IV. Imaginaciones indignas de Dios

«Dice el necio en su corazón: No hay Dios». Es decir, no hay tal Dios como ustedes lo presentan. Esto es lo que se quiere decir con que son “corruptos”. En el segundo versículo, corruptos puede tomarse en el sentido de actuar como idólatras (Éx. 32:7). No podemos comprender a Dios. Si pudiéramos, dejaríamos de ser finitos. Y como no podemos comprenderlo, erigimos extrañas imágenes de Él en nuestras imaginaciones y afectos. Después de que vino la culpa sobre nosotros, al no poder arrancar la idea de Dios, tratamos de rebajar Su majestad y naturaleza para tener algo de alivio en nuestras conciencias. Esto es universal en los hombres por naturaleza. Hay tantas imágenes talladas de Dios como mentes de hombres, y tantas formas monstruosas como aquellas corrupciones en que quieren transformarlo. De aquí surgió:

  1. La idolatría

Esto incluye vanas imaginaciones del Dios cuya gloria cambiaron en semejanza de imagen de hombre corruptible (Ro. 1:21, 23). Primero erigieron imágenes vanas de Dios en su imaginación, antes de levantar representaciones idólatras de Él en sus templos. Y aunque la luz del evangelio ha disipado gran parte de esa idolatría visible en el mundo, el mismo principio sigue acuñando ídolos espirituales en el corazón, que los hombres presentan delante de Dios en sus actos de adoración.

  1. La superstición

De aquí ha venido toda superstición. Cuando forjamos un dios a nuestra propia imagen —semejante a nosotros en pasiones variables, presto para airarse y presto para aplacarse— no es de extrañar que también ideemos formas de complacerlo después de haberlo ofendido. Pensamos que podemos expiar nuestros pecados con devociones tristes y castigándonos a nosotros mismos. La superstición no es otra cosa que un temor no bíblico de Dios. Cuando lo imaginan como un Amo duro y severo, buscan maneras de aplacar a Aquel que piensan tan difícil de complacer. Es una opinión muy baja de Él cuando creemos que una devoción vistosa podría sobornarlo tan fácilmente de su rigor como unas pocas palabras bonitas o juguetes pueden calmar a un niño pequeño—cuando creemos que lo que nos agrada a nosotros podría agradar a un Dios infinitamente superior.

De aquí también surge la tendencia a dudar de Su misericordia una vez que nos hemos arrepentido. Dudar de la misericordia de Dios es medirlo por el mezquino modelo de nuestros propios espíritus, como si Su naturaleza fuese tan renuente a perdonar nuestras ofensas contra Él como nosotros lo somos a perdonar las ofensas contra nosotros.

  1. La presunción

De aquí surge toda presunción, la enfermedad común del mundo. Toda la maldad en el mundo es una presunción sobre Dios. Nace de una interpretación errónea de la bondad de Dios en las obras de creación y providencia. La naturaleza corrupta de los hombres produce vanas imaginaciones de la bondad de Dios y, por tanto, necedad y oscuridad en sus mentes y en su manera de vivir. «No le glorificaron como a Dios» (Ro. 1:20-21), sino que lo imaginaron bueno para que ellos pudieran ser malos. Imaginaban que era tan indulgente con su sensualidad que descuidaría Su honor. Consideraban la paciencia de Dios como una aprobación de sus vicios: «Pensabas que de cierto sería yo como tú (Sal. 50:21).

Compárese esto: la superstición surge de erradas aprehensiones aterradoras de Dios; la presunción, de pensamientos complacientes de sí mismo. Una lo representa solo riguroso, y la otra, descuidado. Una nos hace escrupulosos en servirle con nuestras propias reglas, y la otra demasiado osados en ofenderle conforme a nuestros caprichos. El supersticioso cree que Dios apenas tiene suficiente misericordia para perdonar; el presuntuoso cree que no posee tal perfección como la justicia para castigar. Entre el idólatra, el supersticioso y el presuntuoso, Dios quedaría como si no fuera Dios en absoluto.

Otras imaginaciones indignas de Dios son semejantes: vilipendiarlo, rebajar al Creador a ser una criatura de sus propias imaginaciones, ponerle su propio sello y formarlo no según aquella hermosa imagen que Él imprimió en ellos en la creación, sino según la imagen desfigurada que heredan por la caída, y lo que es peor, ¡la imagen del diablo! Si fuera posible ver un retrato de Dios conforme a las imaginaciones de los hombres, sería el ser más monstruoso, un dios que nunca fue ni podrá ser. Honramos a Dios cuando tenemos opiniones dignas de Él, acordes a Su naturaleza, como un ser de infinita hermosura y perfección. Lo menospreciamos cuando le atribuimos cualidades que serían una horrible deshonra para un hombre sabio y bueno, como la injusticia y la impureza. Así los hombres envilecen a Dios cuando invierten Su orden y quieren crearlo conforme a su imagen, como Él primero los creó conforme a la Suya. Lo rebajan cuando piensan que no es digno de ser Dios a menos que encaje plenamente en su molde.

Esto es peor que la idolatría. El más grosero idólatra no comete un crimen tan atroz. Mientras el idólatra trueca la gloria de Dios en la imagen de viles reptiles insensibles, este hombre se forja un dios a su propia semejanza pecadora y lo reduce a las inmundas figuras de su imaginación. Tal concepción es peor que el ateísmo absoluto: más tolerable sería pensar que Él no existe, que pensar de Él lo que es del todo incompatible con Su naturaleza. Mejor negar Su existencia que negar Su perfección. Cualquier hombre sabio preferiría que su memoria fuese olvidada antes que ser recordado como infame. Cuando pensamos de Dios que es engañoso en Sus promesas, injusto en Sus amenazas, renuente a perdonar con el arrepentimiento, o resuelto a perdonar sin nuestro arrepentimiento—estas son cosas indignas de la naturaleza de Dios y contrarias a Su propia autorrevelación.