I. Proposiciones generales
En general, antes de llegar a una prueba particular, tomemos algunas proposiciones.
Proposición 1: Las acciones prueban más que las palabras.
El testimonio de las obras es más fuerte y claro que el de las palabras, y la disposición de los corazones de los hombres debe medirse más por lo que hacen que por lo que dicen. Todas las impiedades externas son las ramas del ateísmo enraizado en nuestra naturaleza, así como todas las llagas infecciosas son expresiones de la corrupción en la sangre. Las prácticas de los hombres son los mejores índices de sus principios. El curso de la vida de un hombre es el reflejo de la disposición de su corazón. ¿Quién puede negar el ateísmo en el corazón, cuando es tan visible en la vida? Una negación práctica de Dios es peor que una verbal, porque los hechos suelen tener más deliberación que las palabras. Las palabras pueden ser fruto de una pasión, pero un conjunto de malas acciones son el fruto y evidencia de un principio maligno predominante en el corazón. Con mayor razón deben ser llamados “ateos” aquellos que reconocen a Dios y andan como si no existiera, que aquellos (si acaso puede haber tales) que niegan a Dios y andan como si lo hubiera.
Un sentido de Dios en el corazón estallaría en la vida. Donde no hay reverencia a Dios en la vida, fácilmente se concluye que hay menos en el corazón.
Las llamas que brotan de una casa revelan que el fuego dentro es mucho más fuerte y feroz. El apóstol juzga que aquellos que prestaron atención a fábulas judías eran negadores de Dios, aunque no los acusa de ninguna profanidad notoria: «Profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan» (Tit. 1:16). Se jactaban de ser santos; el apóstol los llama abominables. Se gloriaban de cumplir la ley; el apóstol los llama desobedientes. Había más de la negación de Dios en sus obras que reconocimiento de Dios en sus palabras. Aquellos que no tienen a Dios ni en sus pensamientos, ni en su lengua, ni en sus obras, no pueden propiamente decirse que lo reconocen.
Proposición 2: Todo pecado se funda en un ateísmo secreto.
El ateísmo es el espíritu de todo pecado. Aunque diversos pecados puedan estar en desacuerdo entre sí, sin embargo, como Herodes y Pilato contra Cristo, se dan la mano contra Dios. Aunque las concupiscencias y placeres son diversos, están unidos en la desobediencia contra Él (Tit 3:3). Todas las malas inclinaciones del corazón, los movimientos turbulentos, las quejas secretas, los secretos autoaplaudidos, la envidia, la ambición y la venganza son chispas de este fuego latente. El lenguaje de cada una de ellas es: “Quiero ser señor de mí mismo, y no tener un Dios superior a mí”.
La variedad de pecados contra la primera y la segunda tabla —la negligencia hacia Dios y la violencia contra el prójimo— se derivan de lo que aquí declara el texto. Primero: «Dijo el necio en su corazón», y de inmediato le sigue una legión de demonios. Así como todas las acciones virtuosas brotan del reconocimiento de Dios, así también todas las acciones corruptas nacen de una negación oculta de Él. «Con el temor de Jehová los hombres se apartan del mal» (Pr. 16:6); pero al no tener en cuenta a Dios, los hombres se precipitan irremediablemente en el mal.
En los pecados de omisión no reconocemos a Dios, al descuidar cumplir lo que Él manda. En los pecados de comisión, erigimos alguna concupiscencia en el lugar de Dios y rendimos a ella el homenaje que corresponde a nuestro Hacedor. Negamos su soberanía cuando violamos sus leyes. Deshonramos su santidad cuando arrojamos nuestra inmundicia delante de su rostro. Menoscabamos su sabiduría cuando establecemos otra regla como guía de nuestras acciones en lugar de aquella ley que Él ha fijado. Menospreciamos su suficiencia cuando preferimos la satisfacción en el pecado antes que la felicidad en Él solamente; y menospreciamos su bondad cuando juzgamos que no es lo suficientemente fuerte para atraernos a Él. Todo pecado invade los derechos de Dios y lo despoja de una u otra de sus perfecciones. Es tal el envilecimiento de Dios como si Él no fuese Dios; como si no fuese el supremo Creador y benefactor del mundo; como si no tuviéramos nuestro ser de Él; como si el aire que respiramos, el alimento con el cual vivimos, fueran nuestros por derecho de supremacía y no de donación.
Proposición 3: El pecado implica que Dios es indigno de existir.
Todo pecado es una especie de maldecir a Dios en el corazón (Job 1:5), un intento de destruir el ser de Dios, no de hecho, sino virtualmente; no en la intención de cada pecador, pero sí en la naturaleza de todo pecado. La concupiscencia que impulsa a un hombre a quebrantar su ley lo impulsaría a aniquilar su ser, si estuviera en su poder. En todo pecado, el hombre procura establecer su propia voluntad como su norma, y su propia gloria como el fin de sus acciones, en contra de la voluntad y gloria de Dios. Y si el pecador pudiera alcanzar su fin, Dios sería destruido. El pecado es llamado «volverle las espaldas» a Dios (Jer. 32:33); «engordó, dio coces» (Dt. 32:15); como si Él fuera menos digno que el mendigo más vil. ¿Qué mayor desprecio puede mostrarse a la persona más baja y vil, que volverle la espalda, alzar el talón y arrojarlo con indignación? Todas estas acciones, aunque significan que tal persona existe, también testifican que es indigna de existir, que no es útil en el mundo, y que sería mejor que el mundo estuviera libre de él.
Todo pecado cometido contra conocimiento se considera una afrenta a Dios (Nm. 15:30-31; Ez. 20:27). Tal afrenta implica declarar a alguien indigno de ser admitido en compañía. Así, por naturaleza, juzgamos a Dios como indigno de ser tratado. En el pecado, Dios es aquel de quien el hombre se aparta, y el pecado es aquello a lo que se vuelve. Esto implica una mayor excelencia percibida en la naturaleza del pecado que en la naturaleza de Dios. Quienquiera que piense que la noción de una Deidad es indigna de ser mantenida en su mente por medio de una meditación ferviente, implica que no le importa si Dios tiene ser o no. «No aprobaron tener en cuenta a Dios» (Ro. 1:28).
La descripción de las naciones del mundo, postradas en las ruinas de la caída de Adán y sepultadas en los sedimentos de aquella rebelión, es que no conocieron a Dios. Le olvidaron como si no existiese tal Ser sobre ellos. En realidad, quien practica las obras del diablo declara con ello que el diablo es más digno de obediencia y, por consiguiente, de ser reconocido como verdadero ser antes que Dios mismo, cuya naturaleza desprecia y cuya presencia aborrece.
Proposición 4: Todo pecado haría de Dios un ser insensato e impuro.
Muchos transgresores estiman sus actos, que son contrarios a la ley de Dios, como sabios y buenos. Si es así, la ley contra la cual fueron cometidos debe ser insensata e impura. ¡Qué reflejo hace esto sobre el Legislador!
La ley moral no es propiamente un mero acto de la voluntad de Dios considerado en sí mismo, ni un edicto tiránico, sino que ordena aquellas cosas que son buenas en su propia naturaleza, y prohíbe aquellas cosas que son en su propia naturaleza malas. Por tanto, es un acto de su sabiduría y justicia, el resultado de su sabio consejo, y un extracto de su naturaleza pura. Todas las leyes de legisladores justos no son solo actos de su voluntad, sino de una voluntad gobernada por la razón y la justicia, y para el bien del público, del cual son conservadores1.
Si los mandamientos morales de Dios fueran solo actos de su voluntad, y no tuvieran una necesidad, razón y bondad intrínsecas, Dios podría haber mandado lo completamente contrario, y haber hecho una ley contraria, por la cual lo que ahora llamamos vicio hubiera sido canonizado por virtud. Pero si el homicidio, el adulterio y el saqueo hubieran sido mandados en lugar de lo contrario, Dios habría destruido su propia creación. Habría actuado contra la norma de la bondad y el orden, y habría sido un gobernador injusto y tiránico del mundo. La sociedad pública se habría quebrado en pedazos, y el mundo se habría convertido en un matadero y un burdel.
Ya que todo pecado es contra la ley de Dios, toda desobediencia niega la sabiduría y la santa justicia de la naturaleza de Dios. ¿Y cuál es la consecuencia de esto, sino que Dios es visto como insensato e injusto?
Como se dijo antes, los pecados presuntuosos son llamados afrentas de Dios. «Mas la persona que hiciere algo con soberbia… ultraja a Jehová» (Nm. 15:30). Todas las afrentas contra Dios implican una acusación ya sea de injusticia o de ignorancia. Si es de injusticia, es una negación de su santidad. Si es de ignorancia, es una mancha en su sabiduría. Si las leyes de Dios no fueran sabias y santas, Dios no las habría mandado; y si lo son, negamos la infinita sabiduría y santidad de Dios al no obedecerlas. Cuando un hombre no cree en las promesas de Dios, le «hace mentiroso» (1 Jn. 5:10); así, quien desobedece a un Dios sabio y santo lo hace culpable de insensatez o injusticia.
Ahora bien, supongamos que conocieras a un ateo absoluto, que negara la existencia misma de Dios, pero cuya vida pareciera estar libre de toda corrupción notoria. ¿Lo considerarías tan perverso como a aquel que, reconociendo la existencia de Dios, con su manera de vivir arroja sobre Él tan negra imputación de insensatez e impureza?
Proposición 5: El pecado procura hacer de Dios el ser más miserable.
El pecado no es otra cosa que una oposición a la voluntad de Dios. La voluntad de ninguna criatura es tan contradicha como la voluntad de Dios lo es por diablos y hombres. No hay nada bajo los cielos contra lo cual las afecciones humanas se opongan más directamente que contra Dios. Hay desprecio hacia Él en todas las facultades del hombre. Nuestras almas son tan reacias a conocerle como nuestras voluntades lo son a seguirle: «La mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede» (Ro. 8:7). Es cierto que la voluntad de Dios no puede ser efectivamente impedida, pues entonces Dios no sería supremamente bienaventurado, sino infeliz y miserable. Toda miseria surge de carecer de lo que una naturaleza particular quiere y debe tener. Además, si algo pudiera frustrar la voluntad de Dios, sería superior a Él. Dios no sería omnipotente, y perdería la perfección de la Deidad, y, en consecuencia, la misma Deidad. Pero el pecado es una contradicción a la voluntad de la revelación de Dios, a la voluntad de su precepto. Naturalmente pretende la superioridad sobre Dios, y querría usurpar su omnipotencia y privarle de su bienaventuranza. Si Dios no tuviera poder infinito para convertir los designios del pecado en su propia gloria, la voluntad del pecado prevalecería y Dios quedaría totalmente despojado de su bienaventuranza. El pecado procura sujetar a Dios a las voluntades de los hombres: «pusiste sobre mí la carga de tus pecados, me fatigaste con tus maldades» (Is. 43:24). El pecado procura someter al Dios bendito a la concupiscencia de cada persona en el mundo.
Proposición 6: Los hombres desean que Dios no exista.
Los hombres, a veces y en ciertas circunstancias, desean que Dios no exista. Algunos piensan que este es el sentido del texto: «Dice el necio en su corazón: No hay Dios». Muchos juegan con sus propios corazones para persuadirse de que no hay Dios, y cuando no pueden lograrlo, desean que no lo hubiera. Los hombres tienen naturalmente alguna conciencia del pecado, y algún aviso de la justicia: «Conocen el juicio de Dios» (Ro. 1:32), y saben el demérito del pecado, «que los que practican tales cosas son dignos de muerte». ¿Cuál es la consecuencia de esto sino el temor del castigo? ¿Y cuál es el resultado de ese temor sino el deseo de que el Juez fuera o renuente o incapaz de vindicar el honor de su ley violada? Cuando Dios es el objeto de tal deseo, ello es una virtual “des-divinización” de Él. No poder castigar es impotencia. No querer castigar es injusticia. Ambas son imperfecciones incompatibles con Dios. El temor de Dios es natural a todos los hombres—no un temor de ofenderlo, sino un temor de ser castigados por Él. El deseo de la extinción de Dios crece en los hombres según el grado de sus temores ante su justa venganza. Aunque tal deseo llega a su colmo solo en los condenados en el infierno, tiene, sin embargo, sus brotes y movimientos en las conciencias atemorizadas y despertadas en la tierra.
Los que desean que no haya Dios o que Dios fuera destruido incluyen a los siguientes:
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Las conciencias aterradas no ven nada sino causa de temor. Así como han vivido fuera de los límites de la ley, temen caer bajo el golpe de su justicia. El temor desea la destrucción de lo que considera dañino. Y todo hombre malvado, en angustia de espíritu, quitaría la vida a Dios—si estuviera al alcance de su poder. Se libraría de sus temores destruyendo a su vengador.
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Las personas corrompidas2 y entregadas al vicio a veces tienen tales deseos. Como el hombre está tan profundamente enamorado del pecado que lo considera el bien más estimable, no puede sino desear la abolición de la ley que lo restringe, y el cambio del Legislador que la estableció. Así como las almas desesperadas desean que Dios no tuviera voluntad justa para castigarlas, así también ellas desean con certeza que Dios no tuviera voluntad santa para mandarlas.
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Algunos cumplen deberes externos solo por un principio de temor servil. Cumplen los deberes que la ley manda con los sentimientos de esclavos realizando su fatiga. Son constreñidos en sus deberes únicamente por consideraciones del látigo y el garrote. Por tanto, ya que lo hacen a regañadientes y murmuran en secreto mientras parecen obedecer, desean que los mandatos fueran revocados y que el Maestro que los manda estuviera en otro mundo. El Espíritu de adopción hace que los hombres actúen hacia Dios como hacia un padre; un espíritu de esclavitud solo lo mira como a un juez.
Apelémonos ahora a nosotros mismos y examinemos nuestras propias conciencias. ¿Nos hemos complacido alguna vez pensando cuán felices seríamos, cuán libres estaríamos en nuestros vanos placeres, si no hubiera Dios? ¿No hemos deseado ser nuestros propios señores sin control, sujetos a ninguna ley sino a la nuestra, y guiados por ninguna voluntad sino la de la carne? ¿Nos hemos airado alguna vez contra Dios bajo su mano aflictiva? ¿Hemos deseado que Dios fuera despojado de su santa voluntad de mandar, y de su justa voluntad de castigar?
Esto basta respecto a las proposiciones generales.
Para la demostración de esto, consideremos estas dos pruebas generales: el hombre quiere establecerse a sí mismo, primero, como su propia regla; y en segundo lugar, como su propio fin y felicidad.