- Análisis de la adoración pública
En último lugar, procederé a mostrar algunas pruebas a las que nuestra adoración pública debe ser sometida. Es este un punto de tremenda importancia, y uno que todo el que profesa ser cristiano necesita encarar de frente. Demasiados son los que prefieren cortar el nudo de todas las dificultades relacionadas con el tema que estamos considerando haciendo referencia a sus propios sentimientos. Nos dirán que no son teólogos, que no pretenden comprender la diferencia entre una escuela de divinidad, y otra. Pero lo que sí saben es que la adoración de la que participan los hace sentir mucho mejor por lo que no les cabe duda de que está bien.
No estoy dispuesto a dejar que alguien así dé por terminado tan fácilmente el tema de este escrito. No puedo olvidar que los sentimientos en cuestiones religiosas son muy engañosos. Surge en algunas mentes una especial emoción al escuchar música religiosa y ver espectáculos religiosos que no es de ninguna manera devoción auténtica. Mientras esta emoción persiste es muy fuerte y contagiosa; pero con la misma premura que aparece, así desaparece, y no deja ninguna impresión permanente. Es solo una influencia sensual animal que el romanista puede sentir por temporadas y, sin embargo, sigue siendo romanista tanto en su doctrina como en la práctica.
a. Lo que afecta al corazón y la conciencia
La adoración espiritual auténtica afecta el corazón y la conciencia del hombre. Le hace sentir vivamente lo pecaminoso del pecado y su propia corrupción particular. Profundiza su humildad. Lo lleva a ser más celoso con el cuidado de su vida interior. La adoración pública falsa, como beber alcohol y masticar inhalar opio año tras año, va debilitando su efecto. La adoración espiritual auténtica, como el alimento saludable, lo fortalece y le hará crecer interiormente cada año.
b. La comunión con Cristo
La adoración espiritual auténtica produce una comunión íntima con Jesucristo mismo. Lo eleva muy por encima de iglesias, ordenanzas y pastores. Le hace sentir hambre y sed por ver al Rey. Cuanto más lee, ora y alaba al Señor, más siente que nada fuera de Cristo alimenta la vida de su alma y la comunión de su corazón con él (Jn. 6:55). En tiempos de necesidad, el adorador falso recurre a ayudas externas, a pastores, ordenanzas y sacramentos. El adorador auténtico se vuelve instintivamente a Cristo simplemente por fe, tal como la aguja de la brújula se vuelve al norte.
c. El incremento de conocimiento espiritual
La adoración espiritual auténtica incrementa continuamente el conocimiento espiritual del hombre. Anualmente le proporciona hueso, tendón, músculo y firmeza a su religión. El adorador auténtico va conociendo más de sí mismo, de Dios, del cielo, del deber, de la doctrina, la práctica y la experiencia. Su religión se torna viva y crece constantemente. El adorador falso nunca va más allá de los viejos principios carnales y elementales de su teología. Año tras año da vueltas y vueltas como un caballo alrededor de la noria y, aunque mucho trabaja, nunca avanza. Su religión es cosa muerta y no puede incrementarse ni multiplicarse.
d. El aumento en santidad
La adoración espiritual auténtica aumenta continuamente la santidad de la vida del hombre. Año tras año lo hace más cuidadoso con su lengua, temperamento, tiempo y conducta en todas sus relaciones interpersonales. La conciencia del adorador auténtico año tras año se va sensibilizando más. Por el contrario, la conciencia del adorador falso se cauteriza y año tras año más se endurece.
Muéstrenme la adoración que pasa la prueba del gran principio de nuestro Señor: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt. 7:20). Quiero ver la adoración que santifica la vida, que hace que el hombre camine con Dios y se deleite en su Ley, que lo eleva por sobre los temores del mundo y del amor al mundo, que lo capacita para exhibir algo de la imagen de Dios y de la semejanza de Dios ante sus prójimos, que lo hace justo, afectuoso, puro, tierno, apacible, paciente, humilde, generoso y moderado. Esta es la adoración que desciende del cielo y tiene el sello y la firma de Dios.
Independientemente de lo que digan los hombres, la gran prueba del valor de cualquier tipo de adoración es el efecto que produce en la vida de los adoradores. Algunos pueden decirnos que lo que llaman ritualismo en la actualidad es el mejor modo de adorar a Dios. Pueden despreciar el ceremonial sencillo y sin atavíos de las congregaciones evangélicas. Pueden exaltar hasta el cielo la excelencia del ornato, las decoraciones y el esplendor en nuestro servicio al Señor. A estos le digo que el hombre cristiano dará prueba de lo que es su sistema favorito por sus resultados. Mientras que los adoradores ritualistas se trasladen de sus matines[^23] y las primeras comuniones y se vayan a las carreras y a las óperas y oscilen entre el confesionario y el salón de baile, no se sorprendan los defensores del ritualismo si creemos que la adoración ritualista es de poco valor.
e. Conclusión
Consideremos la conclusión de todo el tema. La mejor adoración pública es la que produce el mejor cristianismo individual. Los mejores cultos de la iglesia para la congregación son los que hacen más santos a los adoradores en su casa y en su privacidad. Si queremos saber si nuestra propia adoración pública nos está haciendo bien, comprobémoslo con estas preguntas: ¿Aviva nuestra conciencia? ¿Nos conduce a Cristo? ¿Aumenta nuestro conocimiento? ¿Santifica nuestra vida? Si lo hace, estemos seguros de que no tenemos ninguna razón para avergonzarnos de nuestra adoración.
El día viene cuando habrá una congregación que nunca se dispersará, un Día del Señor que nunca se dividirá, un canto de alabanza que nunca cesará y una asamblea que nunca se dispersará. En esa asamblea se encontrarán los que en la tierra han adorado a Dios en espíritu (Fil. 3:3). Si eso hemos hecho, allí estaremos.
Hasta que ese día llegue, a menudo adoraremos a Dios con un profundo sentido de debilidad, corrupción e impotencia. En la adoración celestial, podremos servirle finalmente con un cuerpo renovado, sin cansancio y escucharle sin distraernos.
Aquí, en el mejor de los casos podemos ver como por un espejo, oscuramente y conocer al Señor Jesucristo imperfectamente (1 Co. 13:12). Nuestro dolor es que no le conocemos mejor ni le amamos más. Allá, libre de toda la escoria y corrupción del pecado que mora en nosotros, veremos a Jesús tal como nos ha visto él y le conoceremos como hemos sido conocidos (1 Jn. 3:2). Por cierto que si la fe ha sido dulce y dado paz, mucho mejor será verlo.
Aquí, a veces nos ha sido difícil adorar a Dios con gozo por los sufrimientos y las preocupaciones de este mundo. Las lágrimas vertidas sobre las sepulturas de nuestros seres queridos han hecho difícil cantar alabanzas. Las esperanzas perdidas y los sufrimientos familiares a veces nos han llevado a querer colgar nuestras harpas en los sauces. Allá, toda lágrima será secada, todo santo que ha dormido en Cristo se encontrará una vez más con nosotros, y cada dificultad en el camino de su vida será clara y luminosa como el sol del mediodía.
Aquí, a menudo nos hemos sentido que estamos comparativamente solos, y que aun en la casa de Dios los adoradores realmente espirituales son comparativamente pocos. Allá, veremos a una multitud de hermanos y hermanas, imposibles de contar, todos de un mismo corazón y una mente, todos libres de manchas, debilidades y enfermedades, todos regocijándose a uno en un Salvador, y todos preparados para pasar la eternidad alabando al Señor. Tendremos suficientes compañeros de adoración en el cielo.
¡Armados con esperanzas como estas, levantemos nuestro corazón y miremos hacia adelante! El tiempo es muy corto. “La noche está avanzada, y se acerca el día” (Ro. 13:12). Contendamos ardientemente por la fe que una vez fue dada a los santos (Jud. 1:3) y resistamos con valentía todo esfuerzo por arruinar la adoración bíblica. Esforcémonos intensamente por pasar la luz de la adoración del evangelio a los hijos de nuestros hijos. “Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará” (He. 10:37). ¡Bienaventurados serán en aquel Día aquellos, y solamente aquellos, que son encontrados adoradores auténticos, “que le adoran, en espíritu y en verdad” (Jn. 4:24)!