II. El hombre, su propia regla en lugar de Dios

El hombre quiere erigirse a sí mismo como su propia regla en lugar de Dios. Esto se probará de la siguiente manera:

  1. El hombre, por naturaleza, desconoce la regla que Dios le establece.

  2. Reconoce cualquier otra regla, menos la que Dios prescribe.

  3. Hace esto para erigirse a sí mismo como su propia regla.

  4. Se convierte no solo en su propia regla, sino también en la regla de Dios, y llega a dar leyes a su Creador.

  5. El hombre, por naturaleza, desconoce la regla que Dios le establece.

Negar Su realeza es negar Su ser. Cuando desconocemos Su autoridad, desconocemos Su divinidad. Es derecho de Dios ser soberano sobre Sus criaturas.

Todo hombre es naturalmente hijo de Belial, desea estar sin yugo y salta las cercas de Dios. Al rebelarse contra Su soberanía, desconocemos Su ser como Dios. Ser Dios y ser soberano son inseparables; no podría ser Dios si no fuese supremo. Ni podría ser Creador sin ser Legislador. Ser Dios y, al mismo tiempo, inferior a otro, es una contradicción. Crear criaturas racionales sin prescribirles una ley es crearlas sin santidad, sin sabiduría y sin bondad.

a. La renuencia a conocer la voluntad de Dios

Hay en el hombre una resistencia natural incluso a familiarizarse con la voluntad que Dios le establece. «No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios» (Sal. 14:2). Rehusar la instrucción y echar Su Palabra tras sus espaldas es parte del ateísmo (Sal. 50:17). Somos tardos para oír las instrucciones de la ley o del evangelio (Hb. 5:11–12), y lentos para comprender lo que escuchamos. No puede haber concordia entre la santa voluntad de Dios y el corazón de una criatura depravada: una es santa, el otro es impío. Una es enteramente buena, el otro enteramente malo. La pureza de la regla divina la hace nauseabunda para la impureza de un corazón carnal.

Rechazar con disgusto una regla santa es una evidencia de ateísmo en el corazón. Sus restos aún se hallan, en mayor o menor grado, en todo cristiano, aunque no con dominio total. Pues, así como hay una ley en su mente por la cual se deleita en la ley de Dios, también hay una ley en sus miembros por la cual lucha contra la ley de Dios (Ro. 7:22–23, 25). ¡Cuán predominante es esta aversión hacia la ley de Dios cuando la naturaleza corrupta está en todo su vigor, sin principio alguno que la refrene! Tal mente está tan entenebrecida que ignora la ley de Dios, y la voluntad tan depravada que se resiste a ella. Si el hombre fuese naturalmente dispuesto y capaz de conocer íntimamente y deleitarse en la ley de Dios, no habría sido un favor tan extraordinario que Dios prometiese escribir Su ley en el corazón. Más fácil le sería al hombre grabar con el dedo desnudo las crónicas de toda una nación, o todos los registros de Dios en la Escritura sobre el mármol más duro, que escribir una sola sílaba de la ley de Dios, de manera espiritual, en su corazón. Esto es así porque,

  1. Los hombres son negligentes en usar los medios para alcanzar el conocimiento de la voluntad de Dios. Todo hombre natural es un necio, incapaz de aprovechar el precio que Dios pone en sus manos (Pr. 17:16). No valoran debidamente las oportunidades y medios de gracia; tienen por locura la ley, siendo esta el producto de infinita y santa sabiduría.

  2. Cuando alguna parte de la mente y voluntad de Dios irrumpe sobre los hombres, procuran deshacerse de ella, como quien sacude de encima a un oficial que viene a arrestarlo. «Como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios» (Ro. 1:28). «El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios» (1 Co. 2:14), es decir, no las recibe en su afecto. Las rechaza como se rechaza a mendigos inoportunos y molestos.

  3. Cuando los hombres no logran despojarse de los avisos de la mente y la voluntad de Dios, no hallan placer en considerarlos. Esto sería imposible si en verdad existiera un propósito de reconocer la mente y la ley de Dios como regla. Los siervos que aman a su señor se deleitan en leer y cumplir sus órdenes. Los demonios, aunque entienden la ley de Dios en su mente, aborrecen toda impresión de ella sobre su voluntad. Se dice del hombre natural que no conoce a Dios ni las cosas de Dios. Puede conocerlas en su mente, pero no en su corazón. Un alma sensual no puede deleitarse en una ley espiritual. Ser sensual y no tener el Espíritu son inseparables (Jud. 19).

Los hombres naturales pueden, en efecto, meditar en la ley y verdad de Dios, pero sin deleite en ellas. Si encuentran algún placer, es solo como conocimiento, no como regla. Desean conocer a Dios y alguna parte de Su voluntad y ley, no por un sentido de su excelencia práctica, sino por una sed natural de conocimiento. Buscan adornar su entendimiento, no avivar sus afectos. Son como muchachos ociosos que encienden un fuego, no para calentarse, sino para entretenerse con las chispas. Pero un alma piadosa no solo halla dulzura en su meditación, sino que se deleita en el objeto mismo de esa meditación (Sal. 104:34).

  1. Hay además una rebelión del corazón contra la voluntad de Dios:

Interna. La ley de Dios arrojada contra un corazón duro es como una pelota lanzada contra un muro de piedra: por la resistencia, rebota más lejos de él. Tenemos una antipatía natural contra la voluntad divina; y por eso, cuando se acerca a nuestra conciencia, tendemos a despreciarla y a discutir contra ella; y la corrupción brota con más fuerza. «Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado estaba muerto» (Ro. 7:8). El pecado estaba como muerto, en un estado de languidez, como una guardia dormida en una ciudad, hasta que, al oír la alarma del enemigo, toma las armas y revive su vigor. Todo el pecado en el corazón se congrega y fortalece para resistir.

Externa. Es un fruto de ateísmo lo dicho en el Salmo 14:4: «¿No tienen discernimiento todos los que hacen iniquidad, que devoran a mi pueblo como si comiesen pan?». ¡Cuánta oposición encuentra la revelación de la mente de Dios!

  1. Los hombres a menudo parecen deseosos de conocer la voluntad de Dios, no por respeto a Su voluntad ni para hacer de ella su regla, sino por alguna otra consideración. La verdad rara vez es recibida como verdad. Hay más hipocresía que sinceridad en la iglesia. Judas fue seguidor de Cristo por la bolsa del dinero. A veces los hombres aparentan querer conocer la voluntad de Dios para satisfacer sus propias pasiones más que para conformarse a la voluntad divina. Muchos aceptan una doctrina por causa de la persona, y no a una persona por causa de la doctrina. Creen en algo porque proviene de un hombre a quien estiman, como si sus labios fueran más canónicos que la Escritura.

El apóstol lo da a entender en el elogio que hace a los Tesalonicenses (1 Ts. 2:13), pues implica que algunos reciben la Palabra por interés humano, no «como la palabra de Dios que es en verdad», para mandar y gobernar sus conciencias por su autoridad soberana. Algunos poseen la verdad de Dios (como dice Santiago de la fe en Cristo) «haciendo acepción de personas» (Stg. 2:1), y la reciben no por causa de la fuente, sino del canal. Con frecuencia, la verdad proclamada por un predicador es desechada; pero cuando la misma procede de la imaginación y labios de un predicador idolatrado, se la venera como si fuese oráculo de Dios. Tal actitud hace del hombre —y no de Dios— la norma.

  1. Muchos reciben los conceptos de la voluntad y mente de Dios con afectos inestables y vacilantes. El corazón del hombre es muy inconstante. Los judíos un día aclaman a nuestro Salvador con hosannas como a su rey, y al siguiente piden Su crucifixión y lo tratan como a un asesino. Comenzamos en el Espíritu y terminamos en la carne.

  2. Muchos desean conocer la ley y la verdad de Dios para satisfacer con ellas algún deseo carnal. Esto está tan lejos de hacer de la voluntad de Dios nuestra regla, que hacemos de nuestras propias y viles pasiones la norma de Su ley. ¡Cuántas interpretaciones forzadas de la Escritura se han forjado para dar consentimiento a las concupiscencias de los hombres! Es parte de la inestabilidad y falsedad del corazón torcer las Escrituras “para su propia perdición” (2 P. 3:16). En el Paraíso, la primera interpretación hecha de la primera ley de Dios fue directamente contraria a la mente del Legislador y venenosa para toda la raza humana.

Con frecuencia se extraen consecuencias venenosas de las verdades más dulces. Por ejemplo, la disposición de Dios para recibir a pecadores que se vuelven a Él ha sido usada como estímulo para posponer el arrepentimiento hasta el lecho de muerte.

Ahora bien, es evidente que esta renuencia a familiarizarse espiritualmente con la verdad divina es un desconocimiento de Dios como nuestra regla, y es ponerse uno mismo en Su lugar, porque tal renuencia se opone a la verdad en sus diversos aspectos.

Primero, la verdad es la más espiritual y santa. Una mente carnal es contraria a una ley espiritual, en particular porque es una ley escudriñadora y reveladora, que destrona a todas las demás reglas en el alma. Así como la santidad de Dios, también la santidad de la ley ofende al corazón carnal. «Haced que el Santo de Israel se aparte de nosotros… no nos profeticéis lo recto» (Is. 30:10–11).

Segundo, la verdad se relaciona con Dios o conduce a Dios. El diablo dirige sus ataques más feroces contra aquellas doctrinas de la Palabra y aquellas gracias en el corazón que más exaltan a Dios, humillan al hombre y lo llevan a la más baja sujeción a su Creador. Tal es la doctrina de la justificación por la fe. El Espíritu Santo declaró hace mucho que los hombres no odian el conocimiento en cuanto conocimiento, sino en cuanto los dirige a escoger el temor del Señor: «Aborrecieron la sabiduría, y no escogieron el temor de Jehová» (Pr. 1:29). Naturalmente, el hombre huye de todo lo que tenga relación con Dios, lo declare culpable, dé testimonio de su rebelión, despierte su conciencia y lo mueva a volverse a Él.

Tercero, la verdad es la más contraria al yo. Los hombres no quieren familiarizarse con ninguna verdad que conduzca a Dios, porque los aparta de sí mismos. La razón por la cual tenemos pensamientos tan duros acerca de la voluntad de Dios es porque tenemos pensamientos demasiado altos acerca de nosotros mismos. Es difícil creer o querer aquello que no guarda afinidad con algún principio de nuestro entendimiento ni tiene interés en nuestra voluntad y pasiones. Nuestra resistencia a la voluntad de Dios surge de la desproporción entre ella y nuestros corazones corruptos. Estamos «ajenos a la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay» (Ef. 4:18–19).

Muchos aman las ciencias que enriquecen su entendimiento y no se oponen a sus deleites sensuales. Muchos tienen admirable capacidad para entender razones filosóficas y demostraciones matemáticas, o hacer observaciones de la historia, y dedican mucho tiempo y pensamiento serio al estudio de ellas. Estas ciencias no tratan directamente con Dios ni dañan sus placeres amados. Satisfacen al yo. Pero si hubiesen sido tan contrarias al yo como lo son la ley y la voluntad de Dios, habrían sido erradicadas del mundo hace mucho.

b. Desprecio de la regla de Dios

Así como los hombres muestran su rechazo de la voluntad de Dios como regla por su falta de disposición a conocerla, también lo muestran por su desprecio de ella. La regla de Dios es gravosa para el pecador. Huye de ella como de un monstruo espantoso y un yugo desagradable. El pecado contra el conocimiento de la ley se llama, por lo tanto, apartarse del mandamiento de Sus labios (Job 23:12); echar la Palabra de Dios tras sus espaldas (Sal. 50:17). Esto es tratar la Palabra de Dios como algo despreciable, más digno de ser pisoteado en el polvo que de ser guardado en el corazón. Peor aún, es desecharla como cosa abominable: «Israel desechó lo bueno» (Os. 8:3), un rechazo total de Dios. Al despreciar Sus preceptos, se desprecian Sus perfecciones esenciales. Al rechazar la regla de Su voluntad, desconocemos todos los atributos de Su voluntad: bondad, justicia y verdad. Así como un acto del entendimiento de Dios precede a un acto de Su voluntad, al despreciar la ley menospreciamos la razón infinita de Dios. Naturalmente, los hombres consideran que las leyes de Dios son demasiado estrictas, Su yugo demasiado pesado y Sus límites demasiado estrechos. El que vive en desprecio de esta ley maldice a Dios con su vida. Pensar que creemos firmemente en Dios mientras no conformamos nuestras vidas a Su ley es una vana ilusión.

Este desprecio se manifiesta,

  1. Al quebrantar presuntuosamente cualquier parte de Su ley. Al rehusar voluntariamente Su derecho en una sola parte, arrancamos de raíz el fundamento de Su autoridad. Y si se desconoce en un punto, virtualmente se desconoce en todos: «Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos» (Stg. 2:10–11).

  2. En la aversión natural hacia las declaraciones de la voluntad y mente de Dios. El hombre desea ser como Dios, sin límites. Quiere no tener cadenas, aunque sean cadenas de oro que conduzcan a su felicidad.

  3. Despreciamos más la voluntad de Dios cuando más busca Su honra y complacencia. Tal es la naturaleza del hombre desde Adán. Dios deseaba misericordia y no sacrificio, el conocimiento de Él más que holocaustos; «Mas ellos, cual Adán, traspasaron el pacto» (Os. 6:6–7). Invaden el derecho de Dios aun en ser Señor de un solo árbol.

Observamos con mayor escrúpulo los flecos de la ley que los asuntos más importantes de ella. Los judíos eran diligentes en sacrificios y ofrendas, que Dios no urgía como cosas principales, sino como tipos de otras cosas. Eran negligentes en la fe que Él había establecido y eran extraños a la santidad, la misericordia y la piedad, que concernían a la honra de Dios.

Nuestros corazones son más renuentes a guardar aquellas leyes que son eternas y esenciales a la justicia. Pues en su observancia nos acercamos más a Dios y reflejamos con mayor claridad Su imagen: tales son las leyes que exigen adoración interior y espiritual, y el afecto supremo hacia Él. En cambio, mostramos mayor disposición a cumplir con esmero servicios externos y apariencias de devoción, que a desechar los afectos ocultos al mal y a crucificar las concupiscencias internas y los pensamientos deleitosos. “Inclinar la cabeza como junco” no es difícil, pero quebrantar el corazón como vasija de alfarero, hecha añicos y polvo, es contra nuestra inclinación. Es un sacrificio en el cual Dios se deleita, cuando reconocemos la excelencia de Dios y la vileza de la criatura.

  1. También se ve en exponernos a mayores riesgos y a más dificultades para oponernos a la voluntad de Dios, que los que serían necesarios para guardarla. Los hombres acusan falsamente a los preceptos de Dios de ser pesados, cuando con ello contradicen tanto a nuestro Salvador, quien nos dice que Su yugo es fácil y Su carga ligera, como a la misma razón y juicio serenos de ellos mismos. ¿Acaso no es más difícil ser impío, codicioso, violento y cruel, que ser virtuoso, caritativo y bondadoso? ¿Manda Dios algo contrario a la recta razón? ¿Manda algo que no sea secretamente deleitoso de hacer y de resultados deleitosos? Por el contrario, ¿en qué nos ocupan Satanás y el mundo? Solo en lo que es dañino y peligroso. ¿Es dulce y hermoso luchar constantemente contra nuestra propia conciencia, resistir la luz que tenemos y contender siempre contra nosotros mismos, como sucede cada vez que pecamos?

  2. En la falta de disposición y torpeza de nuestros corazones cuando debemos rendir servicio a Dios. Los hombres «Para el mal las dos manos son diestras» (Miq. 7:3- LBLA), pero para hacer el bien apenas con una mano, y débilmente. Esto es un agravio contra Su providencia, como si no estuviéramos bajo Su gobierno ni necesitáramos de Su asistencia. Es un agravio contra Su excelencia, como si no hubiera en Él atractivo alguno que hiciera deseable Su servicio. Es una injuria contra Su bondad y poder, como si no fuera capaz ni estuviera dispuesto a recompensar la obediencia de la criatura, o como si fuese descuidado y no tomara nota de ella. Es señal de que hallamos poca satisfacción en Él y de que hay una gran desproporción entre Él y nosotros.

Primero, hay una especie de coacción cuando comenzamos a servirle. Más bien somos forzados a ello que entramos voluntariamente. Por naturaleza, el servicio a Dios se hace mucho contra nuestra voluntad. No es un alimento deleitoso, sino una poción amarga. Apelamos a nosotros mismos: ¿somos más reacios a los deberes secretos hacia Dios que a unirnos con otros en actos públicos de servicio?

Si cumplimos con alguna parte de Su voluntad, ¿no es acaso por nuestros propios fines, para ser librados de algún apuro? «Jehová, en la tribulación te buscaron; derramaron oración cuando los castigaste» (Is. 26:16). En la aflicción Él los halla de rodillas en devoción; pero en la prosperidad los siente pateando con desprecio. Derraman oración en la angustia, pero apenas dejan caer una gota cuando son librados.

Segundo, hay una renuencia en nuestro servicio a Dios. Somos reacios a entrar en Su presencia, y cuando entramos, reacios a permanecer en ella. No rendimos homenaje de corazón a Él como a nuestro Señor y Gobernador. No lo consideramos como a nuestro Maestro, cuyo trabajo debemos hacer y cuya honra debemos buscar.

Primero, en cuanto a la materia del servicio, cuando se ofrece a Dios lo cojo, lo enfermo y lo desgarrado. Pensamos que nuestros tiempos más fríos y muertos son los más aptos para rendir servicio a Dios. Cuando el sueño está por cerrar nuestros ojos y somos incapaces de servirnos a nosotros mismos, consideramos apropiado abrirle nuestro corazón a Dios. ¡Cuán pocos sacrificios matutinos recibe Dios de muchos individuos y familias! Los hombres saltan de sus camas para correr tras los placeres carnales o los negocios del mundo, sin pensamiento alguno en su Creador y Preservador, ni reflexión en Su voluntad como regla de nuestra obediencia diaria. ¡Cuántos se resisten a dar a Dios su mejor tiempo y le reservan la parte enfermiza y reumática de sus vidas—los restos de lo que el diablo y sus propios apetitos han devorado! Dios pide lo mejor, y le damos lo peor.

Segundo, en cuanto al estado de la mente, pensamos que cualquier disposición interior sirve para Dios, lo cual muestra nuestro desprecio hacia Él como gobernante. El hombre, por naturaleza, cumple con el deber con un corazón impío, y por ello se convierte en abominación delante de Dios. «El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable» (Pr. 28:9). Los servicios que Él manda, los aborrece cuando se realizan con un corazón perverso o con un fin corrupto: «Aborrecí, abominé vuestras solemnidades, y no me complaceré en vuestras asambleas» (Am. 5:21). Dios requiere servicios piadosos, y le damos servicios corruptos. No despertamos nuestro corazón. No hay en la observancia de Dios aquel vigor natural que tenemos en los negocios del mundo.

Esto también es evidente en las distracciones que tenemos en Su servicio. ¡Cuán reacios somos a servir a Dios con concentración por una hora, o aun por una parte de ella, a pesar de todos los pensamientos acerca de Su majestad y de la eternidad de gloria puesta ante nuestros ojos!

El cansancio en servir a Dios es otra evidencia de nuestra falta de disposición. Estar cansado de nuestra frialdad es señal de deseo; estar cansado del servicio es señal de descontento ante el gobierno de Dios. ¡Cuán fatigados estamos en el cumplimiento de los deberes espirituales, cuando en las vanidades temporales tenemos un movimiento perpetuo! ¡Cuántos están dispuestos a festejar toda la noche, cuyos corazones se hunden al mismo umbral de un servicio religioso! Amós menciona a algunos que deseaban que la luna nueva y el día de reposo pasaran, para poder volver a sus asuntos mundanos (Am. 8:5). El desprecio hacia el Sabbath era desprecio hacia el Señor del Sabbath, y hacia aquella libertad del yugo y del dominio del pecado que el Sabbath significaba.

  1. Este desprecio se ve en abandonar la regla de Dios cuando nuestras expectativas no son respondidas al servirle. Cuando los servicios se realizan desde principios carnales, pronto se abandonan cuando los fines carnales no se satisfacen. Pero cuando reconocemos que somos siervos de Dios y que Dios es nuestro Señor, nuestros ojos esperan en Él hasta que «tenga misericordia de nosotros» (Sal. 123:2). Parte de nuestro deber hacia Dios es “perseverar en la oración” (Col. 4:1–2), y en todo otro servicio: «velando en ella con acción de gracias». Velar para encontrar ocasiones de alabanza. Velar con gozo por más manifestaciones de Su voluntad, fuerza para cumplirla, éxito en la obediencia, para sacar de todo ello materia de gratitud.

Pero, naturalmente, abandonamos nuestro deber hacia Dios si Él no nos concede pronto la bendición que esperamos. ¡Cuántos murmuran secretamente: «¿Qué es el Todopoderoso, para que le sirvamos? ¿Y de qué nos aprovechará que oremos a él?» (Job 21:15)! No sirven a Dios por conciencia de Sus mandamientos, sino por alguna ganancia carnal; y si Dios los hace esperar, no perseveran, sino que dejan de buscarle. Como algunos mendigos: si no respondes a su súplica llamándote “maestro bueno”, pronto cambian la bendición por la maldición.

La naturaleza corrupta querría tener a Dios a su disposición y traza un curso de deber según la esperanza de algún provecho carnal, y no por un sentido de la soberanía de Dios.

  1. Este desprecio se manifiesta en quebrantar las promesas hechas a Dios. El hombre hace votos de nueva obediencia y quizá se ata con juramentos, pero resultan como la calabacera de Jonás: se secan al día siguiente. El temor a la ira de Dios hace que muchos pecadores den la espalda a su pecado, pero el amor a su concupiscencia dominante les hace dar la espalda a su verdadero Señor. Esto proviene de la fuerza del pecado, que disputa con Dios por la soberanía.

Consideremos, entonces:

¿No estamos naturalmente inclinados a desobedecer la voluntad conocida de Dios? ¿Podemos decir: “Señor, por tu causa nos abstenemos de aquello a lo cual se inclina nuestro corazón”? ¿No nos permitimos ser descuidados, terrenales, vanos, orgullosos, vengativos, aunque sepamos que le ofendemos? ¿No hemos resistido Su voluntad declarada? ¿No hemos corrido en contra de Él y de las leyes que más expresan la gloria de Su santidad? ¿No es esto desconocerle como nuestra regla? ¿No deseamos a veces que no hubiera ley que nos atara, ni precepto que restringiera nuestros ídolos? ¿Qué es esto sino desear que Dios se deponga a sí mismo de ser nuestro Gobernador y nos deje a nuestra propia dirección? Es desear que Él fuese tan impuro como nosotros, tan indiferente a Su propia ley como lo somos nosotros. En otras palabras, que dejara de ser Dios, y se convirtiera en un dios tan pecador e injusto como nosotros mismos. Porque todo aquel cuyo corazón se levanta contra la ley de Dios para abolirla, en realidad se levanta contra el Autor de esa ley, pretendiendo des-divinizarlo. Este es el origen de todo pecado y la fuente de toda nuestra miseria. Esta es la primera cosa que el hombre desconoce: la regla que Dios le ha establecido.

  1. El hombre, por naturaleza, admite cualquier regla excepto la que Dios prescribe.

La ley de Dios ordena una cosa, el corazón del hombre desea otra. No hay cosa más vil en el mundo a la que el hombre no prefiera someterse antes que a la santidad de Dios. Cuando algo que Dios manda contradice nuestras propias voluntades, lo valoramos tanto como el consejo de un pobre mendigo.

a. La regla de Satanás

La regla de Satanás es admitida antes que la regla de Dios. El hombre natural prefiere estar bajo la guía de Satanás que bajo el yugo de su Creador. Adán lo eligió como su gobernador en el Paraíso. Apenas Satanás habló de Dios con burla: «¿Conque Dios os ha dicho…?» (Gn. 3:1, 5), cuando el hombre siguió su consejo y aprobó la mofa. La mayor parte de su posteridad no ha sido más sabia por su caída, sino que prefieren vagar por el desierto del diablo antes que permanecer en el redil de Dios. Es por el pecado del hombre que el diablo se ha convertido en el dios de este mundo, como si los hombres lo hubieran elegido para su gobierno. Pecar es elegirlo como señor y poner el alma bajo su dominio. Los que viven conforme al curso de este mundo y no quieren desagradarlo están bajo el gobierno del príncipe de este siglo. Puesto que la mayor parte de la adoración en el mundo —hacia la cual se inclina naturalmente el corazón corrupto de los hombres— es contraria a la voluntad revelada de Dios, tal adoración no es otra cosa que un reconocimiento práctico del diablo como gobernador. Por lo tanto, los hombres deben tener gran cuidado de seguir la regla de Dios en sus actos de adoración, de lo contrario, su culto es admitir al diablo como regla. Todo lo que no proviene de Dios proviene de Satanás.

Pero para acercarlo más a nosotros y considerar lo que es más común entre nosotros: los hombres que están en estado natural y casados con sus concupiscencias están bajo el gobierno paternal de Satanás. «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer» (Jn. 8:44). Si dividimos el pecado en espiritual y carnal, la autoridad del diablo se reconoce en ambos. En el pecado espiritual, nos conformamos a su ejemplo, porque él mismo lo comete. En el pecado carnal, obedecemos su voluntad, porque él lo ordena. Él practica el uno y nos da el modelo; nos tienta al otro y nos da un tipo de precepto. El hombre por naturaleza preferiría estar atado con las cadenas de hierro del diablo que con los lazos de seda de Dios. ¿Qué mayor ateísmo puede haber que tratar a Dios como si fuese inferior al diablo?

b. La regla de los hombres

La regla más visible, preferida en el mundo antes que Dios, es el hombre. La opinión del mundo es más nuestra regla que el precepto de Dios. La abstinencia de muchos hombres respecto al pecado no nace de un sentido de la voluntad divina, ni siquiera de un principio de razón, sino del afecto hacia alguien de quien dependen, o del temor al castigo de alguien que los gobierna. Este es el mismo principio que en una bestia salvaje, que se abstiene de lo que desea solo por miedo al palo o al látigo. Los hombres andan con la manada, siguen la moda de la mayoría, hablan y actúan como la mayoría hace. Mientras nos conformamos al mundo, no podemos rendir un «culto racional» a Dios, ni probar ni aprobar en la práctica «cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». El apóstol los pone en oposición el uno al otro en Romanos 12:1–2.

Esto se manifiesta,

  1. Al cumplir más con los dictados de los hombres que con la voluntad de Dios. El temor al hombre restringe más poderosamente a los hombres en su deber que el temor a Dios.

  2. Al observar la voluntad de Dios, no simplemente porque es Su voluntad, sino porque los hombres la ordenan. Si hacemos la voluntad de Dios porque los superiores lo mandan, estamos obedeciendo al hombre y no a Dios. Esto es hacer a Dios inferior al hombre en nuestra estima. Todo lo que los hombres hacen que parece virtud moral, no por obediencia a la regla de Dios, sino por costumbre, necesidad, ejemplo o imitación, más bien puede decirse que lo hacen como simios, y no como cristianos.

  3. Al obedecer la voluntad del hombre cuando es contraria a la voluntad de Dios. Se dice que los hombres niegan a Dios cuando atienden a fábulas judaicas y mandamientos de hombres en lugar de la Palabra de Dios (Tit. 1:16), como cuando los decretos de hombres falibles son valorados más que los escritos del Espíritu Santo por Sus apóstoles.

Así como el hombre naturalmente desconoce la regla que Dios le ha establecido, y admite cualquier otra regla distinta a la prescrita por Dios, y así,

  1. Lo hace con el fin de erigirse a sí mismo como su propia regla.

El hombre procede así para erigirse a sí mismo como su propia regla, como si nuestra voluntad —y no la de Dios— fuese el verdadero patrón y medida de la bondad. De este modo, convertimos en ídolo nuestra propia voluntad. En la medida en que el yo es exaltado, Dios es depuesto. La verdadera piedad consiste en aborrecerse a sí mismo, negarse a sí mismo y aferrarse únicamente al servicio de Dios. Hacernos a nosotros mismos nuestra regla y el objeto de nuestro principal amor es ateísmo. Si la negación de uno mismo es la parte más grande de la piedad, la gran letra en el alfabeto de la religión, el amor propio es la gran letra en el alfabeto del ateísmo práctico. El yo es el gran anticristo y anti-Dios en el mundo, que se levanta «contra todo lo que se llama Dios» (2 Ts. 2:4). El amor propio es el capitán de esa turba tenebrosa (2 Ti. 3:2). Se sienta en el templo de Dios y quiere ser adorado como Dios. Esta es la razón de la contienda entre la carne y el Espíritu en el corazón del hombre renovado. La carne pelea por la divinidad del yo, y el Espíritu pelea por la divinidad de Dios. El uno quiere establecer el trono del Creador, y el otro mantener una ley de codicia, ambición, envidia y lujuria en lugar de Dios.

a. Evidencias de que el hombre es su propia regla

Esto se demuestra en las siguientes proposiciones:

Proposición 1. Esto es natural al hombre corrupto. El veneno del pecado de Adán se transmite naturalmente con su naturaleza a toda su posteridad. Adán no se propuso comer una manzana prohibida ni simplemente agradar a su paladar. El supremo anhelo del hombre fue vivir independientemente de su Creador y erigirse en dios para sí mismo. «Seréis como dioses» (Gn. 3:5). Aspiró a ser como Dios —«He aquí, el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal» (Gn. 3:22)— en autosuficiencia y autogobierno. Esta rebelión traidora es el viejo Adán que habita en todo hombre. El primer Adán contradijo la voluntad de Dios para exaltarse a sí mismo; el segundo Adán se humilló a sí mismo y no hizo nada aparte del mandamiento y la voluntad de Su Padre. El principio en el que yace el veneno del viejo Adán debe ser crucificado para dar lugar al trono del principio humilde y obediente del nuevo Adán, el Espíritu vivificante. En efecto, el pecado en su propia naturaleza no es otra cosa que la voluntad propia y contraria a la voluntad de Dios. Por eso las concupiscencias son llamadas «la voluntad de la carne y de los pensamientos» (Ef. 2:3).

Proposición 2. Esto es evidente en la insatisfacción de los hombres con sus conciencias cuando contradicen los deseos del yo. La conciencia es el conocimiento activado por y reflejando un poder superior y una ley justa. Es la impresión de la ley, y un poder por encima de ella imprimiéndola. La conciencia no es el legislador, sino el testigo y recordatorio de la ley de la naturaleza impresa en nuestras almas. Ella nos confronta con el deber y la sanción, aplica la norma divina a nuestros actos y pronuncia juicio sobre nuestras obras.

Pero el hombre está muy disgustado con las indicaciones de la conciencia, como también está enemistado con las acusaciones y la sentencia condenatoria de este oficial de Dios. Por eso «como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios» (Ro. 1:28), es decir, a Dios en sus propias conciencias.

Si somos semejantes a Dios en algo por naturaleza, es en la parte más espiritual de nuestras almas. Resistir aquello que es más semejante a Dios y que hace las veces de Dios en nosotros es desconocer al Soberano representado por el oficial. Nuestro maltrato al delegado de Dios en nosotros recae sobre el mismo Dios cuya causa defiende. Los hombres odian el lenguaje justo de su propia razón y desean el silencio eterno de sus conciencias, porque la conciencia defiende los derechos de Dios e impide que el ídolo del yo usurpe Su divinidad y Su prerrogativa.

Proposición 3. Muchas, si no la mayoría, de las acciones materialmente buenas se hacen más porque son agradables al yo que porque son honorables a Dios. La Palabra de Dios puede ser oída, no como Su Palabra (1 Ts. 2:13), sino porque en ella puede haber nociones agradables o discursos contra una opinión o partido que detestamos. De la misma manera, la voluntad de Dios puede cumplirse, no como Su voluntad, sino porque puede gratificar alguna consideración egoísta. Queremos agradar a Dios en la medida en que no nos desagrade a nosotros mismos, y servirle como a nuestro Señor en la medida en que Su mandamiento pueda servir a nuestro deleite. No consideramos Quién manda, sino si lo mandado desagrada al pecado que reina en nuestro corazón; y seleccionamos aquello que es menos gravoso para la carne y menos desagradable a nuestras concupiscencias.

Quien hace la voluntad de Dios, no por conciencia de que es Su voluntad, sino porque le es agradable a sí mismo, derriba la voluntad de Dios y establece la suya propia en su lugar. Le quita la corona a Dios y se la coloca a sí mismo.

b. Cómo el hombre es su propia regla

  1. En cuanto las cosas son conformes al yo natural o moral. Cuando los hombres practican la religión y andan en los preceptos divinos, no porque sean divinos, sino porque concuerdan con su gusto o constitución natural, esto no es observancia del mandamiento de Dios, sino obediencia a sí mismos. No proviene de un sentido sincero de la autoridad de Dios ni de una sumisión voluntaria a Su voluntad. Un hombre evitará el exceso en la bebida, no porque sea deshonroso a Dios, sino porque mancha su reputación o daña su salud. Un hombre será liberal en caridad, no con miras al precepto divino, sino por su propia compasión o generosidad natural. Solo sostenemos los derechos de Dios cuando guardamos Su regla sin someterla al examen de nuestro interés terrenal ni consultarla con los caprichos de la carne y la sangre. No rehusaremos Su servicio, aun cuando descubramos que se opone a nuestro deleite natural.

Un hombre puede cometer maldad en privado cuando su reputación le impide cometerla en público. Cuando, contra el mandamiento conocido de su Creador, un hombre se ha propuesto entrar a un burdel, la consideración de su propio honor puede impedirle la entrada. Nuestra seguridad y reputación, entonces, son erigidas en el lugar de Dios.

Esto también ocurre en los hombres renovados, quienes tienen la ley escrita en sus corazones. Ellos poseen una disposición habitual a estar de acuerdo con la ley de Dios. Pero cuando actúan respecto a esta inclinación habitual, sin atender al precepto divino que ha sido establecido como su regla, erigen a una criatura (como lo es el yo renovado) en lugar del Creador. Suplantan así aquella ley de Su Palabra que debe ser la norma de nuestras acciones. Tal es el caso cuando los hombres eligen una vida moral, no tanto por respeto a la ley de la naturaleza como ley que viene de Dios, sino como ley que armoniza con sus almas y constituciones. Hay en esto más de yo que de consideración hacia Dios. Si fuese por consideración a Dios, Su ley revelada sería recibida por la misma razón, tanto como Su ley natural. De este principio de amor propio, algunos elevan la moralidad por encima de los dictados evangélicos.

  1. En cuanto son conformes al yo pecaminoso. Los mandamientos de Dios no fueron dados para sostener las corrupciones de los hombres. La ley misma tampoco incita o reaviva el pecado (Ro. 7:8-9). Más bien, el tropiezo proviene de nosotros: es una ocasión tomada, no concedida, un pretexto que la turbulencia de nuestra naturaleza depravada aprovecha para rebelarse. Los fariseos eran devotos en largas oraciones para satisfacer su ambición, para amontonar combustible para su avaricia. «Devoráis las casas de las viudas, y por pretexto hacéis largas oraciones» (Mt. 23:14). Este tipo de servicio no se rinde a Dios por amor a Él, sino a nosotros mismos, por amor a nuestras concupiscencias.

  2. En cuanto descuidamos la dirección de Dios en tiempos de necesidad. Esto se sigue del texto: «No hay quien busque a Dios» (Ro. 3:11). Cuando no consultamos con Él, sino que confiamos más en nuestra propia voluntad y consejo, nos erigimos en nuestros propios gobernadores y señores, independientes de Él. Somos nuestros propios consejeros y manejamos nuestros asuntos sin Su permiso ni ayuda. Actuamos como si nuestras obras estuviesen en nuestras manos y no en las manos de Dios (Ec. 9:1). Si debemos familiarizarnos con Dios antes de decretar cosa alguna (Job 22:21), entonces decretar algo sin contar con Él es preferir nuestra sabiduría ciega a la sabiduría infinita de Dios.

  3. En cuanto juzgamos las acciones de los demás como buenas o malas según concuerden o se opongan a nuestros caprichos y deseos. La virtud se convierte en crimen y el vicio en virtud, según convenga o no a nuestros deseos. Muchos no hallan otra razón para censurar las acciones ajenas sino el que no se ajustan a su propia voluntad. Pretendemos que todos los hombres se rijan por nuestra dirección. Así, hacemos del yo la medida y regla de lo bueno y lo malo, y no de la voluntad de Dios, que es la única norma legítima de juicio.

Consideremos, pues: ¿No es esto muy común? ¿No estamos naturalmente más dispuestos a desagradar a Dios que a desagradarnos a nosotros mismos, cuando se nos presenta la necesidad de elegir entre uno y otro? ¿No contradicen nuestros juicios con frecuencia el juicio de Dios? ¿Damos a Sus leyes más respeto que a nuestros propios sentimientos? ¿Evitamos cuidadosamente manchar Su honor cuando compite con el nuestro? La vida de la mayoría de los hombres consiste en agradarse a sí mismos, sin arrepentimiento de haber desagradado alguna vez a Dios. ¿No es esto des-divinizar a Dios, divinizarnos a nosotros mismos y desconocer la propiedad que Él tiene de nosotros por creación y cuidado? Es el honor de toda criatura racional servir a la Primera Causa de su ser, así como el bienestar de toda criatura consiste en el orden y movimiento proporcionado de sus miembros según la ley de su creación.

Quien actúa según su propia ley claramente peca contra Dios, la suma sabiduría y el sumo bien, perturba el orden del mundo y anula el designio de la justicia y santidad de Dios. La ley de Dios es la regla de aquel orden que Él quiso establecer en el mundo. El que hace de otra ley su regla expulsa el orden del Creador y establece el desorden de la criatura.

Esto será aún más evidente en el cuarto punto.

  1. El hombre pretende erigirse en regla de Dios y dictar leyes a su propio Creador.

Estamos dispuestos a que Dios sea nuestro bienhechor, pero no nuestro gobernante. Estamos contentos de admirar Su excelencia y rendirle adoración, siempre y cuando Él camine conforme a nuestra regla. En vez de obedecerle, quisiéramos que Él nos obedeciera. En vez de reconocer y admirar Sus perfecciones, quisiéramos que Dios se despojara de Su infinita excelencia y se vistiera de una naturaleza conforme a la nuestra. Esto no es solo erigir al yo como ley de Dios, sino también hacer de nuestras propias imaginaciones el modelo de la naturaleza de Dios.

El hombre corrupto se complace en acusar o sospechar de las acciones de Dios. No quisiéramos que actuara conforme a Su naturaleza, sino que hiciera lo que nos gratifica y se abstuviera de lo que nos desagrada.

Esto se evidencia:

  1. Al contender contra Su ley. ¡Cuántos hombres dan a entender con sus vidas que quisieran que Dios fuese depuesto de Su gobierno y que algún ser injusto ocupara Su trono! «Dejaron mi ley, la cual di delante de ellos, y no obedecieron a mi voz, ni caminaron conforme a ella, sino que anduvieron tras la imaginación de su malvado corazón» (Jer. 9:13).

Cuando un acto es conocido como pecado, y la ley que lo prohíbe reconocida como ley de Dios, y aun así persistimos en él, acusamos Su sabiduría, como si Él no entendiera lo que nos conviene. Quisiéramos “enseñar a Dios sabiduría” (Job 21:22). Es un deseo implícito de que Dios haya dejado a un lado la santidad de Su naturaleza y establecido una ley que complazca nuestras concupiscencias. Cuanto más resplandecen el amor, la bondad y la santidad de Dios en un mandamiento, tanto más naturalmente nos rebelamos contra él, arrojando sobre Dios la acusación de necedad, injusticia y crueldad, como si hubiéramos podido aconsejarlo y guiarlo mejor. En Su bondad, Dios señaló un día para Su adoración, a fin de que nosotros conversáramos con Él y Él con nosotros, y para que nuestras almas fueran refrigeradas con Sus comunicaciones espirituales. Pero preferimos usarlo para el descanso de nuestros cuerpos más que para el adelanto de nuestras almas, como si Dios se hubiese equivocado e injuriado a Su criatura cuando nos urgió a la parte espiritual del deber. Toda desobediencia a la ley es implícitamente dar leyes a Dios y acusarlo de no haber provisto mejor para Su criatura.

  1. Al desaprobar los métodos del gobierno de Dios en el mundo. Si los consejos del cielo no giran conforme a nuestros planes, en vez de adorar la insondable profundidad de Sus juicios, lo llevamos al tribunal y lo acusamos. Exigimos cuentas a Dios, como si no hubiera obrado con rectitud y sabiduría, y debiera someter Sus procedimientos a nuestro tribunal. Con ello nos colocamos por encima de Él y pretendemos instruirle, como si Él obstaculizara Su propia obra y la del mundo por no habernos hecho partícipes de Su consejo secreto.

¿No se manifiesta esto en nuestras quejas desmedidas de los tratos de Dios con Su iglesia? ¿Hay frialdad en los afectos de Dios hacia Su iglesia y solo en nosotros un ardiente celo por ella? Este es el origen de aquellos deseos importunos de cosas que Dios nunca prometió, como si quisiéramos sobreponernos a Él para que se ajuste a nuestros deseos. Tenemos la ambición de ser tutores de Dios y dirigirlo en Sus consejos. «¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?» (Ro. 11:34).

Cuando alguno de nuestros amigos ha sido herido por la vara en contra de nuestra voluntad, ¿no se han inflamado nuestros corazones en quejas contra Dios, como si Él no hubiera reconocido la bondad de tal persona, ni la hubiera visto con nuestros ojos, ni la hubiera valorado según nuestra propia estima de él? Si es paciente con los impíos, somos prontos a disputar Su santidad y acusarlo como enemigo de Su propia ley. Si inflige severidad a los justos, estamos listos a sospechar de Su bondad.

¡Cuán irrazonable es imponer leyes a Dios! ¿Debe Dios gobernar conforme a los dictados de Su criatura? Esto no es que Él sea Dios, sino sentar a la criatura en Su trono.

  1. En la impaciencia respecto a nuestras preocupaciones particulares. Los hombres a menudo acusan a Dios en sus quejas cuando son afligidos. El Espíritu Santo elogió a Job porque «en todo esto»—es decir, en esas muchas olas que cayeron sobre él—«no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno» (Job 1:22). Nunca habló ni pensó cosa indigna de la majestad y justicia de Dios. Sin embargo, más adelante lo encontramos tambaleándose, cuando llama a su aflicción opresión de parte de Dios y no un acto de Su bondad: «¿Te parece bien que oprimas, que deseches la obra de tus manos…?» (Job 10:3). Parece acusar a Dios de injusticia por castigarlo cuando no era impío, por lo cual apela a Dios: «Tú sabes que no soy impío» (v. 7).

Si nuestros proyectos fracasan, ¡nuestros corazones se irritan contra el gobierno de Dios! Qué feas pasiones hierven en nosotros. Cuando nos quejamos de los instrumentos de Dios en nuestras aflicciones, Dios lo cuenta como un reflejo contra Él mismo. Los israelitas, al murmurar contra Moisés, en la interpretación de Dios, estaban rebelándose contra Él (Nm. 16:41 comparado con 17:10). Toda rebelión es siempre un deseo de imponer leyes y condiciones sobre aquellos contra quienes se levanta.

Los hombres se atribuyen un alto valor y se indignan cuando Dios no los estima en la misma medida. Con ello invalidan Su juicio, lo condenan y se tienen por justos, como declara Job 40:8. Esta es la enfermedad epidémica de la naturaleza humana: pensar que merecemos caricias en vez de varas. Así, cuando estamos bajo la cruz, mostramos mayor disposición a desgarrar el corazón de Dios que a examinar humildemente el nuestro. ¡Qué ejemplo de ateísmo práctico es este, desear que la infinita sabiduría de Dios sea guiada por nuestra necedad!

  1. Esto se evidencia en la envidia hacia los dones y prosperidades de otros. La envidia tiene una profunda tintura de ateísmo práctico y es causa de ateísmo. No estamos dispuestos a permitir que Dios sea el propietario y haga lo que quiera con lo Suyo. Nos tomamos la libertad de dictar a Dios cuánto, cuándo y cómo debe conceder Sus dones a las criaturas. No le permitimos escoger a Sus propios favorecidos ni designar a Sus propios instrumentos para Su gloria, como si tuviera que pedirnos consejo acerca de la distribución de Sus beneficios. Esta inclinación es natural al hombre y tan antigua como los primeros días del mundo. La pasión que Dios había dado a Caín para emplearla contra su pecado, él la volvió contra su Creador; y así se irritó contra Dios (Gn. 4:5) y contra Abel. Pero la raíz fue la envidia, porque el sacrificio de su hermano fue aceptado y el suyo rechazado. La envidia no cesará hasta que todo ateísmo sea desterrado, y esto será en el cielo.

Este pecado es una imitación del diablo, cuyo primer pecado en la tierra fue la envidia, así como su primer pecado en el cielo fue el orgullo. Es un enojo contra Dios porque no nos ha dado una patente de gobierno.

Esta es una parte irracional del ateísmo. Si todos estuvieran en el mismo estado y condición, se alteraría el orden del mundo. ¿Está Dios obligado a cuidarte a ti y a desatender al resto del mundo? «¿Se dejará la tierra por tu causa?» (Job 18:4). José habría tenido razón para disgustarse con sus hermanos si hubieran murmurado cuando dio a Benjamín una porción doble y a los demás una sencilla. No era propio de ellos, que no merecían ningún don, prescribirle reglas sobre cómo debía repartir sus dádivas. ¡Cuánto más indigno es tratar así a Dios!

  1. Esto se evidencia en la corrupción del objeto o de los motivos de la oración y la alabanza. Insistimos en pedir cosas de las que no sabemos si la justicia, santidad y sabiduría de Dios pueden conceder, porque Él no ha prometido otorgarlas. Queremos entonces imponer condiciones a Dios que Él nunca se obligó a cumplir. Oramos, no tanto para glorificar a Dios, que debería ser el fin de la oración, sino para satisfacernos a nosotros mismos. Reconocemos que hay un Dios, pero queremos que Él deje de ser Dios para ponerse a nuestro servicio y conveniencia. Deseamos aquellas cosas que violan los atributos con los que Él gobierna el mundo. A veces, con algunos servicios superficiales pensamos haber obtenido indulgencia para pecar, como la ramera que, al pagar sus votos, se sintió más libre para revolcarse en el lodo: «Sacrificios de paz había prometido; hoy he pagado mis votos» (Pr. 7:14).

El hombre pretende imponer leyes a Dios contrarias a Su voluntad revelada y a Su sabiduría cuando, por ejemplo, ora pidiendo salvación pero descuida los medios que Dios mismo ha señalado. Suplica ser renovado, mientras ignora la Palabra, único instrumento ordenado para tal fin. Cuando nos presentamos delante de Dios con concupiscencias fermentando en el corazón y saltamos del pecado al deber, lo que hacemos es pretender que la corrupción de nuestra alma dicte la norma a la santidad divina. Y cuando en medio de la aflicción hacemos votos, ¿no son muchas veces sino un artificio oculto para doblegar a Dios y halagarlo bajo nuestras propias condiciones? Prometemos servirle si Él nos restaura, como si pudiéramos reducirlo a nuestros términos y someterlo a nuestros designios.

  1. Esto se evidencia en interpretaciones positivas y temerarias de los juicios de Dios en el mundo. Generalmente, interpretar los juicios de Dios en perjuicio del que sufre es presunción. Solo si es un juicio inusual, y tiene una mano notable de Dios en él, y el pecado está claramente señalado en la aflicción, [puede ser apropiado]. Los hombres juzgarán que los galileos, cuya sangre Pilato mezcló con los sacrificios, eran más pecadores que otros, y se considerarán a sí mismos justos porque ninguna gota de ello cayó sobre ellos.

De este modo erigimos nuestras propias voluntades como ley sobre Dios, interpretando Sus actos según los movimientos del yo. ¿No es acaso demasiado común que, cuando Dios envía aflicción sobre quienes nos aborrecen, lo juzguemos como si fuese enderezar nuestra causa, como fruto de Su cuidado por vengar nuestras injurias, como si hubiésemos escuchado los secretos de Su consejo? Tal juicio no es otra cosa que amor propio disfrazado.

  1. Esto se evidencia en añadir reglas al culto de Dios además de las que Él ordenó. Dado que los hombres son propensos a vivir por los sentidos, no es de extrañar que el culto que deslumbra los sentidos externos les sea más querido. Para ellos, la adoración espiritual es la más repugnante. Los ritos pomposos han sido el arma poderosa con la que el diablo ha engañado las almas y las ha llevado a despreciar la simplicidad del culto divino como indigna de la majestad y excelencia de Dios (2 Co. 11:3).

Los israelitas, en medio de milagros y bajo la memoria de una liberación famosa, erigieron un becerro. Los fariseos, sentados en la cátedra de Moisés, añadían sus propias tradiciones (Mt. 23:2–4); y Jeroboam, con fines políticos, instituyó un culto espurio y levantó becerros de oro (1 R. 12:27–28). ¡Cuántas veces se ha tenido como regla más auténtica para el culto la práctica de la iglesia primitiva, la costumbre en que fuimos criados y la visión de nuestros antepasados, que la mente de Dios revelada en Su Palabra! Es natural por creación adorar a Dios; y es igualmente natural por corrupción que el hombre lo adore a su manera y no a la de Dios. ¿No es esto imponer leyes a Dios? La mayoría de los hombres valoran sus propias imaginaciones como si fueran oráculos divinos. Esto no solo es imponer leyes a Dios, sino también hacer del yo la medida de ellas.

  1. Esto se evidencia en adaptar las interpretaciones de la Escritura a nuestras propias ideas. Así como Dios es el autor de Su ley y de Su Palabra, también es el mejor intérprete de ella. La Escritura lleva la impronta de la sabiduría, santidad y bondad divinas, y debe ser considerada conforme a esa impronta, con sumisión, mansedumbre y reverencia hacia Dios. Pero cuando, al escudriñar la Palabra, no consultamos a Dios sino a la carne y la sangre, a las corrientes de nuestro tiempo o a la complacencia de aquella tendencia con la que simpatizamos, e imponemos interpretaciones dictadas por nuestras propias imaginaciones, entonces pretendemos legislar sobre Dios mismo y hacemos del yo la regla de Su verdad. El que interpreta la ley para sostener su apetito vehemente contra la voluntad del Legislador, se atribuye a sí mismo tanta autoridad como Aquel que la promulgó.

  2. Esto se evidencia en apartarse de Dios cuando Su voluntad contradice la nuestra. Caminan con Él mientras les complace y lo abandonan al primer disgusto. Es como si Dios debiera atender más a sus caprichos que ellos a Su voluntad. El joven rico no vino a recibir instrucciones de nuestro Salvador, sino a esperar la confirmación de sus propias reglas (Mr. 10:17, 22). Buscaba aprobación más que dirección, y al quedar desilusionado, se volvió atrás. Algunas verdades que nos quedan más lejanas podemos escucharlas con gusto; pero cuando otras comienzan a doler en la conciencia, si Dios no se ajusta a nuestras voluntades, seremos, como Herodes, una ley para nosotros mismos (Mr. 6:20, 27).

Podrían observarse más ejemplos: ingratitud, deseos insaciables de riquezas, incorregibilidad bajo la aflicción, etc.