III. El hombre, su propio fin6 y felicidad

III. El hombre, su propio fin1 y felicidad

El segundo asunto principal: así como el hombre quiere ser ley para sí mismo, así también quiere ser su propio fin y felicidad en oposición a Dios.

Aquí se tratarán cuatro cosas:

  1. El hombre quiere hacer de sí mismo su propio fin y felicidad.

  2. Quiere hacer de cualquier cosa su fin y felicidad antes que de Dios.

  3. Quiere hacer de sí mismo el fin de todas las criaturas.

  4. Quiere hacer de a sí mismo el fin de Dios.

  5. El hombre quiere hacerse a sí mismo su propio fin y felicidad.

Así como Dios debe ser reconocido como la primera causa en nuestra dependencia de Él, así también debe ser el fin supremo en nuestro deleite en Él. Cuando confiamos en nosotros mismos, lo rechazamos como primera causa; y cuando actuamos para nosotros mismos y esperamos de nosotros mismos la bienaventuranza, lo rechazamos como el sumo bien y último fin. Esto es, innegablemente, una forma de ateísmo. El hombre, como criatura superior a todas las demás, no fue creado para glorificar a Dios únicamente de manera material, como lo hacen los animales, las plantas y las demás obras de Su poder. Antes bien, fue hecho criatura racional, para honrar a Dios de manera intencional mediante la obediencia a Su ley, la dependencia de Su bondad y el celo por Su gloria. Por lo tanto, el hombre menosprecia a Dios tanto cuando se erige a sí mismo como su propio fin, como cuando se erige a sí mismo como su propia ley.

a. El amor propio y el hombre haciéndose a sí mismo su propio fin

Hay tres clases de amor propio:

  1. El natural, que nos es común por la ley de la naturaleza con otras criaturas, tanto inanimadas como animadas, y que está tan íntimamente ligado con la naturaleza de toda criatura que no puede ser disuelto sino con la disolución de la naturaleza misma. La sabiduría y bondad de Dios no crearon una naturaleza antinatural, ni mandaron algo antinatural. Cuando Él nos manda sacrificar nuestras vidas por Él, no es sin prometer un estado más noble en intercambio por lo que perdemos. Este amor propio no solo es legítimo, sino también necesario, pues sirve como regla para medir el deber que debemos a nuestro prójimo. En efecto, no podríamos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos si no nos amáramos primero a nosotros mismos. Dios plantó este amor propio en nuestra naturaleza y hace de este principio natural la medida de nuestro afecto hacia toda la humanidad, de la misma sangre que nosotros.

  2. El carnal. Este se manifiesta cuando un hombre se ama a sí mismo por encima de Dios, en oposición a Dios o con desprecio hacia Dios. Es cuando nuestros pensamientos, afectos y designios se centran únicamente en nuestro interés carnal. Le robamos a Dios Su honra y se la entregamos a nosotros mismos. Así, el amor propio natural, bueno en sí mismo, se convierte en criminal por su exceso cuando quiere ser superior y no subordinado a Dios.

  3. El piadoso. Este se manifiesta cuando nos amamos a nosotros mismos con fines más altos que nuestra mera naturaleza de criaturas. Nos amamos en subordinación a la gloria de Dios. Esto es la reducción de la criatura rebelde a su verdadero y feliz orden. Por eso se dice que el cristiano es creado en Cristo Jesús para buenas obras (Ef. 2:10). Así como todas las criaturas fueron creadas no solo para sí mismas sino para la honra de Dios, así también la gracia de la nueva creación lleva al hombre a responder a este fin y a ordenar todas sus acciones a la honra y complacencia de Dios.

El primero proviene de la creación, el segundo del pecado, el tercero de la gracia. El primero fue implantado por creación, el segundo por la corrupción, el tercero por la operación poderosa de la gracia.

El amor propio carnal es erigido en lugar de Dios como nuestro último fin, como el mar en el que desembocan todos los riachuelos y ríos de nuestras acciones.

Este amor propio es natural. Está tan arraigado en nosotros como nuestras almas. Es tan natural como el pecado, fundamento de todo el mal en el mundo. Así como el aborrecimiento de sí mismo es la primera piedra que se pone en la conversión, así el amor propio desordenado fue la primera entrada de toda iniquidad. Así como la gracia es un levantarse del yo para centrarse en Dios, así el pecado es un alejarse de Dios hacia el fango de un egoísmo carnal. ¿Qué es la ira sino la defensa del yo contra algún mal real o imaginario? ¿De dónde viene la envidia sino del amor propio, dolido por su falta ante el gozo de otro? ¿Qué es la impaciencia sino el lamento de que el yo no es provisto tan pronto como desearíamos? ¿Qué es el orgullo sino un sentido de auto-valía, un deseo de tener al yo en una elevación más alta que los demás? ¿Qué es la embriaguez sino buscar satisfacción para el yo sensual en los despojos de la razón? Ningún pecado se comete como pecado, sino como pretendiendo satisfacer al yo. En verdad, el pecado bien puede llamarse el yo del hombre, pues se extiende y reviste cada parte de nuestra alma. El entendimiento no se adhiere a nada falso sino bajo la apariencia de verdad, ni la voluntad abraza nada malo sino bajo la apariencia de bien. Sin embargo, la regla con la cual medimos la verdad y la bondad de los objetos no es la Palabra infalible, sino las inclinaciones del yo, cuya gratificación llega a ser el fin de toda nuestra vida.

Pecado y yo son una misma cosa. Lo que en un lugar se llama vivir para el pecado (Ro. 6), en otro se llama vivir para sí mismo: «para que los que viven, ya no vivan para sí» (2 Co. 5:15). Y por esta razón tanto la palabra hebrea como la griega usadas en la Escritura para expresar el pecado significan propiamente errar el blanco y desviarse del objetivo al cual todas nuestras acciones deben dirigirse: la gloria de Dios. Cuando caímos a amarnos a nosotros mismos, caímos de amar a Dios. Por eso, cuando el salmista dice que no había quien buscara a Dios (como su último fin), añade enseguida: «Todos se desviaron» de su blanco verdadero, y por tanto «se han corrompido» (Sal. 14:3).

Por ser natural, también es universal. No buscar a Dios es tan común como nuestra ignorancia de Él. Todo hombre en estado natural lo posee de manera dominante; y todo hombre renovado, de este lado del cielo, lo conserva en parte. En el hombre natural esta disposición florece; en el renovado, se combate. Apuntar a la gloria de Dios como el fin supremo y no vivir para nosotros mismos es la mayor señal de la restauración de la imagen divina (2 Co. 5:15) y de la conformidad con Cristo. Él no se glorificó a Sí mismo (Hb. 5:5), sino al Padre (Jn. 17:4). Por tanto, todo hombre revolcándose en el lodo de la naturaleza corrupta rinde homenaje al yo, así como el hombre renovado se siente afectado por la honra de Dios.

El Espíritu Santo no excluye a nadie de este crimen: «Todos buscan lo suyo propio» (Fil. 2:21). Es raro que miren por encima o más allá de sí mismos. Sea cual sea el objeto inmediato de sus pensamientos e indagaciones, el fin y la meta supremos son siempre su propio provecho, honra o placer. Cualquiera que sea lo que ocupe de manera inmediata la mente y la voluntad, el yo se entrona como reina, empuña el cetro y dispone todas las cosas de tal modo que Dios queda excluido y no halla lugar en ninguno de sus pensamientos. «El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay Dios en ninguno de sus pensamientos» (Sal. 10:4). El pequeño mundo del hombre está tan anegado por el diluvio del yo, que la paloma —símbolo de la gloria del Creador— no halla dónde posar su pie. Y si alguna vez el hombre le da entrada, es para disfrazarla y hacerla servir a algún proyecto carnal.

El poder de este principio es lo que hace tan difícil la conversión. No hay mayor deleite para un alma creyente que entregarse a Dios, ni mayor anhelo que tener una voluntad firme de servir a los designios del honor de Dios. De igual manera, no hay mayor tormento para el hombre impío que renunciar a sus fines carnales y derribar al Dagón del yo ante el arca de Dios (1 S. 5:3). Fue precisamente el amor propio y la alta opinión de sí mismos lo que impidió a los fariseos recibir la verdad. Buscaban la honra los unos de los otros, y no la honra que viene de Dios (Jn. 5:44). Este principio se infiltra en el ejercicio de las virtudes morales, se mezcla con nuestra caridad (Mt. 6:2) y halla alimento en las cenizas del martirio (1 Co. 13:3).

b. Ejemplos del hombre haciéndose a sí mismo su propio fin

Esto de hacernos nuestro propio fin aparece en algunas cosas:

  1. En el frecuente autoaplauso y pensamientos de autoimportancia. No hay nada más común en la naturaleza de los hombres que embelesarse con sus propias perfecciones, adquisiciones o acciones. La mayoría piensa de sí más de lo que debiera pensar (Ro. 12:3–4). Son pocos los que piensan de sí con la humildad con que debieran pensar. Esto se adhiere a nosotros como la piel. Así como la humildad es la belleza de la gracia, esto es la suciedad más inmunda de la naturaleza. Nuestros pensamientos corren más deleitosamente tras la pista de nuestras propias perfecciones que tras la excelencia de Dios. Cuando hallamos algo de aparente valor que nos puede hacer brillar en los ojos del mundo, ¡con qué gozo nos abrazamos a nosotros mismos! Cuando los hombres han desechado la impiedad más grosera y contenido sus torrentes, la fuente de corrupción de donde brotaban no hace sino hincharse aún más en su interior. Se felicitan a sí mismos por su aparente reforma, sin reconocer sus debilidades ni anhelar la ayuda de Dios para un verdadero y mayor progreso. «Te doy gracias porque no soy como…este publicano» (Lc. 18:11). La autorreflexión con desprecio hacia el prójimo, en lugar de compasión, es frecuente en todo fariseo. De este principio proviene que seamos tan prontos a compararnos con los que están debajo de nosotros, más que con los que están por encima. A menudo pensamos que los que están por encima de nosotros son, en realidad, inferiores a nosotros.

Los graciosos autores de la Escritura estaban muy lejos de esto. Cuando fueron dirigidos por el Espíritu de Dios y llenos de Su sentido, en lugar de aplaudirse a sí mismos, publicaban sus propias faltas a la vista de todo el mundo.

  1. En atribuirse la gloria de lo que hacemos o poseemos—a nuestra propia sabiduría, poder y virtud. ¡Cómo se envanecía Nabucodonosor ante la vista de Babilonia, que había levantado como cabeza de tan gran imperio! «¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué…?» (Dn. 4:30). Se paseaba orgulloso en su palacio, como si no hubiese otro Dios en el mundo más que él mismo. Consideraba a Babilonia como su cielo, y a sí mismo como su ídolo—como si él lo fuera todo, y Dios nada.

Cuando algo nos sale bien, estamos prontos a atribuirlo a nuestra prudencia e industria. Si encontramos oposición, nos enojamos contra las estrellas, la mala suerte, las causas segundas y, a veces, contra Dios, sin reconocer defecto alguno en nosotros mismos. Todo lo que sacrificamos a nuestro crédito, a la destreza de nuestras manos o a la sagacidad de nuestro ingenio, se lo restamos a Dios.

  1. En desear doctrinas que complazcan al yo. No podemos soportar oír nada que se oponga a la carne, aunque el sabio nos dice: «Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios» (Ec. 7:5). Si Micaías declara a Acab el mal que le sobrevendrá, Amón, el gobernador, recibirá órdenes de encerrarlo en una mazmorra (1 R. 22:26–27). Así como el fuego en cuanto toca materia combustible se enciende, así también se inflama la furia cuando el yo es pellizcado.

  2. En preocuparnos mucho por las injurias hechas contra nosotros, y poco o nada por las injurias hechas contra Dios. Esto suele verse cuando la violación de la autoridad de Dios y la mancha de nuestra propia reputación van juntas. Nos duele más lo que nos deshonra a nosotros que lo que deshonra a Dios. Cuando Saúl había transgredido, pidió a Samuel que volviera con él para preservar su honra delante de los ancianos, en lugar de dolerse porque había quebrantado el mandamiento de Dios (1 S. 15:30).

  3. En confiar en nosotros mismos cuando consultamos más nuestra propia sabiduría que inquirir de Dios y pedirle permiso. Emprendemos cosas en la fuerza de nuestras propias capacidades e industria, sin acudir a Dios por dirección, bendición y éxito. Reclamamos el privilegio de la Deidad y nos hacemos dioses de nosotros mismos. La confianza en nosotros mismos es una defección de Dios (Jer. 17:5). Ahora bien, no debemos descuidar la razón ni las facultades que Dios nos ha concedido. No es necesario invertir más tiempo en la oración que en la atención de nuestros asuntos, sino entretejer nuestras intenciones en los negocios con breves oraciones al cielo, llevando a Dios con nosotros en cada actividad. Pero, al mismo tiempo, ciertamente es idolatría del yo cuando somos más diligentes en atender a nuestra propia inteligencia que fervientes en buscar a Dios.

  4. Servimos al yo carnal aun contra la luz de nuestra propia conciencia. Esto se evidencia cuando hombres de juicio prudente y de clara sabiduría natural se hacen voluntariamente esclavos de sus concupiscencias, reman contra la corriente de su conciencia y rinden al yo carnal una servidumbre vergonzosa y penosa. Hacen de ese yo su dios, sacrificando todo sentimiento de virtud y aun la tranquilidad de sus vidas en aras del placer, la honra y la satisfacción carnal. Esto es prostituir al delegado de Dios, la conciencia, a las afecciones carnales. Sus ojos están cerrados a su luz y sus oídos sordos a su voz; pero están atentos al más leve soplo y susurro del yo—una deuda que la criatura debe supremamente a Dios.

c. Cómo esto es ateísmo

Mucho más podría decirse, pero veamos qué ateísmo se esconde en esto y cómo invade el honor de Dios.

  1. Usurpa la prerrogativa de Dios. Es prerrogativa de Dios ser Su propio fin y obrar para Su propia gloria, porque no hay nada superior a Él en excelencia y bondad por lo cual actuar. Él no recibió Su ser de nada fuera de Sí mismo. Nada lo obliga a actuar sino por Sí mismo. Hacernos a nosotros mismos nuestro fin último es rivalizar con Dios como el sumo bien y bienaventuranza en Sí mismo, como si fuéramos nuestro propio principio, el autor de nuestro propio ser, y no estuviéramos obligados a un poder superior al nuestro por lo que somos y tenemos. Cuando solo nos amamos a nosotros mismos y obramos para ningún otro fin que el yo, nos arrogamos el dominio que pertenece únicamente a Dios y le arrancamos la corona de Su cabeza.

  2. Vilipendia a Dios. Cuando nos hacemos nuestro fin, decimos claramente que Dios no es nuestra felicidad. El hombre no puede deshonrar más a Dios que refiriendo a su propia gloria aquello que Dios hizo para Su alabanza. Solo Dios tiene derecho a la gloria y a la alabanza de lo que Él ha hecho, y ningún otro. El hombre cambia la gloria del Dios incorruptible en una imagen corruptible (Ro. 1:23).

  3. Es una destrucción de Dios, en cuanto está en nosotros. Erigir al yo como nuestro fin anula la verdadera Deidad. Al rendirnos respeto y honor a nosotros mismos, que son debidos a Dios, hacemos que el verdadero Dios sea como ningún Dios. Quien se hace rey sobre los derechos y territorios de su príncipe manifiesta la intención de derrocarlo de su gobierno. Escogernos a nosotros mismos como nuestro fin es des-divinizar a Dios, ya que ser el fin2 último de una criatura racional es derecho de Dios. Por lo tanto, no poner a Dios, sino al yo, siempre delante de nosotros, es reconocer que no hay más ser que nosotros mismos como Dios.

  4. El hombre quiere hacer de cualquier cosa su fin y felicidad antes que de Dios.

Un fin es tan necesario para todas nuestras acciones que quien no se propone un fin para sí mismo no merece ser llamado criatura racional3. Esta es la diferencia entre criaturas racionales y las demás. Las racionales actúan con intención formal, mientras que las otras buscan su fin por instinto natural. Otras criaturas son movidas por naturaleza a lo que las racionales deberían ser movidas por razón. Por lo tanto, cuando un hombre actúa por un fin que no fue designado para él por la ley de su creación, o un fin que es inadecuado para las nobles facultades de su alma, actúa en contra de Dios, trastorna Su orden y no merece mejor título que el de ateo.

a. Cómo hacemos de algo nuestro fin

Un hombre puede decirse que hace de una cosa su fin último y su bien supremo de dos maneras:

  1. Formalmente. Cuando en realidad juzga que tal o cual cosa es su bien supremo y orienta todo hacia ella. El hombre no juzga formalmente que el pecado sea bueno, ni que el objeto que incita al pecado sea su fin último. No puede juzgar que el pecado sea bueno mientras tenga uso de sus facultades racionales.

  2. Virtual y tácitamente. Cuando ama cualquier cosa contra el mandamiento de Dios. Cuando por sus acciones habituales prefiere el gozo de algo antes que a Dios. Cuando emplea más fuerza y consume más tiempo en obtener esa cosa que en cumplir con el verdadero fin de su creación. Cuando actúa como si algo inferior a Dios pudiera hacerlo feliz sin Dios, o como si Dios no pudiera hacerlo feliz sin la adición de otra cosa. Así el glotón hace un dios de sus manjares, el ambicioso de sus honores, el lujurioso de sus deleites, y el codicioso de sus riquezas. No creen que su felicidad esté en Dios, que hizo el mundo, sino en el placer o provecho que han convertido en su dios.

En esto, aunque el objeto creado sea el término inmediato y subordinado al cual nos volvemos, en realidad y en último término el afecto hacia él se detiene en el yo. Naturalmente no apreciamos nada sino aquello que afecta nuestros sentidos o se mezcla con alguna promesa de provecho para nosotros.

b. Ejemplos de hacer de las cosas creadas nuestro fin

Esto se ve:

  1. En que tenemos menos pensamientos de Dios que de cualquier otra cosa. Si percibiéramos a Dios como nuestro bien supremo y nuestro fin más alto, ¿nos dolería tanto dedicarle unos pocos días de pensamiento? Los viajeros piensan con frecuencia en su destino, pero nuestros pensamientos corren hacia nuevas adquisiciones de riqueza, la crianza de nuestras familias, vengar agravios hechos contra nosotros y sostener nuestra reputación. Las bagatelas nos poseen. Dios no está en ninguno de nuestros pensamientos (Sal. 10:4), y rara vez es el único objeto de ellos. Dedicamos pensamientos duraderos a lo transitorio, y apenas pensamientos pasajeros a lo que es verdaderamente permanente y eterno. El pacto de gracia exige que todo el corazón se entregue a Dios y excluye que otra cosa lo absorba. ¡Y, sin embargo, cuán extrañas permanecen la mayoría de las almas para con Dios! Aunque lo conocemos por medio de la creación, para la mayoría sigue siendo un Dios desconocido, porque no hallamos deleite en Él.

  2. En la codiciosa persecución del mundo. Cuando buscamos más las riquezas terrenales o la reputación mundana que las riquezas de la gracia o el favor de Dios. Cuando tenemos la necia imaginación de que nuestra felicidad consiste en ellas, preferimos la tierra al cielo, las cisternas rotas que no retienen agua a la fuente siempre manante de gloria y bienaventuranza. Como si hubiese un defecto en Dios, no podemos contentarnos con Él como nuestra porción sin añadirle algo inferior a Él. El apóstol llama a la codicia idolatría, y a la persona codiciosa le da el título de idólatra (Col. 3:5; Ef. 5:5).

  3. En la fuerte adicción a los placeres físicos (Fil. 3:19). Los hombres hacen de su vientre su dios cuando rebajan sus facultades superiores para apuntar a la satisfacción del apetito físico como su felicidad suprema. Los hombres rehúsan abierta e indudablemente a Dios como su fin último cuando piensan constantemente en nuevos métodos para satisfacer su apetito bestial. Abandonan los placeres que se hallan en Dios, que son los deleites de los ángeles; y persiguen la satisfacción de las bestias. Rehusamos a Dios como nuestro fin cuando nuestro descanso está en estas cosas, como si fueran el sumo bien y no Dios.

  4. En dar más honra a los instrumentos que Dios utiliza que a Dios, el autor soberano, cuando tenemos algún éxito en el mundo. «Sacrifican a su red, y ofrecen sahumerios a sus mallas» (Hab. 1:16). No es que el asirio ofreciera sacrificios a sus armas, sino que atribuía a ellas lo que solo se debía a Dios. Atribuían la victoria a sus fuerzas y armas. Cuando recibimos bienes, ¿no están nuestros afectos más centrados en los instrumentos que los trajeron que en el Benefactor supremo de Cuyos tesoros fueron tomados?

  5. En dar más respeto al hombre que a Dios. En el culto público de Dios, no nos reímos ni hacemos tonterías porque los hombres nos ven. Pero nuestros corazones suelen hallarse en una postura ridícula, entretenidos con plumas y vanidades bajo la mirada misma de Dios. Vivimos como si nuestra felicidad consistiera en agradar a los hombres y nuestra miseria dependiera del desagrado de Dios. Todo necio que dice en su corazón que no hay Dios, levanta en su interior algún ídolo para ocupar Su lugar.

c. Los efectos de hacer de las cosas creadas nuestro fin

Esto es,

  1. Un envilecimiento de Dios.

Al erigir a una criatura. Se afirma que Dios es menos deseable que Su criatura, que carece de perfecciones que posee alguna cosa insignificante que ha cautivado los afectos. Se dice que la Causa de todo ser puede ser superada por Su criatura, que una vil concupiscencia puede igualar, sí, superar la hermosura de Dios. Se le dice a Dios como el rico al pobre: «Tú estate allí, o siéntate aquí bajo mi estrado» (Stg. 2:3). ¡Esto es intolerable! No debemos hacer que el estrado de Dios, la tierra, ascienda a Su trono. No hemos de colocar en nuestro corazón aquello que Dios mismo puso por debajo de nosotros, bajo nuestros pies. No permitamos que lo que fue hecho para ser pisoteado usurpe los derechos que solo Dios tiene sobre nuestros corazones. Es peor que si una reina se enamorara de una pequeña estatua de su príncipe en el palacio y despreciara su hermosura en persona.

Envilece aún más a Dios el erigir un pecado, una concupiscencia o un afecto carnal como nuestro fin supremo. Robarle la honra a Dios para entregarla a lo que ni siquiera es obra de Sus manos—a lo que Él aborrece, lo que ha perturbado Su reposo y lo que ha arrancado de Su justo aliento un fuego para encender un infierno como su morada eterna, una concupiscencia que deshonra a Dios y asesina al alma—esto es peor que preferir a Barrabás por encima de Cristo. Cuanto más bajo es el objeto, mayor es la afrenta contra Aquel con quien lo asociamos. Si se tratara de algún principio generoso, o de algo útil al mundo, aquello que pusiéramos como igual o superior a Dios sería malo, aunque no tan atroz. Pero complacer un apetito indigno a costa del desagrado del Creador —algo inferior incluso a la naturaleza racional del hombre, e infinitamente inferior a la majestad excelsa de Dios— es un ultraje aún más vil contra Él.

Y que nadie se excuse diciendo que solo exalta una sola concupiscencia o tan solo una criatura como su fin último. ¿Acaso no es idólatra el que adora solamente al sol, un ídolo, tanto como el que adora a todo el ejército del cielo?

Si preferimos riquezas, bienes, amigos y aun la mejor cosa en el mundo—nuestra propia vida—por encima de Dios como nuestra suprema felicidad y fin, aunque sea por un momento, es un agravio infinito, porque hemos negado la infinita bondad y excelencia de Dios. Aunque un hombre, en efecto e intencionalmente, prefiera a Dios por encima de todas las cosas antes y después de esa falta, aun así le ha hecho un agravio infinito, porque Dios es infinitamente bueno en todo momento. Él es siempre absolutamente deseable y nunca puede dejar de ser bueno. No puede haber en Él la menor sombra o variación en Sus perfecciones.

  1. Una negación de Dios.

«Si he mirado al sol cuando resplandecía, o a la luna cuando iba hermosa, y mi corazón se engañó en secreto, y mi boca besó mi mano: esto también sería maldad juzgada; porque habría negado al Dios soberano» (Job 31:26–28). Esta negación de Dios no es solo el acto de un idólatra abierto, sino que resulta también de la confianza secreta y del gozo desmedido en las cosas terrenales.

Besar la mano en señal de reverencia a un ídolo era un gesto externo de adoración religiosa, mucho menos significativo que la confianza interna del corazón. Si un simple movimiento de la mano implica una negación de Dios, ¡cuánto más lo será el afecto del corazón cuando se fija en una criatura indigna o en un placer degradante! Tal disposición es, en efecto, una negación de Él, pues el afecto supremo del alma pertenece de manera exclusiva al Creador soberano. Ningún honor peculiar a Dios puede darse a una criatura sin excluir claramente a Dios de ser Dios.

Cualquiera que tenga un afecto desmedido por algo en el mundo tiene buenas razones para examinarse a sí mismo. Aunque reconozcan que Dios existe, son culpables de tal desprecio hacia Él que debe considerarse una forma de ateísmo. Aun los que han sido renovados por el Espíritu de Dios tienen aquí motivo para humillación diaria, porque sus almas con frecuencia muestran confianza y afecto hacia las criaturas—acto de ateísmo práctico—aunque estén libres del hábito de ello.

  1. El hombre quiere hacerse el fin de todas las criaturas.

El hombre quiere sentarse en el asiento de Dios y “poner su corazón como el corazón de Dios”, como dice el Señor acerca de Tiro (Ez. 28:2). La consecuencia de esto es que el hombre busca ser tenido en estima como el bien supremo y el fin de todas las demás criaturas. Esta es una meta que el corazón de Dios mismo ha de proponerse, pues es un derecho inseparable de la Deidad. Dios tendría que negarse a Sí mismo si negara este afecto de Su corazón.

El hombre desea ser igual a Dios, y por tanto desea que ninguna criatura sea igual a él, sino que sirva a sus fines y a su gloria. El que quiere hacerse Dios, quiere tener el honor propio de Dios. El que se cree digno de su propio afecto supremo, se cree digno de ser el objeto del supremo afecto de los demás. Nada es más natural al hombre que el deseo de que su propio juicio sea la regla y medida del juicio y de las opiniones del resto de la humanidad. Quien se coloca en el lugar del príncipe, con ese acto reclama todas las prerrogativas y derechos que pertenecen al príncipe. El que se cree apto para ser rey, se cree digno del homenaje y la lealtad de los súbditos. El que se ama principalmente a sí mismo, y ama a todas las cosas y personas por sí mismo, querría hacerse el fin de todas las criaturas.

Esto es evidente:

  1. En el orgullo. Cuando albergamos un alto concepto de nosotros mismos y obramos buscando nuestra propia reputación, despojamos a Dios del lugar que le corresponde en nuestros corazones. Mientras deseamos que nuestra fama esté en boca de todos, y ser admirados en los corazones de los hombres, queremos expulsar a Dios de sus corazones y negarle residencia alguna a Su gloria. Todo hombre orgulloso quiere ser considerado por otros del mismo modo que se considera a sí mismo: la pieza suprema de bondad. Quiere ser adorado por otros tanto como él mismo se adora y admira. Ningún hombre orgulloso, en su amor propio y auto-admiración, piensa estar en error. Si es digno de su propia admiración, se cree digno de la más alta estima de los demás. Ellos deben valorarlo por encima de sí mismos, y valorarse a sí mismos solo por él.

  2. En usar a las demás criaturas en contra del fin que Dios les asignó. Dios creó el mundo y todo lo que hay en él como peldaños para que los hombres ascendieran a contemplarlo y reconocer Su gloria. Pero nosotros los usamos para deshonrar a Dios y gratificarnos a nosotros mismos. Él dispuso las criaturas para suplir nuestras necesidades y sostener nuestros deleites racionales. Pero nosotros las usamos para alimentar nuestras concupiscencias pecaminosas. Convertimos las cosas que Él creó para Sí mismo en instrumentos de rebelión contra Él para servir a nuestros fines. Esto es un alto deshonor contra Dios, una sacrílega subversión de Su gloria. Pervertimos todo el orden del mundo y lo dirigimos hacia otro fin distinto del que Dios instituyó. Así como todas las cosas fueron hechas por Dios, también lo son para Dios. Pero cuando aspiramos a ser el fin de las demás criaturas, envidiamos a Dios el honor de ser Creador.

  3. Esto es diabólico. El diablo fue arrojado del estado de ángel de luz a tinieblas, vileza y miseria, para ser la criatura más maldita. Todo esto se debió a su primer deseo de autoridad en el cielo. Y aun así sigue aspirando a rivalizar con Dios, aunque sabe que es imposible lograrlo. Como todos los hombres por naturaleza son hijos del diablo, simiente de la serpiente, llevan algo de este veneno en su naturaleza, junto con sus otros rasgos. Vemos que hay un ateísmo monstruoso escondido bajo la creencia en un Dios. El diablo sabe que hay un Dios, pero actúa como ateo; y así también sus hijos.

  4. El hombre quiere hacerse el fin de Dios.

Quienquiera que se hace a sí mismo su propia ley y fin en lugar de Dios, querría hacer de Dios el súbdito y de sí mismo el soberano. El que se sienta en el trono de un príncipe, pone al príncipe en su estrado. Nuestro afecto hacia Dios debería centrarse en Él como objeto infinito, nuestra felicidad suprema y fin más alto. Nuestros afectos hacia nosotros mismos deberían ser finitos; deberían referirse en última instancia a Dios como el origen de nuestro ser. Pero el pecado ha inclinado por completo los afectos del hombre hacia sí mismo. Cuando debía amar primeramente a Dios y amarse a sí mismo por causa de Dios, ahora se ama primero a sí mismo y ama a Dios solo en la medida en que sirve a su propia gratificación. El amor a Dios ha sido destronado, y el amor al yo ocupa su lugar. Con frecuencia, incluso cuando pretendemos buscar el honor de Dios, en realidad procuramos complacernos a nosotros mismos. Hacemos de nuestro Creador una herramienta para nuestros propios fines.

a. Evidencia de que el hombre se hace el fin de Dios

Esto es evidente:

  1. En amar a Dios a causa de algunos beneficios agradables que Él reparte. Los hombres tienen una especie de amor natural hacia Dios, pero es un amor secundario. Aman a Dios porque les da las cosas buenas de este mundo, les prepara la mesa, llena su copa, llena sus arcas y hace llegar providencias sorprendentemente buenas a su camino. Todas las apostasías de los hombres en el mundo dan testimonio de esto. Son devotos mientras conservan una profesión próspera, pero no soportan ni una astilla de la cruz para servir verdaderamente a Dios. El tiempo de prueba descubre estas almas mercenarias como más amantes de sí mismas que de su Hacedor. Pretenden amistad con Dios, pero en realidad aman la concupiscencia y solo usan a Dios. El carácter de un buen hombre es el opuesto. Dijo un hombre santo: “Apaga el infierno, quema el cielo, yo amaré y temeré a mi Dios”.

  2. Esto se hace evidente en la abstinencia de ciertos pecados, no porque ofendan a Dios, sino porque se oponen a otra corrupción amada o a un deseo mundano. Muchos de los motivos que el mundo usa para apartar a sus amigos y parientes de los vicios proceden del yo. Se emplean para apuntalar el yo natural o pecaminoso en ellos. “Vamos, corrígete. Cambia tu rumbo, o dañarás tu reputación. Arruinarás tus finanzas y te convertirás en un mendigo. Tu familia quedará en la ruina y podrías pudrirte en prisión”. No los confrontan con el deber que deben a Dios, con el deshonor que su conducta indigna le acarrea, ni con la ingratitud hacia el Dios que les muestra misericordia. No es que los motivos terrenales deban ser completamente ignorados u omitidos. Pero este enfoque en los motivos terrenales muestra que el yo es la inclinación tanto en nuestra propia vida como en nuestro trato con otros. Hacemos superior lo que debería ser subordinado al honor de Dios.

  3. Esto se hace evidente al realizar deberes meramente por interés propio, haciéndonos a nosotros mismos el fin de las acciones religiosas, mientras pretendemos hacerlo para Dios. Las cosas ordenadas por Dios pueden llegar a sostener nuestros propósitos carnales. Dios puede ser el objeto, pero el yo es el fin, y un objeto celestial es hecho para servir a un propósito carnal. La hipocresía habla del honor de Dios, pero se llama adulación: «Le lisonjeaban con su boca» (Sal. 78:36). Le daban un puñado de buenas palabras para su propia preservación.

b. Instancias del hombre haciéndose a sí mismo el fin de Dios

Esto se ve:

  1. Se evidencia en la desgana hacia los deberes religiosos que no redundan en beneficio del yo. ¡Y cuán animosos son muchos al acercarse a Dios cuando ello sostiene sus propios fines! Pero cuando honra a Dios, el deber no es un deleite sino un estorbo. Jonás estaba hastiado de su labor, y huyó de Dios, porque pensó que no recibiría honor con su mensaje. Sabía que la misericordia de Dios desacreditaría su profecía (Jon. 4:2). La oración es a menudo más ferviente cuando es menos piadosa y más egoísta. Fines carnales y afectos vierten expresiones vivas.

  2. Se manifiesta en invocar a Dios únicamente en tiempos de necesidad. ¡Cuán celosos se muestran los hombres de buscar a Dios en la aflicción, cuando lo han descuidado en la prosperidad! «Si los hacía morir, entonces lo buscaban; se volvían solícitos y madrugaban en busca de Dios. Y se acordaban de que Dios era su refugio» (Sal. 78:34-35). A menudo los hombres vienen a Dios cuando tienen algún asunto que quieren que Él haga por ellos. Esto no es afecto a Dios, sino a nosotros mismos.

De nuevo, cuando hemos recibido la misericordia que necesitábamos, ¡qué poco calentamos nuestras almas para considerar al Dios que la dio! ¡Qué poco ponemos en uso los dones de Su misericordia para Su servicio! Esto no es glorificar a Dios como Dios, sino tratarlo como nuestro siervo. Tal persona difícilmente mendigaría a la puerta de Dios si pudiera complacerse sin Él.

  1. En rogar Su asistencia para nuestros propios proyectos. Cuando planeamos nuestros propios asuntos y luego venimos a Dios, no por consejo, sino por bendición. Es únicamente el yo quien nos dicta cómo obrar; pero, como admitimos que hay un Dios que gobierna el mundo, deseamos que Él coopere con nuestro éxito. No consultamos a Dios hasta que hayamos resuelto seguir el consejo del yo; entonces pretendemos que sea Él quien ejecute nuestro plan. Y peor aún es cuando le pedimos que favorezca algún propósito pecaminoso.

Apenas buscamos a Dios hasta que hemos trazado todo el plan en nuestra mente y decidido cómo lo haremos funcionar—como si no hubiera en Dios plenitud de sabiduría para guiarnos en la planificación, así como poder para conceder éxito sobre los planes.

  1. En la impaciencia cuando Él rehúsa nuestros deseos. ¡Cuántas veces se alzan los espíritus de los hombres contra Dios, cuando Él no interviene con la ayuda que quieren! Los corazones egoístas acusan a Dios de negligencia si Él no es tan rápido en suplir como ellos en desear. «¿Por qué ayunamos, dicen, y no hiciste caso? ¿Humillamos nuestras almas, y no lo supiste?» (Is. 58:3). Cuando nuestro ruego tiene como fin la gloria de Dios, caeremos en humilde sumisión cuando Él niegue nuestra petición. Pero el yo se levanta audazmente quejándose, como si Dios fuera nuestro siervo y hubiera descuidado el servicio que nos debía, no viniendo a nuestro llamado.

  2. En las verdaderas intenciones que los hombres tienen en sus deberes. En la oración por cosas temporales, cuando deseamos salud para nuestra propia comodidad, riqueza para nuestra sensualidad, fuerza para nuestra venganza, hijos para el aumento de nuestra familia, dones para nuestro aplauso, como Simón el Mago deseó el Espíritu Santo. Esto es pedir a Dios que sea un siervo de nuestro interés mundano. Aun en las misericordias espirituales que pedimos, solemos torcerlas hacia el yo: cuando deseamos el perdón del pecado solo para asegurar nuestra propia liberación de la venganza eterna; la santificación únicamente para hacernos aptos para la bienaventuranza; la paz de conciencia solo para vivir con mayor comodidad en el mundo. Todo ello sin un verdadero propósito de la gloria de Dios, o con pensamientos de Su honor fácilmente sobrepasados por miras de nuestra propia ventaja. Ahora bien, Dios nos ha motivado a estas cosas por la bienaventuranza que recibimos de ellas, de modo que podemos desearlas con un respeto a nosotros mismos. Pero este respeto debe estar contenido dentro de los cauces adecuados, en subordinación a la gloria de Dios—no por encima de ella, ni en igual medida con ella.

c. Propósitos tan bajos contaminan los deberes espirituales

Considera seriamente: Aunque un deber sea celestial, ¿no lo contamina algún bajo propósito de nuestra parte?

  1. ¿Cómo es con nuestras confesiones de pecado? ¿No son más para obtener nuestro perdón que para avergonzarnos delante de Dios, o para ser liberados de las cadenas que nos impiden traerle la gloria para la cual fuimos creados? ¿Más para participar de Sus beneficios que para honrarle al reconocer los derechos de Su justicia? ¿No nos lamentamos del pecado como de algo que nos ha arruinado, más que como aquello que se opone a la santidad de Dios? ¿No intentamos manipular a Dios, confesando un pecado y reservando otro?

  2. ¿Es mejor en nuestro culto privado y familiar? ¿No asisten algunos simplemente porque alguien de quien dependen los observa y quieren agradarle? Si Dios fuera el fin supremo de nuestros corazones, ¿no arderían estos bajo la sola mirada de Dios tanto como arden nuestras lenguas bajo la mirada de los hombres? ¿No realizan algunos los deberes familiares simplemente para que sus voces sean oídas y su reputación sostenida entre los vecinos piadosos?

  3. ¿No está la caridad de muchos hombres manchada con este fin, el yo? Es cuando damos limosna no tanto porque la gente lo necesita, sino por la amistad que les debemos por alguna razón. Es cuando queremos que nuestras dádivas sean visibles al mundo y elogiadas por otros. Es cuando pensamos obligar a Dios a perdonar nuestras transgresiones dando unas pocas monedas a personas indigentes. Y,

  4. ¿No sucede lo mismo con las reprensiones a los hombres? ¿No reprenden los amos a sus siervos con más vehemencia por el descuido de sus asuntos que por el descuido de los deberes divinos? Estos amos invocan argumentos religiosos, pretendiendo honrar a Dios. Pero cuando los siervos descuidan lo que deben a Dios, no se hace ruido alguno y pasan sin reprensión. Es una especie de ateísmo ignorar las ofensas hechas a Dios.

  5. ¿No es así también con nuestro aparente celo por la religión? Demetrio y los artífices de Éfeso clamaban en alta voz por la grandeza de Diana de los efesios, no por un verdadero celo por ella, sino por la ganancia que obtenían de la venta de sus templecillos (Hch. 19:24, 28).

  6. En hacer uso del nombre de Dios para excusar nuestro pecado. Erigimos una opinión que sostiene nuestras concupiscencias, y luego excavamos profundamente en la Escritura para encontrar muletas que la apoyen y autoricen nuestras prácticas. Los hombres agradecerán a Dios lo que han obtenido por medios ilícitos, encubriendo su deshonestidad con Su nombre. Los judíos apelaron a la ley de Dios para la crucifixión de Su Hijo: «Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir» (Jn. 19:7). Querían hacer de Dios un socio de su venganza privada.

d. Los efectos de hacerse a sí mismo el fin de Dios

¿No es todo esto un alto grado de ateísmo?

  1. Deshonra a Dios. Otros pecados atacan a la criatura y a las cosas externas, pero actuar en los servicios religiosos por el yo hace que el mismo Creador quede sujeto a la criatura. Hace que Dios contribuya al placer del diablo. Es una afrenta mayor que arrojar los dones de un príncipe a una piara de inmundos cerdos.

  2. Porque deshonra a Dios, lo desdiviniza o lo destrona. Actúa como si nosotros fuéramos los señores y Dios nuestro siervo. Pone fines terrenales en el lugar de Dios, quien debe ser nuestro fin último en toda acción. El que piensa que puede engañar y burlar a Dios con sus pretensiones, difícilmente puede creer de corazón que Dios exista.

Un hombre que sirve a Dios solo para su propio beneficio está preparado para cualquier idolatría. Su religión se torcerá con los tiempos cuando le convenga. Negaría al Dios verdadero por un ídolo si su interés mundano así se lo aconsejara. Daría la misma reverencia a la más vil imagen que ahora pretende dar a Dios. Los israelitas fueron tan reales en la idolatría bajo sus peores príncipes como fueron aparentes pretendientes de la verdadera religión bajo los que eran piadosos.

Antes de llegar a la aplicación de esto, déjenme probar la realidad de este ateísmo práctico con otras dos consideraciones: las imaginaciones indignas de Dios y la falta de deseo por Dios.

Footnotes

  1. fin: razón de ser; propósito; meta.

  2. fin: causa final: objeto o propósito.

  3. racional: que posee razón.