrada tanto como cuando estamos más lejos de Él, como si cualquier cosa fuera más amable, cualquier cosa más deseable que Él mismo.
- Falta de deseo de imitarle de cerca
Ya que estamos enajenados de la vida de Dios, naturalmente no deseamos más vivir la vida de Dios que un sapo u otro animal desea vivir la vida de un hombre. Un corazón que conoce a Dios tiene una santa ambición de imitarlo. Toda alma que rehúsa copiarlo es ignorante de Su excelencia. Toda la humanidad es naturalmente de este carácter. El hombre corrompido se resiste a ser semejante a Dios en santidad. ¿Qué podría ser más grave que esto? ¿Acaso la negación misma de Su ser es una injuria mayor que este desprecio contra Él? ¿No posee bondad digna de nuestro recuerdo, ni amabilidad que invite a nuestra comunión? ¿No es un Señor digno de nuestra sumisión? ¿No tiene una santidad que merezca nuestra imitación?